Portada :: Cuba
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-01-2017

Un periodista es un intelectual

Luis Toledo Sande
Cubarte


aunque eso no signifique mucho.


A la profesora Beatriz Maggi su alumnado de la otrora Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana la recuerda y la recordar por la altura de su desempeo, incluidas no pocas singularidades. La menos relevante no sera la que le permiti ser, a su modo, continuadora del Flix Varela que nos ense la importancia de pensar: ella enseaba, o an ensea, a leer, acto que en su caso debe entenderse como leer no de cualquier manera, sino pensando y calando, desentraando. Era tambin posible orle franquezas como esta: Ustedes se estn preparando para ser intelectuales. Pero no crean que intelectual es sinnimo de inteligente .

La clasificacin de intelectual ni ttulo nobiliario ni necesariamente aspiracin que convertirla en cuestin de vida o muerte concierne a una forma determinada de ocupacin, de trabajo, y no se limita al sector que estrechamente suele denominarse, y autodenominarse, de la cultura . Esta ni empieza ni termina en lo literario: asociada al cultivo y, por tanto, al quehacer agrcola, abarca un rea vasta y heterognea, la obra toda de los seres humanos, ni remotamente solo lo hecho o atendido por la intelectualidad.

Fuera de los intelectuales quedan, tambin por convencin, quienes califican como trabajadores manuales, aunque para trabajar estos necesiten igualmente de la cabeza y no solo de las manos, y no sean los nicos en usar estas ltimas. Ello se aprecia con relativa facilidad pudiera hasta ser un ejemplo manido si se piensa en los intelectuales de la Medicina que ejercen la ciruga y tienen en ellas un recurso bsico, sean cuales sean los equipos que empleen y el grado de complejidad tecnolgica de estos.

Entre otros, un maestro de escuela y un profesor universitario, un ingeniero en una disciplina o en otra, un escritor, un pensador, un graduado de Filosofa lo que no basta para ser filsofo, ttulo que actualmente se prodiga y ostenta con pasmosa facilidad, un poltico verdadero, un socilogo, un mdico de la especialidad que sea en fin, cientficos de todas las reas, son intelectuales. Ah!, si adems son inteligentes, mucho mejor, y an ms si son buenos seres humanos, virtudes no exclusivas de un sector determinado.

Tambin es intelectual un periodista, aunque voces provenientes de lo que suele llamarse la Academia reclamen que la prensa d ms cabida en ella a los intelectuales. Ni siquiera parece necesario que alguien proclamado acadmico tambin cuestin de clasificaciones , un vocablo que tiene raz en clase sepa escribir bien, no digamos ya que lo haga con elegancia, para que, adems de levantar un hombro, ladear la cabeza y autodeclararse intelectual, menosprecie quizs a quienes ejercen el periodismo. Pero ciertamente, aunque no est libre de prejuicios deplorables no siempre al margen de factores objetivos que les den asidero, el aludido reclamo no sale del aire.

Es cierto que demandar mayor presencia de intelectuales como autores en la prensa cubana pudiera asociarse al peso predominante que en ella se ha dado a los periodistas de plantilla. Ello se vincula con la mengua de la participacin de profesionales que no son parte de esa plantilla y, por tanto, pudieran acaso estar menos cautivados por la prolongacin de males como el secretismo, que puede prosperar sustentablemente con la obediencia laboral.

En el mbito internacional la banalizacin del periodismo la nutren hechos como el remplazo de la informacin seria por noticias falsas y por el morbo que tambin empobrece el conocimiento y el espritu de las llamadas noticias del corazn, la crnica roja y el cotilleo. Pero, si es cuestin de menospreciar el oficio periodstico, miserias tales no campean en Cuba. Nadie pondr en duda la vocacin de seriedad de la prensa en este pas, donde, sin embargo, causan estragos los dficits que ella tiene, en parte al menos porque el bendito afn de responsabilidad ha conducido a otros males, como alguna grisura y el mencionado secretismo, que parece en camino de tornarse crnico, si no lo es ya.

De semejante mal huelga citar ejemplos, dadas las frecuentes y rotundas crticas, o denuncias, que han hecho de l los ms altos foros del mismo sector periodstico y varios de los mayores representantes de la direccin poltica del pas. De lo enraizado que est dicho mal habla, en los hechos, lo lejos que tales y tan justas arremetidas lanzadas contra l estn de haber conseguido los frutos deseados y necesarios.

Aunque siempre los haya guiado la buena fe, no poca responsabilidad cabe en ello tambin a quienes en la prensa ocupan el lugar del soldado raso: siquiera sea por no haber llevado hasta las ltimas consecuencias su enfrentamiento al secretismo, del cual ltimamente, preocupante seal!, parece que ya ni se habla. Pero, si pudiera ser cmodo echarles encima el alud de reproches por las deficiencias del sector, harto injusto, o ms, sera hacerlo.

Por ah habr algn periodista honrado e inteligente, y con relevantes responsabilidades en su currculo, que tal vez an est esperando por la autorizacin que en su momento pidi para escribir sobre determinados sucesos. Cabe citar los que a inicios de 2010 empaaron el Hospital Siquitrico de La Habana (Mazorra), tan contrarios objetivamente a la Revolucin que transform de raz, con esencial sentido humano y con la admiracin de incontables personas honradas del mundo, el infierno que aquel centro fue antes de 1959.

El silencio de la prensa nacional facilit a otros hacer carrera con el tema, lo que puede haber irritado a algunas personas e instituciones del pas. Pero, que se sepa, nadie ha pagado por el mutismo que prim, roto oficialmente por dos escuetas notas: una a raz de la tragedia; otra sobre las sanciones, meses despus, a quienes se estimaron sus mayores responsables. No hubo ni un reportaje como el que ella exiga lo mereca la nacin ofendida para educar sobre la necesidad de impedir que se repitiera algo semejante.

Pero, por mucho que se haya enraizado y el secretismo no es una excepcin, ningn mal debe estimarse inextinguible, ni lo es, menos an si lo enfrentan trabajadores y trabajadoras convencidos de la necesidad de combatirlo, y que para ello estn decididos a poner en tensin la debida energa revolucionaria. Eso, nadie lo dude, tambin entraa riesgos, no solamente el de equivocarse, pues no se trata de un conflicto entre ngeles. Pero las fuerzas para oponerse a lo que debe ser enfrentado, y cambiar lo que debe cambiarse, menguan si los primeros en devaluar el periodismo, aunque sea de manera inconsciente, fueran quienes lo ejercen.

No es infrecuente en el mbito de la prensa misma or o leer que alguien es dicotoma no forzosamente infundada, pero discutible periodista y escritor . Se sabe que hay lmites, particularidades individuales, pero el desidertum brjula debera estribar en que, quien opte por cumplir la misin periodstica, tenga o se proponga alcanzar el necesario dominio del idioma, aunque solamente cultive gneros propios de esa misin.

En otras zonas del mundo en las cuales lo fictivo goza de particular prestigio como centro del hecho literario, tambin abundan ejemplos seeros del manejo artstico de los llamados gneros ancilares: oratoria, ensayo, testimonio, los caractersticos del periodismo como la crnica, el epistolar... Pero en nuestra Amrica estos han sido fundamentales.

Pinsese no ms en Cuba, donde Jos Mart, Julin del Casal, Rubn Martnez Villena, Jos Lezama Lima, Juan Marinello, Alejo Carpentier, Nicols Guilln, Mirta Aguirre y tantos otros casos que han sido altos cultores asimismo de vertientes expresivas como la poesa y la narrativa, asociadas por excelencia al universo de la ficcin han sido y son ejemplos que ilustran con sus obras el desidertum antes mencionado, y estimulan su cumplimiento. Ante ellos resulta ostensible el frecuente sentido pleonstico de una expresin como escritor y periodista , o viceversa.

La nocin de la supuesta inferioridad del oficio periodstico asoma asimismo en el afn que, al parecer, algunos de sus representantes ponen en literaturizar sus textos, cuando la literatura es la primera en no soportar que la literaturicen, como si fuera necesario, digamos, poetizar la poesa. Cada gnero, es decir, cada funcin expresiva, tiene su camino y sus maneras se realizarse. No hay por qu forzarlo a nada, sino darle lo que reclama y necesita para ser eficiente y bello, artstico incluso, si quien lo cultiva es capaz de lograrlo. Otra inclinacin que cabra comentar en este punto, pero requiere tratamiento aparte probablemente lo tenga en un prximo artculo, es la de confundir, a veces en grados patticos, periodismo personal y derroche del uso del yo , aunque en el fondo no se diga nada que pueda tenerse por personal de veras.

Aunque sea involuntaria, la marginacin del periodista puede subrayarse si en una publicacin las aportaciones se dividen en bandos diferentes: de un lado, las de intelectuales y artistas; del otro, las de periodistas, sin ms. Pero el ttulo no debi haber sido Periodistas relatan, sino Nuestros periodistas relatan, porque la seccin reuni artculos de profesionales alguno, si no algunos de ellos, miembro a la vez de la Unin de Escritores y Artistas y de la Unin de Periodistas que integran o integraron el equipo de la publicacin y para ella escribieron los textos. Si se buscaba que dicha seccin honrase no solo a la revista, sino al gremio periodstico todo, no fue eso lo que se logr al separar tajantemente a este de la intelectualidad nacional, como si no fuera parte de ella.

Quienes tengan responsabilidad profesional en el uso del idioma mxime si esa responsabilidad radica en guiar y hacer realidad una publicacin llamada a influir de alguna (buena) manera en el pblico lector no deben considerar que la sensibilidad lingstica es un lujo, mana de exquisitos, sino lo que es: un recurso fundamental para el trabajo, un compromiso que ha de cumplirse para poder decir lo que se debe y como debe decirse. Si se carece de ese recurso, ser necesario tratar de conseguirlo, o procurarse la inteligencia y la modestia (que es tambin sabidura) necesarias para hacerse asesorar, aun en medio de la prisa a la cual suele obligar el periodismo, an ms en un diario que en una publicacin de frecuencia ms holgada.

Otras muchas cosas pudieran decirse sobre un tema que no es cuestin de tiquismiquis ni coquetera de saln. Resulta inaceptable el flaco servicio que hace a la prensa, y al pas, el deficiente conocimiento del lxico por parte de quienes tienen el deber de expresarse pblicamente por escrito o de forma oral. Para contribuir a la formacin del pblico impreparado se requiere un buen uso del lenguaje, y el preparado no confiar en quien le diga va una joya que la consagracin al trabajo y la eficiencia de un colectivo laboral dieron al traste con altos resultados productivos; o que vaya otra tal equipo deportivo goza de favoritismo; o una ms, aunque sin afn de exhaustividad que la crisis humanitaria est causando graves estragos en determinado pas.

Quien quiera hacerse leer u or por otras personas, sea consciente del alto grado de responsabilidad que contrae con ello, y sepa que las pifias que cometa van contra su propia credibilidad y contra la del rgano o medio de comunicacin en que se desempea. Sea una televisora cubana o de otra nacin, como Telesur que, de no existir, habra que inventarla, un programa para la infancia o la Mesa Redonda, o un espacio deportivo, el profesional del sector tiene el deber, o la obligacin, de conocer bien lo que dice.

Ello incluye saber que dar al traste con significa echar a perder o destruir algo, y que favoritismo no es ventaja, fuerza propia con que se cuenta para ganar una competencia, sino favor inmoral, mientras que humanitario no califica todo lo relativo a seres humanos, sino solamente lo que les hace bien. Esto ltimo no puede decirse ni de una crisis, ni de un desastre natural ni, menos an, de un bombardeo de la OTAN, cuyos voceros han manipulado a sus anchas aquel calificativo para justificar asesinatos cometidos por fuerzas de la agresiva organizacin militar en distintas partes del mundo.

En la prensa y los medios de comunicacin en general, para no hablar de otros mbitos, cuidar el idioma, practicar su buen uso, es, adems de una expresin de respeto al pblico, y de autorrespeto, una manera de no desprestigiar al sector periodstico. Y ello atae a todo el que como soldado de filas, o como dirigente a quien se le ha confiado velar por la calidad integral del trabajo desempea funciones informativas. Ser falible como todo ser humano es no autoriza a sentirse con derecho a trabajar mal. Por el contrario, llama a poner alto sentido de responsabilidad y digna pasin en lo que se hace.

Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/es/article/47892



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter