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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-10-2016

Figuras de lo repudiado
Desplazamientos y fascismo contemporneo

Arturo Borra
Rebelin


Pensar la actualidad del fascismo, como una de las posibilidades de la propia modernidadi, tiene aristas diversas y difciles, incluyendo el modo de construccin de los vnculos del sujeto hegemnico con respecto a diferentes otros, algunos de los cuales ni siquiera cuentan en categoras ya de por s controvertidas como colectivos vulnerablesii. La hiptesis de partida no es otra que la continuidad de una realidad histrica que bien podra interpretarse, tal como hace de forma incisiva Mndez Rubioiii, como una forma renovada de fascismo que afecta no slo a los refugiados -como una de sus vctimas fundamentales- sino a diferentes sujetos sociales, tanto a aquellos considerados ciudadanos de segunda mano (inmigrantes regulares, trabajadores, gitanos, pobres, etc.) como a los que son excluidos de toda ciudadana. Si los refugiados son los nuevos desaparecidos de principios del siglo XXI, eso no debera hacernos olvidar que en la economa poltica del sacrificio que rige el capitalismo financiero nadie est a salvo, aun si asumimos que el riesgo no est distribuido de forma azarosa sino segn ciertas coordenadas de clase, gnero, etnia, nacionalidad, edad u orientacin sexual.

Para contextualizar mnimamente la situacin de algunos de esos otros hay que recordar que adems de 230 millones de personas inmigradas en el mundo, segn ACNUR ms de 65 millones de personas son refugiadas y desplazadas, aunque menos de un tercio cuente con proteccin internacional y slo una nfima parte consiga residir de forma legal en territorio europeo, concretamente, apenas el 14% del totaliv. No se trata de una mera cuestin estadstica, sino de millones de vidas que se enfrentan a la inminencia de un peligro nada difuso. Ante ello, los estados europeos ni siquiera han cumplido con sus compromisos ya de por s irrisorios. Slo para poner el caso de Siria. All no slo han muerto ms de 470.000 civiles sino que se han desplazado fuera del territorio de manera forzosa ms de 4.900.000 de personas. Para hacerse una mnima idea de la magnitud del desastre (no tan distinto al que se est produciendo en Yemen, a pesar del apagn informativov): si en 2010 la poblacin siria era de 21.393.000, en 2015 dicha poblacin se redujo a 18.502.413vi, casi tres millones de personas menos, adems de 12 millones de desplazados internos. Un cuadro semejante permite evaluar las respuestas que la Unin Europa est proporcionando frente a un drama colectivo que slo se puede comparar con la segunda guerra mundial. A pesar de ello, la CE se comprometi a reasentar apenas a unas 160.000 personas (procedentes no slo de Siria, sino tambin de pases como Eritrea, Somala, Afganistn o Ucrania, entre otros) durante 2015-2016. Alcanza con comparar este caos organizado con las ayudas ofrecidas por los estados europeos para saber que se trata de soluciones meramente cosmticas ante un problema de alcance imprevisible.

De forma ms especfica, de las 18000 personas que Espaa se haba comprometido a acoger, slo unas 500 han sido efectivamente reasentadas. Lo mismo ocurre en otros pases europeos. La falta absoluta de prioridad por acoger a estos grupos es manifiesta. La conclusin es clara: la CE no slo no est por la labor de cumplir con el derecho de asilo que ella misma promulg en la postguerra, sino que adems no ha cesado de crear nuevas restricciones legales al momento de dar cabida a este ejrcito de desheredados que, en una medida significativa, ha contribuido a producir con sus polticas neocoloniales -junto a EEUU, Israel y aliados como Arabia Saud- tanto en Medio Oriente como en frica.

Las consecuencias son mltiples. La primera es que la amplia mayora de personas desplazadas no accede a ninguna proteccin internacional, pasando a formar parte de los cientos de miles de inmigrantes en situacin irregular que subsisten en la economa sumergida, siempre que no sean confinados por meses en un CIE, recluidos en campos de refugiados, o expulsados a los mismos pases donde sus vidas peligran (tal como ocurre con el acuerdo CE/Turqua, que no es otra cosa que una transaccin mercantil en la que las deportaciones colectivas apenas disimuladas son reintroducidas a cambio de fondos). Tampoco es casual que la llamada crisis de refugiados sea renombrada en el acuerdo como crisis migratoria: de un golpe mgico, se omite sin ms que se trata de personas que se desplazan de manera forzosa de sus hogares.

La segunda consecuencia no es menos drstica: al obstruir los accesos legales a esta masa de desplazados, se crean las condiciones propicias para que las redes de trfico y trata de personas se instalen como realidades paralelas a los mermados estados de bienestar, incrementando el riesgo de esa otra odisea que es arribar a Europa por va martima, en la que cada ao mueren miles de personas. Solamente en 2015 fallecieron ms de 3700 seres humanos segn estimaciones manifiestamente inexactas. Se trata de una industria que se nutre de las polticas de control de fronteras cada vez ms militarizadas. La poltica de dejacin que la Unin Europea ha asumido no slo vulnera derechos humanos fundamentales, sino que adems tiene el agravante de empujar a esos grupos humanos a una situacin de pobreza y exclusin social crnica, entre otras cuestiones, porque de un plumazo los reconvierte en sin papeles susceptibles de expulsin y repatriacin, privados de todo acceso a la ciudadana. Si a esa situacin sumamos, en el contexto espaol, la supresin de fondos de integracin, la financiacin insuficiente de partidas destinadas a los colectivos de inmigrantes o a polticas de codesarrollo y cooperacin, el refuerzo de una poltica de control migratorio, el aumento de la presin contra la inmigracin irregular y las fuertes restricciones de su poltica de asilo, entre otras medidas, el diagnstico no puede ser ms grave: muestra el grado de indiferencia institucionalizada que semejante poltica de estado plantea con respecto a estos sujetos.

El ejercicio de cinismo se hace visible as en la lamentacin del drama humanitario por parte de una Unin Europea que no duda en blindarse frente a estos sujetos inermes, desasistiendo a quienes intentan arribar a sus costas o incurriendo en devoluciones en caliente presentadas como rechazo en frontera. A pesar de las escenas de numerosos naufragios, reiteradas cada ao en el Mediterrneo, las autoridades europeas se han limitado a incrementar el presupuesto de agencias como FRONTEXvii. Slo de forma reciente, tras numerosas crticas por parte de organismos de derechos humanos y asociaciones de ayuda a inmigrantes y refugiados, la CE ha creado la nueva Guardia Europea de Costas y Fronteras que tiene como funcin, adems de custodiar las fronteras, participar en acciones de salvamento y rescateviii.

No es muy difcil comprender lo que esto significa. Se trata de salvar las formas ante el naufragio radical de un proyecto europeo inclusivo y democrtico. Literalmente, estas decenas de miles de seres humanos en riesgo apenas cuentan para los poderes hegemnicos como no sea, en el mejor de los casos, en tanto mano de obra barata o, en el peor, como amenaza para su seguridad. En sntesis, la creciente hostilidad de los estados europeos hacia estos colectivos especficos (consolidada por la fbrica de estereotipos que se producen y reproducen en los medios de comunicacin) contradice de forma manifiesta su presunta defensa incondicional y universal de los derechos humanos. Tanto inmigrantes como refugiados estn sometidos a una categorizacin jerrquica, en la que los eslabones inferiores son blanco de una vigilancia policial permanente (basada en perfiles tnicos), adems de ser convertidos de forma regular en objeto de sobreexplotacin laboral (tal como ocurre, por ejemplo, en el sector agrcola o en el sector domstico).

En nuestras sociedades de control la presin es extensa y desigual. Como dice Benjamin en sus Tesis sobre filosofa de la historia: La tradicin de los oprimidos nos ensea que la regla es el estado de excepcin en el que vivimosix. Bien podra decirse aqu que lo que es cierto para las clases oprimidas lo es en un grado mayor para aquellos que son tratados como parias. Si esto es cierto, no estamos tan lejos como quisiramos de un ncleo totalitario que suspende el derecho en el corazn de las llamadas democracias parlamentarias y que nos obliga a cuestionar la vigencia prctica del estado de derecho y otras ficciones similares. La institucionalizacin del racismo y la xenofobia, articulados al carcter intrnsecamente clasista del capitalismo, nos instala en un orden globalitario, por recuperar los trminos de Ramonet, producto no de un azar histrico sino de una rutina burocrtica en la que la especializacin de las funciones impide tener que hacerse cargo de consecuencias globales desastrosas.

