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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-01-2017

Lo que viene ya ha llegado

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Hace unos das OXFAM nos daba una noticia que es, al mismo tiempo, un retrato y una moraleja: nos deca que las ocho personas ms ricas del mundo poseen tanta riqueza como la mitad de la humanidad. Pero veamos. Es ms fcil imaginarse la vida concreta de ocho personas, para bien y para mal, que la de 3.600 millones; los primeros viven en este mundo, al alcance de la mano, y puede apetecernos matarlos o acariciarlos, pero poseen una consistencia individual que, de algn modo, los pone ya a cubierto de cualquier amenaza. Del otro lado, los 3.600 millones de seres humanos que les sirven de contrapunto viven, si se quiere, en otro pas, el de las cifras muy altas, inalcanzable para la imaginacin, donde no podemos ni matarlos ni acariciarlos, porque ninguna de nuestras manos ni siquiera la virtual llega hasta ellos. A partir de cierto nmero, los pobres, los refugiados, los muertos ya no caben en ningn sitio, ni siquiera en nuestras cabezas, y huyen ellos solitos a otro mundo en el que, en todo caso, no molestan. Otra cosa sera que Bill Gates, Amancio Ortega, Warren Buffet, Carlos Slim, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Ellison y Michael Bloomberg se reunieran con bates de bisbol para apalear a un nio de seis aos.

Dejemos a un lado las pretensiones neoliberales de que esas ocho personas han hecho su fortuna en paralelo a la pobreza creciente de una mayora, y que por eso dicha mayora como ocurre a veces de hecho debera ms bien admirarlos e imitarlos; y dejemos a un lado tambin mi invitacin demaggica a imaginarlos con bates aporreando a un nio de seis aos (o a un inmigrante desnudo). Lo malo, en todo caso, no es que en el combate imaginario entre ocho personas y 3.600 millones las ocho personas derriben por KO en el primer asalto a media humanidad. Lo malo es que nosotros digamos los europeos de clase media como yo podemos quizs indignarnos frente a la noticia emblemtica de OXFAM, retrato de nuestro mundo, pero jams nos imaginaremos huyendo al mundo de las cifras muy altas; jams nos imaginamos del lado de los 3.600 millones de seres humanos que sirven de contrapeso a la fortuna de las ocho personas ms ricas del planeta. Dnde estamos? Desde dnde hablamos?

Es un problema, s, de imaginacin, que es lo primero que se pierde y no la verdad en una guerra. O en vsperas de, digamos, el fascismo. Una periodista hngara, lo recordamos, puso la zancadilla a un refugiado sirio que peda ayuda a los presuntos humanos de nuestro continente. Los periodistas en general no hacen eso, ni los lectores indignados de los peridicos ni los ciudadanos decentes que, cada vez con ms frecuencia, votan sin embargo a partidos zancadilleadores. Los europeos de clase media somos, de alguna manera, como las ocho personas ms ricas del planeta. Ellos no apalean nios de seis aos; nosotros tampoco ponemos la zancadilla a refugiados. Ellos estn convencidos de que han hecho su fortuna en paralelo al declive material de la mitad de la humanidad; nosotros estamos convencidos de que hacemos la compra, amamos a nuestros hijos y votamos a nuestros gobiernos en paralelo a las vidas y tragedias de las personas que ahora llaman a nuestras puertas. Si 3.600 millones de seres humanos acudieran fsicamente a mendigarles (slo a mendigar!) una parte de sus fortunas, Bill Gates y sus compaeros plutcratas no sacaran los bates del armario; el gobierno, la polica, el ejrcito y, llegado el caso, los aviones de combate se encargaran de pararles los pies. Con los europeos pasa lo mismo. Unos pocos extremistas sacan los bates de bisbol o ponen la zancadilla. Pero, en general, no. Somos moderados y decentes y odiamos sinceramente la violencia. Cuando unos pocos miles de humanos forasteros, huyendo de guerras y dictaduras, vienen no a acusarnos, no, como quizs deberan hacer, sino a pedirnos refugio en invierno, dejamos que los gobiernos, la polica y los ejrcitos se ocupen de mantenerlos lejos de nuestra vista, en el mundo de las cifras altas, donde los golpes no duelen, los nios no lloran, la nieve no es fra. Y si nos llegan fotos del mundo de las cifras altas evocan tan ntidamente las de un pasado felizmente vencido enlatado en las obras de ficcin, que nos afectan de la misma manera que las pelculas: lloramos, s, pero la realidad es nuestro supermercado, el amor a nuestros hijos, la inseguridad de nuestros barrios.

Lo primero que se pierde la vspera del fascismo es la imaginacin, que retrocede de nuevo hacia lo ms pequeo y hacia lo ms prximo. En algunos de mis libros hablo de esta diferencia entre imaginacin y fantasa. La fantasa es peligrosa, porque ignora los lmites y atropella las criaturas concretas: la raza aria, la grandeza de la nacin, la gloria o la riqueza abstracta son ejemplos de fantasa potencial y realmente devastadora. Frente a ella, la imaginacin empieza desde abajo y desde muy cerca, un guisante, un hijo, un enamorado, y desde all, a travs de mediaciones concretas, puede expandirse horizontalmente hasta los mismos lmites del universo. Se pueden salvar todos los guisantes del mundo; se puede querer a todos los hijos del mundo; se puede amar el amor de todos los enamorados del mundo. La fantasa mata, la imaginacin cura. El primer sntoma de una crisis civilizacional es que la imaginacin, lanzada sin fronteras, se detiene, se contrae y regresa a los lmites del propio guisante, del propio hijo, del propio enamorado. El primer fascismo europeo, el del siglo XX, fue un proyecto de la fantasa la raza, el hombre nuevo, la peligrosa aventura colectiva que ci de manera frrea el recinto de la imaginacin en reducidos crculos comunitarios. El segundo fascismo, el que ahora viene, es inicialmente menos daino porque, tras dcadas de soltera consumista, no es el resultado de ninguna propuesta fantstica colectiva, pero el empobrecimiento de la imaginacin que lo acompaa es, si se quiere, an ms radical: nuestra empata no va ms all de nuestra cocina y nuestro dormitorio, mientras seguimos consumiendo en las redes, sin compromiso y en paralelo, fantsticamente libres, el dolor de los otros.

Ahora bien, a las ocho personas ms ricas del planeta les resulta fcil mantenerse separadas de esos 3.600 millones que rivalizaran, todos juntos, con su riqueza: de ese sujeto multimillonario multicfalo e inofensivo. A los europeos de clase media nos resulta, al contrario, cada vez ms difcil representarnos nuestra vida sin los que la amenazan desde fuera. Esos dos mundos ya no son del todo paralelos. De pronto percibimos con los dedos y con el hgado que entre nosotros y ellos slo se levanta un dbil debilsimo tabique. De este lado de la pared, los europeos, al menos desde 2008, no nos sentimos tan seguros: la crisis econmica, el retroceso del Estado del Bienestar, la erosin de las instituciones pblicas. Al mismo tiempo, en esa fortaleza debilitada hasta hace poco tiempo tan confortable- de vez en cuando estallan bombas que nos recuerdan que tambin aqu existen los cuerpos. Del otro lado, ms all de esta pared cada vez ms fina, los refugiados golpean con los nudillos y empujan hacia adentro, como los caminantes blancos en Juego de Tronos. La fantasa avanza y la imaginacin retrocede: una vez ms la fantasa deforma, deshuesa y deshumaniza a los otros mientras que la imaginacin se contrae y pasa a reconocer slo a los nuestros.

Los mecanismos psicolgicos del fascismo son terrible e ingenuamente eficaces. Es as de simple: uno tiene miedo, lucha contra l, se recuerda e intenta disciplinadamente imponerse valores y principios universales cada vez ms incompatibles con la supervivencia cotidiana y con el modelo ofrecido por nuestros polticos y nuestros sacerdotes y de pronto una voz autorizada, desde una tribuna pblica una facha inteligente, un millonario obrero, un cabrn gracioso te da permiso para rendirte; y, an ms, te convence de que rendirse no slo es necesario, sino decente. A partir de ah la fantasa va ganando terreno, la imaginacin va perdindolo, y la zancadilla de la periodista hngara deja de ser un lapsus fsico aislado, para convertirse en un principio tico, en un imperativo nacional, en un programa de gobierno.

Hace unos das vea el Napolon de Abel Gance, la famosa pelcula muda de 1927. En la primera escena la cmara se cierra sobre un nio de once aos que se ha vestido de Napolen e imita a Napolen: es Napolen en el colegio! Eso es lo que Aristteles llamaba entelequia: el hecho de tratar las cosas como si hubieran sido siempre aquello que llegarn a ser con el tiempo. No vamos a reconocer a Hitler: no se llamar de ese modo ni tendr bigote. No vamos a reconocer el nuevo fascismo porque no se llamar as; porque de hecho, cada vez que lo llamamos as, perdemos de vista el objeto. Basta pensar en que el destropopulista Boris Johnson acaba de llamar nazi a Franois Hollande! Que no lo reconozcamos es quizs, en todo caso, la prueba de que ya habita entre nosotros.

La fantasa mata, la imaginacin cura. Necesitamos un discurso que frene la fantasa, siempre destructiva, y extienda la imaginacin, hoy de nuevo contrada entre los nuestros; y una poltica que defienda las instituciones. Me voy a atrever a nombrar ese programa, frente a su equivalente inverso de derechas, como comunismo democrtico conservador. Una sola vez. Ahora olvidemos las etiquetas.


(*) Santiago Alba Rico es filsofo y columnista. Su ltima obra es Ser o no ser (un cuerpo), publicada por Seix Barral.

Fuente original: https://www.cuartopoder.es/tribuna/2017/01/21/lo-que-viene-ya-ha-llegado/9619


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