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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 19-01-2017

Discusiones sobre la tragedia siria

Claudio Katz
Rebelin


La derrota sufrida por los yihadistas y denominados rebeldes en Alepo anticipa un giro en el desangre de Siria. Si el avance de las tropas del gobierno apoyadas por Rusia e Irn se confirma en las prximas batallas, la contienda podra quedar definida.

Este viraje se juega tambin en Mosul. La coalicin de iraques, kurdos, turcos que acta con apoyo areo de Estados Unidos y Francia acorral a los fundamentalistas en su bastin de Irak.

Estos desenlaces cambiaran el mapa del conflicto pero no la tragedia que padece la regin. Es previsible un desplazamiento de los enfrentamientos hacia otras zonas y la sustitucin de choques entre militares por escaladas de terror contra la poblacin civil. Las alertas ya se multiplican en todas las ciudades de Medio Oriente y Europa.

En Alepo se consumaron las mismas masacres que pulverizaron a otras ciudades multitnicas. En el conflicto se computan ms de 250.000 muertes y cuatro millones de refugiados. El nivel de barbarie se verifica en el trfico de rganos humanos que realizan los contrabandistas entre los sobrevivientes (Armanian, 2016e). Los descendentes del despojo padecido por los palestinos vuelven a padecer el mismo destino de sus antecesores (Ramzy, 2015). Junto a la denuncia de esos crmenes resulta indispensable esclarecer lo ocurrido.

REBELIN Y USURPACIN

Hace seis aos comenz en Siria una sublevacin con demandas democrticas semejantes a Egipto y Tnez. Ese levantamiento form parte de las mismas protestas contra regmenes autocrticos que caracteriz a la primavera rabe. El movimiento se populariz e incluy la creacin de comits para exigir reformas polticas. Pero la represin oficial super todo lo conocido y desencaden una guerra civil.

En su debut la rebelin despert enormes simpatas, incentiv la desercin de cuadros militares y dio lugar al surgimiento de zonas liberadas. En trminos polticos reuni una coalicin de hermanos musulmanes, liberales y sectores progresistas. Pero el carcter sangriento de los enfrentamientos precipit la militarizacin del campo opositor. Las organizaciones armadas se afianzaron en un escenario de variable empate.

El primer cambio de la rebelin se consum con la presencia de los asesores provistos por Estados Unidos. El segundo viraje se concret con el predominio de milicias yihadistas que no haban participado en la gestacin de la sublevacin. Como los fundamentalistas islmicos (salafistas) son acrrimos enemigos de los derechos ciudadanos, su dominio de la revuelta sepult el sentido democratizador del alzamiento,

Los yihadistas se impusieron mediante acciones brutales. Varios grupos contaron con la financiacin de Qatar y Arabia Saudita (Jaish al-Islam) y otras fracciones actuaron en forma ms autnoma (Jabhat al-Nusra). Turqua aport logstica, circulacin en las fronteras y contingentes propios (Ahrar as-Sham). Estas potencias sunitas apostaron a una ocupacin extranjera, semejante a la registrada en el Lbano durante los aos 80.

Entre los yihadistas se consolid el protagonismo del grupo EI (Ejrcito Islmico, ex ISIS), que intent establecer los cimientos de un Califato en las zonas conquistadas de Siria e Irak.

Al principio Estados Unidos aval la presencia de estas bandas suponiendo que aceleraran la cada de Assad, sin quitarle el timn de la oposicin a los sectores del ELS (Ejrcito Libre de Siria), manejados por el Pentgono.

Pero los fundamentalistas superaron a los grupos pro-occidentales y se apropiaron de su armamento. Tal como ocurri con los talibanes y Al Qaeda, Estados Unidos perdi el control del campo que esperaba manejar.

En las zonas bajo su dominio, los salafistas impusieron cdigos medievales contra las minoras religiosas. Asesinaron cristianos y kurdos, degradaron a las mujeres y quebraron la convivencia entre pueblos y creencias.

Esa usurpacin transform un conflicto inspirado en anhelos democrticos, en una batalla entre dos bandos igualmente reaccionarios y crecientemente contrapuestos por pertenencias comunitarias. Como acertadamente seal un analista, esa degeneracin enterr la sublevacin inicial (Kur, 2016).

El avance militar de los yihadistas qued detenido el ao pasado. El gobierno de Assad reconquist territorios con el auxilio de los bombardeos rusos y las acciones de las milicias pro-iranes (Hezbolah). Cont tambin con el sostn de las comunidades alawitas, chiitas y cristianas aterrorizadas por el salvajismo de los salafistas. Cuando la guerra priv al pas de alimentos y medicinas bsicas, ambos bandos reclutaron a los desesperados por sobrevivir bajo alguna proteccin.

Los dos campos cometieron horrendos crmenes documentados por numerosas crnicas periodsticas (Febbro, 2016; R.L, 2016; Al-Haj Saleh, 2016). Esa barbarie compartida confirma la disolucin del componente progresivo inicial que tuvo el conflicto.

PRIMAVERA, YIHADISMO Y KURDOS

El curso de la guerra en Siria sintoniz con tres procesos regionales. En primer lugar, la confiscacin de la lucha democrtica profundiz el retroceso general de la primavera rabe. Ese levantamiento ha quedado socavado por represiones dictatoriales y guerras yihadistas (Cockburn, 2016).

