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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 24-02-2017

Relato de una experiencia de viaje en una poblacin del norte boliviano
Morir mil veces en Coroico

Gastn Klocker
Rebelin

Una historia, una visin y mil preguntas. Puede un pueblo deslegitimar a su propia ley?


No robars

Gloria camina de lado a lado con una rama que le sirve de bastn. Viste un pullover blanco arremangado y por encima un delantal azul floreado. Tiene una pollera marrn que rodea su protuberante cadera y se arrastra contra el piso. Un sombrero beige la protege del sol. Gloria camina lentamente sobre el nico puente que conduce a Tocaa, una comunidad afroboliviana ubicada a 17 km de Coroico. En la zona no hay ms de cinco casas y un ro pedregoso. Deben volver, no es bueno que estn hasta tarde en la zona. Oscurece temprano, as que deben tener cuidado. En la radio dicen que agarraron al ladrn y lo llevan al pueblo, nos alerta. An no entendemos si nos dice la verdad o simplemente apela a una advertencia para alejarnos de su casa. Y lo llevan a la plaza?, pregunt algo risueo e incrdulo. S, a la plaza.

El sptimo mandamiento de la Iglesia Catlica tiene en las paredes de La Paz un protagonismo que rompe con la monotona esttica del ladrillo. Slo compite con la gran cantidad de murales de tinte poltico: Evo SI y Evo NO se alternan pared a pared, luego del referndum de febrero de 2016, en donde el % 51,31 de la poblacin votante de Bolivia dio la negativa a la reforma constitucional y a la posibilidad de un cuarto mandato de Evo Morales Ayma. Las paredes slo dicen, sin sentido, lo que tenan para decir: SI o NO. El sptimo mandamiento se multiplica, a su vez, en consignas durante todo el recorrido del Departamento de La Paz: cada barrio o ciudad manifiesta una advertencia que se convierte en mandato social e incgnita turstica a la vez. Las historias se multiplican, as como el mito y la leyenda.

Ladrn pillado ser quemado vivo, reza una pared en el municipio de El Alto, con un aerosol prolijo, de mano firme. Es para evitar que se metan a robar en los terrenos en construccin, cuenta un vecino mientras transitamos en colectivo un turbulento camino de piedra y barro volviendo de Copacabana a La Paz. Los viajes pueden durar ms de lo comn e incluso pueden convertirse en una travesa dakariana, debido a las obras en la ruta y la insistencia de la lluvia. El viaje puede tornarse tambin un espacio de debate, crisol de la opinin cultural, entre turistas, viajantes locales de profesiones e intenciones diversas y pequeos comerciantes, acompaados de sus mutantes bultos de mercadera; todos compartiendo una concepcin ms bien economicista ahorrativa de la vida.

En La Paz, como en la mayora de nuestras sociedades, el delito es condenado social y legalmente, pero es suficiente esa legalidad? El debate sobre la justicia es un polmico debate sobre la condicin humana, la cultura y la otredad, ancestral tambin, pero con un lugar central en nuestro orden social contemporneo. Qu es la moralidad, qu es el castigo y qu es la muerte? Para el ladrn, el fuego dice otra pared al norte de la capital boliviana. Qu es la ley y qu es el orden divino? El realismo se acrecienta con un ingenio pavoroso. Es comn ver en las esquinas de Bolivia muecos que simulan ladrones ajusticiados. Puede el pueblo deslegitimar a su propia ley? La imagen se repite una y otra vez, colgando de una casa o de algn poste, con la soga al cuello. Cmo se educa el delito? Cmo se educa la violencia? Puede una advertencia convertirse en realidad?

Coroico es un municipio del Departamento de La Paz perteneciente a la provincia de Nor Yungas ubicado a 97 km de la capital boliviana y est constituido por tres cantones: Coroico, Pacallo y Mururata. Segn el ltimo censo, su poblacin asciende a casi 20 mil habitantes: la zona rural alberga a 104 comunidades campesinas que se agrupan de forma dispersa (algo propio de la economa agrcola), mientras que la poblacin urbana se ubica en la ciudad de Coroico. Los manuales hablan de Coroico como una regin montaosa localizada entre 600 y 3.000 metros de altitud, con la presencia de cuencas profundas, montaas de gran elevacin y declives fuertemente inclinados que se conjugan la subida a la cordillera, que tiene topes de hasta 5.500 metros.

