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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 27-12-2016

Cuento de Navidad
Desconfiando del Sr. M

Iaki Estvaliz
Rebelin


Pongamos que esto nunca sucedi, que es una invencin, que los personajes que aparecen en este relato nunca existieron y que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Digamos que es un cuento. Imaginemos un lugar recndito de los Estados Unidos de Amrica donde las temperaturas aquellos das previos a la Navidad oscilaban entre los 17 grados bajo cero y los menos 23, que con viento se sentan como menos 55. Raro era el espacio que no estaba cubierto por varios pies de nieve, la brisa ms tmida se senta en la cara como navajazos y la narices eran un fluir constante de mocos transparentes que se congelaban sobre el bigote como estalactitas. Podra ser en Dakota del Norte aquella vez que por poco se acaba el mundo.

El Sr. I trataba de regresar a Boston con sus hijos, S y E, despus de haber cubierto como periodista unas protestas de tribus indgenas contra un oleoducto. Los nativos de la nacin sioux haban conseguido que otros pueblos indgenas del continente y el resto del planeta acudieran a su llamada para combatir pacficamente a la serpierte negra de la profeca de Caballo Loco. Los pueblos originarios haban conseguido detener el avance de la culebra txica que ponan en peligro el agua de la regin y, por extensin, la vida en la Tierra.

El Sr. I haba tenido experiencias extraordinarias en los campamentos de Standing Rock, donde haba visto cmo personas de todas las razas, edades y procedencias hacan frente con humildad, solidaridad y plegarias a las adversidades de las temperaturas extremas en la pradera helada y a las agresiones de las compaas del petrleo, que estaban a punto de destrozar el planeta definitivamente.

El Sr. I se haba enamorado de esa nueva sociedad naciente que recuperaba los valores ancentrales de los seres humanos que saban vivir en armona con la naturaleza. El Sr. I se haba enamorado muchas veces aquellos das de fro y ayuda mutua, de sacrificio y esperanza.

Pero ahora el Sr. I trataba de llegar a Massachusetts antes de Navidad y solo encontraba obstculos en su camino. El Sr. N y la Sra. L lo haban ayudado a llegar desde el casino Los Caballeros de la Pradera, de la reserva sioux, hasta el aeropuerto de Bismarck, y la Sra. A lo llev del aeropuerto a la estacin de autobuses, donde comprob que se haban cancelado los viajes a Fargo, desde dnde sala su vuelo hacia Boston, pasando por Chicago, hasta nuevo aviso.
La Sra. A, antes de continuar su marcha camino de Texas y despus de compartir historias e inquietudes, llev al Sr. I hasta un motel barato.

Al Sr. I le quedaban 33 dlares en el bolsillo y su tarjeta de dbito, la nica que tena, estaba en nmeros negativos.
En el grupo de Facebook Standing Rock Rideshare, la Sra. H le comunic al Sr. I que su marido, el Sr. M, viajara en su propio vehculo ese da de Bismarck a Fargo.

Por mensajes de texto, el Sr. M le comunic al Sr. I que llegara al motel en 20 minutos. Dos horas despus, el Sr. I segua esperando en el vestbulo del motel.

El Sr. I estaba intranquilo con la larga espera y se preocup todava ms cuando descubri que el Sr. M no era uno de los solidarios protectores del agua de Standing Rock, sino que pareca un buscavidas que viajaba de un extremo a otro de EEUU con dudosas intenciones.

El Sr. M lleg al motel, donde lo esperaba el Sr. I, en un Chevrolet Impala de 1996 destartalado, blanco pero con varias partes improvisadas de la carrocera marrn.

El Sr. I se pregunt cmo aquel vehculo haba podido llegar de un tirn desde Las Vegas y cmo el Sr. M poda estar tan loco de pensar que poda llegar hasta Seatle.

El Sr. M era un joven negro de unos treinta aos, 12 aos ms joven que el Sr. I. Vesta unas botas recien compradas para la nieve, pataln militar de camuflage y una parca con capucha de piel de roedor que le cubra la cara casi por completo. El Sr. I no pudo verle la cara claramente al Sr. M hasta ms avanzado el viaje. El Sr. M se mova con nerviosismo huidizo.

El Sr. I era espaol, haba vivido 16 aos en Puerto Rico y tena bastante limitaciones con el ingls. El Sr. M hablaba un ingls de gueto incomprensible para el Sr. I. Se somunicaban casi mejor con las pocas palabras que el Sr. M saba en espaol.

El Impala no tena calefaccin y al Sr. I casi se le vuelven a congelar los dedos de los pies en las poco ms de tres horas que dur el viaje entre Bismarck y Fargo.

El Sr. M llevaba las llaves del Impala en un manojo de unos 15 llaveros que eran recuerdos de las ciudades que haba visitado. El Sr. I pensaba en algunos momentos de pnico que eran souvenirs de sus asesinatos pasados.

El Sr. I era un hombre confiado que haba viajado a una docena de pases creyendo en que el hombre es bueno por naturaleza y que siendo respetuoso y humilde se puede llegar a todas partes sin grandes problemas. Presuma de que nunca le haba pasado nada malo confiando en la gente, en los desconocidos que se encontraba en el camino. Pero ahora en Dakota del Norte, de vuelta a casa por Navidad, se senta inseguro y desconfiaba del Sr. M. Se enojaba consigo mismo constantemente por imaginar a cada paso historias escabrosas en las que l era la vctima.

Poco antes de llegar a Fargo, el Impala se estaba quedando sin gasolina y pararon en una estacin de servicio para repostar. El frontal del carro y los laterales del vehculo estaban amurallados con estalactitas de hielo. El Sr. I no quiso ir a orinar, a pesar de necesitarlo, temiendo que el Sr. M lo dejara all y se fuera con sus cosas. El Sr. I le dio sus ltimos treinta y tres dlares al Sr. M lamentando que era todo el dinero que le quedaba. El Sr. M cogi treinta y le devolvi tres preguntndole si quera que lo invitara a un caf y ofrecindole sus cigarrillos.

El Sr. M pareca un buen tipo. Pero estaban en medio de ninguna parte, y el Sr. I no lo entenda bien, no tena dinero y estaba ansioso por llegar a su destino. Desconfiaba. Se senta mal por desconfiar, pero no poda dejar de hacerlo. En Standing Rock haba participado en ceremonias indgenas que lo haban reconciliado con el gnero humano. El primer da de su llegada le haban regalado una pulsera amuleto elaborada por un chamn peruano. Se haba sentido protegido durante toda su estancia en la pradera helada, pero ahora flaqueaba.

Perdieron el rumbo en un par de ocasiones antes de llegar a Fargo y en cada ocasin, el Sr. I pensaba que el Sr. M le iba a hacer algo malo. Cuando encontraban el camino correcto, el Sr. I se senta ridculo por estar desconfiando tanto, pero al poco no poda dejar de desconfiar de nuevo.

El Sr. M comparta sus cigarrillos con el Sr. I. El Sr. I comparta un pedazo de queso y otro de chalchichn con panecillos con el Sr. M. El Sr. I cortaba con una pequea navaja rebanadas de queso y salchichn que le pasaba al Sr. M con un panecillo mientras este conduca el Impala desvencijado y adornado de estalactitas. El Sr. M se lo coma todo de un bocado. El Sr. I encenda los cigarrillos que fumaban a medias.

Eran desconocidos hermanados por las circunstancias y la carretera. Apenas se cruzaron con otros vehculos durante casi tres horas. A veces la carretera era una pista de hielo. A menudo la sensacin era de estar en medio de ninguna parte y lejos de todo. Hacan chistes que no siempre los dos entendan. Pero siempre se rean los dos. El Sr. I se senta agradecido, pletrico, en algunos momentos. En otros momentos estaba a punto de entrar en pnico pensando que el Sr. M podra ser un asesino en serie. En esos momentos, el Sr. I se torturaba pensando que estaba traicionando sus principios, reafirmados en Standing Rock, al desconfiar tanto de su nuevo hermano, el Sr M.

Llegaron a Fargo por la noche. El avin del Sr. I sala al da siguiente. Una amiga del Sr. I, la Sra. Z, le haba reservado y pagado una habitacin en un motel de la cadena Super 8. El Sr. M le pidi al Sr. I que le dejara descansar en la habitacin durante unas horas, que no haba dormido en ms de dos das, y que le quedaba todava mucho viaje hasta Seatle.

Al Sr. I no se le pas por la cabeza ni un segundo el decirle que no al Sr. M. Negarle cobijo a un necesitado no entraba en su concepcin del mundo, independientemente de que fuera cerca del da de Navidad. Pero le preocupaba ms de la cuenta, aquella vez, que lo cogieran de pendejo con dramtico resultado.

No hay problema, le dijo el Sr. I al Sr. M. Lo nico que no s es cmo lo vamos a hacer con la gente que trabaja en el motel. No estoy acostumbrado a quedarme en hoteles y no s cmo va esto de que alguien ms se quede en la habitacin de uno cuando se ha pagado por un solo adulto. No quiero que le cobren de ms a mi amiga, que tan generosamente me ha pagado la habitacin.

No te preocupes, contest el Sr. M, yo me he quedado en hoteles de todo el pas, yo soy tu invitado que voy a verte un rato, ellos no tienen por qu saber que me voy a quedar a dormir. Adems, la gente que trabaja en los Super 8 comprenden y no dicen nada.

Que el Sr. M conociera tan bien a los trabajadores de los hoteles de todo Estados Unidos le preocupaba todava ms al Sr. I. El Sr. I no se consideraba racista y trataba de ejercer su no racismo activamente. Pero el Sr. M a veces le pareca el estereotipo de tipo malo de pelcula y no se atreva a preguntarle a qu se dedicaba y por qu viajaba tanto. A lo mejor estaba huyendo.

El Sr. I le pidi al Sr. M que por favor no fumara en la habitacin y que no hiciera ningn estropicio. Pero el Sr. M no paraba de salir y entrar de la habitacin, y al Sr. I le parecia muy raro. Cada vez que el Sr. M sala de la habitacin, el Sr. I iba al cuarto de bao a comprobar que todava estaba el secador de pelo y contaba las toallas. El Sr. I trabaj en un reportaje sobre Standing Rock hasta entrada la noche. Cuando termin, el Sr. M le ense un termo de caf. En el interior del termo haba media libra de moas de marihuana.

Claro, pens el Sr. I, por eso viaja tanto el Sr. M, porque se dedica a traficar con drogas por Estados Unidos. Pero no le quiso preguntar. Sin embargo, el Sr. I y el Sr. M bajaron al aparcamiento y se metieron en el viejo Impala blanco y marrn con barbas de hielo a fumarse un moto de marihuana.

El Sr. M le pidi al Sr. I que le contara qu loquera era esa de Standing Rock. El Sr. I habl durante una hora y le ense fotos de cuando 3.000 veteranos de guerra estadounidenses pidieron perdn a la nacin lakota por las masacres del general Custer, de cuando hombres blancos recibieron sus plumas de guila y de las ceremonias en las hogueras, hasta que el fro les hizo regresar a la habitacin.

- Yo conoc una vez a un indio que cantando era capaz de despejar el cielo de nubes, dijo el Sr. M.

- Te creo, dijo el Sr. I.

El Sr. I durmi de un tirn toda la noche, con su cartera en un calcetn, a pesar de que tema pasarse la noche en vela pendiente de los movimientos del Sr. M.

Al da siguiente, el sol brillaba sobre la nieve y volvieron a fumar marihuana en el Impala. Pero ahora el Impala necesitaba aceite y el Sr. M quera ir al pueblo a buscar un taller a que revisaran el vehculo.

Por favor, djame en el aeropuerto, me han pasado muchas cosas en este viaje y quiero estar tranquilo ya all. Necesito ver a mis hijos, se puso dramtico el Sr. I.

El Sr. M estuvo de acuerdo en parar en una gasolinera de camino al aeropuerto y echarle all el aceite al Impala, del que calleron pedazos de la carrocera cuando abrimos el cap.

El Sr. I segua desconfiando. Cuando el Sr. M entr en la gasolinera a comprar el aceite, el Sr. I no pudo evitar pensar que todo se trataba de atracar a mano armada la estacin de servicio. Fueron unos minutos de angustia. El Sr. I se imagin rehn, tiros, sangre, cmplice, crcel, corredor de la muerte.

Cuando el Sr M sali de la tienda de la gasolinera sonriente y desarmado, con un bote de aceite en la mano, el Sr. I respir tranquilo y se llam gilipollas a s mismo.

De camino al aeropuerto volvieron a perderse. Estaban, de nuevo, en medio de ninguna parte. Transitaban por un camino de gravilla en medio de la pradera nevada. No se vea ninguna seal de civilizacin en ninguna direccin. El Sr. M estaba seguro de que el aeropuerto estaba en direccin oeste. El Sr. I defenda con vehemencia que el aeropuerto esta en direccin este.

Discutieron casi a gritos. El Sr. I, de nuevo vctima de un ataque de pnico, pensando que haba llegado el momento en el que el Sr. M lo iba a cortar en pedacitos, le pidi que lo dejara all mismo, que caminara solo hasta donde quiera que estuviera el maldito aeropuerto de Fargo.

El Sr. M, que no tena por qu aguantar la desconfianza del Sr. I, que no tena por qu llevarlo si quiera al aeropuerto, dio muestras de una inagotable paciencia y humildad.

Los dos tenan razn. Siguieron hacia el oeste y encontraron un aeropuerto, pero era municipal, y el Sr. I buscaba el internacional, hacia el este.

Cuando finalmente llegaron al aeropuerto internacional Hector de Fargo, el Sr. I le pidi disculpas por tanta desconfianza al Sr. M.

El Sr. I llevaba una bandera de Puerto Rico que le haba dado la Sra. Z con la peticin de que la gente de los campamentos de Standing Rock se la firmaran de recuerdo.

- Me dejas firmar tu bandera de Puerto Rico?, le pregunt el Sr. M al Sr. I a la entrada del aeropuerto.

- Claro, hermano, aqu la tienes, firma y escribe lo que quieras. Me siento el tipo ms afortunado del mundo porque la vida me ha regalado conocer gente como t, le dijo el Sr. I al Sr. M.

- Yo tambin soy un tipo afortunado porque conozco a gente como t, respondi el Sr. M al Sr. I.

Y los nuevos amigos se fundieron en un abrazo arropados por la badera de Puerto Rico en el interior de un Impala desvencijado a la entrada de un aeropuerto en un lugar perdido del profundo Estados Unidos poco antes de aquella Navidad.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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