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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-02-2017

Una fuerza vulnerable
El malestar como energa de transformacin social

Amador Fernndez-Savater
eldiario.es

Entramos en un "perodo oscuro" en el cual el malestar social es canalizado por la derecha populista (Trump, Brexit, etc.). Podemos reconvertir el malestar en una energa de transformacin social?


Hay historias que parecen resumir pocas o momentos histricos. Willy Pelletier cuenta una de ellas en el ltimo nmero de Le Monde Diplomatique que lleva por ttulo: "Mi vecino vota al Frente Nacional".

Pelletier es un militante de largo recorrido en organizaciones antirracistas de extrema izquierda y narra en el artculo distintas acciones desarrolladas contra el Frente Nacional. Pero todo su relato est punteado por la duda y la autocrtica: al fin y al cabo, esas movilizaciones no han logrado frenar el ascenso del FN. Entre lneas nos ofrece una explicacin: sucede que ninguna de esas acciones tocaba jams a un simpatizante del FN, porque se desarrollaban siempre en circuitos muy cerrados (entre militantes polticos que habitan determinados barrios, hablan de determinada forma, tienen determinados valores, etc.).

Pelletier conoce (por primera vez?) a un simpatizante del FN cuando, medio "jubilado" del activismo, se va a vivir con su pareja al campo en la zona de Aisne (Picarda). Se trata de ric, un obrero especializado en embalaje industrial. Se hacen muy amigos y un da, algo borrachos, ric le confiesa que vota por Marine Le Pen: "Se me eriza el vello cuando la escucho, la manera en que habla de los franceses te hace sentir orgulloso. Adems, en esta zona el FN ha ayudado a mucha gente".

Qu tipo de zona es Aisne? Un escenario tpico de la crisis, segn lo pinta Pelletier. Muy degradado, apenas sin equipamientos (salud o transportes), ni lugares de encuentro (los bares, las parroquias y las asociaciones deportivas cierran). No hay trabajo, todo el mundo est endeudado, los jvenes se marchan, la violencia contra las mujeres aumenta y tambin la "sensacin" general de inseguridad (aunque los robos no sean frecuentes). Por contra, hay guetos de ricos por todo el territorio: son ejecutivos o profesionales liberales que vienen de Pars y compran buenas casas de piedra o granjas abandonadas a precio de saldo.

Tras el encuentro con ric, Pelletier se hace nuevas preguntas. La superioridad moral con la que antes juzgaba a los votantes del FN (abstractos, desconocidos) ya no le parece de recibo. Ahora tiene a uno enfrente suyo de carne y hueso, con su historia y sus razones. Y es su amigo. Pelletier concluye el artculo as: "En el trabajo, ric considera que 'los jvenes' no le escuchan ni le respetan... Al vivir all, inmovilizado en un espacio en decadencia, impotente frente al derrumbe de un mundo que ya no resiste, viendo que su territorio se llena de 'parisinos', cmo podra ric sentirse 'orgulloso'?".

Crisis de la presencia

Abandono y falta de recursos, paro y endeudamiento, ruptura del hilo generacional y destruccin de los lugares de encuentro... La crisis no es slo "crisis econmica", sino tambin de referencias y fidelidades, de creencias y valores. Una crisis cultural, en el sentido antropolgico de "formas de vida", muy profunda.

El colectivo Tiqqun nos propone pensarla como "crisis de la presencia". Qu significa esto? Que nuestra presencia, es decir nuestro estar en el mundo, ya no es firme, no est asegurado, ni garantizado. Golpeados en el plano de lo econmico (el paro), de lo social (los contextos degradados) o de los valores (la ausencia de comunidad o hilo generacional), lo que entra en crisis "por debajo" es precisamente nuestra misma facultad de mantenernos "erguidos" ante el mundo. Lo que pareca slido comienza a desintegrarse: el sentido de la vida y de la realidad, la consistencia subjetiva y la fijeza misma de las cosas.

Pero la crisis de la presencia no es slo prdida o peligro, sino tambin ocasin y oportunidad. En qu sentido? La presencia que se tambalea es la "presencia soberana": un tipo de relacin con el mundo en trminos verticales de dominio y control. Una experiencia de vida basada en la distincin ntida entre un sujeto (que gobierna) y un objeto (el mundo a gobernar). Una concepcin de la libertad como "dominio" (sobre la naturaleza, sobre los dems, sobre el tiempo, sobre la realidad). Como autosuficiencia e independencia.

