Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-03-2017

La imaginacin al servicio de las canalladas contra Hugo Chvez, por ejemplo
Biografas vemos canallas no sabemos

Fernando Buen Abad Domnguez
Rebelin


Basta y sobra con que algn canalla tenga la ocurrencia de escribir, por ejemplo, tu biografa para arruinar la obra de una vida. Especialmente si se trata de algn bicho posmoderno incubado en los estercoleros estticos de esas editoriales que creen saberlo todo respecto a los gustos del pblico o de los lectores. Especialmente si, ungidos por la creatividad de mercado, escriben pinceladas de color como: en su casa lo tenan por torpe, gustaba de dormir mucho, tena mal aliento o era un personaje polmico. Todas esa muecas narrativas son hervideros de canalladas que sirven de marco literario para destruir personas. As han hecho con Marx, Lenin o Trotsky Hugo Chvez por mencionar algunos de los ms calumniados literariamente hablando.

As las cosas, ms vale escribirse uno mismo su biografa y en defensa propia. Sea uno conocido o no, se corre el riesgo de ser usado por cualquier patn literato para decorar sus deyecciones. Al fin y al cabo la tica les importa mucho menos que sus negocios y su egolatra. Ya es incontable el nmero de vctimas que arrastran por la vida el estigma impuesto por un imaginativo canalla que se autoriz a s mismo para echar mano de la vida ajena y deleitar su idiotez de escritor se-dicente. Y abundan como plaga.

Son necesarias leyes, reglamentos y accin poltica muy enrgicos para frenar la estulticia de esa mana perversa. Son necesarios los crticos rotundos, y los escarmientos sociales ms inolvidables, para resarcir a las vctimas denigradas por el manoseo literario de los tinterillos mediocres hambrientos fama y dinero. Especialmente de dinero.

Cudense aquellos que han tenido episodios especiales en sus vidas. Cudense aquellos que se salvan de la mediocridad reinante y de la andanada de clichs que nos impone la ideologa de la clase dominante. Cudense los bendecidos con alguna gracia, con algn talento, con alguna belleza. Cudense los que encontraron un aporte cientfico, filosfico o potico. Cudense los entusiastas y los optimistas, cudense los lderes populares y sus seguidores. Y tambin cudense los que vivieron (o viven) todo lo contrario.

Medran los usurpadores de ancdotas que reptan la realidad para llevar a sus madrigueras cualquier destello de vida que puedan manosear bajo sus fines aviesos. Y los hay tambin en otros gneros. Son arribistas y oportunistas. Hacen suyas las vidas y las ideas de otros por la va de un tipo de secuestro o de plagio enmascarado con bondad de buen burgus. Y lo hacen parecer tan natural que ni las vctimas se percatan convencidas de que alguien, por fin, pone inters en sus vidas. Sin explicar qu tipo de inters. Dicen que el pensamiento y la creatividad no tienen dueo mientras cobran por vender las historias o los argumentos usurpados. Tenemos el horizonte infestado con esas lacras. Y publican con frecuencia.

No pocos de ellos viven como parsitos de otros parsitos. Alguno de ellos, si se encumbra, arrastra consigo jauras de pupilos entrenados para ir por presas jugosas que entregan mansamente a los pies de sus dolos. Acarrean todo tipo de ancdotas, episodios o detalles. Algunas veces hurtan joyas con valor histrico a las que sacan el jugo que no tienen. Pero la presa ms codiciada es la que escurre en morbo. Eso se paga con creces.

Basta con que alguien padezca un accidente, una prdida, una desgracia para que surja de la nada la jaura de escritores que, sin moral y sin permiso, hagan del episodio una mercanca sin importar cunto cuesta al protagonista de manera directa o indirecta. Negocio es negocio (dicen). No pocas veces ganan premios y aplausos venidos de los jefes y de los dolos.

El asunto no es un chiste. Pnganse a salvo las excepciones de rigor pero no se omita la gravedad de un vicio ideolgico cuya base de sustentacin es aduearse de lo ajeno con toda impudicia e impunidad. No nos cansemos de denunciarlo ni nos agotemos en esas luchas que se dan en los intersticios de la Batalla de las Ideas. No se trata de un matiz intrascendente ni se trata de episodios aislados. En una mana propia de la lgica de la propiedad privada y de la lgica de mercado que en sus dogmas centrales anida su derecho unilateral y permanente a manosearlo todos para convertirlo en negocio de unos cuantos.

Muy rara vez una vctima de tales atropellos tiene oportunidad de defenderse o derecho a resarcirse. Aunque se cambien los nombres o se maquillen los hechos, no son pocas las veces en que es evidente de quines se trata y qu acontecimientos se alude. Sea en libros, pelculas, reportajes o anecdotarios por alguna parte se devela la identidad de las vctimas. La inmensa mayora de los casos sin consultar su anuencia ni garantizar la privacidad. Es esa la moral de los mercaderes que es ms monstruosa cuando se trata de personas fallecidas que no cuentan con punto de defensa.

Un ejemplo que estremece por lo alevoso y lo injusto es la serie El Comandante en la que con desfachatez de mercado se mansea la vida y la obra de Hugo Chvez lder de la Revolucin Bolivariana. Por antojo de un guionista-biografo (o de varios) aplaudidos por sus jefes y sus tutores ideolgicos, se comete un atropello de consecuencias morales, polticas y humansticas irreparables. Y lo pasan por la tele, lo anuncian a todas horas y se preparan para repartirse premios bendecidos por una jaura de cmplices iguales o peores (si se puede). Ejemplo acabado, no nico ni ltimo, de lo que son capaces y de lo que puede ocurrirle a cualquier persona en la intemperie comunicacional en que nos han dejado los monopolios y sus delincuentes literarios. (Tambin)

Debera haber sancin social y penas fuertes. Leyes de los pueblos, democrticas y humanistas. Debera imperar una moral de respeto y de cuidado por la vida ajena, una moral de lucha vigilante de la vida que nos es propiedad de comerciantes sino responsabilidad colectiva. Debera reinar una tica de la Comunicacin y de la Cultura, intransigente y escrupulosa, con todo lo que se edita o se exhibe. Rigor con las fuentes y los hechos, rigor con los nombres y con el respeto. Rigor con la responsabilidad jurdica y profesional del que escribe y del que publica. En suma, debiera haber esa justicia comunicacional y cultural que no hemos conocido.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter