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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 02-01-2017

Pedagoga de la violencia

Danilo Billiard
El Mostrador


Cada vez ms recurrentes se han hecho las denominadas detenciones ciudadanas, ese acto en el cual los civiles las hacen de agentes de seguridad para contribuir a la captura de algn delincuente tras haber sido sorprendido de forma flagrante cometiendo un ilcito. Pero no se trata de una decisin que sea necesariamente reflexionada, sino ms bien de un impulso que convoca a desatar la ira contra aquello que se interpreta como razn de la inseguridad que afecta la vida.

Si se apela al sentido comn, termina siendo justificable la reaccin de las personas ante una creciente sensacin de impunidad, y aunque las crceles se encuentran sobrepobladas y los datos lo corroboran, la demanda por proteccin parece superar con creces las posibilidades del sistema penitenciario y hasta la labor de las policas.

En ese contexto, no es poco habitual observar a decenas de transentes maniatando a ladrones en las avenidas de nuestro pas, propinndoles golpizas grupales e insultndolos (a propsito de la Encuesta Nacional de Derechos Humanos 2015). Por cierto, difcilmente esa escena impacte demasiado porque, en realidad, ese tipo de personas, dentro de un determinado marco interpretativo, aparecen como no merecedoras de respeto alguno, esas vidas no dignas de ser lloradas de las que da cuenta Judith Butler.

Esto responde a cmo el sujeto del hampa ha sido definido pblicamente y se vuelve un chivo expiatorio (favoreciendo las promesas durante las campaas electorales), atribuyendo sus conductas a causales estrictamente personales y naturales, asociadas a una condicin psquica o bien el resultado de un entorno familiar (como si las familias no fueran siempre el resultado de una estructura social). Esta concepcin naturalista, producto de un rgimen de sentido biopoltico que promueve la conservacin de la vida atacando los males que la afectan, impide apreciar las causas de estos fenmenos en el orden de la cultura o, si se quiere, de la politicidad, como si realmente la conducta humana estuviera prescrita ah donde se origina la existencia.

Por esto, el debate no ha de focalizarse en combatir las condiciones sociales que posibilitan el delito sino que en contrarrestar sus consecuencias y en disear los instrumentos necesarios para enfrentar estos actos que atemorizan a la sociedad, porque no solo la despojan de sus pertenencias sino que adems irradian violencia y ponen en peligro la vida humana; y cmo no, pues si de condiciones estructurales se trata, estara en cuestionamiento sin ir ms all todo el capitalismo.

As, se activa una verdadera barrera inmunitaria que acta como sistema defensivo del cuerpo poltico y, en consecuencia, ofrece mayores garantas al individuo posesivo del mercado en su demanda de cuidado frente a los agentes patgenos que le circundan (y es que en eso consiste el ejercicio del poder gubernamental), sin embargo no es cierto acaso que la nica forma de habilitar estos anticuerpos es introduciendo al interior de un sistema sus elementos antgenos? De esta forma, la delincuencia parece ser un mal social necesario porque permite, entre otras cosas, deslindar las fronteras de una falsa antinomia entre normalidad y anormalidad y diagramar el esquema de una moralidad constrictiva. Asimismo, valida la existencia de un frreo control y la implementacin de sus tcnicas en nombre de la seguridad de todos.

Pero qu es lo reprochable de la justicia por las propias manos? Nada parece indicar que lo que se rechace sea la violencia sino que, ms bien, que este mbito y su ejercicio le corresponden al derecho, lo cual la naturaliza por medio de su pura racionalizacin jurdica (de lo cual da cuenta Roberto Esposito). Esto es un signo de la importancia que concita el problema en cuestin, pero tambin una seal del clima blico en el cual habitamos, donde a la prensa algo de responsabilidad le corresponde asumir de una vez.

Si de incitacin a la violencia se trata, la circulacin de los discursos da cuenta de ello. Se puede observar cmo los canales de televisin han desplegado una verdadera ofensiva comunicacional para incorporar a su parrilla programtica contenidos relativos a la delincuencia. Ya no son nicamente los 20 minutos de los noticiarios centrales los que nos informan sobre persecuciones espectaculares en las autopistas, quitadas de droga, asesinatos, violaciones, hurtos domsticos y hasta suicidios, por nombrar algunos, sino que ahora se le aade a todo ello programas emitidos en horario estelar.

Algunos exhiben la rutina al interior de los penales y se mofan de los reos con narraciones basadas en la irona y la ridiculizacin de estos, o bien otros como el ya popular To Emilio con su herramienta televisiva En su propia trampa que, cuan superhroe, se dedica a perseguir delincuentes (aunque no viaj a Europa para enfrentar a Rafael Garay) y, contratando matones a sueldo, les ofrece escarmientos escenificados que se pretenden como una suerte de pedagoga para la reinsercin pero que se ampara en la misma violencia que se critica, reducindola a hechos puntuales que no explican el sentido de su potenciamiento en la sociedad.

Hace falta establecer cmo la mediacin del dispositivo tcnico en la comunicacin periodstica ha creado nuevas posibilidades para la configuracin del orden, al punto de que la televisin parece consolidarse como un aparato que imparte justicia de forma paralela a los tribunales y es capaz de azuzar sensibilidades al punto de mediatizar el comportamiento de las audiencias.

De esta manera, qu de sorprendente hay en la paliza a plena luz del da a un ladrn de gargantillas, cuando Emilio Sutherland se interna en la casa de una familia narcotraficante en la poblacin Parinacota, poniendo en riesgo su vida y la del equipo que trabaja en ese programa (lo que, al mismo tiempo, le renta no despreciables puntos de rating a Canal 13, por lo cual es un buen negocio); lo que en realidad quiero decir es que ambas expresiones son el resultado de una misma racionalidad que resulta absolutamente inservible para resolver el problema en cuestin y, ms an, profundiza el lxico violento y produce los significados que despus se dejan ver en hechos de venganza por quienes se sienten a diario amenazados por un peligro que es real, pero donde la sensacin acta no como distorsin de la realidad sino que la condiciona para favorecer la demanda de proteccin y moviliza al poder que le da respuesta, esa respuesta biopoltica del capitalismo.

El mayor acceso al conocimiento y el desarrollo tecnolgico de las ltimas dcadas no parecen estar aportando a construir una sociedad ms reflexiva y capaz de hacerse cargo responsablemente de sus problemas, por fuera del morbo mercantilizado y la farndula. Desde los videojuegos, pasando por las series transmitidas por internet y la cinematografa hollywoodense, hasta las pginas rojas de la prensa criolla, se va conformando un entramado de significaciones que hacen de la violencia la cosa ms natural del mundo, a la vez que alimentan un lucrativo negocio basado en ese lenguaje.

El compromiso contra la delincuencia ha concitado una voluntad colectiva, actuando as como factor de estabilidad del sistema y, cuan virus que debe ser combatido, se ha transformado en un odio hacia la misma (cuyo frmaco no es menos daino que la enfermedad), legitimando el hecho de que la proteccin de unas vidas tiene como condicin la muerte de otras para recuperar la estabilidad, hecho que se repite a lo largo de nuestra historia reciente y que se intensifica en el umbral de la modernidad biolgica, como le denomin Michel Foucault.

http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2016/12/25/pedagogia-de-la-violencia/



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