Crisis de la presencia significa que una zozobra muy ntima nos atraviesa (tanto ms fuerte cuanto ms hemos sido educados en el molde de la presencia soberana: como hombres blancos, adultos y propietarios, trabajadores en un mundo sin trabajo, etc.). Lo que nace de esa zozobra, de ese tambaleo, es la inquietud, el malestar. La sensacin de no encajar, de que ya nada lo hace. El malestar es la manifestacin sensible de la crisis de la presencia.

Por tanto, con la crisis de la presencia se abre la posibilidad de una bifurcacin, de un desplazamiento, de la invencin de otras formas de estar y relacionarnos con el mundo, tanto personales como colectivas. El malestar social puede ser el motor y el centro de energa de una transformacin profunda, a un tiempo poltica, econmica, cultural, existencial, etc.

Un perodo oscuro

Estamos entrando en un "perodo oscuro"? Vamos a llamar "perodo oscuro" a aquel en el cual el malestar esa inquietud, ese no encajar, esa energa potencial de cambio es canalizado por derecha.

Una derecha que no es simplemente establishment, sino una suerte de paradoja andante: establishment anti-establishment, lite anti-elitista, neoliberalismo antiliberal, etc. Es el Frente Nacional, es Trump, es el Brexit y las dems variantes de derecha populista apoyadas por todos los ric del mundo. Proscritas por la "cultura consensual" que ha definido el marco de lo posible durante las ltimas dcadas y que hoy se cae en pedazos (aqu la Cultura de la Transicin). Rechazadas porque no guardan las formas de lo "polticamente correcto" (lo liberal-democrtico): polarizan, exageran y mienten sin ningn pudor, son agresivas y fomentan el odio machista, xenfobo, etc.

La derecha populista parece satisfacer a su modo las dos pulsiones que Freud hallaba en nuestro inconsciente: el eros y la pulsin de muerte, es decir, la pulsin de orden y la pulsin de desorden.

Orden: me refiero a la promesa de restauracin de la subjetividad en crisis. La fuerza cautivadora de la promesa de un trabajo, de un lugar en el mundo, de una continuidad con la tradicin, de la pertenencia a una comunidad, etc.

"Make America great again", exclama Trump. "Let's take back control", proponen los partidarios del Brexit. Recuperemos el control que una vez tuvimos. Y con l la normalidad, la grandeza incluso. Y cmo? A travs de la exclusin, mediante altos muros y todo tipo de barreras, de aquello que nos amenaza. De lo que ha trado la decadencia a nuestro mundo y a nuestras coordenadas de sentido. El chivo expiatorio pueden ser los "parisinos" de ric, o los "refugiados", o los "mexicanos", o la "igualdad de gnero" (preguntado por su voto, un taxista de procedencia africana le dijo a un amigo en la ciudad estadounidense de Baltimore: "No puedo votar, pero si pudiera lo hara por Trump. Porque si gana Hillary las mujeres tendrn mucho poder en este pas. Los hombres ya no importan aqu. Se necesita un hombre fuerte").

En cualquiera de los casos, el malestar se concibe como un "dao" que nos inflige un "otro" al que debemos dejar "fuera" del "nosotros" para recuperar la normalidad. Y de ese modo, cerraremos la herida, calmaremos tanta inquietud, detendremos la zozobra y recuperaremos el equilibrio, revirtiendo nuestra "decadencia".

Deseo de orden y normalidad, deseo de proteccin y soberana. Eso por un lado, pero no slo. Tambin deseo de que todo salte por los aires.

Desorden: me refiero al gozo de "dar una patada al consenso" que, con buenos modales y bonitos discursos, nos ha trado la ruina. A una izquierda que extiende por todas partes la desigualdad, la guerra y la deportacin de personas, pero "guardando las formas". A la lite progresista del Partido Demcrata que vive ajena e insensible a las preocupaciones de las clases populares y se burla adems de sus modos de vida, sus gustos y sus referentes. A los "parisinos" que votan socialista, compran a precio de saldo las casas y las granjas que los habitantes de Aisne ya no pueden sostener y despotrican contra los pobres que votan a la derecha. Etc.

En un mundo en el que todo parece atado y bien atado, en el que ningn gesto (por arriba o por abajo) parece capaz de cortocircuitar el estado de cosas y abrir lo posible, Trump, el Brexit, el FN canalizan las ganas de que "pase algo", de ver ocurrir "lo imposible", eso justamente que todas las voces polticamente correctas consideran "que no puede ni debe pasar", lo demonaco... Quin da ms? Y slo con un voto! Es decir, sin perder en ningn momento la posicin del espectador en la pelcula de cattrofes.

Debates en el campo progresista

Ms all de la "superioridad moral", que renuncia a preguntarse por lo que no entiende, etiquetndolo simplemente como el resurgir de la ignorancia y la brutalidad, hay otras dos lecturas de la situacin actual en el campo "progresista" que merecen atencin y discusin: la "marxista" y la "populista".

La lectura "marxista" encuentra el origen-causa de lo que pasa en la desconfiguracin de la izquierda (y, en general, del paradigma de la lucha de clases). Es decir: el malestar social, que antes tena estructuras organizativas y cognitivas para enfocarse por izquierda, hoy ha quedado hurfano.

Y es la derecha populista la que adopta al hurfano, elevando el tono de voz e interpelando al descontento, ofreciendo al malestar (el miedo, la rabia, la incertidumbre) esquemas explicativos, vas para canalizarlo y enemigos contra los que dirigirse. A travs de las "guerras culturales" (en torno al aborto, las creencias religiosas, los estilos de vida, etc.), la derecha populista capta el "resentimiento de clase" redirigindolo contra "los enemigos de los valores tradicionales". Es decir, traduce los conflictos poltico-econmicos como conflictos morales e identitarios. "La guerra cultural es una guerra de clases, pero deformada", dice Zizek.

De qu se trata entonces? De re-crear las estructuras cognitivas y organizativas de la lucha de clases, politizando la economa, hablando de intereses materiales, reconstruyendo la izquierda. Pero, podemos reducir el malestar contemporneo a una cuestin econmica-de clase? En la propia historia de ric hemos visto que convergen muchas situaciones, procesos y factores; cmo se mezcla lo econmico, lo social, lo cultural, lo existencial, etc. Podemos pensar las cuestiones culturales como meros "engaos", "distracciones" o "cortinas de humo" que nos impiden ver lo "esencial"? Podemos suponer que el racismo o el machismo de los votantes de Trump son "fenmenos ideolgicos" (secundarios) que se esfumarn una vez que el malestar se enfoque en las cuestiones econmicas y de clase?

Me parece que la derecha populista tiene xito, no porque hable de cuestiones culturales disimulando lo econmico-de clase, sino porque tiene algo que decir al respecto. Porque sita la pelea poltica en el terreno tico, antropolgico y de las formas de vida. Es decir, de las maneras de verse uno mismo, de relacionarse con los dems, de hacer las cosas y de estar en el mundo. Qu tiene la izquierda que proponer sobre ello? Me temo que muy poco: apenas el "ideal militante", con tan poco alcance y tan poco atractivo como ya sabemos.

La lectura "populista" (hablo ahora del populismo progresista) vendra a decir que no se trata tanto de encontrar las "verdaderas causas" del malestar como de "construir su sentido" e imprimirle una direccin. La poltica es, por tanto, una pelea por "definir los acontecimientos". Por ejemplo, cul es el significado que vamos a dar a la crisis? Es responsabilidad de "la gente que ha vivido por encima de sus posibilidades" o ms bien de "la casta" oligrquica que ha saqueado el pas? Lo decidir una "batalla cultural" entre discursos y relatos cuyo desenlace no depende de la verdad de la que son portadores, sino de la eficacia comunicativa de las metforas en juego.

La construccin de sentido, desde estos planteamientos, obedece una lgica formal. Es decir, no se trata del sentido que deriva de la "experiencia misma", sino del sentido que recibe de un discurso (en sentido amplio) que la articula en cierto cdigo. A estas alturas en Espaa, con la presencia constante de los lderes de Podemos en los medios de comunicacin, todos hemos aprendido ya cul es el "cdigo" populista: la articulacin, a travs de "significantes vacos" y del antagonismo con un Otro, de las demandas insatisfechas de la sociedad en un nuevo bloque histrico (identidades nacional-populares capaces de representar al todo, no slo a una parte).

Sin lugar a dudas igo Errejn es el maestro del cdigo, el Seor de los signos. Me recuerda a veces a aquel nio prodigio que en clase era siempre capaz de resolver el maldito cubo de Rubik a increble velocidad. A partir de lo que sea que pase, a partir de cualquier coleccin de datos que ofrezca la realidad, Errejn es capaz de armar una y otra vez el rompecabezas: lo cuadra todo en el cdigo de las demandas, los significantes vacos, la frontera antagnica y las identidades nacional-populares. De ah tambin la sensacin recurrente de que siempre dice lo mismo, aunque los contenidos sean distintos. Porque el cdigo est siempre ah, antes de cada situacin, antes de cada proceso, antes de cada palabra y antes de cada gesto, lo que requiere es una inteligencia combinatoria capaz de hacer encajar las piezas y los colores de la realidad.

El problema aqu es todo lo que perdemos pensando el mundo (y la poltica) como el juego de Rubik, con sus ejes y sus modos de girar pre-establecidos. Se pierde la materialidad de lo real (porque lo que se interpretan son signos-mensajes, el resto no interesa y se abstrae). Se pierde la singularidad irreductible de los acontecimientos y sus relaciones (que nos requiere una inteligencia sensible ms que combinatoria). Se pierde la autonoma de los procesos (que pueden ser pensados-dirigidos-codificados desde el exterior, sin mantener ninguna relacin de interioridad o intimidad con ellos). Y se pierde, finalmente, la posibilidad de creacin de nuevos sentidos para la vida social (porque una y otra vez se reintroduce lo "otro", lo nuevo o desconocido, en una lgica de lo mismo).

El malestar como energa de transformacin

Volvamos un momento a ric, "inmovilizado en un espacio en decadencia, impotente frente al derrumbe de un mundo que ya no resiste". Esa inmovilizacin, esa impotencia hacen de l una vctima. El malestar se asume como dao, prdida. La culpa de todo la tienen "otros". Y lo que se desea es "devolver el golpe" (ver rodar la cabeza de los culpables) para reequilibrar de nuevo las cosas y el mundo (la presencia), regresar a la normalidad.

Cunto tiempo ms podremos sostener esta condicin de vctimas? No nos cansamos de ella? No cambiamos mucho sustituyendo un enemigo por otro: "los inmigrantes" por "la casta". Mantenemos intacta la subjetividad victimista que critica pero no emprende ningn cambio, que piensa que el mal viene de otro (tal grupo o persona) y que si lo eliminamos todo estar bien, que delega siempre en el salvador de turno la tarea de "restaurar el equilibrio" (muchas veces nostalgia de algo que nunca existi).

No necesitamos crtica victimista y resentida, sino fuerza afirmativa y de transformacin. Otra relacin, pues, con nuestro malestar. Es lo ms difcil porque apenas nada en nuestra cultura occidental nos educa para ello. El ideal normativo de la "presencia soberana" (el control, el dominio, la autosuficiencia) nos hace ver las crisis como algo "que no debera pasar" o, en todo caso, como algo de lo que tenemos que salir enseguida, algo que debemos "reparar" cuanto antes para volver a la normalidad. Otra relacin con el malestar supone no verlo slo como dao o prdida, sino tambin como ocasin y oportunidad, motor de cambio.

Podemos salir de la inmovilizacin e impotencia usando el malestar mismo como palanca? Es un planteamiento "energtico" del malestar: las energas que se desatan en l son "conmutables", es decir, transformables en otras cosas (en acciones, en palabras, en "obras", en otros modos de vida, en nuevas sensibilidades y referencias, etc.). Las lgrimas que no se tragan, sino que comparten y se elaboran pueden metamorfosearse en acciones colectivas, en procesos de ayuda mutua, en la creatividad de nuevas imgenes y palabras, en gestos de rechazo y desafo. La sanacin no pasa entonces por la reparacin, sino por la (auto)transformacin.

Un ejemplo. Suele decirse que en Espaa la derecha populista no tiene apenas vigor (an) porque el 15M nos hizo "entender" que el enemigo es el 1% (polticos y banqueros) y no el 99% (los inmigrantes, los refugiados, los pobres). Pero as permanecemos en el planteamiento "semitico" y de lucha de interpretaciones. Sera mejor ver las plazas del 15M como lugares de un proceso casi "alqumico" por el cual un tipo de energa (el malestar vivido en soledad e impotencia) se convirti en otra (la alegra de la potencia colectiva). A travs del estar-juntos, de la presencia compartida, del acompaamiento mutuo, de la "complicidad afectuosa entre los cuerpos", como dice Franco Berardi (Bifo).

Al tipo de fuerza que se genera en esta presencia compartida la llamaremos "fuerza vulnerable". Es decir: una fuerza que nace paradjicamente de la debilidad. Del hecho de haber sido tocados, afectados, "golpeados" por el mundo. No es la fuerza de voluntad de la presencia soberana, que se pone a distancia del mundo para empujarlo en la "buena direccin", sino una fuerza afectada por el mundo y que precisamente por eso puede afectarlo a su vez. Es la fuerza de los afectados: los del atentado del 11M de 2004, los de la PAH o de cualquiera capaz de convertir el sufrimiento en energa de transformacin

El malestar, como energa (no como objeto a movilizar ni como signo a interpretar), es entonces la materia prima del cambio social. Pero su "politizacin" hace estallar sin embargo las formas tradicionales de lo poltico.

Supone mantener un vnculo vivo entre lo existencial y lo poltico tan ajeno al grupo militante (donde no caben los problemas personales) como al grupo de autoayuda (donde no entran los problemas del mundo). Nos requiere un "saber hacer con el no saber", porque no pueden conocerse de antemano las elaboraciones de sentido a las que puede dar lugar el contacto con el malestar (no hay cdigo-maestro que tenga de antemano las respuestas). Necesita espacios capaces de acoger el malestar sin juzgarlo (qu espacio "anticapitalista" sera capaz de acoger a ric, por ejemplo?). Nos exige formas de acompaamiento horizontal: no se trata de "organizar" o "interpretar" lo que les pasa a otros, sino de hacer un viaje juntos. Y mucho ms.

Abrir una bifurcacin

En el "derrumbe de un mundo que ya no resiste", la derecha populista nos promete la vuelta al orden y la normalidad. Una salida falsa. Canaliza el malestar sealando chivos expiatorios, pero no da ninguna respuesta a los problemas de fondo (crisis de representacin, crisis econmica, crisis ecolgica, etc.). Todo lo contrario: ocultando y reproduciendo sus condiciones, convirtindonos en vctimas y bloqueando toda posibilidad de transformacin, prepara los nuevos desastres.

El populismo progresista tambin nos promete volver al orden y la normalidad (del Estado del bienestar, la soberana nacional, etc.), desalojando a "la casta" del poder y planteando "un horizonte alternativo de certezas y seguridades". Los contenidos son diferentes (qu tipo de orden, qu tipo de enemigo), pero se trata de un mismo planteamiento que interpela principalmente a la subjetividad victimista necesitada de compensar la sensacin de prdida y reforzar las referencias en crisis (un poco de "orgullo"). Esta opcin puede ofrecernos un "mnimo de proteccin" si llega al poder. Nada que despreciar, pero muy insuficiente si pretendemos un cambio en profundidad.

Entre la "vuelta atrs" (imposible) o la "fuga hacia adelante" (suicida), hay una tercera opcin? Ms difcil todava: no pensar en "salir de la crisis", sino abrir en ella una bifurcacin. Convertir la "crisis civilizatoria" en "mutacin civilizatoria". No agarrarse desesperadamente a algo, sino emprender un viaje. No contener el derrumbe, ni soar con revertirlo para volver donde estbamos, sino abrir y sostener otros mundos aqu y ahora: otros modos de relacin con el trabajo, el cuerpo, el lenguaje, la tierra, la ciudad, el nosotros, etc. Aprovechar la crisis, hacer palanca en la fuerza vulnerable.

Histricamente, las mujeres han sido muy capaces de convertir situaciones y lugares de dependencia en focos de potencia: desplegar fuerza vulnerable. En ese sentido, la mejor noticia sobre la victoria de Trump han sido las masivas marchas de mujeres que tuvieron lugar en Estados Unidos el da de la proclamacin. Convocadas annimamente por tres mujeres "cualquiera" apoyadas en la capacidad de contagio de las redes sociales (as se propagan los movimientos por afectacin, a travs del anonimato y la horizontalidad), permiten imaginar una oposicin a Trump que va ms all de la mera reaccin anti-Trump. Una oposicin que no es slo ideolgica o partidista, que no es slo defensiva o resistencialista (aunque por supuesto haya muchsimas cosas que defender), sino sobre todo afirmativa y de paradigma, con planteamientos (tericos y prcticos) de mutacin civilizatoria en torno al trabajo, los cuidados, la familia, las relaciones, etc.

"Un mundo slo se para con otro mundo". No se trata slo de oponernos a Trump, sino al mundo del que Trump es la figura insignia. El mundo de la presencia soberana hoy tocada, que slo sabe revolverse ante ello con violencia y que amenaza con hundirnos a todos y a todas consigo.

** Este texto es una versin de la ponencia presentada en el encuentro "Politizaciones del malestar" al que fui invitado por Laia Manonelles, Daniel Gasol y Nora Ancarola.

** Ms sobre Tiqqun, la "crisis de la presencia" y la "fuerza vulnerable".

** El planteamiento "energtico" sobre el malestar est ampliamente inspirado en Economa libidinal, el libro de Jean-Franois Lyotard.

Fuente: http://www.eldiario.es/interferencias/malestar-energia-transformacion_social_6_606199392.html

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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