La realidad-lmite de los refugiados muestra, entonces, no el fracaso de los organismos internacionales o de los estados europeos, sino los objetivos de fondo que estas instituciones gubernamentales se han planteado; en particular, tratar a estos grupos como un excedente que debe ser gestionado como si se trataran de desechos humanos a reciclar. Incluso de forma previa a la crisis sistmica de 2008, el proyecto poltico dominante en Europa no ha sido otro que el de un bienestar cercado, rodeado de muros blancos, sostenido sobre unas periferias tanto internas como externas. Dicho de otra manera, nuestras sociedades opulentas, como dispara Bauman, crecen bajo la sombra de miles de vidas desperdiciadasx.

La cuestin tampoco se agota ah. Nada de esto sera posible sin los discursos y prcticas de segregacin que se han propagado de forma alarmante en los ltimos aos, a pesar de algunas oleadas efmeras de solidaridad, que explican esta engaosa pasividad de la CE. Hay buenas razones para pensar que la legitimacin de esta poltica de reciclaje y descarte proviene de la apelacin continua a una estrategia del miedo en la que estos otros concretos aparecen no slo como potencial amenaza laboral sino tambin como un potencial enemigo y como un riesgo a mi identidad cultural. Cuando estos sujetos vulnerados son inculpados de forma sistemtica del deterioro de las condiciones mayoritarias de vida, es previsible que una parte significativa de la poblacin autctona comenzando por aquella ms afectada por el desempleo y la pobreza- sea ms propensa al racismo y la xenofobia. De hecho, la demagogia poltica que capta millones de votos agitando el miedo a los brbaros y el negocio millonario del miedo parte, precisamente, de esta constatacin. Sera miope negar que, tras los discursos de la inseguridad y la mercantilizacin de sus presuntas soluciones, subyace una percepcin social relativamente generalizada de un descontrol o desequilibrio en la gestin de los flujos migratorios y, correlativamente, un reclamo de restauracin del orden.

Por eso hay que insistir con la pregunta sobre el alcance real que est adquiriendo el racismo y la xenofobia en las sociedades europeas. La respuesta no es fcil de elaborar, ante todo, porque no existe a nivel local ninguna publicacin de datos estadsticos oficiales relativos a denuncias y procesos penales de delitos racistas en territorio espaol. Se trata de una operacin de borrado o de una invisibilidad estadstica de por s sintomtica. Slo a partir de fuentes no ministerialesxi podemos trazar un diagnstico de partida que incluya, adems de delitos de odio, otro tipo de prcticas discriminatorias, como es el trato desigual, la negacin de derechos, la inclusin subordinada en mercados laborales precarios o las redadas policiales racistas. Aunque no puedo desarrollar este punto, hay indicios suficientes para sostener que la discriminacin de estos otros vulnerados est naturalizada en un grado alarmantexii. Ni siquiera los informes de la Red Europea de Informacin sobre Racismo y Xenofobia (RAXEN) captan la magnitud del problema. En total, dicha red contabiliza unos 4000 casos discriminatorios cada ao, sin contar con los casos de violencia de gnero o de feminicidio: si medio millar de incidentes estn relacionados con agresiones racistas y xenfobas, los dems incidentes son padecidos por personas sin hogar, personas con diferentes orientaciones sexuales o minoras tnicas y religiosas. Si bien semejantes datos ya son alarmantes, lo cierto es que la realidad efectiva es bastante ms grave, por empezar porque la mayor parte de las agresiones (aproximadamente entre el 80%y 90%) no se denuncian por miedo a represalias o desconfianza a las autoridades. Eso significa que en Espaa, cada da, entre 10 y 90 personas sufren una agresin fsica o verbal por motivos de etnia, religin, orientacin sexual o situacin econmica.

A eso, sin embargo, hay que sumar formas de discriminacin ms sutiles, no necesariamente delictivas. Sin entrar en detalles, los propios informes de OBERATXE permiten constatar que es la propia sociedad civil quien, de forma dominante, reclama un trato privilegiado con respecto a esos otros que no percibe como semejantes. No se trata slo de la constatacin de un imaginario eurocntrico o de la expansin de una ideologa del desprecio, sino de una prctica sistemtica que condena a diversos otros a espacios subalternos, sea a partir del confinamiento laboral, la marginacin institucional o el ostracismo cultural. Una lectura crtica del presente, por tanto, no se agota en una dimensin poltico-estatal o jurdico-policial. Tiene que abordar otras dimensiones de anlisis, partiendo de las prcticas econmicas, sociales y culturales en las que participan estos sujetos colectivos, reguladas por diferentes instituciones pblicas y privadas (administracin pblica, medios de comunicacin, mercado laboral, sistema de enseanza formal, acceso a la vivienda y al sistema sanitario, etc.).

Dicho lo cual, las graves desigualdades que se estn planteando en la actualidad permiten cuestionar la complacencia oficial al momento de interpretar nuestras sociedades. Sera un error, con todo, suponer que la discriminacin opera de forma indiscriminada. Antes que un rechazo general a los inmigrantes, las polticas europeas han optado por mecanismos selectivos (p.e. la tarjeta azul, la adquisicin de viviendas o la libre circulacin de comunitarios) que permiten discriminar categoras de sujetos, segn sus niveles de renta, su nivel de cualificacin o su pertenencia etnocultural. La resultante no es otra que la priorizacin de ciertos movimientos migratorios acordes a las necesidades instrumentales de mano de obra o de capital y aquellas que son consideradas prescindibles o indeseables. Aunque a menudo los estados europeos son comparados a un gigantesco dispositivo policial, ello no niega que tambin se asemejen a grandes empresas de trabajo temporal, tal como es caso de Alemania, quien en 2015 recibi a cientos de miles de personas con niveles medios y altos de cualificacin a coste cero, presionando a la baja los salarios de las clases trabajadoras locales.

La resultante de esta combinacin explosiva de crisis econmica, cultura hegemnica y polticas de estado neoconservadoras es doble: la produccin de un proletariado perifrico que atiende -con derechos mermados- las demandas fluctuantes del sistema productivo y la produccin de parias que son considerados tcnicamente prescindibles, expulsados tanto de la produccin como del consumo. Dicho de forma brutal: el capitalismo, en esta fase, produce un sobrante estructural de seres humanos que ni siquiera cuentan como ejrcito de reserva y que son condenados a la marginacin social e institucional, a la vigilancia y el confinamiento e incluso a la muerte por abandono.

No se trata, sin embargo, de ninguna fatalidad. Por el contrario, es efecto de una racionalidad instrumental que opera a partir de una poltica de reciclaje y descarte de cientos de miles de seres humanos, incluyendo una parte de la poblacin nacional pauperizada. Quizs por eso la tesis acerca de la actualidad del fascismo no slo resulte plausible sino bsica para comprender las condiciones del presente. Puede que no seamos suficientemente conscientes de lo que supone construir el planeta como una descontrolada fbrica de residuos, sobre todo porque los antecedentes que conocemos son demasiado horrorosos como para poder asimilarlos. Desde una perspectiva sistmica, lo que cuenta no es ya la existencia misma de esas vidas sino su gestin como sobrante. Si por un lado la falta total de reciclaje conduce a riesgos ms o menos imprevisibles (terrorismo, criminalidad, etc.), la inversin que supone el reciclaje, en la actual ecuacin basada en el rendimiento, no puede ser ms elevada que el costo de desecharlos completamente. Si el lmite de la social-democracia europea era la indigencia (reciclar para evitar la pobreza extrema dentro de las fronteras nacionales), el neoconservadurismo y su utopa de desregulacin econmica y control policial- no parece tener otro lmite que no sea la necesidad de gestionar el riesgo, esto es, de regular la aparicin de la amenaza terrorista, el incremento de la delincuencia y la irrupcin de movimientos sociales con potencial subversivo (identificados, en ltima instancia, como una variante local del terrorismo globalxiii).

La constitucin del capitalismo en una mquina biopoltica fascista cada da margina flujos humanos, apelando en ciertas zonas francas a mecanismos selectivos como la criminalizacin, el asesinato, la guerra no convencional o la propagacin de hambrunas y enfermedades endmicas. La contracara del ultraliberalismo del capital que circula de forma irrestricta a nivel mundial- no es otra que esta forma de totalitarismo que asfixia a sus vctimas sin ensuciar en exceso sus manos invisibles. Quizs por ello haya que insistir en las diferentes modulaciones de esta mquina: su fascismo tiene intensidades variables segn contextos geopolticos diversos e incluso segn los colectivos de los que se trate.

