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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-11-2016

Los hombres huecos

Miguel Casado
El Norte de Castilla


"Me gustara mucho hacer una excursin con un grupo de absolutamente nadie. Naturalmente, a la montaa; adnde si no? Cmo se apian esos brazos extendidos y entrelazados, todos esos pies con sus innmeros pasitos! Por supuesto, todos estn vestidos de etiqueta" as empieza "La excursin a la montaa", el brevsimo texto de Kafka. Pens en evocar algunas de estas excursiones contadas por escritores mientras lea En presencia de la ausencia, la autobiografa de Mahmud Darwix: cuando, tras un largo exilio, puede visitar los lugares de su infancia y juventud y, al irse acercando a ellos, repite para s: "Por qu baj del Monte Carmelo?", referencia literal a este monte, situado junto a Haifa, en la costa de Palestina, donde naci. Me preguntaba por el destino simblico de las cosas aqu, las montaas, por su uso como trminos de un vocabulario metafsico. Si los griegos compensaban la alta dignidad del Olimpo con la condena de Prometeo en el Cucaso, la tradicin juda tom los montes como lugar de revelacin divina y trasfiguracin humana a su luz (Nebo, Tabor...).

Petrarca inicia esta lnea narrativa moderna con su ascenso al Mont Ventoux en la primavera de 1336, que reconstruye en una epstola tarda; apenas cuenta nada del pelado monte provenzal, la cabeza del montaero se ocupa en sus meditaciones, encuentra en la excursin cauce adecuado para repasar la vida y hacer balance, convirtiendo la subida en proceso alegrico y moral que habla de la superacin del pecado (y la torpeza de Petrarca para trepar o su retraso respecto a los acompaantes ya no seran datos realistas) y el perfeccionamiento espiritual. Solo dedica un momento a elogiar el maravilloso panorama que se divisa desde arriba.

Pens como contrapartida en La doctrina del Sainte-Victoire, de Peter Handke, que recordaba dentro de un proyecto para salvar las cosas. Tras la estancia del gelogo Sorger en la Alaska de Lento regreso, Handke ya sin interponer nombre de personaje decide subir a esta otra montaa provenzal, la tantas veces pintada por Czanne, buscando la huella del pintor a la vez que respuestas a su pregunta sobre la realidad; la tica de Spinoza, llamado aqu "el Filsofo", es el libro de cabecera. Pero, reledo a la luz de Petrarca, el relato de Handke se suma al mismo gnero de excursin metafsica; buena prueba es la dificultad del narrador para atender a su propio ascenso: preparativos, reflexiones paralelas van llenando las pginas; luego por fin emprende la excursin por tres veces: la primera, contornea la base del pequeo macizo; la segunda y la tercera, alcanza la cresta por distintas rutas; pero en ninguno de los tres casos hay descripcin, encuentro con la materia de esa montaa tan conocida como imagen. Incluso l se reprocha: "No ests pensando siempre en comparaciones con el cielo cuando se trata de la belleza: mira la tierra. Habla de la tierra, o simplemente de las manchas de tierra que hay aqu. Nmbrala con sus colores". En medio de la naturaleza, parece acelerarse la meditacin sobre las contradicciones del yo, orientndose todo como bsqueda de un sentido, una esencia que de las cosas se transfiera a lo humano, se transponga en trminos de su lengua, elementos de su repertorio ideolgico. Handke es ciertamente un escritor con ojos, y el conflicto que le crea esta posesin de la mirada por lo metafsico queda al fin indeciso. Por un lado, el gozo de la subida a la montaa es de signo filosfico: "Y vi que se abra el Reino de las Palabras, con el Gran Espritu de las Formas; con el velo de lo oculto; con el intermedio de la invulnerabilidad; para la prosecucin indeterminada de la existencia, como defini el Filsofo la duracin". Por otro, tras esta artillera pesada de proyectiles abstractos, el personaje abandona Provenza, aparece en Salzburgo, vuelto por fin a casa (lento regreso), pasea por el bosque que trepa las colinas de las afueras, y el libro concluye con una larga descripcin, cuajada de detalles y matices, ajena a transferencias de sentido, calladas ya la analoga y su compaera, la moral.

Este final abierto me llev a El Monte Anlogo, la "novela de aventuras alpinas no euclidianas y simblicamente autnticas", que dej inacabada al morir, en 1944, Ren Daumal. Se trataba de encontrar "la montaa simblica por excelencia" y su autor alma del grupo surrealista disidente de la revista Le Grand Jeu solo tuvo tiempo de contar la indagacin, cientfica y esotrica, para situar en el mapa el pico desconocido; la formacin del grupo expedicionario; la llegada a la isla donde se levanta el monte, y apenas el comienzo del camino, el encuentro con los habitantes, extraa sociedad entre utpica y borgiana. Si el relato, fresco y sugerente, extrema el papel espiritual de las altas cumbres, su negativo est en las pginas que dedica a la leyenda de "los hombres huecos". En coincidencia con Eliot "somos los hombres huecos / somos hombres de trapo / unos en otros apoyados / con cabezas de paja" compone una intensa figura: "Los hombres huecos viven en la piedra, se pasean por ella como cavernas mviles. Se pasean sobre el hielo como burbujas de forma humana. El vaco es su nico alimento, comen la forma de los cadveres y se embriagan de palabras huecas". Es un mito de la montaa, dice Daumal. Y antes el narrador haba explicado el miedo "a la muerte que experimento a cada instante, a la muerte de esa voz que tambin a m desde el fondo de mi infancia me pregunta Qu soy? Cuando esa voz calla, me convierto en un armazn hueco, un cadver que se agita". Es la angustia de la identidad: vaco y muerte, fantasa de hombres huecos. La montaa abierta a la trascendencia celeste ofrecera acceso al sentido, redencin para esa amenaza de oquedad.

Pero suena la cancin de Kafka. Su alegre escena fantasmal parodia este conflicto y el empeo que genera; se re, hace un gesto de extraeza, celebra, siempre con lucidez sin semejanza: "Vamos tan contentos; el viento se cuela por los intersticios del grupo y de nuestros cuerpos. En la montaa nuestras gargantas se sienten libres. Es asombroso que no cantemos".

 

Lecturas.-

Franz Kafka, "La excursin a la montaa", en: La condena. Traduccin de J.R.Wilcok. Madrid, Alianza, 1986.

Mahmud Darwix, En presencia de la ausencia. Traduccin de Luz Gmez Garca. Valencia, Pre-Textos, 2011.

Francesco Petrarca, Subida al Monte Ventoso. Traduccin de Plcido de Prada. Palma de Mallorca, Olaeta, 2011.

Peter Handke, La doctrina del Sainte-Victoire. Traduccin de Eustaquio Barjau. Madrid, Alianza, 1985.

Lento regreso. Traduccin de Eustaquio Barjau. Madrid, Alianza, 1985.

Ren Daumal, El monte Anlogo. Traduccin de Mara Teresa Gallego. Girona, Atalanta, 2006.

T.S.Eliot, "Los hombres huecos", traduccin de Jordi Doce, en: La tierra balda, Cuatro cuartetos y otros poemas. Edicin de Juan Malpartida y Jordi Doce. Barcelona, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2001.

 

Fuente: Este texto ha sido publicado en "La sombra del ciprs", suplemento del diario El Norte de Castilla.



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