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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-10-2016

El silencio de las mujeres

Miguel Casado
El Norte de Castilla


Al confesarse insistente lector de Amrica, deca el personaje de Lunas, novela que Brbara Jacobs public en 2010: La otra maana, repentinamente, me pregunt: Brunilda? Quin es Brunilda? Y me tom todo un da situarla. La Brunilda de Kafka abandona su carrera de cantante de xito, pierde su riqueza, empieza a engordar de forma monstruosa, y todo por un hombre que la explota, mientras mantiene la ficcin de que ella gobierna la vida de cuantos la rodean. La Brunilda de Los Nibelungos fue tambin, pese a su capacidad de venganza, la enamorada que sufre toda clase de trampas de los hombres, compinchados para arrebatarle su posicin social y su ilusin de vivir. Un nombre, pues, que es un lugar marcado por el gnero.

En busca de datos sobre Pablo Lunas, escritor con final trgico, hace aos viaj en un jeep prestado... as empieza la novela de Jacobs; con ello, el astro poticamente evocado por la obra de Alan Glass (Espuma de luna, bautizo del nuevo da) que fue su portada, queda convertido en simple apellido, desplazamiento que se acenta al fijarse en una ancdota externa al protagonista. Lunas es un mundo en que todo resulta distinto de lo que se espera, un texto que exige atenta observancia de la literalidad; aqu todo se desplaza, s, pero como deslizamiento entre superficies, como un reclamar de los hechos siempre concretos y pequeos su primaca sobre los discursos.

Las tres secciones del libro tienen una narradora distinta y la biografa del personaje surgira en este trnsito. La primera es una alumna de las clases de literatura que daba Lunas en la enseanza secundaria; combina sus recuerdos escolares con las entrecortadas entrevistas que mantiene con Aurora, la viuda del profesor. El relato se trenza fragmentariamente con digresiones sobre la educacin, la lectura o la literatura, el escribir novelas, juicios sobre escritores; Lunas imparte peculiares ensayos hablados, repletos de motivos para la reflexin, aunque desviados por el punto de vista de quien los anota; en efecto, los estudiantes se aburren, no siguen al profesor en sus personalsimas especulaciones, se ren de l a ratos, y, sin embargo, una entre ellos es quien filtra su palabra, oscurecida ya por esta ambigedad. El espacio creado por la voz oral se llena de vida y se vaca, efmero, por sus fisuras.

El temple naf de la narradora se confirma en su trato con la viuda, que siente casi como una aventura de espas, puntuada por sus propias torpezas, perpleja ante una vida distinta que no sabe mirar. Su dficit de comprensin y su ingenuidad sirven a la autora para ir tejiendo un texto de apariencia desarticulada, sin hilo conductor, que se ajustara a la trayectoria de Lunas: fragmentos dispersos, sin jerarqua ni sutura, pero crecientemente movidos por la desgracia y el agobio existencial: la evidencia de la falta de sentido o la enfermedad y suicidio del nico hijo resultan ser hechos de idntica concrecin. El que la narradora deje sin cierre, como olvidado, su episodio ms aventurero abunda en este dejar ir, dejarse caer, que comparte con sus personajes.

Cuntas veces he ledo Amrica? se preguntaba Lunas. Unas seis. Y esto, junto a los decisivos ecos de la Carta al padre, sugiere el tipo de energa que nutre la novela, ese carcter de hecho, nunca sentimiento, de la desgracia. Amrica, y ms por su carcter inacabado, puede leerse como la gran novela sobre el capitalismo, aquella en que la desdicha y el fracaso son efectos del trabajo y las normas sociales. Nada subjetivo interviene, ni en los verdugos ni en las vctimas, igual da comprender lo que ocurre o no comprenderlo. Como si Kafka hubiera visto con lucidez que la cadena de absurdos y catstrofes de sus textos tena una raz estructural en la organizacin de la economa, era la forma de la vida contempornea. Y Amrica, su lugar ejemplar.

La segunda narradora la mejor alumna de Lunas recoge materiales de las sesiones de psicoanlisis del profesor con la doctora Z; especialmente, la coleccin de sueos que enlazaba l de modo torrencial a cada pregunta de la analista. Sueos veloces, como ansiosos, opaca sustancia de la vida interior, objetivada tambin, alienada en el relato; en ellos, el fracaso para la escritura se convierte en ncleo de todo fracaso; todava de nio, Lunas se haba propuesto: Voy a escribir este diario para no morirme, y su bloqueo por los mitos de la transcendencia de la literatura fue una forma anticipada de su muerte. Muerte para el encuentro con los dems, para su hijo, para s otro suicida.

La tercera narradora se aleja de este destino, trasladando su atencin de Lunas a Aurora Ossip, de quien es sobrina. Aurora abandona Mxico para retirarse a un convento en la montaa de Castelln monjas cartujas, calladas, de cuya abadesa fue amiga en el colegio; se sabe esto cuando vuelve a desaparecer, ya por completo. Para la sobrina, la clave de la vida entera de la familia la guarda Alicia en el pas de las maravillas; y as se prolonga la ley del desajuste con que la mirada de Brbara Jacobs logra cifrar la realidad. Este ltimo deslizamiento es tambin demolicin de los dems relatos, dinamitados por la explosin de algo que no llega a decirse del todo; convertidos en restos, vsceras, culpa, que el lector tendra que procesar de nuevo. Se percibe al concretar el papel del libro de Carroll: por un lado, Aurora siempre llev consigo un dibujo de Alicia que simbolizaba la existencia de su hijo, pero no en las maravillas, sino en la nia encogida, atrapada en la madriguera del Conejo; por otro, ocurre que una traduccin de Carroll encargada a Ossip apareci, por decisin del editor, firmada por Lunas, eliminada la autora. La complicidad de todos en la suplantacin formara parte de la existencia de las mujeres, y supone el punto final de una cada que como en la implacable mise en abme de Amrica es cada vez ms honda, ms al margen de las propias acciones, de la voluntad y el mrito. El modo de cuajar este sentido, su ejemplar dureza, mide lo imprevisible de los riesgos que Brbara Jacobs asume y, tambin, la dimensin abierta e innovadora de su apuesta, permeada de literatura, volcada en la lectura de la opaca vida; la suya, tan lejos del nfasis, es hoy una de las voces ms altas de nuestra lengua.

En el convento, Aurora Ossip escriba unas notas que las monjas lean en una pizarra, y las borraba luego; en ellas anot las filas aisladas del silencio de las mujeres. Escribe sin deseo de trascendencia, por el nico valor de escribir, con la entrega total de quien lo hace por ltima vez cada vez. Sacar la escritura de la crcel de la cultura y devolverla a la libertad desobediente del arte.

Fuente: Este texto ha sido publicado en La sombra del ciprs, suplemento del diario El Norte de Castilla.



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