En este punto, ms que definir el fascismo por su objeto, quizs se trate de conceptualizarlo como un conjunto de operaciones represivas con respecto al Otro y a nuestra propia alteridad. Hay que recordar que una de las primeras medidas que el nacionalsocialismo tom con respecto a los judos fue retirarles la nacionalidad alemana. No es ningn azar: una medida as puede interpretarse como el comienzo de un proceso de separacin donde el otro es puesto a una distancia radical, primero como extranjero, luego como no-humano. Semejante extraamiento del otro como otro es parte del proceso de cosificacin que no slo obstruye toda empata, sino que adems prepara las condiciones subjetivas para su eliminacin. La indiferencia actual ante su suerte muestra que nuestra poca de grandes conquistas tcnicas es tambin el tiempo de una ignominia tico-poltica generalizada. Debemos a un superviviente judo, Primo Levi, el sealamiento de que los campos de concentracin nazis introdujeron en nosotros la vergenza de ser hombres. No porque todos seamos responsables del nazismo o porque todos seamos unos asesinos, sino porque hemos sido manchados, por no haber podido ni sabido impedirlo. Tal vez sea esa vergenza la que quizs nos impulse a combatir el fascismo en nuestros corazones y seguir apostando por otras formas de sociedad.

Notas:

i Ver al respecto Bauman, S. (2010): Modernidad y holocausto, Sequitur, Madrid.

ii Una categora semejante confina la vulnerabilidad a unos grupos determinados, como si no fuera en primer lugar una cuestin de clase, transversal a otras dimensiones identitarias. As, no habra que apresurarse a sealar, en el contexto europeo, que amplias franjas sociales empobrecidas tambin son sistemticamente vulneradas -incluso si disponen de un empleo (ms o menos precario y temporal)-?

iii Mndez Rubio, A. (2015): Fascismo de baja intensidad, La Vorgine, Santander.

iv Puede consultarse el informe de Acnur (2015), Tendencias Globales, http://www.acnur.org/fileadmin/scripts/doc.php?file=fileadmin/Documentos/Publicaciones/2016/10627.

v En la actualidad, la masacre que lidera la coalicin entre EEUU y Arabia Saud ha provocado el desplazamiento interno de ms de 1.400.000 yemenes (http://blogs.publico.es/puntoyseguido/3550/eeuu-y-arabia-saudi-provocan-en-yemen-la-mayor-crisis-humanitaria-del-mundo/)

vihttp://www.datosmacro.com/demografia/poblacion/siria.

viihttp://www.eldiario.es/desalambre/medidas-ponerse-marcha-crisis-refugiados_0_468253769.html

viiihttp://www.eldiario.es/desalambre/europea-vigilancia-fronteras-empieza-funcionar_0_566593525.html

ix Benjamin, W. (1987): Imaginacin y sociedad. Iluminaciones I, Taurus, Madrid.

x Bauman, S. (2008): Vidas desperdiciadas, Debate, Espaa.

xi Entre esas fuentes hay que tomar en consideracin los informes anuales elaborados por el Observatorio Espaol del Racismo y la Xenofobia, dependiente de la Direccin General de Integracin de los Inmigrantes y los informes elaborados por diferentes entidades sociales: entre algunos otros, el Informe Raxen (de Movimiento contra la Intolerancia), el informe El racismo en el estado espaol (de SOS Racismo), y el Informe de Derechos Humanos (de Amnista Internacional).

xii No deja de ser sintomtica la ausencia de un Plan nacional de lucha contra el racismo, la xenofobia y otras formas de discriminacin (tanto en sus formas espontneas como en sus modalidades institucionales), por no hablar de la carencia o escasez de polticas transversales de interculturalidad en las instituciones pblicas y privadas o la transformacin del sistema judicial para que las agresiones racistas dejen de ser juzgadas mayoritariamente como delitos comunes.

xiii La invocacin del terror consolida una poltica de seguridad ligada a un proyecto de control extendido. La amenaza global del terrorismo no debera impedirnos reconocer que tambin los propios estados occidentales son productores de este tipo de amenazas.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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