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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-12-2016

Los historiadores Ricard Camil Torres y Antoni Sim publican La violncia poltica contra les dones (1936-1953)
Mujeres presas en la gran crcel franquista

Enric Llopis
Rebelin


Qu realidad mostraban las crceles franquistas de la posguerra? Una de las caractersticas fue el hacinamiento. En Almera, una prisin con capacidad para 500 presos aloj a ms de 6.000, lo que gener psimas condiciones de insalubridad y malnutricin. Aunque estos factores no explican por s solos la aparicin de 227 prisioneros muertos, apunta el historiador Paul Preston en El Holocausto Espaol (Debate, 2011). A muchas de las vctimas, jvenes, se las registr como aquejadas de un paro cardiaco. Construida para acoger a un centenar de reclusos, por la prisin provincial de Ciudad Real pasaron ms de 19.000 personas entre 1939 y 1943. Ms de 2.000 terminaron ejecutadas. En cuanto a Murcia, se contabilizaron ms de 5.000 encarcelamientos y las ejecuciones superaron el millar. La escabechina se reprodujo en Albacete: ms de mil republicanos ejecutados despus de juicio entre 1939 y 1943, y 573 liquidados de manera extrajudicial (en parte tras las sacas de los falangistas en la crcel de Villarrobledo y el castillo de Yeste); adems, otras 291 personas murieron en las sobrestauradas crceles. En el Pas Valenciano, subraya Preston, 1.165 presos murieron en las crceles tras la ocupacin franquista.

Los historiadores Ricard Camil Torres y Antoni Sim han publicado recientemente La violncia poltica contra les dones (1936-1953), centrado en la represin contra las mujeres en las prisiones de la provincia de Valencia durante la guerra civil y la posguerra. Editado por Alfons el Magnnim (Diputaci de Valncia), el libro incluye dos anexos, con la relacin de mujeres internas en la prisin provincial de Valencia durante la guerra civil; y con los datos de las presas en la provincia de Valencia durante el franquismo (nombres, procedencia y en algunos casos las sentencias). Los autores revisaron los expedientes del Archivo de la Prisin de Picassent (1.275 con referencias a la guerra civil y 4.011 sobre el franquismo).

El aparato represivo del franquismo inclua los campos de concentracin, cuyo objetivo fue en un principio la clasificacin de los detenidos (la dictadura distingua entre afectos, indiferentes y desafectos). Al aire libre o en espacios cerrados, se internaba a hombres y mujeres, no siempre por separado. Los autores citan 30 ejemplos en el Pas Valenciano, incluidas fbricas, iglesias y reformatorios. Como centros habilitados (eufemismo de la poca) de detencin, operaron las prisiones provinciales de Valencia, Castelln y Alicante, adems de las crceles de otros municipios; pero tambin iglesias, conventos, seminarios, monasterios, universidades, instalaciones militares, plazas de toros, campos de ftbol, cines, cementerios, almacenes portuarios y los calabozos de municipios o sedes de partidos judiciales. Este magma inicial, que inclua las colonias penitenciarias y los batallones disciplinarios, fue poco a poco objeto de reglamentacin y control por parte de instituciones como la Guardia Civil.

En cuanto a las mujeres detenidas, subrayan Antoni Sim y Ricard Camil Torres, sufrieron las mismas vejaciones que los hombres y otras aadidas, como el corte de los cabellos al cero y las violaciones sistemticas, tambin de las embarazadas. Muchas entraron en las crceles con sus hijos, quienes soportaron asimismo las condiciones penitenciarias deplorables. En otros casos los vstagos les fueron sustrados a sus madres, lo que dio lugar a un trfico de nios del que se beneficiaron principalmente familias acomodadas y afines a la dictadura. A diferencia de los presos masculinos, el franquismo no reconoca prisioneras polticas en sus crceles. Se les asociaba ms bien con el mundo de la prostitucin; como mnimo, se las consideraba personas desviadas por la influencia de maridos, hermanos o padres, explican los investigadores. Tampoco result fcil la convivencia de las presas rojas con las reclusas por delitos comunes. Y a las mujeres se las discriminaba, adems, a la hora de realizar trabajos en la prisin, que para los hombres suponan un beneficio penitenciario, mientras que para ellas, los trabajos o los cursos de cocina, francs o tareas domsticas se entendan ms bien como una medida correctora.

Los autores sealan que a partir de los aos 1944-1948 se constata un mayor grado de colaboracin entre las prisioneras, al provenir del maquis fueron enlaces o colaboradoras en la guerrilla- muchas de las nuevas internas. Con todo, el encierro en las crceles de la dictadura implicaba tener que soportar la desnutricin, la presencia cotidiana de chinches, piojos y otros parsitos, adems de enfermedades como la tuberculosis, que tambin afectaba a los hijos de las reclusas. Esta situacin vena propiciada por realidades como el hacinamiento. Entre abril y diciembre de 1939 la Prisin Provincial de Mujeres (Valencia) acogi a 1.500 presas, lo que desbordaba el aforo inicial; en celdas diseadas para cinco personas, llegaron a estar encerradas 42.

