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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-11-2016

La clase annima-revolucionaria latinoamericana y Fidel Castro

Sergio Palencia
Rebelin


Lo que Auguste Blanqui represent para los indomables espritus europeos del siglo XIX, Fidel Castro lo fue para los revolucionarios latinoamericanos del siglo XX. Ambos se forjaron en las luchas callejeras y en concilibulos estudiantiles, prestos a desencadenar insurrecciones urbanas. Bautizados en el fracaso y elevados a la historia en los triunfos colectivos, estos dos revolucionarios fueron parte de las luchas populares devenidas figuras heroicas. Es de notar: no hay mayor peso para un ser humano que el impuesto por la responsabilidad de asumir una lucha popular. Su trascendencia es su encadenamiento carnal, similar a la cruz del nazareno. De esto poco sabe nuestra poca nacida del derrumbamiento de los horizontes de sacrificio y disposicin. Por lo menos de sus idelogos.

Cuando un hombre o una mujer, en tanto individuos histricos, son elevados a la memoria viva de un pueblo, sus acciones se hacen momentos fundadores de un alma colectiva. Son y no son ellos. Por mucho que sus recuerdos concupiscentes sean expurgados por la memoria estatal como eternos luchadores, incorruptibles y probos, sus debilidades son precisamente las que guardan el fuego de una poca. El joven Fidel aprendi esto al reconocerse como parte de la lucha de su pueblo. Fue en Jos Mart que pudo vislumbrar la poesa de la lucha independentista y antiesclavista del siglo XIX en Cuba. El mismo Mart, el eterno adolescente exiliado, se entra a su pueblo al morir en el campo de batalla. La luminosidad de una herida personal solo encuentra su verdad en la oculta herida de un pueblo. En la sintona de tantos tiempos reside un presente disputado a travs de un solo instante. Fidel Castro es parte de una generacin que en su especificidad humana y geogrfica puede ser denominada latinoamericana, una que en un momento de desgarramiento y opresin opt por la incertidumbre. La batalla del Moncada en 1953 resuena como vibracin en las alamedas de Salvador Allende en 1971 o el llamado a la rebelda de Jacobo rbenz en 1944. Lo trgico como destino en los golpes contra rbenz o Allende lo asumi Fidel, para Cuba y Latinoamerica, en la victoria contra el ejrcito mercenario en la Baha de Cochinos. Esto, no otro, es lo que represent Cuba para muchos jvenes de los sesentas y los setentas: la posibilidad desde lo imposible, la restitucin del mundo en una sola vida, el sacrificio en pos del desbaratamiento de la dominacin y las clases. Frente a ellos no solo estaban los ejrcitos entrenados por Estados Unidos y la tortura hecha ciencia, sino la nada que todo traga y devora. Ese lapso, ese resquicio, esa ausencia la hicieron suya miles de latinoamericanas y latinoamericanos para atreverse a engendrar algo nuevo pese a todo. Pienso en la Carta abierta de un escritor a la Junta militar, redactada por Rodolfo Walsh en 1977. En su denuncia pblica este periodista argentino hizo de su ltimo escrito un acto de verdad contra la opresin: he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asum hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difciles1.

Un da despus muri acribillado por militares, tan parecidos en eso a sus colegas brasileos, mexicanos o salvadoreos. La verdad es insoportable para quienes se hartan de lo robado a los pobres y discriminados del mundo. Lo supieron en carne propia los obispos Oscar Romero o Juan Gerardi. Eso que se movi en Latinoamerica como un enorme anonimato revolucionario se hizo en Cuba horizonte. Castro no muri en las caadas del Yuro como el Che sino fue parte de la resistencia organizada de un movimiento devenido Estado. Nadie ms perspicaz y sutil que Ren Zavaleta para distinguir que lo que estaba en juego en Cuba era, en el fondo, la autoconsciencia de la posibilidad de emancipacin de las clases oprimidas latinoamericanas: Que la guerra juntara la lucha por la independencia, es decir, por la nacin o sociedad que se estaba constituyendo ah mismo, y a la vez por la liberacin de los negros esclavos, es de un gran significado, porque a partir de ello ser cubano deba significar no ser esclavista y no ser esclavo, desde luego. No son entonces los esclavos los que reciben la libertad de los blancos o mestizo independentistas, sino que ellos mismos conquistan su libertad al luchar por la de Cuba.2 Incluso en la Guatemala surgida de la Contrarrevolucin del 54', en las noches se juntaban, a la luz de una candela, jvenes citadinos para leer las publicaciones cubanas; en las aldeas indgenas algunos sintonizaban la emisora clandestina para escuchar los discursos de Fidel. Sus palabras se movieron por el mundo entero pero con especial fuerza en todos los pases latinoamericanos que compartieron los dolores del imperio espaol, ingls y estadounidense.

El fuego de Castro hay que rastrearlo pues en la rabia del esclavo azotado, en la marginacin de los artesanos y obreros frente a los hacendados oligarcas, en todo aquel lugar donde hubiese necesidad de constituirse en pueblo histrico. Eso temieron los gobernantes, capitalistas, embajadas: la potencia de una perspectiva, el arrojo de un acto ejemplar en el silencio, el sentimiento de dejar de ser parte de una masa informe explotada y, en su lugar, la constitucin de pueblos con decisin propia. De este material vivo pocos saben quienes vieron en Castro un general ms o en Cuba un estado-partido empobrecido. El reto de toda reflexin social y ms de aquella que aspira a hacerse entraablemente social es desgranar la fortaleza y el mito, el hombre como parte de un pueblo y la estatua de la burocracia. Los juicios son necesarios y debern ser necesariamente crticos en tanto puedan ir a la raz de la constitucin del momento particular de un pueblo en su constelacin histrica. Las mediaciones no niegan el paralelo en disputa, ms bien, como los lentes de una cmara, solo ajustan su visin y perspectiva. De antemano todo esto fracasar si el peso de la reflexin y el estudio se pone unilateralmente en Fidel como hroe y se desdibuja el movimiento de los millones de annimos latinoamericanos. Son ellos somos nosotros quienes podemos optar por lo vivo y arriesgarnos a luchar contra lo muerto y estancado. En la construccin de la comunidad humana universal nuestros hroes y nuestross annimos, nuestras tragedias y nuestros silencios, solo sern fuerza propulsora si logran hacerse a s mismos testimonio carnal. Cmo hacerlo? Jos Mart (XLV3) nos llama a palpar lo vivo en las estatuas. Como palabra encarnada, el fruto es un beso y una instigacin a la lucha.

Sueo con claustros de mrmol

Donde en silencio divino

Los hroes, de pie, reposan:

De noche, a la luz del alma,

Hablo con ellos: de noche!

Estn en fila: paseo

Entre las filas: las manos

De piedra les beso: abren

Los ojos de piedra: mueven

Los labios de piedra: tiemblan

Las barbas de piedra: empuan

La espada de piedra: lloran:

Vibra la espada en la vaina!

Mudo, les bese la mano

Notas:

1 Walsh, Rodolf. (1972 / 2002). Operacin Masacre. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, pp. 236

2 Zavaleta, Ren. (2009). El Estado en Amrica Latina (1984) (pp. 321-356) en: La autodeterminacin de las masas. Bogot: Siglo del Hombre Editores y Clacso. Compilador Luis Tapia, pp. 392

3 Mart, Jos. (1992). Versos sencillos (pp. 54-126) en: Obras completas. Volumen 16. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, pp. 365.

Sergio Palencia. Socilogo guatemalteco. Benemrita Universidad Autnoma de Puebla.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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