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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-01-2017

Populismo, publicidad, marxismo

Santiago Alba Rico
Atlntica XXII


En el famoso cuadro de Delacroix La libertad gua al pueblo (1830), la nica mujer que aparece es precisamente la Libertad. Detrs slo hay hombres. La siguen porque es la Libertad o porque es una mujer y tiene los pechos desnudos? En realidad el pintor francs hace converger dos emociones paralelas cuya fusin se traduce en una explosin de entusiasmo: la emocin que produce la palabra Libertad y la emocin que produce el cuerpo desnudo de la mujer. Ahora bien, esa fusin es, si se quiere, una decisin arbitraria en la que no hay ms necesidad que la que impone el contingente gnero gramatical de la palabra misma: la Libertad nos la imaginamos mujer como el Poder nos lo imaginamos hombre. Podramos representar en una imagen a la Libertad vestida y velada? Podramos, pero no sin amortiguar la carga libidinal, ms bien patriarcal, de nuestra adhesin afectiva. Podramos llamar al cuadro de Delacroix La violacin de Lucrecia? Podramos, pero no sin alterar por completo -e incomodar- nuestra relacin visual con el cuerpo desnudo de la mujer abanderada. El cuadro de Delacroix no es una simple alegora o emblema, como las representaciones, 250 aos antes, de la famosa Iconologa de Cesare Ripa, tan cultas, codificadas y fras. Delacroix est haciendo propaganda o, si se prefiere, publicidad.

Se puede hacer publicidad de cualquier cosa y uniendo mediante una decisin arbitraria cualesquiera estmulos. Es lo que llamamos populismo, cuyo principio es la sinestesia; es decir, la promiscuidad sensorial o la colisin en los sentidos de imgenes, palabras y sonidos. Durante siglos la iglesia catlica tuvo su monopolio. Benedetto Croce, en su libro de 1947 sobre el Barroco, cuenta una ancdota que revela ya su declive y sus consecuencias. Hacia 1600, en la hermossima plaza de Siena, con su concavidad de ostra, un sacerdote trataba de hacerse escuchar por los ciudadanos, mucho ms pendientes de un teatrillo de guiol donde se representaba una farsa de la Comedia del Arte. Inaudible, ignorado, desesperado, al final el sacerdote levant el crucifijo y grit rabioso: miradlo a l, este es el verdadero Polichinela!. La derrota populista de la iglesia, que indujo a este pobre sacerdote a la blasfemia, revelaba un mundo nuevo en el que haba que aceptar no ya que Polichinela era un falso dios sino que Dios estaba obligado a ser ms y mejor Polichinela que el propio Polichinela: un mundo en el que, en definitiva, el espectculo de Cristo tena que rivalizar sin xito con las payasadas de un marido cornudo y con las cabriolas de Arlequn. Doscientos aos antes, en la misma plaza, ningn juglar hubiera podido eclipsar la prestidigitacin de San Bernardino con su tabla del nombre de Jess, sus discursos en lengua vulgar y sus tcnicas de luz y sonido. Pero en 1600 todo haba cambiado. El Barroco, con sus sinestesias imposibles, expresa sin duda el retroceso del populismo religioso frente a la publicidad laica y su teatro total sin asidero exterior. Perdido nuestro verdadero bien, deca Pascal, todo es nuestro verdadero bien.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX vuelve, sin embargo, el populismo religioso, esta vez en formato poltico, a travs de una serie de movimientos -socialistas y anarquistas- cuya publicidad reconecta, como hace ya Delacroix, los conceptos abstractos a la sensibilidad general: la razn en marcha, el proletariado guiando a la Humanidad, la libertad alienada en las instituciones burguesas. En 1946, en esa misma plaza de Siena, derrotado el fascismo, el partido Comunista Italiano celebraba la victoria en los primeros comicios municipales y regionales de la post-guerra mundial.

A esa misma plaza, con su concavidad de ostra, me asom yo hace unos das tras contemplar los frescos de Lorenzetti sobre El buen gobierno (1340), programa poltico populista del final de la Comuna, y me encontr con un enorme cartel que proclamaba: las grandes ideas pueden cambiar las opiniones pero slo el coraje puede transformar el mundo. No, no era la divisa de los Medici ni un homenaje al desaparecido PCI. De qu se trataba? Era la publicidad del nuevo modelo de Porsche, Panamera, cuya fotografa centelleaba debajo como la tabla de San Bernardino de Siena, con sus letras divinas, en 1420.

Vuelve el barroco. La fotografa de ese coche, rutilante y veloz, tentador y expiatorio, podra haberse titulado de mil maneras: Por el camino de Dios o La libertad gua a la humanidad (porque macchina, en italiano, como libertad, es femenino) o incluso, en otro mundo posible, Hacia el accidente mortal. Vuelve el barroco, s. Y al mismo tiempo est acabando. Porque no es una casualidad que en estos momentos de crisis el capitalismo, para vender un coche, recurra a un slogan que tanto se parece a una de las famosas tesis sobre Feuerbach de Karl Marx: los filsofos no han hecho ms que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata ahora es de transformarlo. Que no lo transformen otros y contra la mayora social depender tambin de cmo concibamos nuestra publicidad (y nuestros peridicos).


Fuente original: http://www.atlanticaxxii.com/archivo/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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