Esta es un zona bellsima, plagada de paisajes, hermosos todos. Hay mucho por descubrir, nos cuenta con simpata y entusiasmo Isabel, que junto a su marido Oscar nos recogieron en la ruta en plena caminata a la ciudad de Coroico. Nos cuentan que desde su juventud despuntan el vicio de viajar y que aprovecharan para estar algunos das en Coroico. Las recomendaciones tursticas de la pareja abarcaban todo el territorio boliviano. Deben conocer el sur de La Paz, y Santa Cruz tambin, ah van a encontrar mujeres bonitas en serio. Ocurre que en La Paz la mayora de las mujeres son indgenas, ms negritas, desde que Evo, hace diez aos, empez a llevar a la gente del campo a la ciudad. En cambio, en otras zonas, podrn encontrar bolivianitas lindas, bien lindas, afirma Isabel con una polmica inocencia.

En principio las recomendaciones boca en boca son ms efectivas que el estatismo de la oficina de turismo de la ciudad. El atractivo de sus paisajes, de exuberante vegetacin y clima tropical, hacen de Coroico un destino de los ms visitados de Los Yungas: pueden transitarse caminos precolombinos, realizar ascensin a los cerros y disfrutar de los ros Coroico, Santa Brbara y Vagantes. Un ruta de niebla y deshielo nos conduce a esta ciudad que ocupa un pequeo costado del prisma triangular que forma la montaa a su alrededor. La naturaleza parece corporizarse, como una garra que protege su interior y nos deja una porcin de su anverso, marcando en el extenso desandar un horizonte que parece oculto pero no inalcanzable.

Es nuestra ltima noche en Coroico antes de emprender viaje al Titikaka y el centro del pueblo luce repleto, convulsionado. Slo pasan algunos minutos hasta que el murmullo generalizado nos confirma la primicia de Gloria. En este momento lo estn trayendo por Arapata, dice Radio Coroico que se escucha en las cuatro esquinas de la plaza central.

Estn trayendo al ladrn, repite una verdulera y luego me seala una ferretera cuando la consulto sobre el botn. Ese no sabe lo que le espera, dice con enojo, atenta a la crnica radial. El olor a fritura invade las calles desde los puestos callejeros. La hora de la cena se acerca y la del espectculo tambin. Comer antes o comer despus? La gente se concentra frente a la comisara, enfrente de la plaza y a mitad de cuadra, formando una pasarela desde ambas veredas. El ladrn est cerca y una realidad ajena nos empieza a encerrar.

Con dinamita lo vamos a hacer volar, dice una seora por lo bajo, con indignacin y autoridad. Sobre la cuadra hay dos vehculos estacionados. Uno de ellos una camioneta policial que en breve se convertir en un palco de lujo. Un silbato de fondo hace falsa alarma entre los espectadores. La cuadra est cubierta de gente en toda su extensin y los autos circulan lentamente bajo la mirada atenta de la guardia popular. Los sombreros de las cholas sobresalen en la multitud. Un viejo se re parado en un banco de madera. Todava no llega, le dice una nia a otra mientras juegan con una mueca. Sentados a lo lejos Isabel y Oscar sonren a destiempo. Qu de gente! Debe ser la procesin de alguna Virgen o un festejo, me dice Isabel, que an ignora la situacin. Dos policas irrumpen haciendo lugar en la calle con conos naranjas y un Toyota Ipsum entierrado se mete despacito en la boca del lobo.

Vamos a lincharlo, surge como un grito de guerra dentro de la multitud que se agolpa contra la puerta de la comisara. El ladrn acaba de entrar a una oficina esposado y con el rostro descubierto acompaado de una endeble custodia de dos policas. En total son cuatro oficiales de pantaln verde oscuro, camisa y gorra beige, y casi una decena de autoridades municipales. La ansiedad invade en un bramido incontenible. Queremos ver su cara, piden los moderados. Que d una vuelta a la plaza, se relame otro grupo. Hay que colgarlo en la plaza, sentencian los ms radicalizados. Un hombre de remera negra irrumpe en el balcn del primer piso de la comisara y desata un oooole generalizado. Se lo vamos a mostrar a todos, asegura, mientras algunos gritan y otros intentan entrar a la fuerza a buscar al acusado.

La calle luce iluminada por los celulares como la primera fila de un recital, los comercios estn vacos y la radio actualiza la informacin. Son minutos de tensin para una comunidad que est pendiente del comienzo de una obra en la que tiene un rol central. Miro a los perros correr y ladrar sin sentido. La carne, la campana y la saliva. Miro a la multitud y nos miro a nosotros. La carne, la campana y la saliva. Pienso en la pared pintada. En el dicho, en el hecho y en el camino derecho. Pienso en lo inerte de un mueco colgado en una calle cualquiera de Bolivia que se mueve con el viento. Pienso en lo inerte del cuerpo que espera en la comisara por ese mismo viento. Pienso en la adrenalina animal que nos invade y en la disciplina social que nos divide. El teln se abre. Somos espectadores, actores de reparto o protagonistas?

Una linterna resalta su redondeado rostro, su tez morena, sus ojos achinados, su pelo opaco, y resalta su temor tambin. El acusado est sobre un pedestal en un pequeo balcn lleno de autoridades. Est ms alto que nadie, con los brazos atados a su espalda y escoltado por el polica que ilumina su cara para la multitud. Que ilumina su cara desde todos los ngulos, entre la contemplacin y un silencio fugaz. Viste un pantaln largo oscuro, un chaleco rojo y una remera blanca con la inscripcin culture exchange. Nadie parece reconocerlo. No es de Coroico, se escucha repetidamente entre la gente. El sudor recorre todo su cuerpo, tiene el ceo fruncido que pide piedad por adelantado mientras su mirada se pierde entre esos desconocidos que reclaman su cabeza.

Hermanos, hermanas, lo que ha pasado es muy triste. Vamos a actuar enmarcados en las leyes que tenemos, grita sobre un costado del balcn un mandatario de mediana edad con la intencin de calmar al pblico. Mtenlo!, es la respuesta lisa y llana en medio del gritero. En ese mismo instante dos estallidos y un tres tiros dirigido hacia el balcn desatan an ms la furia de la gente. El acusado es resguardado dentro de la comisara y la gente se agolpa contra la puerta mientras un grupo de ocho hombres irrumpe en el recinto. Adentro vuelan sillas, algn que otro escritorio y las cholas escupen, maldicen. La gente se agolpa cada vez ms y el accionar de la polica es digno de una pelcula clase b. Vamos a liquidarlo, se entremezcla entre risas, emocin e incredulidad.

En los pases rabes les cortan los dedos, comenta un joven dentro de una minora que observa con pnico y preocupacin la escena. Hay que entender que as es su cultura, reflexiona otro como en la mesa de caf. Qu van a hacer mam? Lo van a matar? pregunta un nio. No sabemos an, contesta su madre con molestia. La presin de la gente crece y la comisara est colapsada. Un polica sobre un costado pide refuerzos con su celular, pero en ese momento una puerta contigua se abre: Lo vamos a sacar a dar una vuelta a la plaza, pero no vamos a permitir agresiones. Nos cost tres das de trabajo encontrarlo, grita para la gente el gobernador. Vamos a matarlo!, se siente como un rugido. El acusado est cara a cara con la multitud, cabizbajo, rendido, indefenso, esta vez escoltado por dos policas que sienten su miedo. El acusado pone el primer pie sobre la calle y su tiempo se desintegra.

Una masa de gente lo rodea y el acusado avanza por la calle, al trote, con el cuerpo pesado, el pecho contrado y la mirada oblicua. Sus pasos son cortos y rpidos, y apenas mira de reojo a la gente que lo insulta. Me pregunto si est preparado para morir, o si dentro suyo sobrevive alguna esperanza. Le has faltado el respeto a tu prjimo!, le grita una seora al odo. El acusado avanza y la gente se interpone en su camino entre un show de cmaras y celulares. En esa cuadra, slo hay comercios, un cajero automtico y la ferretera de Don Edwin. Enfrente, los espectadores aprovechan los canteros de la plaza para tener mejor visin. El acusado avanza y slo recibe insultos, y algn golpe corto a la cintura. Un periodista sigue sus pasos en la multitud, con un micrfono en mano, buscando el testimonio del acusado para la radio local. Soy inocente, dice por lo bajo, sin aire, mientras avanza.

No tienes perdn de Dios!, asevera en su cara un anciano de pocos dientes. La gente se choca entre s, esquivando autos y rboles. Unos metros atrs un grupo de personas delibera con los funcionarios pidiendo la pena mxima. En ese momento recuerdo el antecedente inmediato que nos contara Benjamn, un amigo argentino, residente en Coroico desde hace seis meses. El juicio popular ms reciente haba sido a un violador que, atado a un tronco, fue dejado morir devorado por las hormigas. El delito, la vara y el ingenio. El acusado avanza y la mayora de los insultos provienen de mujeres mayores, que se escudan en su religin. Ests llevando tu propia cruz!, sentencia una seora, de pollera negra y gorro bord. El acusado avanza hacia el final de la segunda cuadra y va directo al banquillo a ser juzgado por un ejrcito de gente que busca carne fcil de digerir.

La caravana se detiene repentinamente y el acusado es subido a una plataforma que oficia de escenario sobre el costado de la plaza. La escenografa son tres mstiles vacos, el busto de Manuel Victorio Garca Lanza y dos faroles apagados, y sobre los costados, algunas palmeras que caen sobre un cerco de rejas negras. Enfrente estn los dos edificios ms representativos del pueblo: la Municipalidad y la Catedral San Pedro San Pablo de Coroico. La cuadra rebalsa de gente que se empuja por estar ms cerca del escenario. Detrs del acusado su ubican los funcionarios del municipio, la polica y el periodista radial, que lleva puesta una camiseta titular de Argentina con el nombre de Messi. Y en la calle estn los jueces.

Hermanos, hermanas, compaeros, a continuacin daremos un informe para ponerlos al tanto de la situacin con los delincuentes, dice con los brazos en alto el gobernador.

Saludar a los presentes.

Como Secretario General de la Comunidad de Santiago Grande es mi deber informar lo que ha acontecido en estos das. Es nuestro deber tambin cuidar la seguridad de los afiliados. Fueron das de gran movilizacin. La comunidad esta movilizada desde el da martes. El da martes 19 por la tarde un hombre y una mujer abordaron un auto junto a una nia frente a la ferretera de Don Edwin. Segn rigen nuestras leyes, cualquier conductor est obligado a parar si hay un nio de por medio. En ese instante la mujer es obligada a subir al escenario. Est vestida con una campera verde, blusa rosa, y una pollera violeta larga. Su nariz gancho ofrece un aire displicente que rpidamente se convierte en llanto. La mujer intenta taparse la cara con ambas manos mientras se esconde, pero un funcionario la empuja violentamente y la deja al borde de caer sobre la gente.

Al abordar con el botn, han querido ahorcar al conductor con una soga, pero por suerte est vivo. Hay que guascarlo en pblico, compaero Secretario General! Has querido matar a tu prjimo, basura! Hay que cogotearlo, no tiene sangre!, Qu le brotara en el corazn?!. Luego de darse a la fuga y recorrer gran parte del municipio en auto, en la comunidad de San Agustn lograron reconocerlo y nos brindaron informacin. Agradecer a esa comunidad. El mircoles se apersonaron ac para decirnos que lo reconocieron por cmara filmadora. De ah nos movilizamos a la comunidad de Arapata. Estaba queriendo escapar con la seora y la nia, que ahora ha quedado en buenas manos. Vamos a liquidarlo! Hay que matarlo! Hay que quemarlo! Traigan la picota! Si lo dejan vivir ser peor!. La bruma ocupa el lugar como un efecto cinematogrfico en medio de un silencio. Esto paso a las 9 am. El sujeto nos ha colaborado para recuperar algunas cosas. l ha confesado verdades y mentiras. Debemos confiar en Polica y Fiscala. No! Queremos gasolina! Hganlo desaparecer! No siente nada!. Tambin existen otras bandas y hay que identificarlas. Tenemos esa preocupacin. Tenemos que estar unidos a nivel municipio.

Que queremos compaeros? Justicia! Cuando? Ahora!

Gracias, compaeros.

Soy albail y estaba borracho. Me obligaron a hacerlo, les pido que me investiguen. Amenazaron con matarme si no lo haca, son las nicas palabras que alcanza a decir el acusado ante una lluvia de agravios. Pido disculpas, dice, retrocediendo unos pasos con la cabeza gacha. Aqu vamos a matarte igual!, le responden. Un grupo de personas intenta atacarlo desde atrs del escenario pero el crepitar de la picana de la polica lo impide. Traigan garrafas!, gritan, Vamos a quemarlo!. Los funcionarios dirimen sobre la vida o la muerte del acusado. La ley o el pueblo. Aten la soga a la palmera!. Cmo calmar a esa gente? Dirigentes, hay que wascarlo de una vez!. Luego de unos minutos los representantes de los sindicatos municipales hablan al pueblo con posturas contrapuestas: algunos defienden el juicio popular y otros son ms cautos.

Entiendo la furia, hermanos, pero debemos pensar, si lo linchamos qu dirn los medios de comunicacin? Dejaremos mal parados a los dirigentes de los municipios, dice un funcionario en medio del gritero. Basta de discurso, vamos a wascarlo!. El acusado espera y me pregunto qu pasa por su cabeza, qu pasa con sus sentidos, con el dolor, con la agona y con la muerte. El acusado espera y me pregunto de qu estn hechos sus nervios ante la furia de la gente que tengo al lado. Pienso que esa es su muerte, su cabeza, que slo queda su cuerpo. Pienso en cmo repercuten las palabras en su ser, pienso en cmo lo hieren, y pienso si prefiere el silencio. Pienso en los siglos de historia que hay en sus ojos y en su piel, mientras la tensin es mxima y la ansiedad exaspera, as como la desesperacin en un ambiente hmedo y espeso.

Utilizaremos instrumentos legales con el delincuente, pero para cumplir con la voluntad del pueblo, cada uno de los funcionarios le dar de wascasos aqu mismo. Traigan la wasca!.

Una mayora est alborotada y celebra, amontonada, empujando para estar ms cerca, arriba de los canteros, o colgados en las rejas de la catedral. Los cinco representantes del pueblo forman una fila, sonriendo, mientras de un costado acercan una soga por dems gruesa. Una minora de espectadores, en su mayora turistas, decide no ver la escena. Mejor traigan la gasolina y lo quememos!, grita algn disconforme. Nosotros tambin queremos guascar!, reclama otro, mientras el primer funcionario espera la orden. Uno, dos y tres, son los guascazos que impactan sobre la espalda del acusado. Diez, once y doce. Falta el del sindicato de transportistas!, se percatan. Trece, catorce y quince. Quince guascazos en total sobre una espalda que ya no lleva la cruz, sino la marca. Quince guascazos y enfrente, mil formas de morir. Morir mil veces.

El acusado corre a la comisara llorando, como un nio que corre a su cuarto despus de un reto. La marea que lo persigue en pocos minutos se disuelve. La gente se dispersa, la plaza se vaca y todo vuelve a una extraa normalidad. El acusado est a salvo, custodiado y castigado, adentro de una oficina, quizs agradeciendo su suerte, y esperando por la ley, por la otra ley, la ley del papel. En su cabeza an retumban las palabras, el dolor y la muerte. En la plaza slo queda el eco de una habitacin vaca.

Gastn Klocker. Estudiante de 5 ao de la Facultad de Ciencias de la Comunicacin (FCC-UNC).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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