Portada :: Cuba
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-03-2017

Naturaleza y cultura: la animalidad y lo humano

Luis Toledo Sande
Cubarte


Las crnicas de la serie Que no quiero verla, tres en total, las escrib luego de presenciar por nica vez una corrida de toros en la plaza madrilea de Las Ventas, y Cubarte las public los das 14, 19 y 21 de julio de 2006. La ltima brot en respuesta a uno de los editores de entonces del Portal, quien, al parecer, hasta patronmicamente se senta convocado a rendirle tributo a lo que, con perspectiva eurocntrica, se ha llamado el Descubrimiento de Amrica, una empresa que en sus inicios encabez el audaz y ambicioso Cristbal Coln. No es preciso extenderse ahora acerca de este, y lo fundamental de lo que pienso sobre l y sobre aquella empresa, y sus devotos, lo dije en otro texto aparecido en Cubarte: A propsito de Cristbal Coln visto por Jos Mart.

Pero procede hacer al menos un breve comentario que explique la mencin de aquel editor ms de una dcada despus de los hechos narrados. Desde que envi al Portal la primera crnica de la serie, empez l a refutarla con una apasionada defensa de las tradiciones hispnicas, en especial de la tauromaquia. Las opona a las anglosajonas, que deca rechazar y vea representadas en el juego de pelota y calzadas por la hipcrita leyenda negra que los conquistadores britnicos y sus hijos putativos urdieron y lanzaron contra Espaa.

No lo hicieron limpiamente, para de veras condenar crmenes, pues ellos los igualaban o superaban, sino para autoensalzarse y legitimar lo que hacan en pos de dominar el mundo. Si las expresiones se acuan con base, algo de cierto habr sin que sea pertinente aceptar generalizaciones injustas en aquello de la prfida Albin, aplicable asimismo a sus herederos o continuadores, en especial, pero no solamente, los de la Amrica del Norte.

La ltima crnica de Que no quiero verla, pues, estuvo enfilada a poner en su sitio al vehemente hispanfilo que renda culto a la que Mart, ejemplar luchador anticolonialista a la vez que heraldo de las noblezas del pueblo espaol las verdaderas, no las mscaras de la aristocracia y la monarqua, llamaba Espaa filicida. Al escribir esa parte de la serie, el autor desconoca un juicio de Fidel Castro contra las corridas de toros que le habra servido de apoyo en su argumentacin. Aunque son una tradicin con mltiples e ilustres defensores, el lder revolucionario disfrutaba que en su pas haban sido abolidas.

Pero pronto fue innecesario volver sobre la respuesta al enardecido colombino: este, an fresca la publicacin de la triloga, ya se haba ido a rendir tributo factual a lo dominante anglosajn. No lo hizo precisamente en un pas caribeo de habla inglesa, ni en los guetos sudafricanos que sufrieron no sufren an las secuelas? la crueldad de la colonizacin britnica, apartheid incluido, sino en las entraas del monstruo denunciado por Mart. En estos das he buscado en la red aquel juicio de Fidel Castro, y no hall enlace alguno que remita al sitio espaol contra la tortura en el cual lo le tras publicarse las crnicas citadas.

Tal ausencia la suple una informacin que me facilit el colega Carlos Benet. Figura en el sitio http://www.eroj.org/entero01/item19.htm, donde la informtica propiciar localizarla de modo ms expedito que en la fuente impresa: "Segn lo recoge en su libro The Cuban Revolution [Londres, 1971] el historiador Hugh Thomas [], el presidente Fidel Castro Ruz sostuvo en una ocasin que las corridas de toros no podran celebrarse en Cuba porque el pueblo cubano es bondadoso y se sublevara contra quienes quisieran organizarlas. No es, pues, el Mahatma Gandhi el nico antimperialista de nuestro siglo que ha sostenido que el progreso moral de un pueblo se mide por cmo trata a los animales no humanos".

Esa idea del lder cubano concierne a las torturas de los toros en plazas donde los datos evidencian que las mayores probabilidades de ganar las tiene el torero, a quien no hay que negarle coraje ni pericia. Sobre todo ganan quienes capitalizan el cruento espectculo. Mientras el animal irracional contiende por el instinto de supervivencia, se supone que el torero opta racionalmente por el ruedo en pos de paga y gloria, y quin sabe de cuntos placeres asociados al espritu de aventura, aunque para muchos la alternativa pueda responder tambin, o ante todo, a la necesidad de enfrentar pobreza y hambre.

Aquella idea de Fidel volvi a recordarla el autor del presente artculo por alguna de las reacciones que suscit su enfoque, en Cultura con pelota y mentores dado asimismo en Cubarte, sobre la lidia de gallos. Era voz popular el rechazo del gua revolucionario a tal prctica, aunque seguramente no ignoraba que, en un pas donde ella tiene seguidores, sus criterios suscitaran discrepancias numerosas, incluso conspicuas, con lo que pudiera vincularse el retorno de esa tradicin al pas, y la posible discrecin del lder al tratarla.

Una de las primeras vallas cerradas en Cuba luego de triunfar la Revolucin, si no la primera, fue la instalada en Birn, en los dominios de la familia de origen del Comandante. Aos despus volvi a abrirse como testimonio de lo que fue una poca en Cuba, y como parte de la recuperacin constructiva y simblica de aquel patrimonio. Pensando lo que pensaba l de los toros, no cabe pensar que esa reapertura expresara voluntad suya de favorecer una aficin ajena a su ideario, aunque estuviera extendida entre las tradiciones del pas y algunos la tuvieran, la tienen, como emblema de la nacin y fuente de placer.

La actitud del Comandante remitira a su tica, al reclamo de que el sustento se gane con trabajo digno. Tambin pensara en lo que para familias pobres representaba la prdida del magro jornal ganado con gran esfuerzo y apostado a los gallos o desperdiciado en otras aficiones adictivas. En el pensador revolucionario la tica abarcaba concepciones ecolgicas a favor de la salvacin de la flora y la fauna y de la especie humana, y contra el abuso de los animales. Esto ltimo requiere, a nivel mundial, profundos replanteamientos culturales sobre modos de criarlos y sacrificarlos para el consumo.

Que el mundo no est a la altura de las ideas del lder, las hace an ms aleccionadoras. Tampoco ha de suponerse acrticamente, aunque regocijen a pragmticos, a profetas de la oferta y la demanda, que lo complacieran todos los cambios que, mientras l viva, se empezaban a introducir en la realidad cubana por la necesaria o ineludible pero no siempre forzosamente grata integracin al mundo que es, no al que debera ser, por cuyo logro luch hasta la muerte, y su legado sigue y seguir dando pelea.

El contenido de su pensamiento no mengua por el hecho de que, al formalizarse la actual asociacin de galleros cubanos, en el carn de sus integrantes se inscribiera una cita donde el lder compar a su aguerrido pueblo a la mayora que ha probado serlo con los gallos finos, porque estos no abandonan la valla sino vencedores o muertos. Pero no se debe suponer que, al ponerlos como ejemplo de coraje, enalteca la prctica humana de animalizar an ms a los animales. No se deben crear confusiones sobre lo que l pensaba.

La idea de que los gallos de lidia nacen para pelear, usada con el fin de justificar esa tradicin, no tena por qu complacer al fundador revolucionario. Como no lo complacera la perspectiva de otros lares segn la cual los toros destinados al ruedo no tienen otra virtud que el atractivo de las corridas, ni sobreviviran de no criarse para ello con los cuidados que ponen quienes lucran con su comercializacin y, en general, con el espectculo taurino.

No se repetir aqu lo dicho en Que no quiero verla. Pero, en cuanto a gallos, quien haya visto prepararlos con miras a la lidia no tendra razn para soslayar cunto del fatdico belicismo humano se aplica a fabricar e instalar espuelas diseadas como armas letales. En la naturaleza los animales pelean para asegurarse su territorio, su alimento o su hembra, no para humillar ni matar necesariamente al adversario, ni regodearse en la victoria. En la lidia humanizada se les equipa y adiestra para dar muerte, una muerte coreada con vtores o vista con amargura, segn el bando o el ngulo desde el cual se mire.

El articulista deber respetar la preferencia que otras personas sientan y hasta practiquen por las corridas de toro y las peleas de gallo, y por tantas otras expresiones de abuso contra animales que se ven empujados a la lid por personas que gozan o medran con ello. Pero, no somos o no debemos los seres humanos ser la corona en la evolucin de las especies animales, de las que formamos parte?

Resptese tambin el derecho a expresar criterios opuestos a tradiciones por las que hay animales torturados, hasta la muerte, para complacer a quienes gozan o se benefician anmica y econmicamente de ello. Duele ver bueyes y caballos maltratados; chivos que echan el bofe en parques y calles, remolcando carros a bordo de los cuales pasean varios nios; perros obligados a disfraz y cautiverio en espera de que un turista pague por tomarles fotos. Duele. O debera doler, aunque sean prcticas amparadas por regulaciones laborales.

Somos una entre las especies animales, con la diferencia no solo de un grado de inteligencia o racionalidad que solemos invocar con ms orgullo a veces que demostraciones y mritos. La diferencia mayor est o debera hallarse especialmente en la generosidad, en la bondad, en la sana alegra, en la fundacin y la defensa de valores ticos, ecolgicos y otros sin los cuales la humanidad corre cada vez mayor y ms permanente peligro de perecer.

Si de las corridas de toro lo bsico de lo que pudiera decir lo expuse en Que no quiero verla sabiendo que contradictores abundarn, sobre la pelea de gallos aado que es escalofriante ver a un nio participar en el entrenamiento de esos animales para la lid. Su preparacin incluye el uso de la mona: un gallo que ya no sirve para la lidia y no produce ganancias en las apuestas, aunque al modo de avestruces parlantes optemos por decir que hoy en las vallas cubanas no corre el dinero, e incluso que la lidia no se ha legalizado, como alguien presuntamente bien informado me asegur. En todo caso, la mona es un gallo vivo, no un trozo de madera o de goma, no un trapo, y se le somete a picadas y arremetidas de los gallos que van a pelear luego, hasta que literalmente muere de tanto abuso.

Trtese de toros, gallos, perros de los animales irracionales que sean, no hay motivos para pensar que los racionales que integran la especie humana tendrn inseguras las virtudes que necesitan si no se plantean modos generosos de asumir su relacin con aquellos? Cuando el autor cursaba estudios universitarios, una profesora o un profesor de lo que entonces se llamaba marxismo-leninismo poda sostener tranquilamente en clase, como si interpretara del modo ms fiel la filosofa refundada por Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Ilich Lenin (y otros y otras), que el hombre (el ser humano) es ms hombre (ms y mejor ser humano) cuanto ms se aleja de la naturaleza.

Desde perspectivas similares se tildaba a la ecologa de mero fruto de la ideologa burguesa. Tambin poniendo freno al pensamiento, exagerando de modo esterilizante lo que no era una exageracin, y soslayando la tradicin revolucionaria de arrebatar las armas a los enemigos de las revoluciones, algunos decan que la sociologa era un simple invento burgus y no haba ms sociologa valedera que el materialismo histrico. As el entendimiento abarcador de la dinmica social terminaba reducido, supuestamente para defenderlo, a una ciencia particular.

Hoy se sabe que el mejor modo de asumir a la especie humana como superacin o negacin (filosfica) de la naturaleza es percatarse de que el hombre (el ser humano: el hombre y la mujer) no est bien plantado, ni autovalorado, ni autodefendido en el mundo si no se sabe histrico y social a la vez, y biolgico y natural: si no se comporta cuidadosamente como parte consciente de la sociedad y de la naturaleza a un tiempo.

Hoy se acepta que la ecologa es una ciencia toda una forma de la conciencia social, se ha dicho revirtiendo dogmatismos pasados indispensable para salvar al mundo en general y, dentro de l, a los seres humanos. Igualmente se sabe que la sociologa en concreto, y las ciencias sociales en general, no deben ser simples y resignadas escuderas de las decisiones polticas aunque estas sean acertadas, sino exploradoras al servicio y en funcin de la poltica mejor trazada. Que las ciencias sociales se equivocan? S, como la obra humana toda, que corre sobre aciertos y errores. No sucede otro tanto a la poltica, que es igualmente parte de esa obra, no cosa divina? La vida habla ms que los textos y, en el fondo, todo empieza y termina por ser un asunto profundamente cultural, o anticultural.

Muchas cosas se saben, o deberan saberse. No para ostentarlas en plazas y salones como se exhibe una joya o se alardea de riqueza y poder, sino para ponerlas al servicio de una verdadera ascensin hacia el progreso humano, que valdr poco, o ni cierto ser, si no es fruto de la ciencia y la conciencia, de la bondad, la honradez y la belleza, real si digna.

Fuente: http://www.cubarte.cult.cu/es/article/48413



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter