Portada :: frica :: Revueltas en el norte de frica
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-12-2016

Tnez
"Me gusta la revolucin, pero no los revolucionarios"

Sadri Khiari
Nawaat.org

Traducido para Rebelin por Francisco Fernndez Caparrs y Rosa Carazo.


Debera estar prohibido a todo militante revolucionario pronunciar las palabras, conocidas en todo el mundo rabe, de la maravillosa cancin de Julia Boutros, Win el malayine [dnde estn las multitudes, dnde est el pueblo rabe]. Un canto de optimismo, de esperanza, de desesperanza sin renuncia, un canto que vincula la liberacin de Palestina con la revolucin rabe y la movilizacin popular. Fue un canto proftico no porque anticipara una realidad que efectivamente ocurrira sino porque anunciaba una posibilidad que tomara forma en la realidad antes de ser violentamente ahogada por aquellos mismos que en parte vibraban cuando escucharon el himno de la gran cantante libanesa. No todos, por supuesto, pero s muchos. Demasiados.

Con los ojos hmedos de emocin, durante aos los militantes cantaron Win win win, win el malayine. Un antdoto contra la amenaza del abandono. Un remedio contra el sentimiento de impotencia. Un arma contra la fatalidad de la permanente derrota. Experimentaron -experimentamos, debera decir- entonces una suerte de decepcin, cercana al rencor, contra ese pueblo rabe -o arabo-bereber en el caso de nuestro Maghreb- que pareca sumiso, incapaz de tomar el testigo en las luchas revolucionarias anticoloniales de las que, durante un tiempo, Gamal Abdel Nasser fue el smbolo en el mundo rabe. Sin embargo, los malayine [las multitudes] ni haban desaparecido ni estaban adormecidos, sino que se encontraban encerrados en esas prisiones a cielo abierto que fueron los Estados nacidos de las luchas por la independencia.

Hace seis aos, sin embargo, el himno de Julia Boutros qued obsoleto. Los malayine estaban all, en las calles! Hartos de las sucesivas derrotas, agotados de la miseria, hambrientos de dignidad, vidos de libertad, los malayine despertaron de su letargo. A la maana siguiente del 17 de diciembre de 2010 no asistimos a la erupcin de un volcn, sino a la explosin de una cadena volcnica que no tiene otro nombre que Revolucin rabe. Era obvio que durante su estallido mezclara lo mejor y lo peor, que arramblara todo a su paso, que ningn Estado de la regin saldra indemne, que no perdonara nada y que nada, por desgracia, no le sera perdonado. No cabe duda de que la revolucin sufrira el choque de una contrarrevolucin mundial, que las potencias imperiales desplegaran todas sus fuerzas para quebrar su energa y desviar su curso; que el Estado colonial de Israel intentara sacar las castaas del fuego, que las clases dominantes y los burocracias locales usaran todos los medios para recuperar la iniciativa, el fuego, la maniobra, la mentira. Por supuesto, no se pudieron adivinar las estrategias que se llevaran a cabo al igual que no se pudo anticipar la emergencia del Daech. Todo esto, me atrevera a decir, es normal.


[Vieta 1: Creo que voy a hacer un partido T? No me hagas reir. Cul es tu programa?. Vieta 2: Lo voy a llamar el partido del odio y del hasto; y de la vergenza tambin La revolucin te ha hecho muy pesimista!. Vieta 3: Pero no soy pesimista. Las olas que lamen el pie de la montaa acaban por abatir el pesimismo!.]

 

Pero no todo era normal. Una vez pasados los primeros momentos de euforia y las victorias iniciales, esos mismos militantes que tantas veces haban vitoreado a Julia Boutros, o al menos una mayora de ellos, no se reconocieron en ese pueblo revolucionario que no era ni moderno ni de izquierdas, que solo deseaba su dignidad por cualquier medio, sin seguir necesariamente los caminos que le haban indicado, sin detenerse all donde los polticos consideraban sensato detenerse, sin preocuparse por los imperativos del mercado ni por la complejidad de los intereses geopolticos.

En el interior de estos militantes, revolucionarios, los malayine se transformaron entonces en una masa manipulable: manipulada por los islamistas, manipulada por el imperialismo, manipulada por el Estado sionista, manipulada por los medios de comunicacin o por otros tantos enemigos reales o fantasmales. Son los mismos militantes que han servido tanto de trampoln para el asalto al poder del mariscal Sisi en Egipto (o de Bji Cad Essebsi en Tnez) como para sostener el Estado burocrtico-militar sirio (laico para unos, antisionista para otros).

Una ilusin tanto ms dramtica cuanto que la revolucin de los pueblos de la regin rabe ofreca una nueva perspectiva estratgica respecto a la lucha palestina, liberada al fin -o en vas de serlo- de las apuestas y clculos despreciables de las dictaduras, llamadas progresistas o reaccionarias, para quienes Palestina no era ms que un pen, o un rehn en las relaciones de poder. En vsperas de la revolucin, la resistencia palestina, liberada de su profundidad estratgica, es decir, de las masas populares del resto de pases de la regin, haba sido reducida a negociar su supervivencia. Apenas tiene otra eleccin que, teniendo en cuenta a sus componentes armados, participar en juegos diplomticos que no pueden controlar, obtener algunos beneficios polticos, militares o financieros de tal o cual pas; aliados circunstanciales, aliados por obligacin de los que no ignora, a pesar de las afirmaciones contrarias, las traiciones pasadas y futuras. El horizonte palestino abierto por la revolucin rabe se cierra de nuevo y no a causa de a la revolucin, sino debido a la contrarrevolucin en marcha.

Hace unos das, el 17 de diciembre, seis aos despus de la inmolacin Bouazizi, celebramos el sexto aniversario del inicio de la revolucin en Tnez. Es monstruoso pero muchos de los que celebraban ese momento histrico se felicitaban el mismo da de la cada sangrante de Alepo, destrozada tanto desde el interior como desde el exterior por las facciones contrarrevolucionarias, todas relacionadas de una u otra manera para aniquilar los ltimos resplandores de la revolucin. No s cmo es posible celebrar al mismo tiempo, en el corazn de un militante, el nacimiento de una revolucin y su agona.

En cualquier caso, es el fin del primer ciclo de la revolucin rabe. No escribo estas ltimas palabras por que me obstine en un optimismo romntico -mi estado de nimo est muy cerca del pesimismo ms oscuro- sino porque la crisis poltica del mundo rabe, revelada por la revolucin y no suscitada por ella, ha alcanzado tal profundidad que los mismos factores que engendran tragedias son tambin susceptibles de engendrar su contrario. No es la historia quien nos juzgar, sino nuestros muertos.

 

Texto original: http://nawaat.org/portail/2016/12/19/jaime-la-revolution-mais-je-naime-pas-les-revolutionnaires/



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter