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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-11-2016

La calle, las instituciones, y todo lo dems?

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Confieso que he vivido con una cierta incomodidad la polmica podemita sobre la articulacin entre las instituciones y la calle porque, al contrario de lo que pretenden sus protagonistas, no traduce una voluntad de debate y clarificacin sino de puro alineamiento o encasillamiento- en el interior de una disputa de poder. Las disputas de poder, es cierto, se proveen de instrumentos de intervencin y, cuando se combate al rival con discursos, puede ocurrir que, junto a enunciados simplificadores y manipuladores, se abra un margen de debate provechoso y enriquecedor. As ha ocurrido en ciertos casos. Pero tambin es verdad lo contrario: cuando los discursos encubren luchas de poder tienden a empobrecerse, simplificarse y derivar en frmulas propagandsticas.

Una de estas frmulas es la que se ha impuesto con la ayuda de los medios de comunicacin, empeados en construir un relato novelesco que, como todos los relatos, busca espontneamente un enfrentamiento binario: radicales contra moderados o rebeldes contra acomodaticios. Lo malo de esta frmula no es que sea falsa; es que es extraordinariamente reductiva. Dnde deben estar las fuerzas transformadoras? En las calles o en las instituciones? La disyuntiva no slo parece excluir uno de los trminos sino excluir sobre todo un vasto espectro de la realidad social. No debemos estar en las redes? Ni en los medios de comunicacin? Ni en los bares? Ni en los centros de trabajo? Ni en las zonas rurales, esa Espaa vaca de la que habla Sergio de Molino, abandonada de todos y, al mismo tiempo, poltica y electoralmente decisiva? El debate calles versus instituciones es, en realidad, un debate de vieja izquierda que el 15M primero y a continuacin Podemos superaron de hecho. Es un mal sntoma de retroceso y potencial derrota- que vuelva ahora con esta acucia. Las fuerzas transformadoras deben estar en todos los sitios donde se decida algo y eso incluye, sin duda, el Parlamento y la calle, pero tambin o, sobre todo, los bares y los pequeos territorios. Gramsci recordaba, citando con envidia el caso del filsofo Benedetto Croce, que un pensamiento o sencillamente una pregunta- se vuelven hegemnicos cuando se citan en los cafs sin referencia al copyright: todo el mundo en Italia repeta frases de Croce sin saber que eran suyas y, an ms, sin saber de la existencia de Croce. Ese fue el salto que logr Podemos. El 15M proporcion las frmulas de un nuevo sentido comn constituyente que encontr en la propuesta encabezada por Pablo Iglesias su materializacin electoral. Si en dos aos se ha pasado de cero a cinco millones de votos no es porque a las movilizaciones de Sol de 2011 se sumaran cuatro millones y medio de manifestantes sino porque todo el mundo, en los bares y en los consultorios mdicos, en los estadios de ftbol y en las colas del INEM, empez a utilizar con naturalidad inesperada frases (cifras de agregacin colectiva) hasta entonces reprimidas o incluso prohibidas. Antes del asalto al Parlamento fue, s, el asalto a los bares.

Ahora bien, no hay que olvidar, dos aos despus, que 5 millones de espaoles han votado a Unidos Podemos para que est en los Parlamentos y los Ayuntamientos y sera casi un fraude electoral decirles ahora que hay que abandonar o descuidar ese espacio y condicionar la participacin en el proyecto a la mayor o menor disposicin a protestar en la calle. Tampoco hay que olvidar que el Parlamento no es el lugar a donde va uno cuando quiere arrellanarse en un silln, hablar en vano y transformarse rpidamente en casta, sino el lugar donde se hacen esas leyes contra las que hemos salido a las plazas de nuestras ciudades casi siempre en vano- a protestar y reclamar. Leyendo algunas mitificaciones de la calle casi se dira que la situacin ideal la ms de izquierdas y revolucionaria- es la que mantiene a un PP feroz en el poder y a un grupo de esforzados militantes en la calle, casi en paralelo y que cuantas ms leyes injustas apruebe el PP en el Parlamento ms derechos conquistamos nosotros en la calle. El Parlamento es el lugar donde hay que deshacer esas leyes para sustituirlas por otras ms justas y de nada sirve quedarse en sus puertas gritando si Podemos pierde de vista que su cometido no es gritar ni tampoco sentarse en el Parlamento- sino cambiar las leyes, como le piden esos todava insuficientes cinco millones de votos obtenidos el 20D. Por eso hacen falta los que faltan para llegar ms lejos.

La oposicin binaria calle/instituciones genera una doble ilusin. Una: la de que hay que escoger entre los dos polos (y slo entre esos dos, olvidando todos los dems). La segunda: la de que realmente podemos escoger. En el Parlamento tenemos 71 diputados, insuficientes para la tarea asumida. Pero, cunta gente podemos sacar a la calle? La calle tampoco es nuestra. La calle est vaca. Para llenarla si es que se es nuestro propsito- habr que trabajar en todas partes, incluido el Parlamento, un privilegiado espacio de visibilidad y convocatoria. De otro modo, volveremos al viejo atletismo moral de la vieja militancia premayista que convocaba en las plazas una y otra vez a las mismas 5000 personas, todas mayores de 50 aos, mientras los gobiernos del rgimen slo dejaban de frotarse las manos con satisfaccin para hacernos un corte de mangas. Me he pasado toda mi vida haciendo eso. Gloria a nuestros hroes derrotados, a los infatigables, a los incorruptibles! Un saludo a nuestros sabios y nuestros valientes! Pero, bienvenidos tambin los cansados, los dolidos y cabreados, los vacilantes, los alienados que buscan an su camino! No basta un chasquido de dedos de un lder carismtico para que la calle se llene de gente. Y menos an la sabidura esclarecida y un poco displicente de esa vanguardia desalienada que ha sabido salir de la caverna y, tras contemplar la luz, ya no se acuerda de cmo se vuelve a ella. O que cree que sus puertas se abren con el ssamo del comunismo como desenlace natural de la Historia, el progreso de las fuerzas productivas o el proletariado como clase universal. Tanto la calle como el Parlamento hay que trabajrselos en las zonas intermedias, barrios, bares, lugares de trabajo, redes, medios de comunicacin. All donde llega el capitalismo, que llega a todas partes, debemos estar nosotros, porque all donde llega el capitalismo se decide polticamente nuestra vida. Pero este nosotros somos precisamente las vctimas, todas las vctimas y no slo aqullas cuya inteligencia o conciencia (o coraje y compromiso) son mayores que las del nosotros comn.

(En este contexto, digmoslo de paso, el tono es importante. Cmo no va a serlo? La verdad es revolucionaria. Pero la verdad no dice nada; hablan los hablantes y las relaciones entre ellos. El poder, por ejemplo, no grita; y si la justicia tiene que gritar es porque raramente se la escucha. La tendencia a gritar, atavismo izquierdista de los inaudibles, alimenta la ilusin de que si gritamos somos ms justos. Ya no necesitamos gritar tanto. Ahora que se nos escucha, y hasta demasiado, hay que bajar la voz, decir la verdad sin aspavientos. Los aspavientos son ms mediticos que movilizadores. Si son noticia digamos- es que no son verdad. La prdida de poder y la prdida de tono se alimentan recprocamente. Pensemos en el caso del diario El Pas, que va perdiendo los dos al mismo tiempo. Empez a perder el tono cuando otros poderes amenazaron el suyo y, cuando empez a perder lectores, perdi completamente el tono. El poder no grita. Gritamos cuando somos inaudibles y entonces nos creemos justos- o cuando estamos a punto de perder la voz).

Pero nuestro propsito, recordmoslo, no es ni salir a la calle ni llegar al Parlamento. Podemos quiere transformar el mundo y, ms modestamente, Espaa. Ese mundo y esa Espaa son capitalistas. Podemos es una fuerza anticapitalista. Pero es una fuerza anticapitalista en una Europa postrevolucionaria en la que el capitalismo funciona como una civilizacin incrustada en marcos de supervivencia, pautas de consumo y moldes tecnolgicos que hacen impensable, y hasta indeseable, un derrocamiento fulminante de sus estructuras econmicas. Este lmite estructural implica aceptar dos realidades antropolgicas. La primera es que el sufrimiento, muy repartido, no conecta de manera directa y transparente con la izquierda. El anticapitalismo no es ya o no slo de izquierdas y esto abre posibilidades y amenazas. Hay anticapitalistas conservadores y hasta reaccionarios. Y, desde luego, cristianos y musulmanes. Si no todos los catlicos apoyan al Papa Francisco, todos los seguidores del papa Francisco son anticapitalistas. As que si no queremos que las vctimas del capitalismo busquen soluciones por la derecha, el anticapitalismo de Podemos no puede ser simplemente de izquierdas.

El segundo lmite antropolgico tiene que ver con las manifestaciones concretas del capitalismo financiero postindustrial y sus ganchos neurolgicos: es nuestra vida la que est atrapada en sus ganglios centrales. Qu hacer contra el capitalismo? Nombrarlo? Condenarlo? Conocerlo? No basta. A menos que creamos de manera irresponsable que en Espaa y en Europa est en marcha una revolucin popular anticapitalista y de izquierdas, conviene aceptar, como condicin de toda accin posterior, que no vamos ganando, que vamos claramente perdiendo y que la tarea prioritaria no es la de acabar antes del prximo lunes con el capitalismo. Es mucho ms probable que el capitalismo acabe antes con la democracia y con la humanidad misma. La tarea prioritaria, si queremos en el futuro transformar o revertir las condiciones de produccin y distribucin de los bienes generales, es la de cito de nuevo a Wallerstein frenar a la ultraderecha y amortiguar los daos del neoliberalismo; es decir, conservar la democracia y salvar vidas. Para eso hace falta el Parlamento, concebido como la plaza pblica en la que desemboca la larga calle repoblada, con sus bares laterales y sus barrios y campos recuperados. Pero para esta pequea, modesta tarea, hace faltams que el fetiche calle o el fetiche institucin- la construccin de una organizacin flexible, democrtica, transversal e integradora. Un partido que no se construya a la medida ya de ese otro mundo posible an lejano no podr acometer la pequea, modesta tarea de conservar la democracia y salvar vidas desde el Parlamento, ni tampoco la de movilizar a la gente en las calles cada vez que sea necesario y va a ser necesario- salir a protestar. Lamento ser de nuevo cenizo y reiterativo: en Europa hay ya una revolucin antisistema y es de extrema derecha. Si Unidos Podemos y las fuerzas del cambio no construyen una organizacin sensata, perderemos el Parlamento y perderemos la calle y el vaco que dejemos no lo ocupar una fuerza ms revolucionaria, radical, anticapitalista y de izquierdas sino, como ocurre ya en el resto de Europa, el neofascismo, la xenofobia, el capitalismo nacionalista identitario y el colapso de la civilizacin.

Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/11/08/la-calle-las-instituciones-y-todo-lo-demas/9262

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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