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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-11-2016

Trump, el preferido de Clinton

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Es difcil aadir nada nuevo a algunos de los excelentes anlisis que desde la izquierda se vienen haciendo estos das en torno al triunfo de Trump en las elecciones estadounidenses del pasado martes; nada, desde luego, al marco interpretativo general, orientado a tratar de entender -y no a despreciar- los motivos del votante republicano. Me gustara slo recordar algunos datos muy elementales para desplazar la mirada hacia arriba, lejos de las urnas, en direccin al lugar que ocupan los candidatos, ese lugar donde -en EEUU y en Europa- se estn produciendo los verdaderos cambios.

Recordemos, por ejemplo, que el 37% del ya reducido censo electoral estadounidense no ha votado.

Que Trump ha ganado el voto electoral pero no el popular; es decir, que va a ser presidente de los EEUU con menos votos que su rival.

Que Trump ha obtenido menos votos que otros candidatos republicanos derrotados en comicios anteriores. Pensemos, por ejemplo, en los casos de McCaine en 2008 y de Romney en 2012.

Que la mayor parte de los votantes ha votado a uno de los dos partidos tradicionales en un pas donde slo formalmente es posible llegar a la Casa Blanca desde fuera del bipartidismo centenario dominante. Que Trump era, por tanto, el candidato de los republicanos como Clinton la candidata de los demcratas y que gran parte del voto estadounidense va rutinariamente destinado a una de las dos marcas, con independencia de quin las represente.

Que no es cierto -o no del todo- que el voto a Trump refleje una revuelta de los pobres. Segn las estadsticas, del 17% de votantes cuyos ingresos son inferiores a 30.000 dlares, el 53% habra votado a Clinton y slo el 41% a Trump; una distribucin muy parecida se registra en la franja de poblacin (19%) con ingresos inferiores a 50.000 dlares. Trump gana precisamente en todos los tramos econmicos superiores, donde el resultado, por lo dems, es muy equilibrado. Gana tambin entre los blancos, hombres y mujeres (63% y 53% respectivamente), mientras pierde entre los no blancos, cuyas condiciones sociales son menos favorables (slo han votado republicano un 12% de negros y un 35% de latinos, algunos ms, en todo caso, que en las elecciones ganadas por Obama). Si hay una revuelta es la de los blancos trabajadores pobres de zonas rurales, revuelta que, ms que autorizar una lectura tradicional de clase, expresa una fractura cultural no desdeable -dir la sociloga Arlie Rusell Hochschild entre la derecha pobre estadounidense y el Estado del que depende. En un libro de ttulo muy elocuente (Extranjeros en su propia tierra: ira y luto en la derecha americana) Hochschild describe con detalle la situacin en Louisiana, donde los blancos ms castigados por la crisis, beneficiarios de subsidios estatales, se sienten despreciados por las clases urbanas liberales, tambin blancas, que les habran cortado el acceso al sueo americano (en favor de los negros o los latinos) y adems condenaran sus relaciones familiares, sus creencias religiosas y hasta su forma de comer.

Digamos, por tanto, que la crisis, y la respuesta de los poderosos, ha agravado una fractura cultural ya existente que no ha afectado, sin embargo, al sistema de partidos ni a la distribucin del voto. La leccin que yo extraera de la victoria de Trump -y de la extensin del destropopulismo en el mundo entero- no es la de que los trabajadores y clases medias empobrecidas prefieren el fascismo; lo que se ha desplazado hacia la derecha no es el electorado sino los dirigentes y sus partidos. Podemos afirmar sin vacilaciones que en las elecciones del pasado martes, en el marco intocado del bipartidismo, cada uno de los candidatos representaba, respecto del ao 2012, la derechizacin extrema de sus respectivas organizaciones, con la diferencia de que, mientras Clinton haba cerrado toda apertura por la izquierda y representaba a las lites blancas y al establishment capitalista, Trump representaba un paradjico -dice muy bien Amador Fernndez-Savater elitismo anti-elitista, un sistema anti-sistema y un capitalismo anti-capitalista. Mientras el votante de izquierdas se quedaba sin representacin o derechizaba su voto como mal menor, el votante republicano se radicalizaba y hasta giraba hacia la izquierda votando una propuesta que combinaba ataques a los ganglios econmicos y simblicos del sistema con una reivindicacin orgullosa de la cultura material de los blancos ms pobres, despreciada por los demcratas. Slo Bernie Sanders, el candidato demcrata derrotado en primarias, se ha mostrado plenamente consciente de este doble frente -social y cultural- como lo demuestra su comunicado del pasado mircoles, en el que escribe que en la medida en que Trump est dispuesto a tomar medidas polticas en favor de las familias trabajadoras de este pas, yo y otros progresistas estamos preparados para trabajar con l; en la medida en que defienda polticas racistas, sexistas, xenfobas y anti-ecolgicas, nos tendr vigorosamente en contra.

Quin es el ltimo responsable de la victoria de Trump? Hay motivos fundados para creer que, en el contexto descrito, slo Sanders poda haber presentado verdaderamente batalla con alguna garanta de xito. Y que son los liberales blancos del partido demcrata -no menos racistas, por cierto, y ms clasistas- los que, entre Sanders y Trump, han preferido al chiflado, autoritario, machista y xenfobo candidato republicano. La citada Arlie Rusell Hochschild es tajante sobre la responsabilidad de los dirigentes progresistas: El Partido Demcrata, el partido de los trabajadores, se est desangrando. La gente trabajadora abandona el partido en masa, haciendo que sea la izquierda la que se convierte en extranjera en su propia tierra. [Los votantes de Trump] no son en absoluto deplorables, como declar Clinton. Son sus aliados naturales. Muchos sienten simpata por Bernie Sanders, a quien llaman, con afecto, to Bernie. De hecho ya estamos de acuerdo en muchas cosas. La pelota est en el tejado de los demcratas. El error es suyo: han abandonado a la clase trabajadora.

Esta opcin por el mal mayor de los partidos demcratas, que ya hemos visto otras veces antes a lo largo de la historia, es un fenmeno comn que hoy se extiende por Europa. Por qu gana terreno Le Pen en Francia mientras el PSF se desploma? Por qu gana el Brexit en Inglaterra? Por qu la socialdemocracia se disuelve como un azucarillo mientras avanza irresistible la ultraderecha? Ms all o ms ac de una izquierda autocomplacida en la derrota y desamarrada de la cultura de los pobres, la culpa es de unos partidos, unos intelectuales y unos medios de comunicacin que abren camino a todos los Trump del continente cerrando el paso a quienes podran frenarlos. Lo explica muy bien el conocido socilogo italiano Marco dEramo: nunca habr un plan B si sigue prevaleciendo el relato segn el cual toda forma de disidencia, de descontento popular y de voluntad de cambio es catalogada bajo el sello de populista. [En EEUU] la partida estaba ya jugada desde el momento en que los gestores de la opinin pblica haban equiparado a Sanders y a Trump bajo la etiqueta populista, olvidando que la distancia entre los dos es intergalctica: uno quera el servicio sanitario nacional, el otro quera suprimir el Obama Care; uno quera imponer tasas a los bancos, el otro abolir los impuestos, uno reducir los gastos militares y el otro construir un muro en la frontera de Mxico. Uno, aadira yo, quera recuperar y profundizar la democracia; el otro sacrificarla a un proyecto ideolgico autoritario, discriminatorio y medieval.

Nuestros polticos y periodistas mainstream optan una vez ms por el mal mayor. El caso de Espaa es ejemplar. Es el nico pas de Europa donde existe una alternativa pujante a la ultraderecha; el nico pas donde el malestar frente a la crisis y la clase poltica ha adoptado una forma democrtica; el nico pas donde puede apoyarse institucionalmente un dique europeo frente al fascismo. Ayer en estas mismas pginas Carlos Fernndez Liria escriba un magnfico artculo en el que recordaba lo que representan Podemos y las fuerzas del cambio, as como la responsabilidad de nuestros medios de comunicacin (y nuestros opinadores) en su debilitamiento y criminalizacin. Cada vez que se califica a Podemos de populista, equiparando a Pablo Iglesias con Trump o Le Pen, se toma en realidad partido por Trump o Le Pen -se trabaja en favor de un Trump o un Le Pen- y ello frente al nico proyecto factible que, con todos sus errores y hasta sus miserias, no slo est evitando el trumpismo y el lepenismo en Espaa sino que se toma en serio la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho.

La sola polarizacin real que existe hoy en el mundo -muerto el comunismo histrico- es la que existe entre democracia plena y dictadura(s), entre civilizacin y barbarie, entre derecho(s) e intemperie. El caso de EEUU debera ensearnos lo que ocurre cuando las lites abandonan a los pueblos y desplazan a un Sanders en favor de una Clinton: que los Clinton y sus partidarios, con la democracia que no han querido defender, son devorados por el fascismo.

(*) Santiago Alba Rico es filsofo y columnista.

Fuente: https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/11/11/trump-el-preferido-de-clinton/9290



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