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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-02-2017

El termidor de la revolucin democrtico-cultural

Rafael Bautista S.
Rebelin


Aquello que se ha denominado proceso de cambio, tena sentido dentro de los mrgenes de lo que constitua una revolucin democrtico-cultural. Esta caracterizacin era lo que distingua y singularizaba al proceso de cambio que haba originado el contenido nacional-popular de, sobre todo, octubre de 2003 (o lo ambiguamente denominado como guerra del gas). Por eso aquello signific una autntica crisis de Estado. Las expectativas populares no apuntaban a la mera transferencia de poder o cambio gubernamental sino a la transformacin del Estado en cuanto recuperacin de la soberana popular. Esto significaba la reconstitucin del poder popular; por ello la crisis de Estado, no slo del modelo neoliberal, exiga una transformacin del concepto mismo de Estado.

El sentido significativo del Estado plurinacional constitua una crtica radical al Estado liberal-moderno-colonial, de lo cual se deduca, lgica e histricamente, una transformacin de sus contenidos no slo normativos sino de la razn misma de su existencia. Este nuevo horizonte de expectativas nos pona a la altura de un nuevo siglo que amaneca con la impronta de la crisis climtica, consecuencia de la civilizacin petrolera del progreso y el desarrollo modernos, y originaba un nuevo desidertum global en torno a una postulada transicin civilizatoria.

Por eso no fue casual que el horizonte de expectativas contuviese un nuevo paradigma de vida: el vivir bien. Si la vida toda estaba en juego entonces era el sentido de la vida lo que haba que resignificar, como condicin de todo nuevo proyecto poltico. La propuesta boliviana pona las cosas en su debida magnitud. Por eso tena y sigue teniendo sentido una transicin civilizatoria. La modernidad y el capitalismo mismo haba llegado a sus lmites y donde ms se adverta aquello era en Europa y USA. La crisis econmico-financiera se desato all, desde el 2008, con el antecedente previsto ya en 1972, cuando el Informe del Club de Roma, se intitula Lmites del Crecimiento. Citemos a Kenneth Boulding: cualquiera que crea que un crecimiento material infinito es posible en un planeta fsicamente limitado, o es un loco o es un economista. Esa locura, en trminos cientficos, se llama irracionalidad. O sea, la propia racionalidad econmica moderna imperante, ahora neoliberal, era la causa del conjunto de irracionalidades que aparecan como calentamiento global o crisis climtica, es decir, como la imposibilidad acelerada de la vida en el planeta.

Una transicin civilizatoria implica un nuevo paradigma de vida y ste ya no puede deducirse del paradigma cultural y civilizatorio que ha originado a la economa capitalista y la cultura del progreso infinito. Son las propias contradicciones del mundo moderno capitalista lo que ha originado un descredito de su propio paradigma de vida. Desde la modernidad, afincada en un euro-gringo-centrismo fundamentalista, no se vislumbra ninguna alternativa (menos ya no slo para el tercer mundo sino para el 99% que deja a su suerte el 1% rico del mundo); si todo se reduce a su provinciana perspectiva (Europa y USA), la humanidad estara condenada fatalmente a su extincin (sin que pueda hacerse nada, salvo celebrarla dionisiacamente).

A eso conduce su pensamiento actual: al escepticismo o, en el peor de los casos, al cinismo. Lo irracional se presenta como lo ms racional: se condena a pueblos enteros a la quiebra, como en Grecia, se destruye pases enteros, como Libia, Siria o Irak, se provoca golpes de Estado para atizar una conflagracin nuclear, como en Ucrania; y todo eso se lo hace legalmente. La eficacia ms destructiva se festeja como lo ms racional: la guerra es la economa continuada por otros medios. Pero si la racionalidad moderna se confunde con todo ejercicio de la razn entonces, por supuesto, toda apuesta racional parecera conducirnos a lo irracional. En eso consista el exiguo auge del postmodernismo.

