Portada :: Espaa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-02-2017

Defender la alegra y organizar la rabia

Miguel Len
Rebelin


Este texto ha sido originalmente publicado en Disparamag en tres entregas (1), (2), (3). Aqu lo subo completo, ordenado por epgrafes y no por partes, por si alguien prefiere leerlo de corrido en este formato. Al presentarlo como un artculo nico hay algunas modificaciones textuales, pero son mnimas.

1. Es la organizacin, estpido!

Este artculo no trata exactamente sobre la crisis interna de Podemos, pero s ofrece una interpretacin, nada alentadora, sobre sus causas y sus repercusiones. Sepa el lector, eso s, que he escrito otros textos sobre Podemos que, de algn modo, son una premisa del que aqu se ofrece, aunque por supuesto este ltimo puede ser ledo independientemente de los anteriores. Este artculo es sobre todo un intento de abrir una reflexin, ineludible pero que no se puede resolver a toda prisa, sobre el tipo de organizacin poltica que se requiere en la actualidad para contener, frenar y eventualmente superar las dinmicas sociales propias del capitalismo contemporneo (incremento brutal de la desigualdad socioeconmica, autoritarismo, devastacin ecolgica). Dicho de otro modo, sobre qu tipo de organizacin se requiere para dotar de consistencia al sujeto revolucionario cuando por revolucin entendemos la superacin igualitaria y antiautoritaria del capitalismo. Partir de la asuncin de que es un tipo de organizacin en concreto el que necesitamos caracterizar no implica afirmar que solo debe constituirse una organizacin de dicho tipo.

La crisis del modelo organizativo revolucionario, que actualmente es palmaria, est en realidad larvada en nuestras sociedades desde hace aproximadamente un siglo. Los problemas inherentes a la forma-partido y a la asuncin del Estado como instancia neutra de mediacin han estado presentes, y han sido tomados en consideracin con mayor o menor fortuna, como poco desde finales del siglo XIX. Si casi desde el principio cupieron dudas sobre la adecuacin de la forma-partido, en cuanto medio, a los fines de un movimiento revolucionario, esa crisis no poda sino incrementarse en un momento histrico en el que los mejores argumentos en favor de dicha apuesta dejan de ser vlidos. El Estado sigue siendo una instancia de mediacin poltico-econmica sustantiva, pero ha delegado una parte importante de sus responsabilidades, en sintona con el alto grado de internacionalizacin del capital. De modo que hoy ms que nunca el Estado no es un instrumento neutro sino una instancia legitimada de coercin al servicio del capital y seriamente impedida para impulsar cualquier tipo de reordenacin profunda de la lgica econmica. Es una instancia de administracin y ejecucin que administra y ejecuta recurriendo a la coercin y a medidas de excepcin si es preciso, pero sus capacidades decisorias estn seriamente disminuidas; el Estado parece ms capacitado para elegir entre opciones que para forjar, por s mismo, una alternativa.

No quiere esto decir que tomar el poder del Estado no sea un objetivo legtimo, e incluso necesario, sino que, en tanto que medio para un fin ulterior, la toma del poder estatal debe ser valorada teniendo en cuenta las posibilidades reales que abre y los lastres que acarrea. Desde este punto de vista, eso s, los lastres son enormes y las posibilidades reales que el Estado ofrece no solo son pocas sino que adems podran ser igualmente accesibles siguiendo otro tipo de estrategias que no pasen por la toma del poder (entendida en su sentido clsico). De hecho, es difcil negar que la capacidad del Estado para dejar de ser un instrumento de mantenimiento del status quo y convertirse en un amplificador de los procesos revolucionarios (en el sentido arriba sealado) depende de la existencia autnoma de un amplio movimiento social organizado, capaz de forzar al Estado a entrar en sintona con sus demandas. Dicho de otro modo, tambin parece evidente que los procesos revolucionarios se desinflan cuando ese movimiento social organizado autnomamente pierde dicha autonoma y comienza tanto a delegar en el Estado lo que antes era una tarea propia como a depender del Estado para su propia pervivencia.

La pregunta esencial que se presenta ante nosotros es, entonces, qu tipo de organizacin permite, por un lado, acumular la suficiente fuerza como para obligar al Estado a plegarse y, por otro lado, hacer que dicha fuerza se consolide y perdure en el tiempo. Cuando planteo la pregunta por el tipo de organizacin propongo pensarla simultneamente en relacin con tres aspectos: cmo se estructura (instancias y funciones), cmo se relacionan entre s los elementos que la componen (jerarqua, coordinacin, autonoma) y cmo se comporta (qu objetivos persigue y cmo intenta alcanzarlos).

