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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-11-2016

El odio y sus flechazos

Santiago Alba Rico
Ctxt


En el odio, como en el amor, hay flechazos. La diferencia es que los flechazos del amor presuponen la suspensin del juicio --amo con independencia de los defectos y las virtudes, igual que estornudo-- mientras que los flechazos del odio fundan sus seuelos en el placer soberano de juzgar. El enamorado se entrega o se rinde; el odiador se empondera hasta la destruccin --al menos virtual-- del objeto de su odio. El equivalente jurdico del flechazo del odio es, en efecto, esa farsa asociada a la justicia militar que llamamos en tiempos de guerra juicio sumarsimo: ah te tengo, tu presencia en el banquillo confirma tu culpa, te condeno de un plumazo, te conduzco rpidamente al paredn. Ahora bien, del mismo modo que el enamorado se siente bueno cuando besa, el odiador sumarsimo se siente bueno cuando fusila. Es lo que he llamado otras veces justicierismo. Si uno no puede sentirse bueno amando, busca sentirse bueno odiando. Odiamos, en todo caso, por las mismas razones que amamos: para sentirnos mejores; para purificar nuestra alma; para probar las delicias de la bondad supina. El mundo se divide, en realidad, entre enamorados y justicieros, los cuales intercambian a menudo sus papeles, y puede afirmarse que el nmero de justicieros aumenta de manera inversamente proporcional al de enamorados. Preferimos, es cierto, entregarnos o rendirnos; preferimos el flechazo sin juicio y el beso redentor. Pero si no podemos amar entonces queremos juzgar: queremos estar al menos al lado de la justicia, aunque sea a travs del odio sumarsimo: es lo que se conoce como tomarle mana u ojeriza a alguien --que siempre se lo merece--. Pensemos, por ejemplo, en el odio monumental de la prima Bette, el personaje de Balzac, o en el que siente hacia Patoso el sargento Hartmann en La chaqueta metlicade Kubrick.

El odio es una actividad mucho ms moral que el amor. Tambin ms abstracta. Amamos un cuerpo; odiamos una corporizacin. Amamos una persona; odiamos un tipo que encarna el Mal. Cuanto menos amor nutre nuestra vida y menos gobernamos nuestro destino, ms necesitamos juzgar las vidas ajenas, hacer un ejercicio de moralidad en el vaco, conservar, si se quiere, el esquema puro de la moral. El cine de Hollywood y enseguida la televisin cumplieron esa tan saludable como apoltica misin durante aos. Nada tiene de extrao el xito que, entre las amas de casa de los aos 80, tenan los culebrones latinoamericanos, que permitan tomar justiciero partido por el bien --frente al villano redondo y desalmado-- a quienes menos recursos tenan para decidir su propia existencia y la de su comunidad. La moral sumarsima ha sido siempre el opio de los excluidos: eso que en las mujeres llamamos, con patriarcal realismo, cotilleo o chismorrera. Ese modelo de la moralidad chismosa, del juicio desplazado a la escala del vecindario o de la ficcin, esa rutina del flechazo contra el Mal corporizado se fue degradando en los programas del corazn y los realities (de Gran Hermano a Supervivientes), cuyo irresistible atractivo, en cualquier caso, tiene que ver con este placer elemental de repartir justicia a partir de esquemas comunes en un mundo --parafraseemos la frmula siempre mutilada de Marx sobre la religin-- carente de justicia y despojado de comunidad.

La moral chismorrera es, en el peor sentido del trmino, femenina. Pero donde el flechazo del odio ha encontrado un vivero fecundsimo es sin duda en las redes, que son mucho ms masculinas que la televisin, y ello en el peor sentido imaginable del trmino: pasamos de un salto, s, de la prima Bette al sargento Hartmann. Digamos que Twitter, mitad urinario pblico mitad patbulo privado, se ha convertido en el lugar donde los hombres --hombres-- reparten justicia. Sus 140 caracteres podan habernos convertido en aforistas geniales o en cultivadores del haiku. Son ms bien la excepcin. En general las redes han multiplicado de manera exponencial el nmero de justicieros que buscan un poco de intervencin en las tinieblas y un poco de bondad contra los otros. La empata, decamos, es personal y desprejuiciada; no tiene explicacin y por eso mismo, cuando hablamos del amor, la atribuimos al destino. Cabe ms en el cine que en Twitter; ms en un viaje organizado o en una despedida de soltero que en Facebook. La antipata, en cambio, es abstracta, moralista y racionalizadora; y, si empieza en un segundo, como el amor, no quiere, al contrario que el amor, conservar su objeto. El amor se siente bueno haciendo durar el cuerpo amado; el odio se siente justo destruyendo el objeto odiado. Un medio vertiginoso y telegrfico como el que han abierto las redes es una llamada irresistible a hacer justicia rpida, justicia justiciera, justicia masculina y sumarsima. El odio ha encontrado en las nuevas tecnologas un vertedero privilegiado y una levadura ilimitada. De la chismorrera femenina de los culebrones al justicierismo masculino de Twitter el odio se extiende ahora potencialmente a cualquier personaje pblico o que devenga pblico en virtud de un capricho de las redes.

La tercera temporada de Black Mirror, la serie de xito de Charlie Brooker, es inferior a sus antepasadas, pero el primer y el ltimo captulo, los mejores, convergen en este horizonte del odio tecnolgico. En el primero nos presenta una sociedad --la nuestra-- gobernada y jerarquizada por un plebiscito ininterrumpido en el que, a travs de una aplicacin de mvil, cada uno de los ciudadanos decide sin parar la vida de todos los dems, puntuando su conducta real y virtual en el horizonte de un ethos polticamente correcto alicatado de cursilera, eufemismos, falsa simpata y belleza estndar, y ello hasta el punto de que el odio ms arbitrario, expresado mediante el intercambio de insultos entre desconocidos, reaparece al final como el nico consuelo de los perdedores, que establecen de este modo --en la crcel!-- una relacin ms autntica. En el ltimo captulo, por su parte, es este odio el que, a travs de un plebiscito tecnolgico, decide la muerte cotidiana de personajes pblicos o aupados a la publicidad a travs de un azar imprevisible, azar asociado en cualquier caso a la actividad moralizadora --polticamente correcta-- de una sociedad que se cree tan buena y justa repartiendo justicia en Internet como buenos se sentan los blancos que en EEUU, hasta hace 50 aos, colgaban de una cuerda al negro sospechoso de robo o violacin.

Digo todo esto porque, en un reciente debate sobre paralelismos y diferencias entre la Europa de los aos 30 del siglo pasado y la de ahora, me olvid de llamar la atencin sobre una similitud: la que atae a la relacin entre odio y discurso polticamente correcto. Yo, lo confieso, siempre he estado a favor de lo polticamente correcto; de algo as como de un servicio de hipocresa de guardia las 24 horas del da. Me gustara que a nadie se le pasase por la cabeza un pensamiento machista u homfobo o racista o colonial; pero mientras esperamos esta transfiguracin universal prefiero que los machistas y homfobos y racistas se guarden sus pensamientos o los incuben, como ladillas, en las costuras de la red; y exijo que nuestros polticos y nuestros gobernantes respeten esta especie de acuerdo etolgico general. Los malos pensamientos de una minora slo se convierten en malas polticas cuando las instituciones los sacan de la oscuridad, pasan a enunciarlos sin complejos y los convierten en pensamientos mayoritarios: He aqu lo que piensa todo el mundo y nadie se atreve a decir. Eso es lo que hizo Hitler en Alemania y eso es lo que empez a ocurrir de nuevo en Europa hace veinte aos --y se ha acelerado hace diez-- cuando las polticas neoliberales comenzaron a erosionar las barreras materiales que nos protegan de los malos pensamientos y a multiplicar el nmero de las vctimas. Por eso hay que tener mucho cuidado con arremeter con ligereza revolucionaria --de derechas o de izquierdas-- contra los discursos polticamente correctos. Al machismo, la homofobia, el racismo ni agua: ni una ley: ni una sola palabra pblica.

Pero es que los malos pensamientos no se alimentan de la maldad de los hombres sino de su sed de justicia: de su odio justiciero. Si Trump o Le Pen o Farage pueden decir sin complejos lo que hasta ahora pensaba poca gente y menos se atrevan a confesar es porque nuestras clases dirigentes les han abierto de nuevo el camino zapando las condiciones de vida --y dignidad-- de los ciudadanos mientras seguan pronunciando en voz alta las mismas palabras vacas. El odio que la red revela, que la red alimenta, es ya el odio visceral dirigido contra un discurso polticamente correcto tan hueco y represivo que nos impide incluso insultar. Ese odio incluye hoy a nuestros polticos y nuestros medios de comunicacin, pero tambin a una izquierda sin recursos que se mueve entre la invocacin del amor abstracto y la predicacin estalinista y que, por eso mismo, se ha quedado un poco fuera de juego.

La comparacin con los aos 30 es legtima. Hoy no hay polarizacin ideolgica y los medios de destruccin tecnolgica son muy superiores, es verdad, pero en ambos casos el odio justiciero est saliendo de los mrgenes para ser naturalizado --y recibir un certificado de honorabilidad-- desde la clase poltica y las instituciones. En ambos casos el odio justiciero reclama asimismo hombres fuertes (aunque sean mujeres) que autoricen y estimulen a la gente a decir lo que slo se atreven a pensar. De momento nos salva la levadura misma: los mismos formatos tecnolgicos masculinos que inflaman los discursos marginales de las clases medias limitan su alcance emocional. Las nuevas tecnologas, asociadas al imaginario consumista an vigente, promueven --por utilizar el smil sexual-- el odio ocasional, sin compromiso y promiscuo. No somos odiadores ideolgicos sino digestivos. No llegar maana el apocalipsis, pero con ese odio bastar, de momento, para que el neoliberalismo pierda en EEUU y en Europa las elecciones en favor de esas nuevas lites antilites que, sin mejorar la situacin de las clases daadas por la crisis, completarn la obra de destruccin institucional y discursiva comenzada por los neoliberales.

Lo confieso: estoy a favor de la correccin poltica. Con las leyes y las palabras, las bromas justas. Ahora bien, no es fcil hoy defender lo polticamente correcto. La nica forma de hacerlo es --sera-- desde otras instituciones. Hace unos das un amigo tunecino resuma as la revolucin de 2011 en el pas norteafricano: La gente peda pan y les dieron democracia. Les dieron poca democracia. Porque si les hubieran dado bastante democracia, se habran dado a s mismos tambin el pan. La tpica polmica izquierdista sobre si pan o libertades (qu antes y qu despus) es tan estril y potencialmente peligrosa como la que enfrenta la calle a las instituciones. Digamos que slo habr una relativa justicia en el mundo cuando los hambrientos pidan democracia. Mientras pidamos slo pan, correremos el riesgo --en el mundo venidero, previsiblemente fragmentado y sin verdaderos Estados-- de que el pan nos lo d un mafioso o un dictador, como ha ocurrido otras veces antes. Hay que reclamar democracia plena, pues la democracia, concebida como el derecho a decidir sobre la propia felicidad y sobre los recursos comunes, incluye el pan, el vino, los libros, los rboles, los hospitales, las escuelas, el lecho nupcial y unos buenos peridicos. En Espaa las cosas van un poquito mejor --una pizca-- que en otros pases de Europa. La democracia, es verdad, no tiene bandera ni plato tpico ni himno ni traje nacional; no tiene relato propio y necesita parasitar otros, siempre colindantes con matrices identitarias menos liberadoras o ms excluyentes. Habr que moverse en el filo del relato con las ideas muy claras y las propuestas muy firmes, recordando que, muerto el comunismo histrico, el nico comunismo que puede dar la batalla a Trump y a quienes lo han llevado hasta all se llama democracia. Pero mientras inventamos palabras y canciones y aspirinas no caigamos en el error de creer que, sumndonos al flechazo del odio justiciero, avanzamos un solo paso hacia el amor concreto y sus races.


Fuente original: http://ctxt.es/es/20161109/Firmas/9476/populismo-trump-democracia-alba-rico.htm



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