La racionalidad moderna es constitutivamente irracional, porque pretende fundar a la razn en s misma, divorciada de lo que la hace posible: la vida misma. Incapaz de superar el logocentrismo heredado del helenismo, sostiene la clasificacin antropolgica entre superiores e inferiores (que produce su racismo congnito) en su provinciana perspectiva impuesta como universal; eso funda la devaluacin prejuiciosa de todo lo que no es moderno (descalificado como pre-moderno, o sea, como inferior, supuestamente superado por la modernidad, olvidando decir que esa superacin siempre ha sido a bala). Se asume racional pero encubre sus mitos fundacionales, como el racismo, desde el cual naturaliza las relaciones de dominacin y genera las condiciones de posibilidad de su expansin mundial, colonizando todas las esferas subjetivas y materiales, va ciencia y filosofa, para legitimar su proyecto de dominio global. Eso es lo que no se ha puesto a pensar la izquierda, tampoco el marxismo, y eso es lo que los arrastra inevitablemente a afirmar el paradigma que hace posible al capitalismo: la celebracin del mundo moderno del progreso infinito, como el nico posible y deseable. Eso explica, entre otras cosas, el fracaso del socialismo del siglo XX.

El socialismo no puede imaginarse ms all de la modernidad (porque contiene sus prejuicios congnitos, por eso no es capaz de impulsar ninguna otra forma de vida, slo la moderna), por eso termina afirmando a sta y, con ella, al capitalismo; porque ste sistema econmico es slo posible si hay modernidad, es decir, si presupone la forma de vida que constituye a la sociedad moderna. Esa forma de vida es el agente colonizador que ocupa la subjetividad hasta de las vctimas para desarrollarse a costa de sus propias expectativas. Por eso las aventuras emancipatorias acaban siendo domesticadas en cuanto polticas de inclusin a un sistema que se repone incluso bajo banderas revolucionarias.

La propuesta de un nuevo Estado no era una simple transferencia de poder. Deba constituir su resignificacin. En eso consista el mandar obedeciendo. Por eso era revolucin democrtico-cultural, porque el kratos, el poder, deba, por operacin democrtica, ser devuelta a la sede soberana del poder, el pueblo o demos, y porque ste, como sujeto histrico o pueblo en tanto que pueblo, no quedaba ya reducido a la ambigua sumatoria del conjunto de la nacin, sino al resto crtico que asuma el desafo de transitar hacia una nueva forma de vida, vlida para todos (en ese sentido, con una seria pretensin mundial).

No se es pueblo por adscripcin automtica sino por apuesta histrica. Son las vctimas de un sistema de dominacin, en cuanto resto crtico, las que apuestan democrticamente a restituir la sede soberana del poder, o sea, a recuperar su condicin de sujeto, de pueblo en tanto que pueblo; por eso ya no es un mero obediente y sostiene que todo mando o representacin democrtica, slo puede mandar obedeciendo. Ello representa una crtica radical al concepto aristocrtico excluyente de democracia que la modernidad hereda de Grecia. Por eso nuestra revolucin democrtico-cultural revolucionaba el concepto mismo, porque adems esta operacin democrtica restauraba lo negado y excluido como el horizonte de referencia cultural y civilizatorio de un nuevo proyecto de vida. Lo nuevo no era algo inventado sino la reconciliacin con lo ms propio y autentico que contiene el pueblo como resto crtico: su propia y ms legtima historia.

Por eso el Estado plurinacional deba resignificar del concepto medular de la poltica, el poder; y deba adems generar las condiciones para proponerse un nuevo fundamento de su propia existencia. Ninguna filosofa del derecho ha pensado estos asuntos. Hegel critica a Kant porque produce la idea de Estado conforme a la eticidad propia, lo cual deviene en una concepcin particular o local de Estado. Hegel argumenta que la idea de Estado slo puede ser, por necesidad, universal; por ello fundamenta una idea de Estado conforme a la razn. Ms all de Kant podemos argumentar que toda eticidad presupone una tica material trascendental intersubjetiva e intercultural, que hace de lo particular singularidad proyectiva; y contra Hegel argumentamos que la razn no se funda a s misma y, en consecuencia, no puede ser fundamento de la idea de Estado como la objetivacin de lo que un pueblo, en definitiva, es (la razn se funda en la vida, porque es mediacin de ella); por eso la idea de Estado slo puede fundamentarse conforme a la vida (a la afirmacin de la vida de la humanidad y la naturaleza), como el presupuesto trascendental de toda tica posible y, por ende, de toda eticidad.

En ese marco, definamos proceso de cambio, como el mximo potencial de la nueva disponibilidad comn que se articula en torno al horizonte propuesto por el nuevo sujeto plurinacional (la-epoca.com.bo/index.php?opt=front&mod=detalle&id=2768). Hay una nueva disponibilidad comn cuando el pueblo apuesta por un nuevo horizonte de creencias, por eso es capaz de transitar de un mundo a otro; cuando esta nueva disponibilidad es capaz de interpelar, persuadir, superar y trascender la idiosincrasia y los prejuicios reinantes, entonces estamos ante un mximo potencial. Es tambin potencial porque destaca el poder constituyente del pueblo en cuanto sujeto histrico, cuando acta como pueblo en tanto que pueblo.

Esta nueva disponibilidad se articula en torno a un proyecto que, en cuanto horizonte de sentido, sostiene significativamente las apuestas que el pueblo se propone. Este horizonte lo proyecta un sujeto y le va constituyendo como pueblo, por eso, un pueblo en tanto que pueblo subjetiva ese horizonte como consciencia anticipatoria; vive todos los tiempos como tiempo-ahora. Ese es el Pachakuti. El sujeto plurinacional es el indio, no ste o aqul, sino lo indio en tanto proyecto de vida. Ren Zavaleta lo expresa de este modo: el modo de insercin del campo en la vida poltica es la defensa de la forma comunidad.

El lenguaje propositivo de la revolucin democrtico-cultural que logr incluso renovar la propia retrica poltica provena de la experiencia histrica de liberacin del indio que cerc, definitivamente, al autismo poltico de la ciudad. Eso fue catalogado como la insurgencia indgena. La defensa de la comunidad fue siempre y es la defensa de la vida; restituir sta es slo posible si restituimos su estructura misma. Una comunidad presupone relaciones solidarias, complementarias y recprocas, de crianza mutua y encariamiento; precisamente todo lo que el capitalismo y la sociedad moderna tiende a destruir, porque la competencia y la acumulacin, el lucro y la codicia, el despojo, la explotacin y la dominacin, no son posibles bajo relaciones de solidaridad, complementariedad y crianza recproca.

Entonces, l a verdadera radicalidad consista ya no en la denuncia decimonnica al capitalismo por separado sino en la crtica a la modernidad como el paradigma cultural y civilizatorio que presupone y hace posible al capitalismo. Este es el punto de inflexin desde donde podemos entender un nuevo captulo en el histrico fracaso de la izquierda no en vano llamada progresista que, otra vez empoderada como gobierno, se asume como la dirigencia infalible del proceso de cambio.

Que la izquierda se constituya en la nueva derecha de la revolucin democrtico-cultural, no tiene tanto que ver con la infiltracin de oportunistas en mbitos de decisin sino ms bien con la incompatibilidad entre la apuesta oficialista y el horizonte propuesto por el sujeto plurinacional.

La nueva disponibilidad comn ya se hallaba desplazada desde que el orden instituido (gobierno y partidos tradicionales) se sobrepona por sobre el orden constituyente, y concertaba el nuevo texto constitucional. El 2009 negocian el poder constituyente, es decir la soberana popular; de ese modo desplaza al pueblo un sujeto sustitutivo, cuya misin, como el termidor de la revolucin, ser, en lo sucesivo, socavar sistemticamente la legitimidad del posible nuevo Estado (se trataba de un sutil coup dEtat: rebelion.org/noticia.php?id=154512). No se trat de simples ajustes sino de un pacto ideolgico. Porque ni los partidos tradicionales ni la izquierda gubernamental estaban dispuestos a devolverle el poder a los indios.

El movimientismo (del MNR de la revolucin de 1952) resucitaba desde la afirmacin del ms hondo prejuicio poltico-colonial: la paradoja seorial. La elite poltica es la misma, incluso siendo de izquierda y marxista, porque todo el sistema poltico est constituido en contra de lo nacional-popular. Por eso la izquierda puede ser antimperialista pero sigue siendo eurocntrica y gringocntrica. Su sistema de creencias y de prejuicios es el mismo de la oligarqua. Por eso al final pueden pactar y traicionar los contenidos revolucionarios por su inclusin en el sistema poltico. Y pueden hacerlo porque no logran reunir, en s mismos, ninguna de las condiciones subjetivas para creer en una nueva forma de vida, menos la que proviene del indio.

El juramento de superioridad seorial sobre el indio sigue siendo innegociable, aun cuando lo encumbren en el gobierno; porque no creen en el indio ni en el horizonte de vida que representa y que constituye la razn de su presencia gubernamental. Por eso la propia constitucin les incomoda (aun cuando la hayan remozado para el gusto seorial), porque ahora, como en el neoliberalismo, ya no se trata de mostrar la cara amable del capitalismo sino hacer del puro clculo poltico la razn suficiente de su poder. Se dice que cuando lo sagrado desaparece de la poltica, slo queda el puro clculo poltico; porque uno entra a la poltica con nobles ideales, pero una vez que estos desaparecen, se hace imposible recuperarlos, ms an cuando no se cree en aqullos.

El cacique Seattle deca que, para conocer al hombre blanco, para saber por qu hace lo que hace, haba que conocer sus sueos. Otro sabio indgena australiano deca que, para conocer a tu enemigo, debas conocer a sus dioses. Lo que estaban diciendo, con siglos de anticipacin, es lo que filosficamente se conoce como la teora del fetichismo. Si detrs de todo aparecer de la mercanca hay relaciones humanas (de dominio, despojo y explotacin en el capitalismo), qu hay detrs de todo ser humano? Lo que hay son mitos, utopas o, ms tcnicamente, modelos ideales. Es decir, hay un sistema de creencias, desde el cual tienen sentido los proyectos, aspiraciones, esperanzas, utopas, que todo ser humano presupone.

Por eso el cacique Seattle pudo haber dialogado fructferamente con Marx, porque la teora del fetichismo es una reflexin metodolgica que le sirve a Marx para realizar la crtica de todo el sistema de categoras de la economa burguesa (confrontando su propio modelo ideal con otro posible). Marx encuentra en los sueos del burgus a puro fetiches, que exigen constantemente sacrificios humanos. Por eso Hatuey, lder de los tanos, propuso a su pueblo que despacharan en una balsa al dios de los espaoles, el oro, para que se vayan tras l. La famosa inversin de la dialctica hegeliana lo expuso ya Guamn Poma: el mundo est de cabeza, hay que ponerlo de pie. No slo la dialctica hegeliana sino la propia realidad se encontraba invertida.

Las relaciones fetichistas hacen que esta inversin progrese y se desarrolle. Si el marxismo hubiese tematizado el mtodo de Marx, habra hecho de la teora del fetichismo una teora de la descolonizacin. Ahora definamos descolonizacin, para ubicar a los despistados: se trata de la reflexin metodolgica que tematiza el proceso de des-constitucin y re-constitucin de la consciencia histrico-poltica de un pueblo en tanto que pueblo.

De la tematizacin de los mitos que presupone el capitalismo (que Marx denomin robinsonadas), se descubre puros mitos de dominacin. Estos mitos encubren sistemticamente la realidad, porque la ciencia se encarga de formalizarlos con apariencia de cientificidad, de modo que la realidad queda encubierta por esos mitos. Eso se muestra en el mito del desarrollo. Todos los ndices del desarrollo se muestran positivos mientras no se aaden los impactos humanos y ambientales que el propio desarrollo provoca. El mito es como un espejismo que nos muestra algo que no hay. Por eso vemos slo progreso, pero no vemos las consecuencias negativas, a largo plazo, que genera. Ya no vemos la realidad, slo vemos lo que el mito quiere que veamos.

Siguiendo al cacique Seattle, los sueos del hombre blanco, ahora son soados despiertos, gracias a la propaganda y la publicidad, y creemos en ellos, porque las gigantografias del progreso y el desarrollo se apoderan de nuestro subconsciente y, de ese modo, ordenan nuestras propias expectativas. En eso consiste la colonialidad subjetivada y se constituye en el dispositivo naturalizador de las relaciones de dominacin. La cooptacin del mbito pre-lgico de la subjetividad se consolida gracias a la ciencia, cuyo propsito ltimo consiste en la produccin del tipo de subjetividad pertinente al proyecto de vida que contiene la ciencia misma. Por eso la ciencia no es neutral ni inocente de la poltica.

Lo que se proyecta como viable o posible, es lo que se deduce del marco de interpretacin de la realidad que presupone mi formacin terica; es decir, el concepto de realidad que presupongo, del cual no siempre soy consciente, establece qu considero como posible y qu no, qu se me presenta como factible y qu se me hace irrealizable. Esto enmarca las decisiones que asumo y determina qu tipo de proyecto impulso y cules descarto. Todo esto configura sustancialmente mis apuestas polticas, ms all de mis preferencias; en consecuencia, lo que se hace resignacin en el mbito moral, se hace reformismo en el poltico. Aun cuando tenga un discurso radical, me vuelvo inevitablemente conservador. Esta suerte de determinacin es uno de los asuntos que la descolonizacin hace explcito. Por desconocimiento del mtodo de Marx, el marxismo nunca ha hecho la reflexin acerca de los modelos ideales y, por ello, siempre afirm, muy a su pesar, los mitos que presupone el capitalismo. Por eso nunca pudo transformarlo y toda revolucin siempre estuvo condenada al fracaso y acab, para su desgracia, promoviendo siempre al termidor de toda revolucin.

