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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-01-2017

El hombre en la mquina

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Hasta hace poco estaba en la cartelera de los cines la ltima pelcula estrenada por Clint Eastwood. Su ttulo, Sully, hazaa en el Hudson. Con l parece que se nos quiere sugerir que se trata de una historia pica. En cualquier caso, los hechos narrados son verdicos, y da la impresin, hasta donde uno alcanza a conocer, que con vocacin de fidelidad al acontecimiento central en torno al que gira el filme, a saber, el aterrizaje (o acuatizaje?) de emergencia de un avin de pasajeros en el ro Hudson el 15 de enero de 2009. Sully es el apodo del autor de tamaa proeza, que supuso la salvacin de la tripulacin y el pasaje completos que compartan destino en el vuelo 1549 de US Airways, el veterano piloto Chesley Sullenberger.

Clint Eastwood sabe contarnos de manera conmovedora y al tiempo sobria un suceso con innegable carga dramtica por cuanto atae nada ms y nada menos que a algo tan emotivo como la supervivencia de ciento cincuenta y cinco personas a un accidente de avin. Sin embargo, no es este el objeto de enfoque escogido por el guionista Todd Komarnicki para vertebrar lo que se narra en la pelcula. El centro en torno al que sta gira es la investigacin a la que se someti al comandante de la aeronave, inmediatamente tenido por un hroe por los medios de informacin y por la opinin pblica, pero objeto de inmisericorde inquisicin por parte de la compaa area y la aseguradora de la misma. Estas instancias pusieron en duda que la decisin tomada por el piloto ante el fallo de los motores fuese la correcta. Esa duda se sustent en el hecho de que la torre de control, al saber de su crtica situacin, le ofreci dos opciones alternativas para aterrizar en aeropuertos cercanos. Aqu radica, desde un punto de vista filosfico, el inters de la historia: un hombre, perito en su oficio, que ha estado volando en todo tipo de aparatos durante cuarenta dcadas, se ve puesto en entredicho respecto del acierto de su decisin en un momento crtico. El personaje lo expresa dramticamente en una secuencia de la pelcula cuando habla con su mujer durante la fase de investigacin de su actuacin en el suceso, incrdulo ante la dolorosa evidencia de que toda una larga carrera sin la ms mnima tacha puede irse al garete por una decisin tomada en cuestin de segundos bajo una inconcebible presin.

El papel que la tecnologa tiene en la evaluacin que se lleva a cabo del comportamiento de Sully en la difcil coyuntura del fallo de los motores es primordial. En efecto, la comisin de investigacin fa su juicio a los resultados de los simuladores en los que se introducen los datos y parmetros recogidos por las mquinas. Se trata de comprobar cul hubiera sido el resultado de haber optado por alguna de las pistas de aterrizaje de emergencia propuestas por los controladores areos. El resultado, tras los ensayos y pruebas en los simuladores con pilotos expertos, es demoledor para el comandante del airbus 320 de US Airways: los complejos sistemas cibernticos que reproducen virtualmente el estado del avin sentencian taxativamente que cualquiera de los dos aterrizajes alternativos hubiera sido exitoso, sin dao para el aparato ni para las personas. Un duro golpe para quien ha hecho de su oficio su vida, y a quien el susodicho resultado de la investigacin obliga a dudar de su pericia a pesar de la innegable evidencia de haber salvado la vida a su tripulacin y a su pasaje. Realmente se equivoc entonces? Puso en riesgo la vida de casi doscientas personas al decidir ejecutar una maniobra tan arriesgada como el amerizaje sin necesidad?

Este constituye para m el asunto de mayor inters de esta historia bajo el que subyace el apasionante tema que entraa la dialctica entre el hombre y la mquina. En el caso que se expone en el filme se puede reconocer una doble vertiente: por un lado, Sully se precia de conocer la mquina con la que trabaja, y por otro la mquina los simuladores se convierte en su antagonista a la hora de discernir lo acertado de su proceder en los instantes decisivos del accidente.

En relacin con lo primero, el piloto interpretado por Tom Hanks representa el arquetipo del perito en su oficio; es decir, se trata de una persona que ha acumulado una experiencia en su trabajo a lo largo de cuatro dcadas cuyo valor no tiene precio. Este rasgo del personaje se pone de manifiesto en la pelcula cuando los investigadores del suceso, a la luz de los registros automticos del avin siniestrado, dudan de que el segundo motor de la aeronave estuviese totalmente escacharrado (con un solo motor hubiera podido seguir volando). El comandante Sullenberger, sin embargo, estaba absolutamente seguro de que ambos motores dejaron de funcionar como consecuencia del choque con unas aves. No haca falta que se lo confirmara ningn ordenador. l se haba percatado de ello nada ms ocurrir porque conoca su aparato tras cientos de horas de vuelo a travs de las cuales haba ido conformando las pertinentes y necesarias vas de percepcin del funcionamiento de la mquina. Es la experiencia del que sabe su oficio frente a los datos informticos.

Ahora bien, el caso es que, segn se nos cuenta en la pelcula que parece ser fiel al curso de la investigacin que se llev a cabo, los simuladores que reprodujeron el accidente, de acuerdo con el procesamiento de las variables que acontecieron en el suceso y la aplicacin de los algoritmos, sentencian sin apenas margen de duda que el aterrizaje en el ro, con todo el riesgo que conllevaba, no fue la mejor decisin, ya que los ensayos virtuales demostraban que daba tiempo a aterrizar en cualquiera de las pistas alternativas propuestas por el control areo de la torre.

Esto ltimo caus en Sully una zozobra plasmada de forma emptica por Clint Eastwood en la pelcula, con secuencias en las que el personaje sufre interminables noches de insomnio durante las que le asalta la inquietante incertidumbre de que quiz no sea el gran piloto que l crea ser, de que quiz no sea el hombre que l crea ser dado que volar representa la experiencia de su vida. Porque la mquina no se equivoca... O s?

Este drama intenso del hombre que se juzga a s mismo, porque antes que cualquier comisin de investigacin l es el primero que teme perder la autoconfianza, culmina en la secuencia de la reunin final con la que concluye el proceso de investigacin, cuando, por peticin suya, se repite en dos simuladores la comprobacin de la opcin de los aterrizajes en los aeropuertos de emergencia alternativos. Pero en esta definitiva ocasin el veterano piloto pide que se aada unos segundos, apenas veinte, de demora en el inicio de las maniobras de cambio de rumbo y aproximacin a las pistas (el total de duracin de la crisis fue de 208 segundos). Y al fin el resultado es concluyente: esos pocos segundos, necesarios en la realidad para reaccionar ante el imprevisto que se le presenta a la persona que va a los mandos de la mquina que, por muy automatizada que est, no est programada para afrontar circunstancias imprevisibles, marcan la diferencia. Esos pocos segundos, necesarios en la realidad para evaluar la nueva situacin fuera de todo plan imaginable, retrasan las maniobras lo suficiente para hacer imposible el xito de ese aterrizaje alternativo en cualquiera de los otros aerdromos ofrecidos. Como viene a decir el personaje interpretado por Tom Hanks cuando el resultado, al fin, le da la razn: una cosa es la realidad, intrnsecamente imprevisible, y otra su simulacin; una cosa es la toma de decisiones de un agente humano y otra bien distinta es el procesamiento automatizado de la mquina que sigue una serie de algoritmos que responde a un cuadro idealizado de una actividad concreta, como lo es la navegacin area. De lo que se deriva la cuestin de si la experiencia humana, la de dcadas de trabajo de un piloto, puede ser traducida plenamente a algoritmos.

Este tema lo aborda, de forma exhaustiva en mi opinin, Nicholas G. Carr en su libro de 2014 titulado en castellano Atrapados. Cmo las mquinas se apoderan de nuestras vidas. Es una traduccin un tanto melodramtica del original The glass cage. Automation and us; o sea, La jaula de cristal. Automatizacin y nosotros, en su traduccin a nuestro idioma. El leitmotiv que desarrolla el libro lo constituye la evolucin que ha experimentado la tecnologa del vuelo desde los hermanos Wright hasta los sofisticados aviones que en la actualidad surcan nuestros cielos a diario. Por lo que nos dice su autor hay un antes y un despus en la historia de estos artilugios, que es el representado por la aparicin, precisamente, del Airbus 320, la aeronave que el comandante Sullenberger logr posar sobre las aguas del ro Hudson. Podra decirse que supone una verdadera mutacin tecnolgica por cuanto en ella dieron en converger la historia de los aviones y la historia de los ordenadores. A partir de ella se han ido expandiendo paulatinamente los lmites de la automatizacin, bajo cuyo control han venido siendo asimilados los diversos dispositivos de funcionamiento del aparato que, a golpe de avance en el hardware y el software, ha sido arrebatado a la tripulacin. Hasta tal punto se ha progresado en esta direccin que Don Harris, un profesor de aeronutica y experto en ergonoma, considera que la cabina de vuelo puede considerarse como una gigantesca interfaz de ordenador voladora (una jaula de cristal). Nada que ver con esos aviones de antao en los que la conexin del hombre con la mquina no pasaba por la intermediacin de ningn automatismo. Debo reconocer mi sorpresa y mi inquietud quiero creer que injustificada cuando me entero a travs del anlisis que lleva a cabo Nicholas Carr del mundo tecnolgico del vuelo de que en un tpico vuelo de pasajeros de esta poca, el piloto maneja los controles durante un total de tres minutos: un minuto o dos al despegar y otro minuto o dos al aterrizar. De modo que no es exagerado decir que el piloto se ha convertido ms bien en un supervisor de la automatizacin y en un operador informtico, puesto que los sistemas automticos de control han dejado de ser los asistentes al trabajo, primordial, del agente humano para convertirse en el sistema de control de vuelo primario.

Y bien, el lector puede estar preguntando conforme lee estas lneas que cul es el problema; acaso automatizacin no ha venido siendo ltimamente sinnimo de comodidad y seguridad? Es ms: no supone cada avance en la automatizacin de tareas que tena que realizar el humano una liberacin para l de una carga, de un esfuerzo ingrato? Pues bien venida sea la automatizacin, y cuanta ms mejor!

Sin embargo, Nicholas Carr quiere que seamos conscientes de que el avance imparable de la tecnologa de la automatizacin tiene sus efectos sobre la condicin humana, por lo que no ve slo como decisiones prcticas o econmicas las relativas a qu tareas entregamos a los ordenadores y cules nos quedamos nosotros, sino como autnticas elecciones ticas. Que las mquinas, de manera autnoma, puedan operar, juzgar o decidir en trabajos que requieren un conocimiento y una pericia como el de piloto nos ahorra la realizacin de actividades ciertamente incmodas, pero son actividades que tambin mantienen despierta nuestra inteligencia y nuestra agudeza respecto de la consciencia de lo que supone una determinada situacin real. Como a la que se vio sometido el comandante Sullenberger, que tuvo que procesar los diversos elementos de una coyuntura imprevista, pero real a la que slo quien tena miles y miles de horas de vuelo en modo manual poda hacer frente con una mnima probabilidad de xito. Porque insistamos la realidad no es su representacin algortmica en un ordenador, en la que el tiempo de demora de la percepcin humana de lo que no tena que ocurrir (pero ocurre porque la realidad es mucha, mala y tozuda), el tiempo en el que se ponderan las circunstancias y opciones a partir de lo conocido trabajosamente a lo largo de dcadas de experiencia laboral, y por fin el tiempo de la toma de decisin de quien controla la mquina, no contaban con su debida computacin. Esto es lo que pasa por alto el equipo de investigadores que somete a examen el proceder de Sully, y que asume sin ms que lo que los ordenadores dictaminan es de aplicacin tal cual a la realidad. Eso es lo que significan esos pocos segundos.

Para mejorar en el uso de sus capacidades el agente humano necesita vencer la resistencia de la realidad, ha menester experimentar la incomodidad de la friccin con ella. Tiene su valor para el desarrollo personal la sensacin de xito y satisfaccin que se obtiene cuando nos implicamos en esfuerzos que ponen a prueba nuestras habilidades, lo que, por cierto, es parte esencial de nuestra experiencia de libertad.

Ahora bien, no es fcil tener todo esto presente cuando resultan tan evidentes las ventajas de transferir trabajo de personas a mquinas y ordenadores. Sus ventajas son fcilmente identificables y mensurables. Y no slo econmica, sino tambin emocionalmente est ineluctablemente inclinada la balanza; quin puede resistirse a la comodidad y al cautivador poder de sugestin de la innovacin mgica por no mencionar la oferta de una realidad alternativa donde todo ocurre a golpe de fascinantes efectos audiovisuales que se despliegan ante nuestros sentidos por un leve gesto de nuestros dedos?

Los costes de todo ello no son perceptibles de primeras, y resulta complicada su ponderacin. Pasando por alto la vertiente econmica de la cuestin (obsolescencia creciente de ciertos trabajos y desempleo para muchas personas) cmo medimos la erosin del esfuerzo y del compromiso, o la mengua de la independencia y de la autonoma o el deterioro sutil de la habilidad. Son intangibles para los que no hay unidad ni tablas de medida; pero que, tras su prdida, las exigencias (imprevisibles) de la realidad pueden obligarnos a echar de menos.

Lo que es capaz de hacer un profesional experto como el comandante Sullenberger es de un valor incalculable. Y es el resultado de un trabajo muy duro durante mucho tiempo que tiene su aprovechamiento en nuestro cerebro, tan plstico que puede conformar grupos de neuronas especializadas o modelos mentales capaces de reconocer los patrones del entorno, valorndolos para identificar las seales importantes de las que no lo son, interpretndolas y reaccionando a ellas de manera intuitiva sin detenerse en anlisis conscientes que entorpeceran la conexin necesaria entre pensamiento y accin.

Hay que ser sabedores de que la tecnologa incide en nuestra percepcin del mundo y en la percepcin de nuestro lugar en el mundo. No es neutral; la implantacin de segn qu recursos y herramientas incide en nuestras vidas, las moldea. Buen ejemplo de ello es el reloj, el autmata medidor del tiempo, que en el siglo XIX contribuy decisivamente a la Revolucin Industrial. En palabras de Carl Honor, autor de Elogio de la lentitud: El reloj es el sistema operativo del capitalismo moderno, lo que posibilita todo lo dems: las reuniones, las fechas lmite, los contratos, los procesos de fabricacin, los horarios, el transporte, los turnos de trabajo...

Esta es slo una muestra del enorme poder de la tecnologa para alterar nuestra percepcin del mundo y lo que ste significa para nosotros. Lo que sostiene Nicholas Carr es que la automatizacin digital incide especialmente en el vnculo entre mente y cuerpo. Siguiendo a Merleau-Ponty afirma que nuestro estar en el mundo es la encarnacin, y tanto la percepcin como la cognicin estn encarnadas. En la medida en que las herramientas nos abren nuevas posibilidades de accin y de cognicin sobre el mundo contribuyen al enriquecimiento de nuestra naturaleza y del universo de significados que nos son concebibles. Sin embargo -citando a Carr-, las tecnologas digitales de la automatizacin, en lugar de invitarnos al mundo y animarnos a desarrollar nuevos talentos que aumenten nuestras percepciones y expandan nuestras posibilidades, tienen con frecuencia el efecto opuesto. Estn diseadas para desalentar. Nos alejan del mundo (...) la pantalla, con todos sus estmulos y tentaciones, es un entorno de escasez: veloz, eficiente, limpio, pero que revela solo una sombra del mundo.

Es lo que supo detectar Chesley Sullenberger desde la pericia de quien conoce su oficio; o lo que es lo mismo, desde el conocimiento significativo del mundo resultado de dcadas de experiencia en la brega dialctica con l. l se percata de que una representacin de la realidad no es la realidad; que en sta el tiempo de reaccin del piloto que ha de percibir y entender lo que pasa de improviso es determinante a la hora de juzgar cul era la maniobra con posibilidades de xito; que la experiencia del que sabe su oficio difcilmente es reducible a algoritmos, as como que el mundo al que pertenecemos por mor de nuestros cuerpos es un complejo entramado de significados que se revela en la trabajosa friccin que experimentamos en l y que se halla ausente en la amable realidad virtual.

La tecnologa nos hace posthumanos o transhumanos, se sostiene desde ciertos sectores intelectuales. Pero a la luz de nuestra historia como especie y de nuestra propia naturaleza hay que reconocerla como uno de los aspectos distintivamente humanos, como el arte. Ambos coinciden en tener su origen en el anhelo de trascendencia de la jaula del espacio y el tiempo a la que nos constrie el cuerpo. De l surge una mente que desea ms de lo que por naturaleza su ser material puede, y capaz de imaginar medios increbles con los que expandir los lmites del mundo a su alcance, as como transformarlo. Es esa tensin entre lo que el cuerpo puede y lo que la mente concibe como posible lo que dio origen a la tecnologa y sigue inspirando su avance en nuestros das.

Pero esta profunda raz antropolgica que explica nuestra esencial actividad tecnolgica da cuenta tambin del hecho de que las herramientas que creamos no nos dejan intactos a quienes las incorporamos a nuestra experiencia del mundo. De nuestra ms ntima naturaleza brotan y a ella tambin afectan. Quiz no somos suficientemente conscientes de que el uso de toda herramienta conlleva elecciones morales y acarrea consecuencias morales; que se establece un vnculo entre la herramienta y el usuario, que es la base del talento con el que Sully hace frente al accidente. Tal vnculo lo hara imposible la introduccin del ordenador, como sostiene Carr: Cuanto ms automatizado se vuelve todo, ms fcil es ver la tecnologa como una clase de fuerza extraa, implacable, que queda ms all de nuestro control e influencia. Tratar de alterar la ruta de su desarrollo parece ftil. Presionamos el botn de encendido y seguimos la rutina programada.

Que no haya malentendidos, que nadie vea aqu una declaracin contraria al progreso tecnolgico. Se trata de que tambin ante la tecnologa cuando se erige en ttem es conveniente pararse a pensar, resistirse a seguir la rutina del programa. sta es lo opuesto al librepensamiento, el cual ofrece la resistencia que nos mantiene vivos y lcidos frente a cualquier fuerza, ya sea institucional, comercial o tecnolgica, que nos convierte en extraos de nosotros mismos, es decir, que puede albergar en s el peligro de la alienacin.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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