Sin agua caliente ni calefaccin en invierno, el jabn y otros productos para el aseo personal dependan del apoyo familiar; o bien tenan que adquirirse en condiciones draconianas, apuntan Torres y Sim- en los economatos. La enfermera supona una entelequia, aaden los autores de La violncia poltica contra les dones (1936-1953). Exista, s, pero ante la falta de atencin las reclusas tenan que afrontar las enfermedades en las celdas. Otra cuestin era la comunicacin con el exterior. Se aplic una censura frrea de cartas, peridicos y libros, en la que participaban los directores de las prisiones y las funcionarias, pero tambin capellanes y religiosas a cargo de las presas. En fechas sealadas, como las fiestas de navidad, se abra un tanto el puo y se permita que visitaran a las internas los nios parientes.

No faltaron malos tratos, coacciones y vejaciones, segn Ricard Camil Torres y Antoni Sim, que apuntan la funcin desempeada por las religiosas. stas se ocuparon a fondo en su tarea redentora presionando a las internas para reconducirlas espiritualmente, de manera que la comunin, la confesin o el bautizo se convirtieron en una meta. Los investigadores mencionan algunos nombres, como el de la directora de la prisin de Valencia, Natividad Brunete, y su hermana Teresa, empleada como funcionaria de prisiones: Fueron una pesadilla para las internas valencianas. El sistema de incomunicaciones, castigos, retenciones de rdenes de libertad provisional o incluso induccin de algn suicidio que introdujeron, se apoy en una red de (presas) delatoras, que actuaban a cambio de favores. En general, directores y funcionarios actuaron en materia punitiva desde su ptica particular, ms all de lo establecido en el Reglamento de Prisiones. En un primer momento el personal de las crceles provena de los mritos de guerra (viudas de sublevados y familiares de excautivos, entre otros), y slo se establecieron ciertos criterios de profesionalizacin entre las funcionarias a partir de 1946.

Las organizaciones polticas de izquierda y los sindicatos apoyaron a las presas militantes. La mayora de las reclusas ya tena a sus hermanos, novios o maridos en prisin, sealan Ricard Camil Torres y Antoni Sim, de manera que la ayuda exterior resultaba escasa. Esto hizo que se reforzara la solidaridad entre las internas, hasta el punto de organizarse en familias o cdulas destacaron las del PCE-, cada una dirigida por una madre (responsable de la distribucin del material obtenido). De este modo se trataba de repartir lo que recababan del exterior segn las necesidades de las reclusas.

En el apartado del libro dedicado al franquismo, los dos historiadores resaltan el peso de la iglesia catlica en el mundo carcelario. Abarrotada la prisin provincial, en junio de 1939 se habilit el Convento de Santa Clara de Valencia como prisin femenina. La gestin de la nueva crcel corri a cargo de las monjas Capuchinas, pero en otras prisiones tomaron parte las Hijas de la Caridad, las Mercedarias, Concepcionistas y Carmelitas, entre otras rdenes religiosas. Su presencia fue determinante en muchos casos oscuros y sucios como la responsabilidad directa en el secuestro de nios, destacan los investigadores. Del estudio de los hechos y el anlisis de los expedientes, Ricard Camil Torres y Antoni Sim afiman que no consta saca alguna de mujeres de las prisiones, pero un buen nmero de ellas s fue librada a los piquetes de ejecucin.

No slo se castigaron los actos de rebelda (acabar en una celda de castigo por negarse a besar la figura de Jess de Nazaret), sino que en el caso de mujeres con significada militancia Pilar Soler, Rosa Estruch o Remedios Montero-, abandonar la prisin supona slo un parntesis hasta un nuevo ingreso. Tampoco faltaron las mujeres encarceladas como represalia contra familiares, huidos, exiliados o miembros de la guerrilla. Sin embargo, la dictadura franquista se esforzaba en ofrecer una imagen idlica: fiestas en las que se abran las puertas de los muros a los familiares o fotografas publicadas en Redencin, en las que se exhiba una supuesta comunin entre los gestores y las internas. En las pginas finales, los autores resumen la profusin estadstica en una frase: La mayora de las mujeres encarceladas lo fueron por delitos de orden pblico relacionados con la escasez reinante en la posguerra, lo que se consideraba delito poltico y con razn por parte del franquismo, ya que este rgimen impuso una poltica de hambre y miseria. En otros dos captulos del libro se aprecian las diferencias con la zona republicana.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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