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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-03-2017

Una mala metfora tras otra para una guerra perdida
Revolcndose en la placa de Petri afgana

William J. Astore
TomDispatch.com

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez


La guerra de EEUU en Afganistn va ya por su decimosexto ao y es la guerra exterior ms larga de nuestra historia. La frase sin final a la vista apenas acierta a reflejar la situacin. Podra decirse que las perspectivas de victoria si es que por victoria se persigue la eliminacin de ese pas como puerto seguro de terroristas islamistas a la vez que se crea un gobierno representativo en Kabul- son ms tenues hoy que en cualquier otro momento desde que el ejrcito estadounidense invadi el pas en 200, sacando del poder a los talibn. Con el paso de los aos, ha quedado demostrado que tal progreso era frgil y reversible, por utilizar las palabras engaosas del general David Petraeus, encargado de supervisar el incremento afgano de 2010-2011 bajo el presidente Obama. Por citar tan slo un dato reciente: los talibn controlan ahora un 15% ms de territorio que en 2015.

Esta estadstica surgi hace unos das en el testimonio ante el Senado del comandante general estadounidense en Afganistn , John Mick Nicholson Jr ., que es (por ofrecer un contexto ms all del sin final a la vista) el duodcimo comandante estadounidense desde que empez la guerra. Cuando apareci ante el Comit de Servicios Armados del Senado, exigi varios miles ms de tropas a fin de romper lo que de forma optimista describi como estancamiento. Esas tropas, aadi, serviran fundamentalmente como asesores y entrenadores de las fuerzas afganas, facilitando lo que denomin operaciones de mantenimiento-combate-perturbacin.

Respecto a cunto tiempo iban a necesitar, el general se mostr bastante impreciso. Habl de la necesidad de mantener una plataforma duradera de contraterrorismo (CT) en Afganistn para reprimir las fuerzas terroristas y que no puedan, como l mismo dijo, golpearnos en la patria. En efecto, el ejrcito de EEUU considera como exitosa una guerra que ha empezado a tildarse de generacional porque, desde el 11 de septiembre de 2001, en EEUU no se ha producido ningn ataque importante que haya tenido sus races en Afganistn. Y esa es desde luego una de las definiciones ms extraas de xito que cabe hacer en una guerra perpetua que carece de una slida estrategia.

Sobre estancamientos y placas de Petri

Uno sabe que EEUU est perdiendo una guerra cuando sus oficiales echan mano de malas metforas para describir sus progresos y perspectivas. Un caso clsico fue la infame metfora de la luz al final del tnel de los aos de la guerra de Vietnam. Implicaba que, aunque las perspectivas parecieran sombras ese tnel dela guerra-, se estaba en realidad progresando y la victoria (aquella luz) poda llegar a vislumbrarse en la distancia. Esto contrasta con la II Guerra Mundial, cuando el progreso no se meda con palabras vacas (o mtricas engaosas como el nmero de bajas o el nmero de camiones) sino por masas de tierra invadidas y ciudades e islas arrancadas al enemigo. Normanda y Berln, Iwo Jima y Okinawa son nombres de lugares que an resuenan con el herosmo y sacrificio de los aliados. Ese tipo de progreso poda apreciarse en un mapa y se senta en las tripas; las metforas eran superfluas.

Afganistn, afirman los tericos del ejrcito estadounidense, es un tipo distinto de guerra, una guerra de cuarta generacin que se combate en una zona gris; un batiburrillo de conflictos de baja intensidad y conflictos asimtricos que implican a actores no estatales, agravado por la injerencia de potencias extranjeras como Pakistn, Irn y Rusia, todas ellas mencionadas en el testimonio del general Nicholson. (No hace falta decir que EEUU no considera su presencia militar all como extranjera). Tendramos que excusar que un escptico llegara a la conclusin de que, para el ejrcito de EEUU, guerra de cuarta generacin significa en realidad un conflicto que va a durar cuatro generaciones.

Las guerras largas y perdidas parecen promover analogas para salvar la cara y metforas para escurrir el bulto. Para el general Nicholson, Afganistn es en realidad una placa de Petri que, como en un laboratorio de terror, ha cultivado no menos de 20 cadenas de ADN de chicos malos terroristas unidos por tres organizaciones extremistas violentas, VEOs (siglas en ingls), en la jerga militar. Para impedir una convergencia de todas estas ramas y grupos y evitar, supuestamente, la creacin de un supervirus terrorista de algn tipo, EEUU y su coalicin de 39 miembros en Afganistn, sugiri Nicholson, deban mantenerse firmes y enviar an ms tropas.

Resulta que nuestro duodcimo comandante general no es el primero en acudir a la biologa y a una placa de Petri para explicar una guerra que no acaba. En 2010, durante el incremento afgano, el general Stanley McChrystal se refiri a la comunidad de Nawa, en la provincia de Ghazni, al sur de Afganistn, como su placa de Petri nmero uno. Como inform en aquella poca el Washington Post, McChrystal haba confiado en que los anticuerpos generados all [durante su pacificacin] pudieran aprovecharse y reproducirse [por todo Afganistn]. Pero eso no ha sucedido an. Ni tampoco en los siete aos transcurridos. El experimento de la placa de Petri de McChrystal fracas, aunque su metfora siga viva pero utilizada ahora de forma algo diferente, con todo el pas (incluidas zonas de Pakistn) sirviendo de placa y los terroristas, no las tropas estadounidenses y los amistosos afganos, multiplicndose en ella.

Puede que no sea la metfora ms deseable, pero al menos pueden entender por qu los dirigentes estadounidenses pueden preferirla a la metfora clsica que se aplicaba a los intentos extranjeros de pacificar Afganistn all en los antiguos das de los experimentos coloniales europeos: la tumba de los imperios.

Resumiendo la mezcla metafrica de Nicholson: Afganistn es una placa de Petri en la que las redes terroristas estn convergiendo para crear un punto muerto que est debilitando la plataforma duradera del CT de EEUU, lo que podra facilitar ataques terroristas contra la patria. Vamos a examinar ahora todo eso pieza por pieza. Es realmente la guerra afgana un punto muerto como en una partida de ajedrez? Eso apenas encaja en una situacin en la que el juego final como sugieren el Pentgono con sus opiniones generacionales y Nicholson con su peticin de ms tropas- apenas se vislumbra. De hecho, en un momento en el que el gobierno afgano puede estar controlando menos del 60% de su territorio y sus fuerzas de seguridad estn sufriendo bajas considerables, posiblemente insostenibles, parece haber llegado el momento de otros actores, no de la coalicin liderada por EEUU.

Qu hay sobre esa plataforma duradera de CT, es decir, de la presencia de esas tropas de EEUU y de la OTAN (junto con los contratistas privados militares), todos ellos mostrando un apoyo decidido hacia el pueblo afgano a fin de mantenernos seguros en casa? Y si su presencia, de hecho, est perpetuando la misma guerra que segn cuentan tratan de terminar? Puede describirse realmente el actual Afganistn como un experimento sobre biologa terrorista? Y si as fuera, estn funcionando los esfuerzos cinticos dirigidos por EEUU para matar a esas redes terroristas o estn creando un virus an ms repugnante?

Y, por encima de todo, son esas metforas tan slo una forma de evitar el absurdo de sugerir que unos pocos miles (o incluso un incremento de 30.000) ms de soldados estadounidenses podran convertir una guerra perdida interminable en una guerra victoriosa casi 16 aos despus?

La desalentadora honestidad de los machaca-terrenos

Si quieren encontrar una desalentadora honestidad, sltense a esos generales comandantes aficionados a las metforas que han invertido tanto en una guerra que no pueden admitir que estn perdiendo ni contemplar la retirada. A cambio, miren a los soldados de tierra, a los cabos y capitanes que hablan con franqueza, que se han encontrado frente a frente con esa guerra, personalmente y de cerca. Consideren, por ejemplo, el documental HBO de 2010, La batalla de Marjah. Hace siete aos, en un esfuerzo militar mucho mayor que el que actualmente se contempla, las tropas estadounidenses se unieron a las fuerzas afganas para asegurar la ciudad de Marjah en la provincia de Helmand, en el corazn mismo del cultivo del opio en el pas.

El documental segua a una unidad de marines estadounidenses, que luchaban valientemente para limpiar esa ciudad de talibanes siguiendo la doctrina de contrainsurgencia (COIN, por sus siglas en ingls) que experiment entonces un resurgimiento con Petraeus y McChrystal. El objetivo era reconstruir sus instituciones e infraestructuras para que las tropas estadounidenses pudieran finalmente marcharse. Como de costumbre, los marines ganaron por goleada: limpiaron la ciudad. Pero el precio de mantenerla result caro, a la vez que fracasaban los esfuerzos para levantar un gobierno local afgano que les sustituyera. En la actualidad, nada menos que el 80% de la provincia de Helmand est bajo control talibn.

Las lecciones ms duras del documental llegan casi como incisos visuales. Mientras los insurgentes talibn combatan con arrojo, las fuerzas del gobierno afgano, entonces como ahora, luchaban a regaadientes. Las tropas estadounidenses tenan que obligarlas a entrar en los edificios a limpiarlos. En una situacin, un marine le quit un rifle a un soldado afgano porque apuntaba con el can hacia fuerzas amigas. Fuimos testigos de cmo las tropas afganas celebraron una ceremonia poco entusiasta para honrar la bandera de su gobierno tras haber liberado Marjah. Mientras tanto, los rostros de los afganos de a pie ofrecan una expresin entre el estoicismo atribulado y la hostilidad apenas velada. Pocos parecan dar la bienvenida a sus liberadores extranjeros, fueran estadounidenses o afganos. (Las unidades del gobierno afgano, procedentes del norte, eran tnicamente diferentes y hablaban otra lengua.) Un afgano que trabajaba con los marines fue asesinado poco despus de la retirada estadounidense.

Un cansado cabo de marines lo puso todo en perspectiva: para l, la guerra afgana era una paja mental. Al menos, antes o despus, l se marchara. El pueblo afgano no ha tenido esa suerte. Mezclando metforas y guerras, se quedaron atrapados en el lodazal de su placa de Petri.

Vayamos ahora con otro marine machaca-terrenos de ms reciente cosecha, el capitn Joshua Waddell. Condecorado veterano de guerra, escribi un artculo para la Marine Corps Gazette de este mes en el que arremete contra las ilusiones del ejrcito estadounidense. Escribe:

Ya es hora de que nosotros, como oficiales militares profesionales, aceptemos el hecho de que perdimos la guerra en Iraq y en Afganistn. Los anlisis objetivos de la eficacia del ejrcito estadounidense en estas guerras slo pueden llegar a la conclusin de que fuimos incapaces de traducir las victorias tcticas en xitos operativos y estratgicos.

En apoyo de la conclusin de la guerra perdida de Waddell est el propio testimonio del general Nicholson, que citaba los mismos viejos problemas del ejrcito afgano: demasiados soldados fantasma (falsos) otros, a menudo comandantes, pagan sus salarios- apuntando a una corrupcin endmica y extendida; liderazgo desmotivado, agravado por la gran escasez de oficiales cualificados y suboficiales; y demasiados puestos de control afganos sin personal. (Esos soldados fantasma, tan buenos a la hora de canalizar dinero hacia sus creadores, resultan ser realmente malos respecto a la seguridad de los puestos de control.)

Viendo tan slo lo que queremos ver

Con una evaluacin tan sombra, qu diferencia, podran preguntarse, supondran unos cuantos miles ms de soldados estadounidenses, a la hora de inclinar el estancamiento afgano a favor de Washington? En realidad, la humilde peticin del general Nicholson es sin duda slo una cua de apertura en la puerta trumpiana por la que es probable que entren en el futuro peticiones mucho ms elevadas de tropas.

Cuando el senador Lindsey Graham le pregunt si podra cumplir la tarea en Afganistn con 50.000 soldados, lo que cuadruplicara las fuerzas de la coalicin all, Nicholson contest con un s; cuando se le pregunt sobre 30.000 soldados de EEUU y otros pases de la OTAN, se mostr menos seguro. Con esa cifra de 50.000 ahora ya en Washington, duda alguien de que Nicholson o su(s) sucesor(es), antes o despus, presionarn al presidente para que lance el prximo incremento afgano? De qu manera contrarrestar todos esos grupos terroristas en esa placa de Petri? (Esto, desde luego, representa el dj vu una y otra vez, teniendo en cuenta que el incremento de Obama aadi 30.000 tropas a las 70.000 ya presentes en Afganistn y, sin embargo, no lograron resultados sostenibles.)

Que unos pocos miles ms de soldados puedan revertir de algn modo la situacin actual y asegurar el progreso hacia la victoria es obviamente una fantasa de primer orden que apenas documenta la realidad de estos ltimos aos: que Washington ha estado perdiendo la guerra en Afganistn y que va a continuar perdindola, sin que importe cmo se juguetee con los niveles de tropas.

Ya sean soviticas o estadounidenses, o propaguen el comunismo o la democracia, a ojos de los afganos, las tropas extranjeras son precisamente eso: forasteras, extranjeras. Representan una presencia invasora. Para muchos afganos, los grupos terroristas de la placa de Petri no son slo los talibn o las sectas islamistas de otro tipo; somos nosotros. Estamos entre esos que hay que evitar o apaciguar en la lucha por seguir vivos, junto con las fuerzas del gobierno, consideradas por algunos afganos como colaboradoras de los ocupantes (de nuevo, nosotros). En definitiva, nosotros y nuestros putativos aliados afganos estamos en esa misma placa de Petri, dando vueltas y causando dao, impulsando la misma convergencia de fuerzas terroristas que decimos pretender evitar.

Sin embargo, todas las metforas e imgenes sugieren una cosa: que Afganistn no es real para los dirigentes estadounidenses, al igual que no lo era Vietnam para una generacin anterior de ellos. No aprecian que es una cultura sofisticada con una historia larga y rica. Los mandamases slo ven el pas y su pueblo a travs de la lente reductora y distorsionada de su guerra interminable, y despus reducen lo poco que ven a los trminos que les convienen tanto a ellos como al pblico en casa. Punto muerto? Podemos romperlo. Plataforma? Podemos reforzarla y lanzar ataques desde ella. Placa de Petri? Podemos contenerla, despus controlarla y finalmente erradicarla con nuestras medicinas letales. Sin embargo, lo que se niegan es a ampliar esa lente, a profundizar su visin y a ver al pueblo afgano como una sociedad ricamente compleja a la que Washington nunca dominar (y nunca debera intentarlo) ni remodelar a nuestra imagen de pas.

La pregunta ahora es qu har (vamos a ganar!) el presidente Trump. Si el pasado es el prlogo, terminar aprobando la peticin de Nicholson, en parte porque sus principales generales, el secretario de Defensa, James Mattis, el asesor de Seguridad Nacional, H.R. McMaster, y el secretario de Seguridad Interior, John Kelly, estn vinculados psquica y profesionalmente con la guerra afgana. (Mattis supervis esa guerra mientras serva como jefe del Mando Central de EEUU, McMaster ostent un puesto de mando en Kabul y al hijo de Kelly le mataron cuando se hallaba patrullando.)

Sin embargo, si Trump le da a Nicholson las tropas que quiere y luego ms de lo mismo-, se limitar a hacerse eco de las fracasadas polticas de sus predecesores mientras prolonga una guerra que demostrar ser interminable mientras las fuerzas extranjeras continen inmiscuyndose en los asuntos afganos. Su decisin acarrear un destino anunciado en una guerra en la que el mayor enemigo de Washington ha sido siempre el autoengao.

William J. Astore, colaborador habitual de TomDispatch, es teniente coronel retirado de la fuerza area de Estados Unidos y profesor de Historia. Su blog personal es Bracing Views.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176248/tomgram%3A_william_astore%2C_in_afghanistan%2C_america%27s_biggest_foe_is_self-deception/

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y a Rebelin.org como fuente de la misma.



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