Las revoluciones aparecen siendo democrticas, porque la fuente de toda revolucin es siempre la potencia popular que recupera la soberana real del poder; por eso se enfrenta al poder imperante como usurpacin del poder real, y desde su raz democrtica cuestiona e interpela la legitimidad de toda dominacin. Nace siendo democrtico porque nace desde abajo, slo de ese modo puede sostener sus pretensiones democrticas. Este fuerte contenido democrtico hace irradiar una potencia que experimenta el propio pueblo como poder popular; esto constituye su mximo potencial de disponibilidad comn.

Pero este contenido democrtico es todava lo vivido sin mediaciones y no es extensivo en el tiempo, porque esta vivencia es el xtasis de la potencia indeterminada, el acontecimiento como el ms all de toda experiencia, de toda normalidad, por eso tambin es vivido como origen de un nuevo tiempo. Todo acontecimiento no es extensivo en el tiempo (pues dejara de ser acontecimiento) y la experiencia que funda tiene necesariamente que producir las mediaciones ineludibles para que aquella vivencia sea objetivada en algo permanente. Por ello tambin lo democrtico nunca est definido, sino que debe irse definiendo, es decir, objetivando esa potencia originaria en poder constituyente. La democracia no est definida quiere decir: la experiencia revolucionaria desemboca necesariamente en su definicin, y esto por lo general produce su bifurcacin, porque al definir las mediaciones institucionales de la democracia que se quiere constituir, lo que entra en juega es el clculo poltico. En ese momento es que aparece el termidor de la revolucin.

Si la revolucin nace legtimamente democrtica, la tarea que se impone el termidor es socavar esa legitimidad y vaciar el contenido democrtico de la revolucin misma. El clculo poltico que realiza es simple: el poder deja de ser poder si se democratiza, y si el poder deja de serlo, entonces no hay posibilidad de que el termidor imponga su proyecto. Franz Hinkelammert nos recuerda que, para aclarar lo que es ortodoxia, Marx hace referencia al termidor. ste es un concepto que describe el derrotero de la revolucin francesa; siendo una revolucin popular en su origen, con el Directorio y, sobre todo con Napolen, se convierte claramente en una revolucin burguesa. Trotsky tambin habla del termidor de la revolucin rusa, refirindose a Stalin; lo mismo puede decirse de Cromwell, en referencia a la revolucin inglesa, etc.

En todos los casos se trata de un rapto. El poder es travestido bajo nuevas banderas y encuentra en el termidor el operador de la restitucin de las prerrogativas del viejo sistema; porque lo que se juega ya no es un proyecto de vida sino el puro clculo poltico de reunir todo el poder que se pueda. En este clculo, lo primero que se desplaza es la soberana popular, porque el nuevo poder poltico se asume ahora como soberana absoluta, producto de lo que ha llamado: expropiacin de la decisin. La ortodoxia nace del rapto que se hace al horizonte popular, de ese modo, el nuevo poder poltico redefine y transfigura los contenidos de la revolucin popular, para legitimarse como lo ms autntico y verdadero. Esta transfiguracin se convierte en la ortodoxia del nuevo poder poltico y en nombre de esa ortodoxia est dispuesto a ir en contra del propio pueblo que hizo la revolucin.

El termidor de la revolucin democrtico-cultural fue lo que promovi la misma intelectualidad que ahora se rasga las vestiduras con lo que llaman rgimen totalitario. El termidor los representa muy bien, incluso en la beligerancia, porque siendo aquellos poder, haran lo mismo o peor. No se trata de la crtica a las personas sino a lo que stas representan; porque en poltica, las personas encarnan categoras polticas, es decir, formas de ver y relacionarse con la realidad. La crtica entonces va dirigida al conjunto del sistema de categoras que encarna el termidor. Estas categoras enmarcan la visin, como perspectiva, de lo que se percibe como verdadero o falso, bueno o malo. El termidor establece entonces una ortodoxia y define, desde la lgica del poder, qu es el bien y qu es la verdad. Su legitimidad ya no descansa en el pueblo sino en la extensividad de su poder. Eso le permite trasladar la soberana a su propia infalibilidad que, en cuanto nica y absoluta perspectiva, transforma el contenido democrtico de la revolucin y lo redefine, para denunciar cualquier otra perspectiva como hereja; de ese modo, la igualdad presupuesta de aquel contenido democrtico es sistemticamente desmantelada. Esto resulta en la inversin, por ejemplo, de los derechos de la madre tierra, en cuyo nombre se desconoce precisamente aquellos derechos.

Esto no aparece slo desde el conflicto del TIPNIS, tampoco slo desde el gasolinazo, sino desde ms antes. Ya la negociacin del texto constitucional, era la simple demostracin de una usurpacin que se haba hecho al poder constituyente. La propia ley de convocatoria a la Asamblea Constituyente repona a los partidos tradicionales y les otorgaba capacidad de influencia y maniobra en la Asamblea. Todo aquello remata en la dilucin del liderazgo en culto a la personalidad. El referndum del ao pasado termin por reducir el horizonte nacional-popular en la tozuda insistencia de consagrar al sujeto sustitutivo, sacrificando a la figura misma que justifica la presencia del termidor. Eso lo llamamos el sndrome del rey cercado:

El squito eleva al rey a condicin divina porque su presencia es lo nico que garantiza la existencia del squito (ya que sin el rey son nada). El rey se hace omnipotente pero necesita del squito, y el squito necesita un rey dependiente. Por eso lo asla y lo envuelve; de modo que todo lo hacen por l y, de ese modo, el rey ya no ve con sus ojos sino con los ojos del squito, ya no escucha sino con los odos de ellos; su contacto con la realidad est mediado por esa presencia que ms le envuelve cuanto ms lo endiosa. Pero el rey no es dios y, cuando esto se hace evidente, es cuando el rey ya no le sirve al squito; entonces lo sacrifican y hasta lo elevan al martirio. De ese modo aparecen inclumes, haciendo del rey el chivo expiatorio que cargar con todas las culpas y todos los pecados; mientras el squito, limpio e inmaculado, salvado por la sangre del inmolado, se dedicar, otra vez, a buscar un nuevo rey (alainet.org/es/articulo/175585).

Auto convencido de su infalibilidad, el termidor apuesta por su propia entronizacin, como el paso lgico despus del sacrificio inevitable. Pero, como no cuenta con la legitimidad que todava posee el rey, apuesta por su aval real, como condicin para asegurar la capitulacin de los sbditos leales al rey. Por eso el poder real no siempre lo tiene el trono. El poder detrs del trono es el que puede tejer estratgicamente este desenlace.

Cercanos a la conmemoracin de un ao del triunfo del No, en el referndum pasado, la estrategia del termidor consiste en desgastar todava ms al lder, empujndolo a un nuevo sacrificio que terminar por acabar su liderazgo. En poltica hay que saber incluso cundo hay que salirse. Puede que hagan hasta lo imposible para habilitar la candidatura del lder y hasta pueda que gane apenas una nueva eleccin, pero su legitimidad se habr horadado para siempre. Ya no ser creble. El propio argumento de que no hay otro, slo l, suena como resignacin hecha programa electoral. Todo autntico lder debera aspirar a salir por la puerta grande. No por abandonar el trono, el lder deja de serlo. Los lakotas tienen razn: un jefe es siempre jefe. Ms aun cuando deja su jefatura con la frente en alto.

Defender al lder no consiste en endiosarlo sino en hacerlo hermano, es decir, ser humano. Puedo creer en el lder, pero si no creo en lo que cree el lder, entonces no tengo argumento para evaluar su proceder y relacionarme crticamente con l. Creer slo en l, como individuo, se reduce a creer en su capacidad, su fortaleza, su ingenio, etc., pero pierdo de vista aquello que hace posible todo aquello y que no se resume a sus propias fuerzas. Pierdo de vista el horizonte de vida que le llev a ser lder. Ese horizonte es el que hay que recuperar, y no confundirlo con la ortodoxia impuesta por el termidor.

Rafael Bautista S. es autor de Pensar Bolivia del Estado colonial al Estado plurinacional. Volumen III: El Tablero Geopoltico del Siglo XXI. Dirige el taller de la descolonizacin.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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