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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-12-2016

Carta a los asesinos de Punta Peuco de un ex preso poltico
Yo no perdono

Tito Tricot
Rebelin


Dicen que Dios existe y que es transparente como el agua, que los ngeles son dorados y que el amor nunca se acaba. Ahora dicen que los criminales detenidos en Punta Peuco pedirn perdn por las atrocidades cometidas en dictadura.

A ti asesino, torturador, violador te digo que podrs vivir mil aos y no tienes derecho alguno a salir en libertad. Slo deseo vivir lo mismo para ver el da que te entierren boca abajo para que si alguna noche cualquiera quieres salir te hundas ms an en las profundidades de la tierra. Porque yo no perdono, y si bien es cierto no puedo hablar por nadie ms, si puedo decir una palabra por Ignacio, mi hermano de lucha, el comandante Benito, a quien la impenetrable muerte lo sorprendi en una apacible calle de Las Condes, porque l a muerte en dictadura es traicionera, tiene ojos de escarcha y manos de granito. Es desalmada y mata porque es su esencia matar, porque es de la esencia de los militares matar.

Por eso, a ti asesino, te digo que podrs pedir perdn pero no te creo, y aunque creyera, yo no perdono. Es que detuviste a mi compaera embarazada de cinco meses. Apenas 21 aos tena cuando un comando de la CNI irrumpi en medio de la noche para cercenarle parte de un sueo compartido; los agentes la llevaron a un calabozo del primer piso de un edificio que result ser el cuartel general de Investigaciones. La encerraron en la ms absoluta de las oscuridades. A tientas palp un banco o algo similar cerca de la puerta y ah se sent, quedando inmvil intentando descansar un momento. Reclamaba que estaba embarazada, que necesitaba alimentarse. Nadie la escuchaba, nadie le haca caso. Era un holograma o incluso menos, un nanofantasma. A l cuarto da la enviaron incomunicada a la crcel de hombres de San Miguel, y a esas alturas ya tena sntomas de prdida, pero al menos por primera vez sinti moverse a nuestro hijo, un destello de ilusin, de que no estaba sola.

Por esto, a ti asesino, te digo que podrs pedir cien veces perdn, mas no lo aceptar porque yo no perdono. No olvido la noche que me secuestraron entre una docena de agentes armados a los cuales hube de enfrentarme solo. Una vez en el cuartel, quizs cuanto rato ms haba transcurrido cuando me fueron a buscar a la celda, me vendaron los ojos, me ataron las manos y me condujeron a un lugar desconocido. Slo recuerdo que descendimos escaleras y entramos a una sala donde haca mucho calor y se senta la presencia de mucha gente. Poda distinguir la silueta de algunos zapatos por el breve espacio entre la venda y mi nariz. Me desnudaron, primero la parte superior y, luego, el resto. Comienza el interrogatorio: Dnde est Carreo, quin lo tiene? No tengo idea de lo que hablan, digo. Silencio eterno. Mira conchetumadre es sper simple la pregunta: Dnde est Carreo? Despus vienen otras ms difciles, pero esa es la primera, brama una voz aguardentosa. No tengo nada que ver con eso, repito. Siento el primer golpe en los riones, quedo sin aliento. Luego golpes con las palmas en los odos, el conocido telfono. Se alejan momentneamente las voces; ms golpes en la espalda y mucho calor. Me tiran del pelo para levantarme. An no siento miedo. Espero las preguntas, pero en lugar de stas recibo ms golpes, esta vez en las costillas. Me sujetan entre dos, siento olor a alcohol y sudor. No hay preguntas, solo golpes y el telfono que hace reverberar el sonido y el calor en los odos. Mucho calor y el olor a transpiracin y adrenalina de mucha gente en un espacio cerrado. No tengo nocin del tiempo. Quizs han transcurrido solo minutos u horas. No s. Tal vez he perdido la conciencia. Dnde est Carreo? Insisten. No tengo idea, repito desde mi islote de absoluta soledad. Y truena nuevamente la misma voz: Tu seora est muy mal y va a perder la guagua y por respeto a ella deberas hablar, grita. No s nada de Carreo, reitero. Y qu dirai si traemos a tu seora embarazada? Slo reflejara su calidad moral, digo espontneamente, sin pensarlo ni un segundo, porque si lo hubiese pensado me hubiera quedado callado. Qu estai hablando conchetumadre, qu me importa tu cag de moral? Traigan a la hembra de este huen! Siento pasos y un portazo. No digo ni hago nada, me mantengo quieto en medio de la habitacin rodeado de agentes. O lo que supongo es el centro de la habitacin. S que si suplico que no la traigan o demuestro signos de debilidad, amenazarn con torturarla para hacerme hablar o sencillamente la torturarn. Es una situacin lmite sobre la cual uno no tiene el control total, es un juego de nervios de acero. El nico problema es que no es un juego y yo no tengo nervios de acero. Aun as, no hice ni dije nada. Nunca supe si realmente alguien sali a buscarla o solamente fingieron abrir y cerrar una puerta. Tampoco s lo que habra hecho si es que hubiesen trado a mi compaera. Adems, ni ella ni yo sabamos del caso Carreo. Nada tenamos que ver con ste, de manera que nada podamos decir.

Entonces, ms golpes y la orden: lleven a este huen al subterrneo! Alguien me toma del brazo, me conducen a otra habitacin, no estoy seguro si en el mismo piso o si bajamos a un stano, puesto que estuve vendado todo el tiempo. Me sientan en una silla, me amarran de pies y manos, me ponen electrodos en las muecas y tobillos. Me aplican inmediatamente electricidad. La corriente es una serpiente que se te mete en las venas, por los poros, los ojos, la nariz, te destempla los dientes y te sale por la boca convertida en un grito desenfrenado que no puedes evitar, aunque quieras. Es que no puedes hacer nada mientras el cuerpo se convulsiona en una espiral de crueles sinfonas. Malditas sinfonas inconclusas. Luego las preguntas, siempre sobre el coronel Carreo y siempre las mismas respuestas: No tengo idea. Y ms corriente que sube en intensidad mientras la serpiente se arrastra inmisericorde por los poros, reventando arterias en estallidos naranjas y azules que uno distingue ntidamente an bajo la maloliente venda. Son estrellas nortinas, relmpagos sureos, temporales porteos, pero expelidos por la fuerza de otro, porque no es tu garganta la que grita. Es un alarido extrao, hermano, vomitado desde la profundidad de tus entraas, pero por alguien ms. Por ello no digo nada.

Me llevan a otra parte, o por lo menos es lo que parece, pues estoy vendado y no puedo ver. Lo primero que me dicen es; Te vamos a sacar la conchesumadrenos vai a pedir por favor que te dejemos hablar! Comienzan los golpes inmediatamente. Este interrogatorio es mucho ms violento o, para ser ms preciso, con un mayor grado de histeria por parte de al menos uno de los interrogadores, con gritos, puetazos, patadas. En algn momento este individuo me saca la venda y me pregunta desafiante: Sab por qu te saco la venda? Le respondo que no. No me gusta que nadie me reconozca la cara, me dice. Mrame bien, soy yo el que te va a dar vuelta, soy yo el que te va a matar!!

Por esto, a ti asesino, y a todos aquellos: autoridades, religiosos, acadmicos, polticos y otros, les digo fuerte y claro: yo no perdono ni olvido, porque el olvido es otra manera de perder la memoria, y perder la memoria es otra forma de perder la dignidad. Por eso a ti asesino, torturador, violador te digo que podrs vivir mil aos y no tienes derecho alguno a salir en libertad

Dr. Tito Tricot

Socilogo chileno

Director del Centro de Estudios de Amrica Latina y El Caribe-CEALC

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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