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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-02-2017

La hegemona en crisis
El nuevo espartaquismo ante la vieja encrucijada

Mikel Angulo Tarancn
Rebelin


La lucha por la hegemona atraviesa la historia de la lucha de clases de cabo a rabo. Hoy los rdagos se suceden en el tablero de juego de la hegemona mientras el enemigo, por su parte, avanza. De alguna manera, el mbito de la hegemona, su orden de prioridades y renuncias, sirve de mediacin entre las distintas facciones antagnicas en su pugna por coronar y superar la lucha de clases o por ocultarla. Prefigura as los lmites no tanto del poder de una clase en general (relativo, pues ste siempre se debe a su contraria) como del modo de organizacin de ciertos actores polticos. O lo que es lo mismo: las clases no pueden llegar jams a enfrentarse entre s si no es mediante estrategias de poder por las que cada una de las partes contendientes evoluciona a tal fin si es que llegan, claro est, a la confrontacin alguna vez, lo cual no siempre es el caso.

Pero claro, quines participan de dichas contiendas? O qu tipo de ejrcitos las protagoniza? Deberamos preguntarnos por esto mismo si nuestro propsito es aliviar la carga de las diferentes luchas por la hegemona, sus callejones sin salida o sus aporas, avanzando hasta la conformacin de unos poderes y una organizacin de clase reales. Pues es verdad que, en algunos casos, es la crisis del gran capital la que instiga a los sujetos polticos y les confiere legitimidad en la prctica, amn de una madurez y una autonoma suficientes como para resistir en sus frentes y no rendirse. Pero lo ms corriente es que la dinmica de la acumulacin, clave del rgimen de la propiedad y la produccin burguesas, permanezca intacta, y que la lucha por la hegemona prevalezca sobre las contradicciones de ese rgimen y sus aciagas, letales consecuencias.

Aqu una anatoma del poder burgus y su orden jerrquico, intransigente y opresor se presenta como la herramienta imprescindible para una crtica certera y coherente de la sociedad actual. Dividida como est, la sociedad burguesa y su proyecto de civilizacin universal es, a lo sumo, poco ms que una ficcin y la globalizacin es su ltima versin, pero no la definitiva. Una ficcin que, sin embargo, funciona. Y lo hace a las mil maravillas, por cierto. Su consistencia, su funcionamiento mismo dependen de esa inmensa fuerza impersonal que los aglutina a todos, que nos afecta a todos, y que no es otra que el sistema del valor de cambio o del dinero. He aqu la verdadera igualdad, la verdadera libertad, la verdadera garanta de nuestra propiedad y lo que de tal modo seduce a la democracia: poder comprar y vender, intercambiar el trabajo de unos y otros por el de los dems e intentar salir ganando, o ganar siempre. Intercambio que emana, en ltima instancia, de la propiedad privada del poder social, esto es, del trabajo. De ah que su ausencia se perciba como la absoluta miseria. Una teora contrahegemnica, revolucionaria en este sentido y no en otro, requiere, de todos modos, de un eje de coordenadas ms o menos estable, y de hecho no ha dejado de persistir en su bsqueda a lo largo de los ltimos siglos.

Pero la miseria de la teora no refleja sino la miseria real. En el origen de toda clase de ejercicios retricos, de consignas oportunistas, de discursos de vanguardia intelectual, se encuentra, con escasas excepciones, un dficit ideolgico patente. Y esto tanto de los que se pretenden tericos de la revolucin como de los que no. Pues unos establecen como eje de coordenadas la dicotoma pobre/rico, abajo/arriba, dentro/fuera; otros prefieren poner tales distinciones en suspenso e invocar sujetos ahistricos, singulares colectivos, personas msticas que, si bien suplen con su advenimiento la falta de disciplina o las carencias estructurales de un grupo en un momento concreto de la lucha, difcilmente pueden identificarse con las de un determinado movimiento que por definicin es abierto, dinmico y plural. Pero tanto los unos como los otros se aferran a una unidad o una identidad equvocas. La indecisin latente al interior de los partidos, las instituciones y sus congresos o asambleas generales de nuestro tiempo es buena muestra de ello. Desde lo ms grande a lo ms pequeo, desde lo micro hasta lo macro, desde las ms altas esferas polticas hasta las disputas personales o programticas debidas a conflictos internos, todo huele a viciado, a rancio, a podrido.

Pero tampoco es cierto que el enemigo sea imbatible, es decir, que el capitalismo sea esa mquina que todo lo vigila y castiga, ese ojo sin cuerpo que todo lo ve, la ciega necesidad de una historia annima o la catstrofe. Ciertamente, se trata de uno de los principales fundamentos de la dominacin de clase, raza, gnero e identidad actual, y es su aplastante lgica la que somete los unos a los otros. Pero de ah que no sea, no pueda ser un simple objeto de estudio, el capital en s, ni el sujeto de un progreso necesario, homogneo, constante. Como si de una serie de fenmenos perfectamente observables se tratase, o como si sus contradicciones hubiesen de seguir siendo a la fuerza las mismas que las de quienes luchan contra ellas, muchos lo tienen, sin embargo, por una justicia de origen divino. Cuando es la justicia en la tierra la que debera preocuparnos.

Los partidarios de la lucha por la hegemona parecen sentirse cmodos con la cosmovisin mtica y especulativa del capitalismo por la cual las distintas ramas de la produccin burguesa y el comercio exterior, el estado blico-asistencial y el mercado mundial sobrepasan nuestra capacidad de gestin, de decisin y de accin. El estado soberano, el partido de masas, los movimiento populares y juveniles se pliegan por igual a tal paradigma, el paradigma de la lucha por la hegemona, sin que ello suponga una merma suficiente o una agresin directa a las clases dominantes, sus regmenes democrticos y al control y la coercin que su propiedad privada y sus mercenarios ejercen de facto sobre el trabajo. Una guerra total y sin cuartel que, a da de hoy, la burguesa extiende indiscriminadamente por la superficie entera del globo y por sobre su poblacin, y que amenaza con arruinar toda alternativa posible y con socavar, una tras otra, las condiciones materiales de nuestra existencia.

En el estado espaol, por ejemplo, la ofensiva contra el modelo de soberana territorial, en los mrgenes mismos de la legalidad vigente y dependiente, en cierto modo, de su contraofensiva centralista, parece estar afectando ya al orden constitucional imperante y se traduce, jurdica, institucional y socialmente, en la llamada crisis de rgimen. Sea cual sea el diagnstico, con todo, lo cierto es que esta crisis parece estar an lejos de resolverse, y menos todava si esperamos de la flexibilidad del propio sistema democrtico las condiciones objetivas de su propia disolucin. En consecuencia, la factora de dolos y de lamentables ngeles cados que es la industria de la opinin pblica sigue seducindonos a diario con la idea de un destino feliz, de una conflagracin universal y de una utopa del estilo de la tan deseada ruptura democrtica. Crisis, por tanto, de rgimen. De un rgimen, como dicen, democrtico. Y sin solucin a la vista.

Por otra parte, se da tambin una supuesta crisis en el seno de los propios partidos polticos, especialmente en el PSOE y en Podemos a nivel estatal pero, en mayor o menor medida, tambin en las distintas alianzas autonmicas, en la coalicin Bildu y en el bloque independentista cataln. La alianza anti-natura dicho en sus propios trminos de la Candidatura de Unidad Popular (CUP) y el nacionalismo oligrquico de Catalunya no se debe tanto a una concepcin viable de un estado republicano y cosmopolita cuanto a una estrategia de partido, pues de lo contrario cada una de las partes primara sus rasgos identitarios y su integridad como organizacin por sobre los intereses ajenos, si bien al precio de sacrificar la firme apuesta por la secesin, que es la que dio a luz el milagro. El coqueteo de Bildu con la deriva de la socialdemocracia actual slo puede entenderse, a su vez, desde su privilegiada posicin de interlocutor institucional, no desde su relacin con los movimientos y la organizacin de base, quienes apenas pueden intervenir en sus asuntos.

Y qu decir del PSOE y de Podemos que los lectores no sepan ya por cuenta propia. Libres ya del compromiso, la orientacin y el sesgo popular y trabajador con que nacieron, se asientan ya en el panorama poltico nacional, y lo hacen como artefactos obsoletos y diablicos. A da de hoy, representan el esperpento de la lucha por la hegemona a niveles an no vistos, reduciendo las divergencias entre facciones al enfrentamiento entre individuos, confundiendo ideas con programas, discursos con objetivos, rdagos con chantajes, con las correspondientes concesiones mediticas cuya reverberacin dota de sentido al espectacular trasfondo de toda esta pattica pieza de vodevil. En el reparto de cuotas de poder, as como en la redistribucin de la riqueza, es evidente que no todos pueden salir ganando. Y la tragicomedia de la izquierda socialdemcrata consiste en esto mismo: no slo en que los medios dispuestos por sus defensores no basten, sino en que sus fines mismos se trastocarn y acabarn pervirtiendo mucho antes siquiera de haber llegado al poder.

Crisis de rgimen, crisis de los partidos y, finalmente, crisis tambin en un movimiento popular y juvenil como es y ha sido tradicionalmente la izquierda abertzale, donde se manifiestan ya los sntomas de una disidencia y una tensin internas poco menos que intolerables. Lo que podra explicarse, acaso, por las brutales tcticas de excepcin y el obsesivo proceso de desgaste sufrido por los sectores afines a la emancipacin respecto del estado espaol, la soberana nacional y la libre determinacin de los pueblos. Despus de dcadas, no obstante, de integracin de las distintas sensibilidades contrahegemnicas (autonoma del pueblo trabajador vasco, defensa del territorio, independencia), todas ellas bajo una misma bandera y un mismo afn zafarse del sistema opresor espaol, de la burguesa imperialista y de su recalcitrante cultura de la represin, la proporcin de conquistas y de prdidas arroja un balance, pese a todo, bastante negativo.

Lo que, por lo que al movimiento respecta, significa, sin lugar a dudas, que todava queda un largo camino por recorrer. Pero he ah la promesa de una revolucin en ciernes, la madurez de un movimiento juvenil y popular y su potencial poltico emancipador: que las ascuas de la llama que arda antao todava alientan el corazn de los inconformistas, de los desobedientes, de esa gran familia de los desposedos que forma la clase trabajadora cuando es consciente de su situacin y ms consciente si cabe cuando reconoce sus ilusiones, sus miedos. Mientras que la versin oficial se acoge, en este contexto, a la ltima moda, los militantes de base, convencidos como lo han de estar de su papel en la historia y su valor poltico, estn tratando de trascender el estrecho margen de maniobra que las instituciones tradicionales, sus iniciativas y sus proyectos les imponen. Hay quien se ha lanzado incluso a resucitar el viejo sueo de la liberacin nacional de las cenizas del socialismo realmente existente, slo que esta vez bajo la forma de la comuna socialista vasca.

Habr que ver, pues. Habr que ver qu traen estos jvenes aires de rebelda; si viejos sueos, si nuevas quimeras. Pero ni reforma ni revolucin, ni socialismo ni barbarie de momento. Ms bien lo contrario: una especie de xodo, de fuga hacia delante, de huida; la larga y penosa travesa por el rido desierto de la democracia, por esa cinaga de la lucha por la hegemona y su laberinto de espejismos y de smbolos. Bajo el paradigma de la hegemona, y bajo el infinito y fro cielo de los derechos y las libertades burguesas, todo tender a hipostasiarse, a pontificarse, a convertirse en un sujeto autnomo, en causa sui o en la razn suficiente de toda lucha habida y por haber. Sea el pueblo trabajador, sea la ciudadana, sea la patria; sea el partido, el movimiento o la nacin: todo puede ser y de hecho es con tal de que el enemigo quede en evidencia. Pero este enemigo no ha dejado de vencer.

La lucha por la hegemona, en resumidas cuentas, no puede sustituir a la lucha de clases. Por nuestr bien no debe. Una bien puede estar en crisis; la otra, jams. El nuevo espartaquismo, la vieja poltica sectaria, ser la ltima apuesta de los jacobinos de este joven siglo XXI. Pero la razn de estado, de partido, de vanguardia, la razn hegemnica se detiene ante la vieja encrucijada: conquistar el poder para s es una cosa; drselo al pueblo, otra bien distinta. Hay que tomar partido, en consecuencia no queda otra. Pero ms all del estado, del partido, del liderazgo donde reside la autntica soberana.

Mientras tanto, el colectivismo, es decir, la propiedad colectiva de los medios de produccin y de vida, espera su momento. ste an no ha llegado. Pero por eso mismo debe ser todava construido, defendido, vivido da tras da y sin tregua. Su momento, dicho de otro modo, es el nuestro. La crisis de la hegemona nos ampara.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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