En medio de atentados y atropellos contra los trabajadores, en Tnez gobierna un ex ministro del viejo rgimen de Ben Al. En Egipto los militares restauraron el brutal sistema precedente, desplazando al gobierno electo de los hermanos musulmanes.

Los golpistas emiten condenas a muerte, engrosan las abarrotadas prisiones y torturan a miles de personas. Cuentan, adems, con el aval de Estados Unidos y la co mplicidad de Europa. Su conducta confirma el carcter reaccionario de las cpulas militares enfrentadas con el islamismo.

En Libia se verifica la misma regresin. Gadafi fue tumbado por el operativo que mont la OTAN para dividir al pas. Occidente usufructa de esa particin junto a Qatar y Turqua (que manejan la regin de Trpoli) y Arabia Saudita (que se reparte el Torbuk con Egipto). Tal como ocurri en frica durante dcada anterior, el territorio ha sido reorganizado bajo el control de los seores de la guerra (Zurutuza, 2014).

En Irak contina la demolicin impuesta por un desangre sectario entre sunitas herederos de Sadam y chiitas asociados con Irn. Estados Unidos tolera esa matanza y supervisa la fractura del pas, mediante frecuentes cambios de bando.

Tambin los palestinos sufren las consecuencias de este dramtico escenario regional. Israel refuerza la expropiacin de Cisjordania extendiendo muros, apropindose del agua y forzando la emigracin.

En este desolador contexto zonal se asienta un segundo proceso de gravitacin contrarrevolucionaria de los yihadistas. Esos grupos son continuadores del terrorismo talibn, que Estados Unidos foment hace varias dcadas para expulsar a la Unin Sovitica de Afganistn.

Las potencias occidentales han utilizado las milicias salafistas para destruir a los regmenes adversarios. Ese desmoronamiento refuerza la extincin de todos los vestigios de laicismo y modernizacin cultural.

Los fundamentalistas son una fuerza transfronteriza que se alimenta del odio generado por las agresiones imperialistas. Prometen regenerar la sociedad con estrictas normas de autenticidad religiosa, que incluyen alcanzar el paraso a travs de la inmolacin suicida (Hanieh, 2016). La atraccin que suscita entre jvenes desengaados no slo tiene fundamentos msticos. Expresa tambin el anhelo milenario de alcanzar la unidad rabe por medio de un Califato, asentado en la unanimidad religiosa (Jahanpou, 2014a).

Los yihadistas encarnan la versin extrema de la vertiente sunita del islamismo, en histrica rivalidad con los chiitas. Por eso trasladaron a Siria la guerra sectaria que desgarr a Irak. Los asesinatos que perpetraron en Tnez ilustran, adems, su pretensin de disolver el sindicalismo y erradicar la militancia. Son destructores de la organizacin popular, exponentes de la barbarie (Achcar, 2015) o representantes de nuevos fascismos con referentes religiosos (Rousset, 2014).

Tal como ocurri con Bin Laden tienden a desenvolver acciones propias que escapan al control de sus creadores (Petras, 2016). La variante ms reciente del yihadismo surgi en las crceles de Irak entre los oficiales del disuelto ejrcito de Sadam. Formaron el EI para resistir la expulsin de los sunitas del estado y para rechazar del acuerdo de gobernabilidad concertado por Estados Unidos con Irn (Rodrguez, 2015).

Pero a diferencia de sus precursores de Al Qaeda algunas vertientes han intentado construir un estado. Ocuparon pozos petroleros y se financiaron con la comercializacin del crudo. Si ese proyecto territorial fracasa retomarn e l uso generalizado del terror.

En este terrible escenario se incub un tercer acontecimiento inesperado y positivo: la consolidacin de zonas autnomas bajo el control de los kurdos. Este grupo nacional aglutina a la mayor minora sin estado de todo el planeta. Diseminados en varios pases, sus derechos han sido negados por incontables gobiernos.

En su valiente resistencia al yihadismo crearon la posibilidad de un Kurdistn independiente (Feffer, 2015). Si obtienen esa meta conseguirn el objetivo que los palestinos no han logrado alcanzar.

Esa perspectiva abre una luz de esperanza en la tragedia de Medio Oriente. Combatiendo al ISI los kurdos ya construyeron un semiestado dentro de Irak. Han pactado con el gobierno chiita aprovechado el momentneo aval de Estados Unidos y buscan reconstruir en Irn la efmera repblica que forjaron en los aos 40.

En Siria batallaron durante aos por su autonoma, pero en el conflicto actual establecieron un acuerdo con Assad para combatir a los yihadistas. Con un armamento muy limitado han logrado significativas victorias.

En Kobane demostraron la supremaca del herosmo y la auto-defensa sobre el terror. Sus milicias integradas con mujeres, guiadas por normas de laicismo e impulsadas por proyectos econmicos cooperativos son la contracara del oscurantismo yihadista (Kur, 2015).

Las victorias de los kurdos permitiran restaurar la convivencia entre rabes, armenios , turcomanos y asirios. Introducen un contrapeso progresista al ocaso de la primavera y a la reaccin salafista.

EPICENTRO DE CONFLICTOS GLOBALES

La guerra actual difiere en el plano geopoltico de lo ocurrido en Libia. All prevaleci la unanimidad imperialista, Rusia jug un papel secundario, Irn no fue determinante y las subpotencias que financiaron a la oposicin se repartieron amigablemente el petrleo. Por el contrario en Siria se han concentrado mltiples conflictos internacionales.

Estados Unidos intent aprovechar la rebelin democrtica inicial para deshacerse de Assad. El cuestionado presidente no conserva ningn gramo del viejo antiimperialismo, pero acta con un imprevisible pragmatismo. Aunque particip en la invasin yanqui a Irak, preserva una autonoma inadmisible para el Departamento de Estado. Por eso Obama intent tres fracasadas polticas para derrocarlo.

Primero tante la instauracin de una zona rea de exclusin y amenaz con bombardeos directos. Pero no logr la cobertura de las Naciones Unidas, ni el sostn requerido para montar el control internacional de los arsenales qumicos.

Posteriormente propici la divisin del pas en cantones, en el escenario de caos que potenciaron los grupos del ELS manejados por la CIA. Como Assad se neg a exilarse y el yihadismo cop el bando rebelde, Washington opt por una negociacin con Rusia para neutralizar a los fundamentalistas. Decidi tolerar al rgimen, en el marco de las nuevas tratativas para logar el desarme nuclear de Irn (Armanian, 2016c).

Pero estas vacilaciones paralizaron a Obama y empujaron a los republicanos a exigir la continuidad de la campaa militar. Incluso Hilary propuso el endurecimiento y la intervencin del Pentgono. La cada de Alepo implic finalmente una derrota de Estados Unidos, que revierte sus avances en Libia y consolida sus retrocesos en Irak.

Nadie sabe qu har Trump, pero ya anticip un mayor apoyo a Israel que conducira a retomar el hostigamiento de Assad. Avalar en la ONU el colonialismo sionista y amenaza con trasladar la embajada yanqui a Jerusalem. Los tres principales funcionarios militares del nuevo presidente (Flynn, Pompeo y Mattis) son partidarios de romper el acuerdo nuclear con Irn.

Pero reactivar el conflicto con Siria choca con la tregua sugerida a Rusia para confrontar con China. Renovar la presin militar sobre Damasco no es compatible con los acuerdos propuestos a Putin, para compatibilizar los gasoductos proyectados por Rusia (South Stream) y Estados Unidos (Nabucco). Es tambin difcil priorizar esos convenios hostilizando al mismo tiempo a Irn (Ramonet, 2017).

Hasta ahora Europa ha seguido las polticas ms duras que impuls Estados Unidos en Siria. Especialmente Francia incentiv el derrocamiento de Assad, facilitando la circulacin de los yihadistas y la financiacin de su armamento. Hollande busca ahora mayor protagonismo en la captura de Mosul.

Esta conducta fue reforzada con la utilizacin reaccionaria de los atentados padecidos por la poblacin gala. No slo volvi a imperar un doble rasero, para subrayar que la vida de un francs vale ms que su equivalente del Tercer Mundo. La marcha oficial frente a lo ocurrido en Charlie Hebdo fue precedida por la prohibicin de manifestaciones palestinas e incluy la presencia de Netanyahu, como una explcita provocacin al mundo rabe.

Tambin los refugiados son manipulados para justificar operaciones blicas de proteccin humanitaria. Mientras cierra las fronteras y convalida los naufragios en el Mediterrneo, Hollande multiplica el envo de tropas que potencian el xodo de la poblacin civil (Alba Rico, 2015).

Ese belicismo se explica por los negocios franceses con Arabia Saudita o Qatar y por los intereses coloniales que el yihadismo amenaza en frica. Pero un ala del establishment (Fillon) ya propicia replanteos. Francia padece al mismo Frankestein que afecta a Estados Unidos desde el atentado de las Torres Gemelas.

La creciente participacin de ciudadanos franceses de origen rabe en el yihadismo agrava el problema. La atraccin del fundamentalismo entre los jvenes desposedos aumenta con la criminalizacin de los musulmanes y la expansin del fascismo islamofbico.

En Siria se dirimen tambin las tensiones de Occidente con Rusia. En los ltimos aos la OTAN despleg misiles en Europa Oriental, cre repblicas fantasmales (Kosovo), propici incendios fronterizos (Georgia) e indujo golpes de estado entre los aliados estratgicos de su contrincante (Ucrania).

Pero la pasividad de la era Yeltsin qued atrs y Putin encabeza una reaccin defensiva en la esfera geopoltica (recaptura de Crimea) y econmica (expropiacin del magnate pro-Exxon Jodorkovski). La presencia rusa en Siria apuntala ese contrapeso.

Putin subi la apuesta luego del ataque del ISI a un avin ruso en Sina. Est empeado en prevenir el resurgimiento de las milicias islamistas en su radio de Chechenia. Acord con Obama el bombardeo a los grupos yihadistas y luego aprovech el desconcierto de Estados Unidos para socorrer al acosado Assad.

Rusia apuntala en Siria sus propios intereses militares (una base naval y otra area) y econmicos (gasoductos). Se encuentra en una situacin muy distinta a la padecida cuando perdi Afganistn o se desplom la URSS.

Pero compensar la fragilidad econmica interna con expansin militar puede desembocar en el desastre que demoli al imperio zarista. El momento de gloria que vive Putin disimula las limitaciones de su maquinaria blica y el dudoso sostn interno a operaciones de mayor envergadura (Poch, 2017).

La internacionalizacin del conflicto sirio condujo incluso a China a atenuar su estrategia general de prescindencia. A diferencia de lo ocurrido en Libia, ahora participa en las negociaciones sobre el futuro del pas. Teme la expansin del yihadismo en sus fronteras y necesita asegurar el abastecimiento de petrleo. La estabilidad de Medio Oriente es vital para su proyecto de forjar un gigantesco emprendimiento comercial, emparentado con la vieja ruta de la seda.

DISPUTAS REGIONALES

Los conflictos entre las subpotencias de la regin han influido ms que las tensiones globales en el desgarro de Siria. Israel interviene en sintona general con Estados Unidos. Pero hace valer intereses colonialistas que rompen el equilibrio de la primera potencia con sus socios del capitalismo rabe.

Netanyahu aprovechar el ascenso de Trump para intentar la captura completa de Cisjordania liquidando la farsa de los dos estados (Papp, 2016). Con ese objetivo incentiv la demolicin de Siria a travs de bombardeos y socorros de la retaguardia yihadista. Esperaba destruir a un adversario que alberga palestinos y oxigena a Irn.

El gobierno israel no acepta perder el monopolio atmico regional frente a las instalaciones construidas por los Ayatollahs. Despotric contra el acuerdo nuclear que suscribi Obama y se dispone a dinamitar ese convenio, para revertir el resultado adverso de la guerra en Siria.

Arabia Saudita es un segundo protagonista que encabez el sostn a los yihadistas para tumbar a Assad. Su rgimen criminal-monrquico es la principal referencia de los fundamentalistas. El nuevo rey Salman inaugur por ejemplo su mandato con un rcord de 153 ejecutados (Gmez, 2016).

Los sauditas disputan hegemona con Irn recurriendo a fundamentos del Corn. Retoman la antigua contraposicin entre sunitas y chiitas, que se cobr ms de un milln de muertos en la guerra entre Irak e Irn (Jahanpour, 2014b).

Los monarcas saudes no toleran la preeminencia lograda por sus adversarios en el rgimen que sucedi a Sadam Hussein. Exigen, adems, el sometimiento de todos los pobladores chiitas de la pennsula arbiga, que encabezaron protestas durante la primavera rabe (Luppino, 2016).

En el estratgico enclave de Yemen los jeques comandan una atroz escalada de masacres, que ha creado una tragedia de desabastecimiento de agua y alimentos (Cockburn, 2017). Cuentan con la colaboracin area de Inglaterra y la complicidad logstica de Francia (Mundy, 2015). Mantienen, adems, una estrecha asociacin de compra de armamento y sostn del dlar con Estados Unidos (Engelhardt, 2016). Pero con el manejo de una colosal renta del crudo han construido un poder propio, que genera mltiples conflictos con Washington.

En los ltimos aos Estados Unidos increment su abastecimiento interno de combustible, redujo la dependencia de sus proveedores y utiliz el petrleo barato como instrumento de presin sobre Rusia e Irn, afectando tambin a sus socios sauditas.

Probablemente los monarcas avalaron la cada del precio para afectar la rentabilidad de la produccin norteamericana (extraccin con shale) y recuperar predominio. Pero tambin priorizaron la convergencia con Estados Unidos para disciplinar a la OPEP y debilitar a Tehern. Con Trump se avecinan nuevos acercamientos (guerra del Yemen) y distanciamientos (ms negocios con Europa que con Amrica).

Ms conflictivo es el destino futuro de los yihadistas. Al igual que en Pakistn, nunca se sabe cunto protegen los monarcas sauditas a los grupos terroristas que desestabilizan a Occidente (Petras, 2017).

Por esa razn ms de un estratega del Departamento de Estado evala la conveniencia de promover una balcanizacin de Arabia Saudita. Exploran la posibilidad de transformar a ese pas en una coleccin de impotentes mini-estados, semejantes a Qatar o Barheim (Armanian, 2016b).

El tercer actor regional -Irn- disputaba en la poca del Sha poder regional con los Sauditas, dentro de un mismo alineamiento pro-norteamericano. Pero desde hace dcadas el rgimen teocrtico choca con Estados Unidos. Apuntala especialmente el rgimen de Assad para reforzar su preeminencia en Irak y contrarrestar el acoso saudita en Yemen. Participa en Siria no slo con armas y asesores, sino con cierto despliegue de fuerzas regulares. Adems, recluta chiitas en el mundo rabe con la misma intensidad que sus adversarios sunitas (Behrouz, 2017).

Los Ayatollah le permitieron a Rusia incursionar desde su territorio contra el ISI, pero mantienen abiertas las negociaciones nucleares iniciadas con Obama. Al cabo de varias dcadas de aislamiento econmico el rgimen acepta un desarme parcial, a cambio de inversiones occidentales. Tramita un lugar protagnico en los gasoductos que disean las compaas petroleras (Armanian, 2016d) .

Los socios privilegiados del capitalismo iran se definirn en la intensa batalla interna que libra el ala pro-occidental de Rohani, con la vertiente tradicionalista de Jameini. Todos buscan desactivar un descontento reformista que amenaza la supremaca de los telogos y militares en el manejo del gobierno.

Finalmente la cuarta potencia regional -Turqua- pertenece a la OTAN y alberga una base militar con ojivas nucleares apuntando a Rusia. Pero los herederos del imperio otomano tambin operan como una sub-potencia con vuelo propio.

Especialmente el gobierno islmico-sunita conservador de Erdogan intent un liderazgo de la zona, en estrecha alianza con la hermandad musulmana de Egipto. Pero luego del derrocamiento de ese sector consum un cambio de frente, buscando primaca en la ofensiva contra Assad. Motoriz la accin de los yihadistas en Siria e incluso derrib un avin ruso para forzar la intervencin directa del Pentgono. Con el mismo propsito potenci la crisis de los refugiados en Europa (Armanian, 2015).

Pero el peligro de gestacin de un estado kurdo precipit otro viraje espectacular de Erdogan. Turqua se forj como pas en la negacin de los derechos de esa minora y su gobierno complementa el viejo exclusivismo nacional (una sola lengua, raza e idioma) con el sostn religioso de las mezquitas (Gutirrez, 2016).

Erdogan se sum al bloque de rusos e iranes para bloquear la expansin de los kurdos en sus fronteras. Rompi la tregua con los encarcelados lderes de esa minora en Turqua y apuesta a negociar con Assad la obstruccin total de los anhelos kurdos (Lorusso, 2015).

El presidente cambi de bando para confrontar internamente con los pacifistas, laicos y progresistas que avalan las demandas (o las negociaciones) con los kurdos. Propicia un giro totalitario que inici desarticulando el improvisado golpe de estado reciente. Quizs mont un auto-golpe para justificar las persecuciones (Cornejo, 2016) o afronta conspiraciones pro-norteamericanas de los descontentos con su aproximacin a Rusia (Armanian 2016a).

En cualquier caso, Turqua es un polvorn sacudido por choques en la cpula militar. Erdogan sostiene a la fraccin islamista que promueve un proyecto hegemnico neo-otomano (rabiismo) frente a sectores ms atlantistas (kemalismo), en un marco de fracasado ingreso a la Unin Europea (Savran, 2016). En la guerra de Siria se dirime la supremaca de un grupo sobre otro.

CARACTERIZACIONES Y POSICIONAMIENTOS

La complejidad de la guerra en Siria obedece a una intrincada combinacin de conflictos. La rebelin popular inicial se entremezcl con las tensiones entre potencias regionales y globales (Cinatti, 2016).

Ese tipo de mixturas en un mismo escenario blico ha sido frecuente en la historia. La Segunda Guerra Mundial sintetizaba, por ejemplo, choques interimperialistas (Estados Unidos-Japn, Alemania-Inglaterra), con resistencias democrticas al fascismo y defensas de la URSS ante la restauracin capitalista. Estos dos ltimos componentes determinaron el alineamiento de la izquierda en el campo de los aliados (Mandel, 1991).

Para tomar partido en conflagraciones de este tipo, resulta necesario caracterizar cul es el campo que contiene demandas legtimas o facilita triunfos populares. Es vital priorizar la lucha por abajo, para distinguir a las fuerzas ms progresivas de cada escenario. Los conflictos geopolticos nunca son indiferentes a la accin popular, pero estn subordinados al curso de esas batallas.

Lenin propici esta estrategia socialista que jerarquiza los combates populares y toma en cuenta las tensiones por arriba. Super el error de considerar tan slo la confrontacin con el enemigo principal o sostener ciegamente cualquier rebelin, omitiendo su funcin en el escenario global.

En el caso actual de Siria han prevalecido momentos de prioridad de la lucha democrtica (levantamiento inicial contra Assad), derrota de los criminales reaccionarios (yihadismo) o sostn de los movimientos ms avanzados (kurdos). En todos los casos se han verificado situaciones controvertidas.

En el debut de la primavera rabe las movilizaciones democrticas eran tan vlidas en Tnez como en Siria. Pero esta ltima rebelin perdi legitimidad cuando fue usurpada por el oscurantismo.

En el caso de los kurdos, la enorme progresividad de su lucha no queda anulada por la proteccin coyuntural que obtienen de Estados Unidos. Por la misma razn persiste la validez de la causa palestina, a pesar de la financiacin que brinda Qatar al Hamas e Irn al Hezbolah.

La imperiosa necesidad de frenar la barbarie yihadista condujo tambin a intensos debates en Mali, frente al arribo de tropas colonialistas francesas (Amin, 2013; Drweski,  Page 2013).

No es sencillo definir en Medio Oriente cmo se apuntala la lucha popular, en medio de las tensiones geopolticas que inciden en esa batalla. Conceptualizar a los principales protagonistas de esas disputas contribuye a esas definiciones.

Estados Unidos comanda un bloque imperialista que ha destruido al mundo rabe con bombardeos, drones y asesinatos selectivos. Permanece en Afganistn amparando aventureros -que se financian con el cultivo de estupefacientes- y en la descalabrada sociedad iraqu, sostiene a los clanes ms corruptos.

Washington redefine actualmente sus estrategias, sin perder el lugar preeminente que ocupa en la reproduccin del orden capitalista global. Auto-limita su poder de intervencin recurriendo a manejos indirectos (soft power) y una gestin imperial colectiva, que en Medio Oriente opera a travs de un apndice directo (Israel).

Las potencias regionales desenvuelven polticas sub-imperiales, guiadas por una cambiante relacin de subordinacin, autonoma y conflicto con el imperialismo central. Definen todas sus acciones en funcin de esos objetivos de supremaca zonal. Las variedades tradicionales (Turqua), nuevas (Sauditas) y en recomposicin (Irn) de ese perfil se han verificado en la contienda de Siria. La intervencin de esos pases clarifica el sentido actual del sub-imperialismo, que fue conceptualizado en los aos 70 con otros propsitos.

Finalmente el papel de Rusia debe ser evaluado en otro plano. No es un adversario ocasional, sino un rival estratgico de Estados Unidos. El Pentgono confronta desde hace mucho y en forma permanente con ese pas.

Rusia no es la URSS. Se ha consolidado como una economa capitalista integrada a la mundializacin neoliberal y acta en Siria en funcin de los intereses de las clases dominantes y la burocracia del Kremlin.

Es una potencia con tradiciones imperiales que no opera a esa escala, sino en un nivel ms precario. Por esa razn se perfila como un imperio en formacin, que igualmente afecta la primaca de Occidente en Medio Oriente. Esa intervencin puede cambiar la relacin internacional de fuerzas, pero no constituye por s misma una accin progresiva o favorable a los pueblos [1].

GOBIERNO Y OPOSITORES

Los debates sobre Siria oponen en la izquierda a los defensores del gobierno y del bando opositor. La tesis favorable al rgimen no ignora su carcter represivo, pero subraya su impronta laica, progresista y multitnica. Destaca la necesidad de asegurar la integridad territorial de ese estado, frente a la disgregacin sufrida por Libia e Irak. Tambin describe cmo las conspiraciones imperiales intentan socavar a un gobierno heredero del proyecto panrabe (Fuser, 2016).

Pero Assad no cometi excesos ocasionales. Encabeza un rgimen atroz que reprimi en forma sanguinaria a los manifestantes. Los disparos a mansalva, bombardeos de aldeas y asesinatos de familias continuaron los crmenes de 1982 en la localidad de Homs.

El gobierno actual no guarda ningn parentesco con la constitucin inicial de un estado aglutinante de todas las comunidades. Desde hace aos aplica ajustes del FMI y apuntala la corrupcin de camarillas que se enriquecieron con la gestin neoliberal.

La involucin del Baath sirio se asemeja a la trayectoria seguida por Sadam Hussein o Gadafi. Todos debutaron con proyectos reformistas y concluyeron gobernando para clanes mafiosos.

La virulencia represiva de Assad reproduce tambin lo ocurrido en la dcada pasada en Argelia, cuando el gobierno desconoci un triunfo electoral islamista, precipitando matanzas de ambos bandos. Con los mismos pretextos de contener al fundamentalismo, el dictador egipcio Sisi descarga una virulenta represin contra la oposicin.

Los reclamos democrticos de la poblacin siria siempre tuvieron la misma legitimidad que las exigencias de otros pueblos. Esas demandas han sido enarboladas contra tiranos prohijados o enemistados con Estados Unidos.

Al razonar con criterios puramente geopolticos desconociendo estos hechos, no slo se ignoran las aspiraciones populares. Se cierra los ojos ante masacres que ningn progresista puede avalar. Esa actitud condujo durante dcadas a daar la causa del socialismo ignorando los crmenes de Stalin.

La tesis opuesta y favorable a la rebelin se ubic al principio en la trinchera correcta, pero desconoci la degeneracin ulterior de la revuelta. Algunos niegan esa involucin afirmando que el levantamiento democrtico se profundiz y radicaliz. Reivindican a los rebeldes y objetan la gravitacin asignada a la CIA o al yihadismo (Garca; Dutra, 2016).

Pero los crmenes cometidos en el bando opositor desmienten esa evaluacin. No tiene sentido hablar de una revolucin siria luego de la confiscacin perpetrada por lo salafistas. Esa expropiacin sepult el carcter progresista que al principio tuvo el segmento rebelde.

El grueso de los insurgentes no pertenece a genuinos grupos de resistentes obligados a pactar con el diablo. Estn muy lejos de los irlandeses del IRA (que aceptaban armas del Kaiser) o de los maquis franceses (que reciban pertrechos de los norteamericanos). Al igual que los kosovares de Europa Oriental, primero quedaron bajo el radar de la OTAN y luego repitieron el devenir reaccionario de los talibanes.

El antecedente libio es muy esclarecedor de los errores cometidos por algunos pensadores de la izquierda, que idealizaron a los rebeldes monitoreados por el Pentgono. No slo fue desacertado reclamar armas para ese sector, sino tambin aprobar la zona area de exclusin que establecieron las potencias occidentales. La cada de Gadafi no fue un triunfo popular sino un logro de las fuerzas reaccionarias.

Estas experiencias constituyen una advertencia para la accin actual de los kurdos, que cuenta con el visto bueno de Estados Unidos. Existen cuestionados liderazgos asociados con Israel, en un contexto controvertida evolucin de los dirigentes apresados en Turqua (De Jong, 2015). Conviene recordar que la heroica lucha de los kurdos siempre estuvo signada por dramticas manipulaciones y traiciones (Fisk, 2015).

Pero hasta ahora ninguno de esos peligros anul la progresividad de la resistencia kurda. Esa lucha se diferencia del trgico curso seguido por la rebelin siria.

Cuando un conflicto se desliza hacia la encerrona que padeci el combate contra Assad, lo ms positivo es frenar el desangre. Ese sacrificio destruye la capacidad de accin de los pueblos. Muchos aos de confrontacin entre bandos regresivos agot por ejemplo a la poblacin del Lbano y Argelia, que ya no tuvo disposicin para participar en la primavera rabe. La actual demolicin sectaria de Irak constituye otro desastre del mismo tipo.

Las iniciativas para alcanzar el fin de las hostilidades aportan las mejores propuestas de resolucin progresista del conflicto sirio. Muchas personalidades y movimientos han trabajado en esta direccin. Denunciaron la intervencin del imperialismo y promovieron negociaciones bajo la gida de las organizaciones populares (Katz, 2013). El mismo planteo exponen en la actualidad distintos pensadores y corrientes polticas (Domnech, 2016).

CAMPISMO Y NEUTRALIDAD

El segundo debate en la izquierda gira en torno a la valoracin de los conflictos geopolticos que condicionan la guerra en Siria. Una tesis destaca que existen dos campos en disputa: el imperialismo occidental liderado por Estados Unidos y el alineamiento de Rusia con Irn y Turqua. Estima que el triunfo de Assad favorece la multipolaridad que encarna esta ltima alianza (Fuser, 2016). Otros realzan especialmente el rol de Rusia en la gestacin de esa alternativa (Zamora, 2016).

Pero esta visin juzga lo ocurrido en Siria en funcin del tablero mundial, olvidando la rebelin democrtica que deton los conflictos en ese plano. Observa slo la intervencin de las potencias y desconoce la accin popular. Por eso evala al gobierno sirio como si fuera un simple pen del ajedrez global. Omite los crmenes de Assad suponiendo que son datos secundarios de una gran partida internacional.

Con la mirada puesta en las tensiones inter-estatales ese abordaje sugiere que la primavera rabe no existi. A lo sumo considera su impacto sobre Egipto o Tnez, sin incluir a Siria en ese proceso. Las revueltas populares son tambin percibidas como manipulaciones de las embajadas estadounidenses, mediante frecuentes comparaciones con las revoluciones de terciopelo de Europa Oriental.

Pero esa analoga slo registra la afinidad de la clase media liberal rabe con los valores norteamericanos, omitiendo que las protestas no irrumpieron en ningn pas emulando a Occidente. Al contrario, estuvieron motivadas por el rechazo a las tiranas serviles de Estados Unidos (Mubarak, Ben Al). En la mayora de los casos predomin la misma hostilidad hacia el imperialismo que se observa en Amrica Latina.

Es un gran error suponer que las transformaciones progresistas surgirn de una pulseada global entre potencias. Esos avances slo pueden gestarse al calor de una accin popular, que debera ser el foco de atencin de todos los pensadores de izquierda.

Mirando slo las tensiones en la cspide resulta imposible definir cules son las fuerzas progresivas en Medio Oriente. Los kurdos, por ejemplo, han sido ltimamente protegidos por Estados Unidos y hostilizados (o a lo sumo tolerados) por el bando opuesto que integra Turqua.

Si se prioriza la gravitacin del universo geopoltico correspondera denunciar (en lugar de apuntalar) las acciones de esa minora. Es lo que sugieren algunos campistas extremos, en su descripcin de los kurdos como agentes del imperialismo (Gartzia, 2016).

El desacierto general de ese enfoque proviene de suponer que el enemigo de mi enemigo se ha convertido en un buen aliado. Olvida que los yihadistas enfrentados con Washington no son mejores que el imperio.

La simplificacin en torno a dos campos recrea el viejo modelo de muchos partidos comunistas de posguerra, que evaluaban cualquier acontecimiento en funcin del choque entre reas socialistas y capitalistas.

En cualquier caso Rusia ya no es la URSS y carece de sentido justificar al rgimen de Assad por el sostn que recibe de Putin. Ese apoyo obedece, adems, a clculos geopolticos variables. De la misma forma que Siria acompa a Estados Unidos en la guerra contra Irak, Rusia mantiene acuerdos de cooperacin militar con Israel, especialmente en el manejo de los drones.

El viejo ultimtum de ubicarse en uno de los dos campos desprestigia a la izquierda. La realpolitik obstruy en el pasado el proyecto socialista, con avales a la invasin rusa de Checoslovaquia, que impidieron apuntalar la renovacin anticapitalista. El neoliberalismo se nutri de esas frustraciones.

El planteo opuesto al campismo realza la existencia de dos bandos geopolticos igualmente regresivos en el conflicto actual. Remarca que el eje de Siria, Rusia e Irn es tan nefasto como el alineamiento de Estados Unidos, Francia y Arabia Saudita (Alba Rico, 2016). Este enfoque considera que el escenario actual se asemeja a las guerras inter-imperialistas de principio del siglo XX y convoca a desenvolver la oposicin a ambos polos.

Esta visin defiende acertadamente el derecho de los pueblos a rebelarse contra los gobiernos represivos. Tambin denuncia el mar de sangre generado por los dos contendientes de Siria y aprueba las iniciativas de paz para contener esa destruccin.

Pero es problemtico adoptar estas posiciones con preceptos neutralistas, olvidando la relevancia de las confrontaciones geopolticas para las batallas populares. El resultado de esos conflictos no es indiferente a los combates antiimperialistas de los movimientos sociales y las naciones oprimidas.

En muchos casos la izquierda debe tomar partido frente a choques militares entre personajes abominables. Numerosos experiencias ilustran ese tipo de obligadas definiciones. No slo la derrota de Hitler era positiva a manos del Stalin. Tambin Thatcher era el enemigo principal en Malvinas frente a la dictadura de Galtieri y Bush era el adversario vencer ante el tirano Sadam. En situaciones complejas hay que registrar cules son los intersticios de intervencin para los proyectos populares.

ADVERTENCIAS PARA AMRICA LATINA

La sangra de Medio Oriente constituye una gran alerta para otras regiones. Ilustra la devastacin que genera la accin imperial y los enfrentamientos entre pueblos.

Afortunadamente Amrica Latina no atraves esa demolicin y mantiene significativas diferencias con el mundo rabe. El cambio de relaciones de fuerzas -que introdujo el denominado ciclo progresista de la ltima dcada -impidi a Estados Unidos perpetrar sus tradicionales intervenciones en la regin.

La situacin de los movimientos populares tambin difiere sustancialmente de Medio Oriente. El bao de sangre y la desmoralizacin poltica -que sucedi a la derrotas de la primavera rabe- dista mucho del resistido y acotado retroceso poltico, que genera la restauracin conservadora en Latinoamrica.

Pero lo sucedido en Irak, Tnez, Egipto, Libia o Siria es una gran advertencia ante la peligrosa presencia estadounidense en Colombia. Ya hay siete bases militares conectadas con la cuarta flota, que operan en estrecha asociacin con un ejrcito de envergadura.

Colombia prepara adems un ingreso a la OTAN, que conducir a envos de tropas a las zonas en conflicto. Quines luego lamentan la incorporacin de Latinoamrica al radio de las represalias terroristas, suelen olvidar que el origen de esa desgracia se encuentra en la sumisin al Pentgono.

El sometimiento de Argentina a las aventuras estadounidenses en Medio Oriente condujo a dos graves atentados (AMIA y Embajada). Pero como Macri est embarcado en repetir esa subordinacin hay que atenerse a las consecuencias.

Ha reabierto la absurda causa judicial sobre el Memorndum, suscripto por el gobierno anterior con Irn, para hacer buena letra con Trump y Netanyahu. Si esa dupla concreta el endurecimiento con los Ayatolah, tendr a su disposicin un pretexto de agresin fabricado en Argentina.

La alocada idea que el fiscal Nisman fue asesinado por orden de Tehern con la complicidad de Cristina Kirchner ya fue sugerida por cpula sionista. No es la primera vez que Israel utiliza a la Argentina para sus operaciones contra Irn. Seguramente aprovechar la disposicin de Macri a sumarse a cualquier operativo.

El lder del PRO ya abri los archivos a la CIA, compra armamento a Tel Aviv entrena gendarmes en el estado de Georgia. Tambin su colega brasileo -Temer- busca oxgeno con mayor sometimiento a Estados Unidos

En este marco la derecha venezolana utiliza argumentos de Medio Oriente para conspirar contra Maduro. Afirma que aline a Venezuela en un eje del mal comandado por Rusia e Irn. Con ese disparate motoriza provocaciones golpistas, que incluyen llamados a la intervencin extranjera con pretextos de crisis humanitaria.

No slo pretenden repetir el golpe institucional perpetrado en Honduras, Paraguay o Brasil. Preparan acciones de mayor porte con exigencias de sanciones y aplicacin de la Carta Democrtica de la OEA. Los aviones espas del Pentgono acompaan la conspiracin penetrando el espacio areo venezolano.

Frente a este acoso el gobierno bolivariano ha reforzado sus vnculos con el rgimen sirio. Esa alianza es comprensible pero no justificable. Los acuerdos militares y las convergencias diplomticas pueden concretarse, sin emitir opiniones sobre los gobiernos involucrados.

Los movimientos sociales, partidos polticos e intelectuales de izquierda tienen la palabra. Deben comprometerse con la verdad, siguiendo principios de rechazo de la intervencin imperialista, oposicin a los dictadores y solidaridad con los pueblos sublevados. Estos criterios ofrecen una brjula frente a la tragedia de Siria.

RESUMEN

El giro de la guerra no atena el desastre humanitario. La sublevacin democrtica inicial fue usurpada por el yihadismo y se transform en un conflicto entre bandos regresivos. En un escenario de ocaso de la primavera rabe y preeminencia del fundamentalismo despunta la perspectiva progresiva de un estado kurdo.

Las grandes potencias disputan intereses en un conflicto internacionalizado. Ms intensa es la batalla por la hegemona entre cuatro sub-potencias regionales. En la actual combinacin de conflictos corresponde priorizar las batallas populares frente a las tensiones geopolticas.

Es tan equivocado justificar los crmenes del gobierno, como ignorar la confiscacin reaccionaria de la revuelta. Los errores provienentes del registro exclusivo de disputas inter-estatales no se superan con neutralismo. Lo ocurrido en Siria es una advertencia para Amrica Latina.

Nota:

[1] En un prximo trabajo expondremos nuestra interpretacin del significado terico de las nociones sub-imperialismo e imperialismo en formacin.

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Claudio Katz es economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su pgina web es: www.lahaine.org/katz

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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