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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-10-2016

Es cierto; esto no tiene nada que ver con Trump...
Tiempos de decadencia, de pastel de manzana y del terrorista suicida escogido de Estados Unidos

Tom Engelhardt
TomDispatch

Traduccin del ingls para Rebelin de Carlos Riba Garca


Esto no tiene nada que ver con Trump; lo digo en serio...

Desde que el primer escriba grab un panegrico a Nabucodonosor en una placa de piedra es razonable pensar que nunca en la historia los medios se han ocupado de una sola persona como est sucediendo con Donald Trump. Durante ya ms de una ao, a menos que un atentado terrorista sacudiera la vida de Estados Unidos, l es el centro de las noticias, l tema excluyente; maana, tarde y noche, da tras da, semana tras semana, mes tras mes. Cada una de sus palabras, frases, movimientos, insultos, comentarios hechos al pasar, observaciones improvisadas, reclamos, jactancias, mentiras descaradas, gritos, se han hecho nuestros tambin. En este tiempo, ha elogiado su plan secreto para destruir al EI (en adelante, el Daesh) y hacerse con el petrleo iraqu. Ha machacado una y otra vez con ese gran, grueso y hermoso muro. Ha dado inicio a una campaa que, bastante improbablemente, podra llevarle al Despacho Oval. Para ello ha competido con 17 rivales polticos, entre otros, el mentiroso Ted, el flojo Jeb, Carly (Miren esa cara! Votara alguien a eso?) Fiorini, la deshonesta Hillary, una Miss Universo (Miss Regordeta), la sobrevalorada menstruacin de Megyn Kelly (La sale sangre por los ojos, por todas partes), la socorrida Rossie ODonnell (una cerda de gorda y fea cara), y tantos ms. Trump hizo veladas amenazas de asesinato, hizo pblico su deseo de golpear a alguien en la cara, habl de dispararle a alguien en medio de la Quinta Avenida; defendi el tamao de sus manos y de su ya sabis qu; retuite mensajes de neonazis y una cita de Mussolini: denunci la deslocalizacin de empleos y productos estadounidenses mientras deslocaliza sus propios puestos de trabajo; vilipendi a los inmigrantes y trabajadores extranjeros mientras los contrataba; promociona la marca Trump en todas las formas imaginables; tuvo una estrecha amistad con Vladimir Putin; amenaz con permitir la proliferacin del armamento nuclear; se quej amargamente de elecciones amaadas, debates arreglados, moderadores amaados y micrfonos falsos; jur que l, y solo l, es capaz de hacer que Estados Unidos, y por extensin el mundo, vuelva a ser un lugar cuya grandeza solo l mismo puede igualar. Y esto es apenas el comienzo de la lista de cuestiones sobre el tema Donald.

En otras palabras, gracias a la atencin de los medios, l est cosechando sin cesar, es la encarnacin de nuestro momento estadounidense. No importa lo que se piense de l, la suya ha sido una travesa como nunca habamos visto antes, un triunfo de primera magnitud, pase lo que pase el 8 de noviembre. Ha hecho brillar su marca; abierto un nuevo hotel en s la avenida de Pennsylvania (donde sola promover y publicitar su carrera presidencial); vendido despiadadamente sus productos; promocionado a sus hijos; canalizado dinero hacia su familia y sus negocios; y, en una tcita alianza (pacto, entente, distensin), mantiene los telediarios de la noche y las redes de televisin de pago nadando en dinero y en el centro de la atencin (mientras sigan cotorreando sobre l), a pesar del hecho de que los espectadores ms jvenes estaban emigrando hacia el mundo de las redes sociales, Internet en tiempo real y sus smartphones. Gracias a los millones, miles de millones, tal vez millones de millones, de palabras dedicadas a l por comentaristas, expertos, opinadores, generales y almirantes retirados, ex jefes de espas, ex funcionarios de la administracin Bush que no paran de hablar y dios sabe quin ms que han poblado las redes de cable diciendo algo sobre Trump durante casi las 24 horas de los siete das de la semana, l y su notable ego, y sus ahora conocidos gestos y sus mandbula prominente, su pelo anaranjado, su cara demasiado bronceada, su voz siempre tan fuerte se ha convertido en el decorado de nuestra vida, algo estrechamente ligado con nuestra realidad. Si Donald fuese una pelcula de accin, algn estudio de Hollywood se estara derritiendo: nunca una actuacin nica consigui semejante publicidad sin interrupcin. Nunca habamos visto nada como l o eso; aun as, con todo lo extrao que pueda ser el fenmeno Trump, si uno se detiene un momento para pensarlo es posible darse cuenta de que hay algo inquietantemente familiar en l, y no es precisamente de The Apprentice ni de Celebrity Apprentice * .

En un mundo en el que muchas cosas merecen que les prestemos atencin y no lo consiguen; no es el caso de Donald Trump, Realmente no lo es.

En trminos de cualquier candidato presidencial desde George Washington hasta Barack Obama, Trump est muy cerca de ser un bicho raro. Verdaderamente, no hay nadie con quien se le pueda comparar (aparte de, quizs, George Wallace). Algunas veces, su discurso sobre Estados Unidos y la recuperacin de su grandeza tiene cierta resonancia reaganiana (pero sin nada del brillo ni el encanto de Ronald Reagan). Se atreve usted a compararle con alguno?

Aun as, no nos dejemos engaar. De hecho, como fenmeno, Donald Trump no podra ser ms estadounidense que lo que es un trozo de pastel de manzana de McDonalds. Despus de todo, qu podra ser ms estadounidense que sus dos papeles principales: vendedor (o buhonero) e ilusionista. Desde P.T. Barnum (que, dicho sea de paso, ya mayor lleg a ser alcalde de Bridgeport, Connecticut) hasta Willy Loman, la venta ha sido un modo tpico de ganarse la vida en Estados Unidos. Un hombre que vende su vida y su marca como si fuera la esencia de la vida y marca estadounidenses... vamos, no nos resulta familiar esto?

En cuanto a ser un timador, al menos desde Mark Twain (recuerdan al duque de Bridgewater y el Delfn, que se unieron a Huck y Jim en su balsa?) y Herman Malville (The Confidence Man) dadas las circunstancias, perdonarme la expresin no puede negarse la presencia del charlatn en la vida de Estados Unidos. Es algo que Donald Trump lleva en los huesos, incluso todos esos expertos y comentaristas y encuestadores (y para el caso, los asesores de Hillary Clinton), no hay un estadounidense que no ame a los timadores. Histricamente, a menudo hemos admirado si no nos hemos identificado con a alguien que haya actuado y derrotado al sistema, ya fuera mediante un engao o mediante una actividad delictiva.

Despus del primer debate presidencial, cuando Trump admiti por fin que alguna vez haba eludido pagar sus impuestos (eso me convierte en un tipo listo) y que haba jugado con el sistema impositivo todo lo que haba podido, hubo todo aquel bla-bla-bla y la sugerencia de que semejante admisin inquietara profundamente a los votantes que pagaban los impuestos cuando la agencia de recaudacin golpe a su puerta. No crea esto ni un segundo. Le aseguro que Trump siente que con esas declaraciones est en le medio del Mississippi de la poltica de Estados Unidos y que un sorprendente nmero de votantes le admirarn por ello (lo recepten o no). Despus de todo, l derrot al sistema, aunque ellos no lo hagan.

Cada vez que veo a Trump y leo algo sobre sus arreglos empresariales, me acuerdo de Al Capone, el capo del crimen del Chicago de los aos veinte del pasado siglo, cuando le dijo al periodista ingls Claud Cockburn: Oiga, no piense que yo soy uno de esos malditos que quieren darlo vuelta todo... No piense que estoy tratando de derribar el sistema estadounidense. Mis asuntos los manejo segn las ms estrictas lneas de este pas. El capitalismo, llmelo usted como quiera, nos da a todos grandes oportunidades; solo hace falta cogerlas con las dos manos y sacar el mayor provecho posible. Del mismo modo, los asuntos de Trump son manejados segn las ms estrictas lneas de este pas. l es el Tony Soprano del capitalismo de casino, y esto no podra ser ms propio de este pas.

Mi padre era vendedor. Yo crec en el borde del universo de la venta, observndole mientras l se preparaba para hacer su trabajo; a pesar de que yo pensaba que rechazaba su mundo, la verdad es que si se dan las posibilidades y las circunstancias adecuadas, todava me encanta venderme a m mismo. Es algo adictivo y muy estadounidense. Tambin haba otro personaje en ese manido mundo de padres que una vez conoc y ahora reconozco en la aplastante personalidad de Trump: el perdonavidas. Esa pose matonesca, ese agresivo dirigirse al mundo, el modo de llevar tanto el cuerpo como la cara que parece innato y se muestra constantemente amenazante, era lo normal en el mundo en el que me cri. Ese era el aspecto que tenan los padres (y debe de seguir siendo as en muchas familias). Resumiendo, aquello era una parte esencial del mundo pre-trumpiano, una manera, una forma de ser que Donald ha destilado para dar lugar a una icnicamente brutal versin de s mismo, no la de un perdonavidas tpico variedad zona de juegos del parque sino El Perdonavidas. Aun as, al menos para m y creo que para muchos compatriotas no podra ser ms reconocible; sospecho que entre quienes han crecido entre bravucones, la idea de tener a semejante perdonavidas en el Despacho Oval y hablando de una vez en nombre de ellos tiene un extrao atractivo.

Por si acaso en este punto estuviese usted asombrado: estoy hablando en serio, esto no tiene nada que ver con Donald Trump.

Aun as, no crea que todo lo que gira alrededor de Donald Trump no tiene nada de nuevo y es algo normal de Estados Unidos. En esta extraa temporada electoral hay aspectos de su papel que son tan novedosos que deberan asustarnos a todos. Comenzando por el hecho de que l es el primer candidato disminucionista de nuestra poca; dicho de otra manera, es el nico poltico del pas que se niega a participar en un ritual, hasta hoy prcticamente imprescindible para quien en este pas quiera ser presidente o candidato o ya es presidente: repetir una y otra vez que Estados Unidos es la nacin ms grande, ms excepcional y ms indispensable de todos los tiempo y que tiene la ms magnfica fuerza de combate de la historia del mundo.

Sin duda, esa ya visceral ansia de repetir semejante formulismo emocional refleja una engaosa falta de confianza en relacin con el futuro del papel imperial de Estados Unidos. Tiene la calidad de un mantra mgico utilizado para exorcizar la realidad. Despus de todo, cuando una gran potencia de verdad est en su apogeo, como lo estaba Estados Unidos cuando yo era joven, nadie senta la necesidad como si fuese una continua defensa de insistir en que as eran las cosas

Trump rompi decididamente con esta mana de la ortodoxia poltica; esto nos habla tanto del momento que estamos viviendo como de que l est ahora en los tramos finales del proceso eleccionario 2016, no en el basural de la historia de Estados Unidos. Su reclamo, nico en este momento, es que EEUU de ningn modo es grande, aunque l (y solo l) puede sintanse libres de cantarlo conmigo recuperar la grandeza de Estados Unidos! Sumemos a esto la insistencia de Trump en cuanto a que las fuerzas armadas de este pas durante la administracin Obama han sido cualquier cosa menos la ms magnfica fuerza de combate de la historia. Segn l, ahora es una fuerza vaciada, un desastre y un desquicio, cuya oficialidad superior ha sido reducida a la nada. No hace tanto tiempo, semejantes palabras habran descalificado automticamente a cualquiera que estuviese en la carrera por la presidencia (o algo similar). Que l pueda decirlas continuamente y hacer de las primeras de ellas el eslogan impreso en sus camisetas y gorras de campaa, nos dice que ciertamente estamos en un nuevo mundo estadounidense.

En relacin con sus rivales republicanos, y ahora Hillary Clinton, l sigue siendo el nico que reconoce y destaca el nmero cada vez mayor de estadounidenses, sobre todo blancos, que han llegado a sentir: que es evidente que este pas est en decadencia, que su grandeza es cosa del pasado o, como a los encuestadores le gusta expresarlo, que Estados Unidos ya no est yendo en la direccin adecuada y est ahora en el camino equivocado. De esta manera, l se sita en una forma de pensar profundamente inducida por la economa que prevalece especialmente entre los trabajadores blancos que ven que muchos buenos empleos han sido deslocalizados, es decir, un mundo cotidiano que se ha deteriorado.

O pngalo de otra manera (y esta podra ser la ms novedosa de todas): al menos una parte significativa de la clase trabajadora blanca siente como si sea econmicamente, sea psicolgicamente tuviera la espalda contra el muro y ya no quedara un sitio adnde ir. Es evidente que en estas circunstancias, muchos de esos votantes han decidido que estn preparados para lanzarse literalmente contra la Casa Blanca; estn dispuestos a aprovechar el derrumbe del tejado, incluso aunque ste les caiga encima.

Este es el nuevo e irreconocible papel que Donald Trump ha escogido. Cuesta mucho encontrar un caso parecido en nuestro pasado reciente. Donald representa, como a un amigo mo le agrada decir, el terrorista suicida que todos tenemos dentro. Votar por l, entre otras cosas, ser un acto de nihilismo, algo que encaja muy bien con la decadencia imperial.

Piense en l como si fuera un mensaje en botella que la marea trajo a nuestra playa. Despus de todo...

... esto nada tiene que ver con Donald Trump. La cosa va con nosotros.

* Se trata de dos shows que son televisados en Estados Unidos. (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fra, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro ms reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176195/tomgram%3A_engelhardt%2C_this_is_not_about_donald_trump/#more

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelin como fuente de la misma.



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