Las dos soluciones tradicionalmente disponibles, la forma-partido y la forma-grupsculo, han mostrado sobradamente sus debilidades, y frente a ellas apareci Podemos como una supuesta solucin. De hecho, parte del entusiasmo generado inicialmente por Podemos se explica, creo, por la generacin de expectativas en tal sentido. Se trata de un hecho dramtico, porque las promesas que Podemos hizo de renovacin organizativa fueron siempre un fraude, y as se hizo evidente cuando la famosa mquina de guerra electoral qued plenamente constituida y los crculos fueron relegados a un segundsimo plano. Si todava Podemos es capaz de recabar un apoyo electoral sustantivo, es en la medida en que puede mantener viva la ilusin de una victoria electoral basada en la solidez de su ncleo dirigente. Ahora bien, precisamente ese fundamento es el que se resquebraja con la pugna abierta entre Errejn e Iglesias, y an ms entre errejonistas y pablistas. Por lo dems, no creo que a nadie le quepa duda: Podemos no es una organizacin revolucionaria, y al decirlo no le falto a nadie al respeto porque prcticamente desde el comienzo se ha presentado como motor de un sano reformismo. Ahora bien, no es menos cierto que tanto igo Errejn como Pablo Iglesias han planteado que la actual coyuntura es la que impone que los revolucionarios recurran al tacticismo reformista. Recurro a esa terminologa por este motivo y porque el dilogo crtico con Podemos solo es realmente pertinente desde el horizonte de la revolucin.

Deca que, teniendo en cuenta que se enfrenta al Estado como instancia garante del orden establecido, el modelo de organizacin revolucionaria que necesitamos caracterizar ha de cumplir una serie de condiciones: necesita ser autnomo, necesita ser duradero y necesita ser fuerte. En realidad, la fuerza de dicha organizacin ser resultado de una combinacin de autonoma y durabilidad, de modo que esos ltimos son los dos requisitos bsicos. La forma-partido y la forma-grupsculo son dos formas fallidas de conseguir dicha combinacin. Las presento como modelos conceptuales que parten de la realidad actual y que deben servir para describirla; este matiz es importante, porque queda fuera de mi planteamiento una consideracin histrica sobre la evolucin de los partidos polticos, aunque tampoco me negar a abrirla si alguien lo propone. Adems, aclaro que entiendo que en las organizaciones polticas realmente existentes encontramos rasgos de ambas, aunque al mismo tiempo tambin creo que en ltima instancia podemos siempre decir de cualquier organizacin dada si es ms cercana a un modelo o al otro.

2. La forma-grupsculo

En una primera aproximacin, se puede decir que la forma-grupsculo se caracteriza por la identificacin de sus miembros con una determinada ortodoxia. Tambin se le podra atribuir el empleo de un discurso formalmente radical y materialmente vaco: recurre a un repertorio de trminos ideolgicamente marcados que, incluso si en algn momento fueron conceptos y pudieron servir para identificar la raz de los problemas y orientar la accin poltica, han quedado reducidos a la condicin de consignas y operan como meras seas de identidad. Como los postulados comunes que explican la razn de ser de la organizacin son ideolgicamente muy restringidos, el nmero de personas que se identifica con ellos es pequeo. Ese convencimiento ideolgico es el punto de partida que garantiza una posicin autnoma. La sintona ideolgica y la prctica poltica comn se refuerzan mutuamente constituyendo una entidad polticamente homognea. Es necesario aclarar que por homogeneidad entiendo una propiedad de aquellos grupos en los que cualquiera de sus integrantes puede, llegar el caso, hablar en nombre del colectivo y representarlo; cuanto mayor es la sintona ideolgica de partida, y cuanto ms pequeo es el grupo, mayor es la homogeneidad poltica constituida, porque la probabilidad de que la prctica poltica comn involucre igualmente a todos los miembros es muy alta. Ahora bien: estas organizaciones no existen en el vaco, sino que surgen en condiciones histricas y sociales especficas, y por tanto estn expuestas a giros polticos inesperados, que pueden ser de calado.

Qu ocurre entonces? Cuando un giro poltico sustantivo se produce, estos grupos tienen que recurrir a su caja de herramientas ideolgica para interpretarlo y reevaluar posiciones; ese esfuerzo es a la vez individual y colectivo, y no tiene por qu ser fructfero ni sencillo. Cuanto mayor sea el dogmatismo de partida, y cuanto ms limitado sea el repertorio de herramientas de anlisis disponible, ms difcil ser adaptarse a situaciones novedosas, y en todo caso nada garantiza que, individualmente, todos los miembros del grupo lleguen a las mismas conclusiones. El resultado es que la sintona ideolgica de partida se resquebraja y la homogeneidad se debilita seriamente. Como la forma-grupsculo es pequea, y como su principio fundacional es la sintona ideolgica, no solamente no prevn que este tipo de quiebras se puedan producir sino que adems carecen de los instrumentos adecuados para afrontarlas. La prctica poltica cotidiana que constituye la organizacin no se basa en procedimientos sino ante todo en la formacin de vnculos personales y entramados afectivos. Las relaciones afectivas no producen necesariamente entornos horizontales; de hecho, no solo pueden producir importantes desigualdades en trminos de poder sino que, adems, dichas desigualdades son muy difciles de detectar, explicitar y corregir.

Como la sintona ideolgica se asume como un presupuesto, tampoco suelen existir espacios de debate y formacin que merezcan tal nombre, ya que ms bien suelen funcionar como espacios de difusin de doctrina y autoafirmacin. Esto significa dos cosas: por un lado, que la capacidad para hacer una buena identificacin de metas es limitada, y los resultados no solo sern cuantitativamente pequeos sino cualitativamente pobres; por otro, que cuando se produce un desacuerdo realmente profundo normalmente no existen mecanismos que amortigen el impacto. Los desacuerdos ideolgicos se traducen en conflictos personales e incluso en enemistades furibundas, y el grupo se divide o incluso colapsa. Si el lector busca ejemplos, no tiene ms que pensar en el tipo de disgregaciones polticas que se han producido al hilo de los desacuerdos sobre la Primavera rabe (especialmente el caso sirio) o, despus, sobre la propia emergencia de Podemos.

3. La forma-partido

El elemento sustantivo de la forma-partido es la asuncin de la neutralidad de la burocracia como herramienta. La forma-partido se puede constituir, en trminos lgicos, por oposicin a la forma-grupsculo: los vnculos personales y las tramas afectivas persisten, porque somos humanos y no podemos prescindir de ellos, pero son mitigados y reconducidos a travs de procedimientos impersonales aceptados por todos los integrantes. Eso permite que personas que no se conocen, e incluso que personalmente no se aguantan, cooperen juntas polticamente en el marco de una estructura cuya mediacin es igualmente aceptada. No est mal, en principio, que se den las condiciones para poder diferenciar amistad personal de amistad poltica, porque si bien ambas tienden a coincidir est claro que no son la misma cosa. Tampoco tienen nada que ver, visto a la inversa, las enemistades personales con las polticas, aunque sin lugar a dudas hay determinados rasgos personales que pueden hacer que alguien no solamente sea antiptico sino adems antagnico.

Ahora bien, una de las implicaciones que tiene la asuncin de la burocracia como herramienta neutral es la preponderancia de los procedimientos electivos, que suponen (e imponen) entornos de racionalidad instrumental. Otra implicacin relevante es la aceptacin de las relaciones de mando y obediencia como expresiones naturales de una forma ms refinada de organizacin colectiva. La combinacin de ambas implicaciones supone el establecimiento de jerarquas burocratizadas en las que la inercia heredada del pasado e instalada en los niveles superiores tiende a imponerse, mediante sus poderes de castigo y recompensa, sobre los eventuales impulsos renovadores provenientes de la base. Los castigos y las recompensas suelen tener expresiones materiales, es decir que aparecen como incrementos o disminuciones de la capacidad de acceso a los recursos de los que dispone la organizacin, pero pueden operar solo a un nivel simblico, en trminos de reconocimiento o rechazo y por tanto de ascenso o descenso en la escala burocrtica.

Hablando en trminos lgicos, porque desde un punto de vista histrico la cuestin se planteara de otra manera, la dinmica burocrtica no puede ser entendida al margen de la lgica econmica capitalista y del dominio ideolgico que le es inherente. Una organizacin burocrticamente organizada es una entidad reconocida jurdicamente por el Estado y titular, como sujeto jurdico, de una serie de derechos de enorme relevancia en el campo econmico y fiscal: desde la capacidad para vincular la membresa al pago de una cuota, hasta el enorme abanico de recursos econmicos (en dinero y bajo otras formas) que las distintas administraciones pblicas ponen a disposicin de las organizaciones de la sociedad civil. Al mismo tiempo, por otro lado, una organizacin de cualquier tipo necesariamente incurre en gastos econmicos que debern ser cubiertos empleando recursos proporcionados por sus miembros; cuando se establece un sistema regular de recaudacin de cuotas aparecen exigencias, legales (control fiscal) y prcticas (gestin de cuentas), tanto ms imperiosas cuanto mayor es el tamao de la organizacin, que conducen por otro camino a la necesidad de obtener un reconocimiento jurdico y cumplir con determinados criterios tcnico-organizativos (algunos quizs sean objetivamente necesarios, otros -los ms- estn impuestos por la legislacin sobre asociaciones y partidos polticos).

En principio, nada habra que objetar a que el Estado incentive, posibilite y supervise el sostenimiento econmico de las organizaciones de la sociedad civil, pero ese gesto de apariencia altruista tiene un reverso preocupante: las organizaciones as constituidas que deciden hacer uso de los derechos de los que son titulares dejan de ser meras herramientas de mediacin entre personas y se convierten tambin, como anticipaba antes, en gestoras de recursos econmicos. Llega a ocurrir, incluso, que las funciones se invierten, de modo que las personas que concurren en una organizacin entran en contacto (indirecto) las unas con las otras simplemente porque las vincula su inters por los recursos econmicos que cada una de ellas, desde su posicin de poder dentro de la estructura burocrtica, puede proporcionar a las dems.

Un elemento adicional que hay que tomar en consideracin es la existencia de facciones. stas son en gran medida el resultado de la inevitable pervivencia de las tramas afectivas en el seno de una organizacin burocrticamente racionalizada, pero no se deben exclusivamente a eso. Si fueran simplemente resultado de filias y fobias personales, tambin hablaramos de facciones al interior de la forma-grupsculo. Desde luego es posible argumentar que no lo hacemos porque en la forma-grupsculo surgen divisiones faccionales solamente cuando est en crisis, es decir, cuando ha perdido una parte de la fuerte homogeneidad que presenta en condiciones ideales, pero frente a esa apreciacin se puede objetar que hay grupsculos que estn en crisis permanente y sin embargo no terminan de disgregarse. Por consiguiente, y aunque sea solo resultado de una intuicin, parece correcto decir que las facciones son algo propio de los partidos, y que son resultado de una relacin compleja entre mecanismos burocrticos y tramas afectivas:

Por un lado las facciones son disfuncionales porque amenazan la unidad de la organizacin. Por otro, sin embargo, ayudan a los individuos a permanecer integrados, en la medida en que los afectos suplen las carencias de los mecanismos burocrticos y refuerzan sus virtudes. Las facciones no se constituyen solo de acuerdo con filias y fobias afectivas, aunque se alimenten notablemente de ellas; tambin se organizan en torno a intereses materiales comunes y operan como mecanismos eficaces de distribucin de recursos que, en ausencia de facciones, tendran que ser asignados siguiendo criterios de planificacin difciles de objetivar. Por ltimo, ms all de las facciones particulares, aunque tambin puede ocurrir en su seno, la forma-partido gana solidez si las contradicciones internas de la burocracia las resuelve no solo la pervivencia de tramas afectivas sino tambin el vnculo emocional, un tanto ms difuso, los miembros de la organizacin con un lder carismtico.

La forma-partido garantiza, en comparacin con la forma-grupsculo, una notable durabilidad. Esa durabilidad se basa precisamente en la existencia de una mediacin burocrtica que amortigua y reconduce los conflictos interpersonales, y en la configuracin de intereses materiales comunes que pesan ms que las desavenencias (ideolgicas o afectivas). El precio que hay que pagar para que la organizacin burocrtica se mantenga en el tiempo aparenta ser una mera cesin discursiva, tcticamente justificada: una organizacin burocrtica detenta tantos ms recursos cuanto mayor es su tamao, y como la distribucin de recursos se produce en un marco competitivo ms o menos regulado, dicho crecimiento debe ser relevante y rpido, por lo que es la organizacin la que debe adaptarse al mercado. Esa adaptacin supone dos cosas. Por un lado, evitar la restriccin ideolgica, recurriendo a tcnicas de marketing poltico que priman la indefinicin y la ambigedad. Por otro, seguir las reglas del juego que delimitan el campo de competencia, cosa que en nuestros sistemas parlamentarios pasa por procedimientos constantes de transaccin que son presentados como cesiones a corto plazo cuyo fin es preparar el terreno para logros en el futuro. La defensa de una posicin poltica autnoma queda reducida a una cuestin de principios. Principios que o bien aparecen como absolutos, en la medida en que se enuncian abstractamente, o bien son crecientemente relativos, en la medida en que se manifiestan concretamente bajo el influjo de las relaciones de fuerza existentes en las instituciones.

En la forma-partido se toma en consideracin el hecho de que la homogeneidad poltica no viene simplemente dada sino que se construye cotidianamente. Sin embargo, la sintona ideolgica sigue siendo un presupuesto, por ms diluido o ambiguo que sea el principio ideolgico pretendidamente comn. Por este motivo la forma-partido tampoco se dota de espacios de formacin y debate serios, sino que como la forma-grupsculo va a primar la doctrina y la autoafirmacin; solo se prestar atencin a la formacin de los cuadros tcnicos sobre los que recaiga la responsabilidad del funcionamiento de la propia estructura burocrtica (campaas electorales, procedimientos administrativos, etc.).

4. Valoracin comparativa

A la luz de la explicacin precedente, queda claro que ambas formas organizativas comparten una misma concepcin, errnea, de la ideologa: la comprenden como el resultado de prcticas simblico-discursivas desconectadas del resto de actos cotidianos, estn directamente conectados o no con la militancia poltica. Sin embargo, la ideologa en realidad se compone a partir del reflejo simblico-discursivo que produce cada accin que realizamos, de modo que en nuestra ideologa pesan mucho ms nuestros comportamientos diarios en casa, en el barrio, en el trabajo o en nuestra organizacin poltica que nuestras hermosas declaraciones de intenciones.

La cuestin del modelo organizativo es, y as vuelo a la idea con la que arranqu, uno de los grandes problemas polticos que estamos llamados a resolver, evitando cometer de nuevo el error de considerarlo una cuestin meramente tcnica o de confianza en las buenas intenciones de los otros. De la forma-partido hemos de aprender que la homogeneidad poltica no es esencialmente un punto de partida sino sobre todo un efecto de la prctica poltica sostenida en el tiempo y apoyada en procedimientos y mecanismos que pueden ir en contra de lo que nos sugieren nuestras intuiciones afectivas. De la forma-grupsculo, en cambio, debemos recuperar la visin de largo plazo, el crecimiento sosegado y el aprecio por la autonoma. De las experiencias pasadas debemos recuperar los aciertos parciales, que los ha habido sin duda, y sobre todo aprender de los errores, siendo probablemente el mayor de todos haber presupuesto que los medios de los que podemos hacer uso para intentar alcanzar nuestros fines son neutrales. Dentro de esos medios cuya neutralidad hemos supuesto entran tanto frmulas organizativas como recursos tecnolgicos, instituciones, canales de comunicacin, conocimientos especializados, etc. Est por ver qu somos capaces de construir desde la conviccin de que es necesario un equilibrio, consciente y peridicamente supervisado, entre mando y horizontalidad, entre impersonalidad y complicidad personal, entre eleccin y otras formas de designacin.

5. Vistalegre: un paisaje desolador

La comparacin de todo lo dicho hasta aqu con Podemos hace evidente que dicha organizacin se encuentra en una situacin trgica, aunque relativamente previsible. Ahora que Vistalegre II est a punto de eclipsar al Vistalegre primigenio, es un buen momento para decir que los promotores de Podemos detectaron excelentemente cul era el problema crucial al que se enfrentaban los grupos y organizaciones de izquierdas, pero trataron de resolverlo deliberadamente en la direccin equivocada. En aquel entonces, antes de las elecciones europeas, los tres sectores principales del partido que ahora se encuentran enfrentados pusieron en marcha conjuntamente una estrategia de captacin masiva a todas luces fraudulenta. Se aprovecharon de la debilidad ideolgica generalizada, y de la crisis profunda de los modelos organizativos existentes, para proponer discursivamente una herramienta, un mtodo de participacin, mientras la prctica real conduca a una organizacin fuertemente jerarquizada, autocrtica a niveles difciles de imaginar, y cuyo mejor cemento interno es la distribucin de recursos econmicos al interior de cada familia. Esa lgica burocratizante coexiste, tremenda paradoja, con una dinmica grupuscular palmaria en el seno del grupo dirigente, lo cual explica que el desacuerdo entre mandamases se resuelva con careos y malas artes amplificados por el choque brutal entre facciones y por el recurso a las destituciones arbitrarias y las dimisiones en bloque. En una organizacin seria todo esto debera quedar razonablemente vehiculado de otra manera.

En Vistalegre se debati una propuesta organizativa alternativa (Sumando Podemos) que a punto estuvo de imponerse. No era perfecta, pero era un buen comienzo. Para garantizar su derrota fue necesaria una alteracin muy sospechosa de los procedimientos de votacin, y que Pablo Iglesias amenazara con marcharse si su modelo organizativo no era apoyado. En aquel momento era inevitable comparar la situacin con la historia del PSOE y pensar que Podemos quemaba etapas histricas a una velocidad de vrtigo. Ahora que Pablo Iglesias ha amenazado con marcharse dos veces ms en menos de un trimestre solo cabe la estupefaccin ante un chantaje burdo y, si su liderazgo es simblicamente tan importante, irresponsable.

Digo que el modelo alternativo propuesto en Vistalegre era insuficiente por cuatro motivos interrelacionados. Primero, porque le faltaba ambicin en su apuesta por formas distintas de operar, y por tanto cabe dudar de que la implantacin de ese modelo nos hubiera conducido a una situacin diferente de la actual. Segundo, porque era una frmula de compromiso entre corrientes muy distintas y con peso desigual, lo cual haca difcil confiar en la estabilidad, a medio-largo plazo, de esa coalicin en la defensa de un modelo de organizacin que habra generado fricciones y contradicciones importantes; de hecho, las corrientes y los lderes de partido que contribuyeron a Sumando Podemos esta vez se han alineado de forma completamente distinta. En tercer lugar, al menos una de las corrientes que defenda ese modelo haba participado del embaucamiento inicial, y ha contribuido despus a la lgica de facciones que hoy se ha impuesto; todo esto mina la credibilidad de la propuesta. En cuarto y ltimo lugar, porque la apuesta por una organizacin poltica diferente estaba planteada sin cuestionar totalmente el oportunismo de partida; parece que se trataba ms de una cuestin de marketing (vender un partido nuevo con una estructura -aparentemente- diferente) que de una clara intencin de marcar un antes y un despus en la historia de las organizaciones polticas revolucionarias.

Deca que en Vistalegre II han variado las alianzas. Ha sido fundamentalmente debido al choque entre Iglesias y Errejn, pero no solo. Sirvan unas pocas pinceladas para retratar la dimensin de los cambios: Echenique, que apoyaba Sumando Podemos, ahora es defensor de Podemos Para Todas (Iglesias). Urbn y Rodrguez, que tambin apoyaron Sumando Podemos, ahora defienden Podemos en Movimiento. Y Recuperar la Ilusin (Errejn) acaba de alcanzar un acuerdo transaccional con Profundizacin Democrtica (que tambin provena de Sumando Podemos) para presentar un nico documento organizativo que probablemente es el ms parecido a la propuesta derrotada en el primer Vistalegre. Ver para creer, y desconfiar profundamente.

As pues, los defectos que aquejaba el primer Vistalegre estn ahora exacerbados. No solamente hay discrepancias sobre el discurso, al cual se fa errneamente la constitucin de la homogeneidad poltica, sino que ninguna de las tres principales facciones en liza comparte ya con cualquiera de las otras el mismo modelo organizativo, y para ms inri ninguna de ellas ha ganado sustantivamente en radicalidad a ese respecto. Estamos, por lo tanto, ante una gran crisis interna que amenaza con conducir a la disgregacin de Podemos; cualquiera de las soluciones disponibles que pueden evitar el colapso de la organizacin reforzar el modelo fallido de la forma-partido, y representar por s misma un fracaso notable, independientemente de las repercusiones electorales que tenga en el futuro.

6. Una poca de experimentacin organizativa

En este tipo de textos siempre queda coja la cuestin propositiva, y temo que, lamentablemente, este artculo no va a ser una excepcin. La discusin detallada sobre el tipo de organizacin que necesitamos construir es una discusin bien concreta que, por eso mismo, no es fcil abordar en abstracto. Est condicionada por quines la van a constituir y a quines se aspira a incorporar; por el mbito de accin de dicha organizacin, y por los objetivos que se marca.

Hecha esa advertencia, creo que debemos descartar, al menos por un largo tiempo, que vaya a surgir una sola organizacin capaz de aglutinar todas las demandas y conseguir todos los objetivos potencialmente enunciables. No solamente hay obstculos objetivos que lo impiden sino que adems no sera inteligente apostar por esa va. Considero que entramos en una etapa de experimentacin organizativa que podemos desaprovechar o explotar al mximo, pero que no vamos a poder esquivar. Esa etapa de experimentacin coincide con un momento de aguda fragmentacin sociopoltica y de importantes reajustes en el equilibrio de fuerzas existente en diferentes mbitos de lucha de clases; todo ello en una situacin de gran desproteccin frente a la presin que ejercen dinmicas transnacionales sobre las cuales no tenemos ningn poder de decisin. Eso significa que cada ncleo de resistencia en cada frente se va a ver en la necesidad de organizarse en funcin de sus circunstancias particulares, y que habr elementos de cada experiencia (errores o aciertos) que sean extrapolables y otros que no. Por este motivo no solo pienso que no existe una frmula mgica aguardando al alquimista brillante capaz de descubrirla, sino que adems considero contraproducente intentar buscarla: en un contexto como el actual no podemos poner todos los huevos en una sola cesta.

La caracterizacin de nuestro momento histrico como una etapa de experimentacin nos permite aadir, con cierto fundamento, algunas observaciones ms:

La experimentacin requiere audacia, desde luego, y es difcilmente compatible con el miedo; sin embargo, la experimentacin es tambin un proceso largo que no se puede afrontar exitosamente con impaciencia y temeridad, sino con prudencia y buen tino. El miedo en poltica, cuando uno est tratando de impulsar algo nuevo, es inevitable. Es un miedo que tiene mucho que ver con el apego individual a lo creado colectivamente, con una especie de rechazo instintivo a asumir que lo comn es de todos por igual y no de cada cual en funcin de cunto hace. Como adems es un hecho que no todos los miembros del grupo contribuyen del mismo modo, se generan percepciones comunes, a veces muy distanciadas de la realidad, sobre la desigual contribucin de los miembros. En una situacin de miedo generalizado, cada cual reconoce a los otros su mayor o menor derecho a una parte de lo construido simplemente esperando que, a cambio, los dems le reconozcan tambin su derecho a una parte del pastel.

Que este miedo sea inevitable no quiere decir que no pueda ser neutralizado. Y puesto que se alimenta de la desigualdad entre contribuciones, ser necesario establecer mecanismos que las corrijan, ya sean positivos (por ejemplo rotaciones obligatorias o designaciones por sorteo) o negativos (limitaciones al nmero de responsabilidades asumidas por una misma persona, o al tiempo durante el cual puede hacerlo). Este tipo de mecanismos correctores son esenciales para constituir una homogeneidad poltica slida, pero es inevitable que su implementacin produzca errores, defectos y conflictos que solo sern corregibles si les dedicamos tiempo, esfuerzo y atencin.

Hay muchos factores de desigualdad que condicionan la participacin en el seno de una organizacin: distintos grados de extroversin generan mayor o menor tendencia a hablar y eventualmente ejercer funciones de liderazgo; distintas capacidades conducen a especializaciones que no tienen por qu ser igualmente valoradas; las diferencias de edad y de gnero pueden introducir jerarquas involuntarias Mecanismos como el sorteo pueden servir para afrontar varios de estos problemas simultneamente, pero al mismo tiempo pueden ser necesarios correctores especficos.

Entre los factores subjetivos me interesa tratar brevemente tres:

El primero es la temida existencia de filias y fobias personales. En la medida en que existen y resultan irresolubles, es necesario un proceso colectivo de aprendizaje que nos permita separarlas de la cooperacin en el marco de una organizacin poltica. Por otro lado, cualquier espacio de convivencia est inevitablemente expuesto a la circulacin de afectos, positivos y negativos, que no se pueden excluir de la dinmica de la organizacin y tampoco dejar pasar como si fueran polticamente irrelevantes. Probablemente una de las claves del asunto sea la formacin en cuestiones de dinmica grupal y psicologa, y sobre todo la adquisicin cotidiana, colectiva, de una educacin emocional ms rica que la que generalmente adquirimos en una sociedad donde priman el individualismo y la agresividad.

El segundo es la diferencia de opiniones. Estamos habituados a que las lgicas de representacin giren en torno a las personas, y ese es precisamente uno de los asuntos esenciales que necesitamos corregir. Lo esencial no es encontrar quin nos represente, sino definir con creciente claridad qu ideas nos representan porque las compartimos. Cuando entramos en lgicas de representacin personal, las diferencias de opinin se convierten en conflictos interpersonales donde cada cual lo que busca es a un representante que piense como l; cada desacuerdo puede convertirse en un fracaso organizativo porque crea una discordia que no se resuelve. Sin embargo, desde la lgica de la clarificacin de ideas, cada desacuerdo abre una va de trabajo, y lo importante ya no es encontrar a alguien que piense igual que t para que te represente, sino forjar ideas comunes. Esta lgica de trabajo implica, eso s, que hay cuestiones especialmente controvertidas sobre las que una organizacin no va a poder pronunciarse de inmediato, o incluso que no podr hacerlo nunca con todo el detalle que deseara o que se le puede exigir desde fuera (aunque s podr explicar los motivos de su impotencia). Tambin demuestra, eso s, que la homogeneidad poltica no est reida con la pluralidad. Lo que en principio puede parecer un defecto de cara a la accin, puede ser visto tambin como el mejor fundamento para construir progresivamente una agenda poltica propia, autnoma.

El tercero, relacionado con el anterior, es la diferencia de conocimientos, cualificaciones, destrezas especialmente cuando se articulan en torno a la separacin entre lo manual y lo intelectual, que contiene un importantsimo factor de violencia simblica. Una parte de esta cuestin tiene que ver con la rotacin de tareas y la igual asuncin de responsabilidades, puesto que muchas de estas diferencias se difuminan con la prctica. Otra parte tiene que ver con la puesta en valor de la prctica terica: aprender a apreciar el esfuerzo intelectual como un acto polticamente productivo si se dan las condiciones adecuadas, y al mismo tiempo descubrir todo el esfuerzo intelectual que realizamos cotidianamente, todo el conocimiento que adquirimos, y que, por no estar simblicamente marcado como algo perteneciente a la intelectualidad, creemos que es irrelevante en estos trminos. Evidentemente estoy hablando de procesos que llevan tiempo, y que pueden estar sujetos a diferencias de capacidad, aptitud e inters, pero tienen una importancia capital desde el punto de vista de la constitucin de la homogeneidad poltica a la que tantas referencias hago.

Los factores objetivos, por otro lado, no son menos determinantes, y sin embargo nos atrevemos a explicitarlos y reflexionar sobre ellos con menos frecuencia:

Por ejemplo, si las diferencias econmicas entre miembros son agudas, los mejor situados pueden querer, con la mejor de las intenciones, hacer una contribucin econmica mayor, de acuerdo con sus capacidades. El riesgo que ello entraa es que, poco a poco, se cree una situacin en la cual quien paga manda. Aqu entran en juego no solamente la organizacin interna, que puede introducir lmites al excesivo altruismo, sino tambin las determinaciones econmicas a las que est expuesta la organizacin segn su actividad y sus fines. Esto significa que la consecucin reiterada de fines excesivamente ambiciosos en trminos econmicos introduce un riesgo de desequilibrio poltico interno porque la organizacin va a depender mucho ms de la aportacin econmica de ciertos miembros que de la labor de los dems. Tambin implica que una organizacin podr ser tanto ms ambiciosa cuanto ms se libere, colectivamente, de esas determinaciones econmicas y, por otro lado, que no hay objetivo ms ambicioso que precisamente el de liberarse colectiva y autnomamente de las determinaciones econmicas a las que estamos sujetos.

En la misma lnea, otra de las grandes diferencias materiales que termina produciendo desajustes polticos serios es la cuestin del tiempo. La diferente disponibilidad de tiempo libre genera diferentes grados de dedicacin e impone lmites objetivos muy serios a la igual asuncin de responsabilidades. Esto convierte la liberacin colectiva de tiempo en un objetivo poltico prioritario de cualquier organizacin, y correspondientemente la politizacin, la transformacin en problemas comunes, de cuestiones que tradicionalmente hemos considerado individuales y privadas. Por otro lado, tambin exige destecnificar los puestos de responsabilidad, que normalmente concebimos como si llevaran intrnsecamente asociados ciertos niveles de dedicacin y exigencia: habr que asumir que las mismas funciones pueden ser ejercidas con ritmos distintos y ofreciendo resultados diferentes, poniendo en valor el hecho mismo de la rotacin frente a la actual preocupacin por los rendimientos.

La fase de experimentacin tambin nos fuerza a adoptar una postura distinta a la actual frente a las instituciones. Si las instituciones son un fin en s mismo, es evidente que las vas disponibles para alcanzarlo son muy pocas y el margen para la experimentacin es exiguo. Adems, la concepcin generalizada de las instituciones como fin en s mismo genera relaciones de competencia ms que de cooperacin, incluso con nuestros potenciales aliados, y las dinmicas de competencia dificultan enormemente la exploracin de nuevas soluciones. Por el contrario, si las instituciones son un medio, las posibilidades de relacin se multiplican tanto como se diversifiquen los posibles fines, y el campo de experimentacin se ensancha notablemente; en un marco como ese evidentemente tambin existen confrontaciones, pero es mucho ms fcil restringirlas al antagonismo de clase y, en lo tocante a nuestros posibles aliados, establecer relaciones de cooperacin muy flexibles.

No creo que, desde la absoluta generalidad en la que me sito en este texto, sea posible ni prudente aadir mucho ms. Tampoco creo estar descubrindole nada a nadie, porque separadamente estos problemas estn siendo explicitados, y afrontados con creciente acierto, por mltiples organizaciones. En todo caso puede que una presentacin sistemtica como la que he planteado ayude a disipar las dudas de quienes ya se han lanzado a transitar estos caminos.

En lo que se refiere a Podemos tengo la impresin, y creo que no soy ni mucho menos el nico, de que el partido no saldr fortalecido de Vistalegre II. Incluso veo un riesgo importante de que el partido se disgregue con tanta rapidez como se form. Ahora bien, como ya he planteado en algn texto anterior, Podemos es en realidad una constelacin que puede sobrevivir perfectamente sin el ncleo irradiador, aunque deber adoptar otros mtodos, otros tiempos y tal vez otros objetivos.

Lanzo este texto sabiendo que de ningn modo podr alterar lo que ocurra en Vistalegre II. S puede servir, sin embargo, para que quienes lo observan, desde dentro o desde fuera del partido, como un acontecimiento ajeno, tengan alguna herramienta ms de la que servirse. Lo escribo para que empiecen a pensar ya en el da despus, en el mes que viene, en el prximo verano Lo escribo como una invitacin a discutir, a pensar y a hacer, pero desde nuevas coordenadas, que ya est bien de oscilar entre la tragedia y la farsa.

De momento, lo cierto es que tres compaeros han seguido de cerca el proceso de redaccin de estas pginas, y que sus valiosas aportaciones han quedado incorporadas al texto final. Es justo cerrar con ese reconocimiento.

Blog del autor: http://fairandfoul.wordpress.com/2017/02/10/alegria-y-rabia/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter