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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-01-2017

Adis a un crtico del capitalismo
Dnde hallar nuestro hogar

John Berger
La Jornada


Alguien pregunta: todava eres marxista? Nunca ha sido tan extensa como hoy la devastacin ocasionada por la bsqueda de la ganancia, segn la define el capitalismo. Casi todo mundo lo sabe. Cmo entonces es posible no hacerle caso a Marx, quien profetiz y analiz tal devastacin. La respuesta sera que la gente, mucha gente, ha perdido sus coordenadas polticas. Sin mapa alguno, no saben adnde se dirigen.

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Todos los das, la gente sigue seales que apuntan a algn sitio que no es su hogar, sino a un destino elegido. Seales carreteras, seales de embarque en algn aeropuerto, avisos en las terminales. Algunos hacen sus viajes por placer, otros por negocios, muchos motivados por la prdida o la desesperacin. Al llegar, terminan por darse cuenta de que no estn en el sitio indicado por las seales que siguieron. Donde se encuentran tiene la latitud, la longitud, el tiempo local y la moneda correctos, y no obstante, no tiene la gravedad especfica del destino que escogieron.

Se hallan junto al lugar al que escogieron llegar. La distancia que los separa de ste es incalculable. Puede ser nicamente la anchura de un va pblica, puede estar a un mundo de distancia. El sitio ha perdido lo que lo converta en un destino. Ha perdido su territorio de experiencia.

Algunas veces algunos cuantos de estos viajeros emprenden un viaje privado y hallan el lugar que anhelaban alcanzar, que a veces es ms rudo de lo que imaginaban, aunque lo descubren con alivio sin lmites. Muchos nunca lo logran. Aceptan los signos que siguieron y es como si no viajaran, como si se quedaran siempre donde ya estaban.

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Voy bajando las escaleras de una estacin del Metro para tomar la lnea B. Est repleto aqu. Dnde ests t? De veras? Y cmo est el clima? Ya me tengo que subir al tren, luego te hablo...

De las miles de millones de conversaciones por telefona mvil que ocurren cada hora en las ciudades y suburbios del mundo, la mayora, sean privadas o de negocios, comienzan con una declaracin del paradero o ubicacin aproximada de quien llama. La gente necesita de inmediato identificar con precisin dnde se encuentra. Es como si estuvieran perseguidos por la duda de que tal vez no estn en ninguna parte. Circundados por tantas abstracciones, tienen que inventar y compartir su localizacin transitoria.

Hace ms de 30 aos Guy Debord escribi profticamente: La acumulacin de bienes de consumo producidos masivamente para el espacio abstracto del mercado, as como aplast todas las barreras regionales y legales, y todas las restricciones corporativas de la Edad Media que mantenan la calidad de la produccin artesanal, tambin destruy la autonoma y la cualidad de los lugares.

El trmino clave del caos global actual es la dislocacin, o la relocalizacin. Esto no se refiere nicamente a la prctica de mover la produccin adonde quiera que la mano de obra sea ms barata, y las regulaciones, mnimas.

Contiene tambin el sueo demente de salirse de margen, propio del nuevo poder en funciones: el sueo de minar el estatus y confianza de todos los lugares fijos previos, de tal manera que el mundo entero sea un solo mercado fluido.

El consumidor es esencialmente alguien que se siente perdido (o a quien se le hace sentir perdido) a menos que consuma. Las marcas y logotipos de las mercancas son el sitio que nombra esa ninguna parte.

Otros signos que anuncian la Libertad y la Democracia, trminos robados de periodos histricos previos, se usan tambin para confundir. En el pasado, fue una tctica comn de quienes defendan su tierra natal contra los invasores cambiar las seales camineras para que una que indicaba Zaragoza apuntara en la direccin opuesta hacia Burgos. Hoy no son quienes se defienden, sino los invasores extranjeros los que invierten los signos para confundir a las poblaciones locales, para confundirlas acerca de quin gobierna a quin, acerca de la naturaleza de la felicidad, del alcance del quebranto o de donde ha de hallarse la eternidad. El propsito de estas direcciones falseadas es persuadir a la gente de que ser un cliente es la salvacin ltima.

Sin embargo, a los clientes los define el sitio de su salida y su pago, no dnde viven y mueren.

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A un kilmetro de donde escribo hay un campo donde pastan cuatro burros, dos hembras y dos burritos. Son de una especie particularmente pequea. Cuando las madres aguzan sus orejas ribeteadas de negro, me llegan a la altura del mentn. Los burritos, de unas cuantas semanas de edad, son del tamao de unos perros terrier grandes, con la diferencia de que sus cabezas son casi tan grandes como sus costados.

Me brinco la barda y me siento en el campo apoyando la espalda en el tronco de un manzano. Ya tienen sus rutas propias por todo el campo y pasan por debajo de ramas tan bajas que yo tendra que ir a gatas. Me observan. Hay dos reas donde no hay pasto alguno, slo tierra rojiza, y es en uno de estos anillos adonde vienen varias veces al da a rodarse sobre su lomo. Primero las madres, luego los burritos. stos tienen ya una franja negra en el lomo.

Ahora se aproximan. El olor de los burros y el salvado, no el de los caballos, que es ms discreto. Las madres rozan mi cabeza con sus quijadas. Son blancos sus hocicos. Alrededor de sus ojos hay moscas, mucho ms agitadas que sus propias miradas interrogantes.

Cuando se quedan a la sombra, en el lindero del bosque, las moscas se marchan y pueden quedarse casi inmviles por media hora. En la sombra del medio da, el tiempo se alenta. Cuando uno de los burritos mama (la leche de burra es la ms semejante a la humana), las orejas de la madre se echan atrs y apuntan a la cola.

Rodeado por los cuatro burros en la luz del da, mi atencin se fija en sus patas, diecisis de ellas. Son esbeltas, contundentes, contienen concentracin, seguridad. (Las patas de los caballos parecen histricas en comparacin.). Estas son patas para cruzar montaas que ningn caballo se atrevera, patas para soportar cargas inimaginables si se consideran tan slo las rodillas, las espinillas, las cernejas, los jarretes, las canillas, los cuartos, las pezuas. Patas de burro.

Deambulan, con la cabeza baja, pastando, mientras sus orejas no se pierden de nada; los observo, con sus ojos cubiertos de piel. En nuestros intercambios, tal como ocurren, en la compaa de medioda que nos ofrecemos ellos y yo, hay un sustrato de algo que slo puedo describir como gratitud. Cuatro burros en un campo, mes de junio, ao 2005.

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S, entre otras muchas cosas sigo siendo marxista.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/01/03/opinion/004a1pol

*Enviado por el autor, traduccin: Ramn Vera Herrera para el nmero 98 (junio de 2005) del suplemento Ojarasca



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