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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-01-2017

Y entonces John Berger llor

Rodolfo Braceli
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Se arremang, y baj al mundo de los que hacen el pan y hacen el amor con el mismo sudor. A ese mundo en extincin baj; ms que a mirarlo, se puso a orlo y a escucharlo, a olerlo; decidi aprenderle su intemperie. En esa travesa, desde lo entraable, descubri que en el mundo todos somos iguales; pero algunos, menos iguales. Que hay humanos que huelen a trabajo y humanos que no huelen. Antes que eso se dio cuenta de que el trabajo huele a vinagre.

Puesto a escuchar, lleg a descubrir que cuando el hacha entra en el bosque, los rboles dicen: Mira, el mango es uno de los nuestros!

Una noche vio a un pastor derrumbado por una trompada; ese pastor, con todo el cielo arriba, supo que las estrellas son indiferentes.

Trajinando los secretos eslabones del vivir aprendi que si se pudiera dar un nombre a cada cosa que sucede, sobraran las historias, estaran de ms. Estaba convencido de que la vida, la vida de aqu abajo, suele superar a nuestro vocabulario. Falta una palabra y entonces hay que relatar una historia.

Un da Berger, John Berger as se llama el entraable, no tuvo la palabra necesaria para lo que su imaginacin desataba, y entonces escribi sobre un campesino que estaba en el pajar desnudo de la cintura para arriba; su carne sin sol pareca la de un hombre y la de un nio Es Berger, ese John Berger el que ahora mismo nos est contando; escuchmoslo:

Terminado el ordeo, entr en la cocina all la quietud y el silencio eran totales. Sac una silla de debajo de la mesa, se sent y se puso a llorar. Con el llanto iba inclinando la cabeza hacia adelante hasta que toc con la frente el hule. Es extrao cmo los animales reconocen los sonidos del dolor. El perro se acerc por detrs y, levantndose sobre sus patas traseras, apoy las de adelante sobre la espalda del hombre.

El hombre con la frente sobre el hule llor por todo lo que no poda volver a suceder. Llor por su madre haciendo buuelos de patatas. Llor por ella podando los rosales del jardn. Llor por su padre gritando. Llor por el trineo que tena de nio. Llor por el tringulo de vello entre las piernas de Zuzanne, la maestra. Llor por el olor de una mujer planchando sbanas. Llor por el puchero de mermelada borboteando en el fogn. Llor por su granja, en la que no haba nios. Llor por el sonido de la lluvia cayendo sobre las hojas de rubarbo y por su padre vociferando: escucha eso! Llor por el heno que quedaba por segar todava. Llor por los cuarenta y cuatro aos que haban pasado y llor por l mismo.

Ese hombre contado por Berger, que vio en unos segundos toda su vida, ese hombre ahora sin padre ni madre, mujer no tena; sinti que hijos no iba a tener, nunca.

Posdata: Es posible que cuando Berger enumeraba esos sentimientos narrando el llanto atravesado de lucidez de ese hombre tan desoladamente solo, sin darse cuenta, tambin l, John Berger, tejiendo esa escritura, llorara en voz alta

Y es posible tambin que la mujer de Berger anduviera por ah cerca. Ella lo habr visto sacudirse, inclinarse hasta apoyar la frente en el teclado de su mquina de escribir; le habr escuchado el llanto, al escritor un llanto tan hondo, tan mojado como el de su personaje.

Dmoslo por cierto: la mujer del escritor vio lo que vio y escuch lo que escuch, entonces tuvo el impulso de correr para abrazarlo a Berger, pero se contuvo; quieta, en silencio, ella se qued mirndolo y escuchando apenas en el umbral.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/12661-y-entonces-john-berger-lloro



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