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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 23-01-2017

Dilemas

Santiago Alba Rico
ctxt.es


Somos radicales. Hemos resuelto mentalmente todos los problemas. Nuestros discursos describen la realidad, diagnostican la enfermedad, nombran las soluciones. Las guerras, el cambio climtico, el fascismo, el consumismo; en definitiva, el capitalismo. Todo est mal. El Todo es el Mal. Y eso no se soluciona con poltica, vehculo rutinario de reclutamiento y formacin de gestores capitalistas. Hace falta revuelta, rebelin, revolucin. Masas en la calle conscientes y aguerridas; lderes lcidos y valientes. Si tuviramos un ejrcito, si tuviramos mucho dinero, si nos siguiera la gente entontecida, viviramos ya entre fuentes de leche y de miel. Pero no tenemos ni ejrcito ni partidarios. Seamos radicales: hablemos. Eso s, no hagamos poltica, que conduce siempre a la corrupcin, la asimilacin, la moderacin, la traicin.

Recordamos a qu nos condujeron las guerras? Es posible que no se pueda hacer poltica de otra manera, pero tampoco se puede matar de otra manera. Nuestros polticos han sido siempre asimilados por el rgimen; pero nuestros guerrilleros tambin. Los parlamentos desradicalizan, las armas homogeneizan. En uno y otro caso el enemigo nos impone las reglas del juego y la psicologa que las acompaa: nos volvemos venales o teleolgicos, interesados o crueles, acomodaticios o msticos violentos. La solucin --la nica-- sera fabricar un hombre nuevo con los mimbres del viejo a partir de la extensin de prcticas de politizacin de la vida cotidiana forjadas entre pocos, en espacios pequeos y dilatadas lentamente al conjunto de la sociedad. Es posible hacerlo; sera bueno. Con 800 aos bastara. Ahora bien, no ya a Espaa, a la humanidad misma, le quedan 800 aos? Si la nica solucin necesita un tiempo que no tenemos y los atajos con revoluciones o con reformas reproducen fatalmente el reparto de clases, qu hacer? Quedan Dios y el sexo. Dios est al alcance de todos; el sexo, slo de los ms guapos o los ms ricos. Queda Dios. Dios es el ms radical y, desde luego, el ms populista.

Hagamos el recorrido a la inversa. Tenemos a Dios y tenemos el sexo. El sexo es para pocos. Dios es de todos y va ganando terreno. Ninguna revolucin va a detenerlo; slo poda hacerlo el capitalismo y slo en tiempos de bonanza consumista. Tampoco ningn hombre nuevo va a detener ni a Dios ni al capitalismo; Dios reaparece precisamente contra el hombre nuevo del capitalismo, el nico que existe, y no hay otro del que echar mano: regresa por eso el ms viejo, el peor, el del ancien rgime, con sus jerarquas, su orden natural, su patriarcado. El hombre premoderno. Frente a Dios y el capitalismo la izquierda tiene todas las de perder. Hemos perdido.

Podemos compensar nuestra derrota con radicalismo verbal, puro shibolet de autorreconocimiento energtico que nos asla entre los nuestros. Podemos decir la verdad, aunque no interese a nadie. Decir la verdad, por lo dems, sobre qu? Sobre el enemigo? Sobre lo que queremos? Sobre lo que podemos? Es fcil ser radical hablando del enemigo o diciendo lo que queremos: somos republicanos, anticapitalistas, antiimperialistas y feministas. Muy bien. Pero una declaracin as no la pide el mundo sino nuestros propios compaeros activistas, a los que acabamos haciendo concesiones conyugales y sectarias: que al menos sepan mis compaeros que sigo siendo de los suyos. De vuelta a las tribus y las mafias, consuela al menos tener nuestra propia fratra.

Podemos tambin trabajar honradamente en focos elitistas de democracia futura, al menos para conservar de hecho una verdad antropolgica que, ms amenazada que amenazadora, tiene la ventaja, frente al intil radicalismo, de ser al menos muy bonita y verdadera. Conservar la comunidad, como los monasterios los libros en la Edad Media, para tiempos mejores. Habr que hacerlo, sin duda, por decoro y por si acaso. Su defecto es que no anticipa ni prefigura nada, pues entrega el tiempo de la historia a los que la destruyen a toda velocidad. Si una verdad inaudible y minoritaria es una verdad religiosa (el radicalismo es un misticismo), una comunidad densa fuera de la historia, que se limita a desmentirla desde los mrgenes o a zaparla desde el borde, tiene tambin algo de llamamiento protocristiano al martirio.

Podemos finalmente intentar introducir algn remedio pequeo y provisional. Como los bomberos, los enfermeros y los misioneros. Pero en laico. No se trata de elegir entre lo imposible ptimo y lo posible siempre malo; ni de conformarse con un guisante para renunciar a un elefante. La poltica es la ciencia de introducir en el mundo, frente a lo imposible ptimo y lo posible malo, el mximo bien posible en una poca concreta. La poca es una mierda rocosa: no una masa de arcilla ni un papel en blanco. Contra el tiempo que apremia y en circunstancias de derrota estrepitosa, el mximo bien ser pequeo, pero es lo nico bueno que podemos hacer sin matar a nadie; y la condicin --incierta, trabajosa-- de futuros bienes ms grandes y decisivos. Si no cruzamos un bien pequeo en el camino de la destruccin, como un palo en la rueda de un carro, no habr lugar luego para bienes mejores. Esa tarea exige, en todo caso, una madurez que la vieja izquierda slo tuvo para envejecer ms deprisa y que Podemos, paradjicamente, parece querer dejar atrs. Lo nico posible y al mismo tiempo bueno que puede hacerse --que no es mucho-- se puede echar a perder, no por la consistencia fagocitadora de las instituciones ni por la moderacin o radicalismo de los discursos, sino por este salto --con menos Maquiavelo que Shakespeare y Freud-- a la lactancia. En Vistalegre II Podemos debera recuperar no la frescura sino la madurez de la que naci.

La inmadurez podemita forma parte, es verdad, de una tradicin izquierdista. En este sentido, radicales y moderados, dentro de Podemos, son todos muy de izquierdas. Pero esa inmadurez es tambin muy idiosincrsica y epocal. La generacin mejor formada de la historia de Espaa es tambin la ms mimada, la ms consentida, la ms ligera, la menos puesta a prueba por la historia. No tiene ni memoria ni --literalmente-- experiencias. Nunca se ha jugado nada de verdad y cree ahora, por eso, que todo es un juego. Eso era una ventaja para echar andar, pero un obstculo para echar a volar con una cuerda en el suelo. Justo cuando la historia vuelve a parecerse ms a un vendaval que a un ro.

De las derechas no tenemos que aprender a ser de derechas pero s a dejar de ser de izquierdas. Marine Le Pen, por ejemplo, ha asociado en la cabeza de una virtual mayora social las amenazas de la globalizacin a la amenaza de la islamizacin: Michel Eltchaninoff lo explica muy bien en su ltimo libro, donde analiza adems las metforas fsicas y corporales de la lder del FN. La izquierda, por su parte, no ha sabido asociar las amenazas de la globalizacin a las de la desdemocratizacin dominante. Al contrario. Si tiene razn el historiador cameruns Achille Mbembe --y creo que la tiene-- y la globalizacin ha destrenzado por fin los destinos del capitalismo y la democracia, aparentemente unidos frente a la URSS, la izquierda ha colaborado en esa desdemocratizacin empendose en denunciarlos y combatirlos unidos, y ello cuando ms se separaban. Cuando el capitalismo empez a soltar la democracia, la izquierda solt el mundo mismo. Ha arremetido contra la globalizacin como si fuera una extensin de las pretensiones universales de la razn ilustrada, debilitando as los Derechos Humanos y la democracia, abriendo paso, sin proponer nada a cambio, a geopolticas olmpicas y relativismos altisonantes y fanfarrones pero puramente negativos o deconstructivos, y cediendo el terreno, por eso mismo, del otro lado, a una derecha populista mucho ms mundana; una derecha que, tras esta obra de demolicin democrtica, ofrece ahora un retorno identitario, un refugio institucional, una afirmacin concreta y sin vergenza de la propia cultura amenazada. La socialdemocracia y, en general, los discursos dominantes de los gobiernos capitalistas son, es verdad, los que han justificado tanto las intiles crticas de la izquierda como las destructivas de la ultraderecha asociando el nombre de la Democracia y de los Derechos Humanos a polticas econmicas y sociales que han impedido e impiden la una y han violado y violan los otros. Las oligarquas y sus partidos han franqueado de nuevo el paso a la inseguridad ms radical, caldo de todos los retrocesos histricos, y en este temblor del aire la izquierda se empea en ser de izquierdas mientras el destropopulismo se ofrece, en corto y en plebeyo, como paraguas y manta y talismn para la propia gente.

La partida se juega aqu: en eso que se ha llamado populismo, mucho ms criminalizado por las oligarquas temblorosas que el radicalismo de izquierdas, fuera de juego para esta batalla a vida o muerte: un discurso en definitiva corporal --antiglobalizador y anticapitalista-- que puede asociarse a Dios o a la res publica, a la exclusin o a la inclusin, a la xenofobia o a los Derechos Humanos, a los privilegios de clase o a la justicia social, al neomachismo o al feminismo, al autoritarismo o a la democracia. En eso ha fracasado la izquierda, como seala Nancy Fraser respecto de Trump y su victoria electoral: ha faltado --dice-- una narrativa abarcadora de izquierda que pudiera vincular los legtimos agravios de los votantes de Trump con una crtica efectiva de la financiarizacin, por un lado, y con la visin antirracista, antisexista y antijerrquica de la emancipacin, por el otro. Si el neofascismo se ha desembarazado de ciertos significantes radicales clsicos --la raza, el hombre nuevo, el imperialismo, el expansionismo-- para volverse defensivo y concreto, la izquierda no debera dudar en dejar caer su propio lastre para mantenerse atada al suelo mientras vuela. Toda la cuestin gira en torno a la pregunta: quin protege mejor y cmo se protege mejor a la gente. La izquierda --da igual cmo la llamemos-- tiene que demostrar que la justicia y la democracia son ms eficaces en esa tarea. No es fcil, aunque en Espaa los ayuntamientos del cambio (sobre todo en el caso de Ada Colau) demuestran que los bienes pequeos y concretos pueden detener algunos carros y anticipar narraciones ms grandes. No es fcil pero ser imposible si partimos del presupuesto irreal --la realidad sin mundo-- de que la clase trabajadora est esperando la llamada a la dictadura del proletariado (o a la militancia democrtica elitista, permanente y sin descanso) para derrocar al fascismo. Mi reino no es de este mundo --recordaba Domenico Losurdo con buen criterio-- no es el eslogan del cristianismo --ni, desde luego, del islam-- sino de la izquierda, socialdemcrata o radical. En este mundo --el nuestro, cada vez ms encogido-- la polarizacin ya no puede ser, como lo fue en el perodo de entreguerras del siglo pasado, la que enfrenta dos formas de radicalismo sino la que opone dos formas de conservadurismo.

Nancy Fraser es optimista y ve en Trump un simple interregno y una oportunidad. Yo me he vuelto tan neurastnico que recuerdo sin poder evitarlo que lo mismo dijo la izquierda alemana de Hitler. En este Weimar global los tiempos --el tiempo mismo-- no dan para ms. Si nos dejamos ganar todos los asideros y perdemos esta ocasin --y no es improbable que la perdamos-- slo quedan Dios, el hombre premoderno, el capitalismo ms salvaje reconstruyndose con material de desecho. Y con tecnologa punta y armamento nuclear.

Fuente original: http://ctxt.es/es/20170118/Firmas/10641/Santiago-Alba-Rico-izquierda-Podemos-neofascismo.htm

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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