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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-03-2017

Paraguas: metfora del mito de la clase media

Miguel Len
Disparamag


Hemos tenido un otoo especialmente pluvioso, y ello me ha ofrecido muchas oportunidades de hacer algo que disfruto enormemente: caminar bajo la lluvia. Cuando camino, noto que mi mente est ms gil, se libra de una parte de los pesos que la lastran cuando pienso sentado. Y adems la lluvia crea una atmsfera especialmente agradable para dedicarse, en silencio, a hilar pensamientos. As, gracias a esa feliz combinacin de caminatas y precipitaciones, he llegado a la conclusin de que tal vez haya pocos objetos de uso cotidiano que digan tanto de nosotros, de la sociedad en la que vivimos y de cmo nos relacionamos, como los paraguas.

Yo no uso paraguas. No me gusta. Entre otras razones porque suelo tener las manos fras y prefiero mantenerlas en calor, con guantes y metidas en los bolsillos. Tambin porque soy un despistado, y he perdido casi tantos paraguas como los que han acabado rotos. Es fcil, de hecho, que se te rompa el paraguas, bien porque lo descoyunte el viento, o bien simplemente porque no deje de chocar, abierto, contra otros paraguas, o contra los muros de nuestras ciudades. En definitiva, es un objeto con el que no conviene encariarse, porque lo ms probable es que no dure mucho tiempo. Todas estas son, creo, buenas razones, pero parece que la mayor parte de mis conciudadanos no las comparten. Desde hace aos se compran y se venden, desde el otoo hasta la primavera, centenares si no miles de paraguas pequeos, frgiles, con telas plsticas, muy baratos y producidos masivamente en a saber qu condiciones. Paraguas que apenas s duran una estacin completa. Qu dice eso de nosotros?

De entrada, que nuestro mundo es un mundo muy raro, porque el paraguas es un invento antiqusimo, pero durante su dilatada historia ha sido esencialmente un objeto que marcaba una distincin social. Antes de protegernos a todos masivamente de la lluvia y adquirir su nombre actual, este objeto, con prcticamente las mismas caractersticas, se llamaba parasol o sombrilla. De hecho, an hoy en da perduran todos esos nombres, para vendernos bsicamente un mismo objeto que sin embargo va a ser llamado de una forma u otra en funcin del uso que queramos darle y, consiguientemente, de los materiales y el tamao que resulten preferibles. Como si un paraguas no sirviera para cubrirnos del sol y una sombrilla no pudiera protegernos de la lluvia.

El parasol, deca, permita a los miembros de las clases altas mantener un color de piel que indicara, ya por s solo, su estatus social. Y ya el hecho de llevar un parasol implicaba, por tanto, un refuerzo de la manifestacin pblica de pertenencia a una determinada clase. Forma parte, pues, de la historia de nuestra lengua, y tambin de la historia de nuestras sociedades, que se haga ms frecuente el paraguas que el parasol, y despus que se generalice su uso.

Si tomamos simplemente como referencia la lengua castellana y la evolucin de los diccionarios, las palabras parasol y quitasol figuran ya en diccionarios del siglo XVII, y por lo general no hay referencias a su utilidad para proteger de la lluvia; el trmino paraguas, sin embargo, no aparece hasta 1817, pero su definicin es quitasol, apareciendo en la definicin de esta palabra, a su vez y por fin, la referencia a la lluvia. A paraguas se le dar una definicin propia en 1843. El paraguas nace, por consiguiente, con el capitalismo y la vida urbana, y llega por ende con retraso a Espaa si se compara nuestro caso con el de otros pases europeos. El pudiente ya no es un aristcrata que puede permitirse no salir de su palacio cuando hace mal tiempo, sino un burgus que no puede no atender diariamente sus negocios y cuyos entornos de socializacin se encuentran en las ciudades (salones y cafs) y no en las villas de otros nobles. Sin embargo, en este contexto histrico el paraguas sigue siendo un elemento de distincin: la cocorota seca del burgus se eleva por encima de la masa de obreros empapados igual que la blanca piel del aristcrata deslumbraba frente a la tez morena de campesinos y siervos. Tanto el sol como la lluvia tienen, a su modo, un poder igualatorio como el de la muerte, y si bien el pudiente no puede, al menos por el momento, escapar de la parca, s ha encontrado durante siglos recursos para aparentar inmortalidad en la medida en que consegua estar a salvo de aquello que pareca afectar al comn de los mortales: la lluvia, el sol, el calor, el fro

Que el paraguas y lo popular han sido tradicionalmente incompatibles es algo que queda recogido hasta en nuestros cuentos tradicionales: no es casualidad, creo, que Caperucita Roja sea una de las pocas protagonistas de cuento autnticamente proletaria (al fin y al cabo, por qu tendra ella que llevarle comida a su abuela si pertenecieran a una buena familia?) y que su rasgo ms caracterstico sea llevar una capucha. Frente a la capucha proletaria de Caperucita, podemos fijarnos en la aristocrtica calesa de la Cenicienta, por ejemplo, para que sea an ms evidente la gran diferencia ante la cual nos encontramos. Del mismo modo, las grandes referencias pop al paraguas como objeto caracterstico siempre remiten a personajes (Mary Poppins, John Steed) que, en el mejor de los casos, poseen una singularidad que los distancia de la gran masa, y en otros muchos pertenecen claramente a una clase social superior. Repetida hasta la saciedad est la imagen del paraguas que esconde un sable, arma oculta que slo tiene sentido para un aristcrata presto a batirse en duelo o para un agente secreto de pelcula.

Si una de las caractersticas del fetichismo de la mercanca es que aparezca como naturalmente dado y ahistrico lo que es en realidad socialmente producido e histricamente determinado, en el paraguas encontramos entonces un interesante fenmeno condensacin del fetichismo de la mercanca, como rasgo general, en una mercanca individual. Qu hay ms universal que el cobijarse de la lluvia?, qu parece ms natural que crear un instrumento que nos permite guarecernos a la par que nos desplazamos? Y sin embargo el paraguas mismo posee, como vemos, una historia, y no es fruto espontneo y permanente del ingenio humano sino consecuencia de unas circunstancias sociales y econmicas particulares.

El fetichismo de la mercanca tambin remite a la ocultacin de la dinmica real del capital. La circulacin aparece, por ejemplo, como mbito en el que se genera valor, ocultando la produccin y el mbito domstico de reproduccin; y la relacin de libertad e igualdad entre poseedores de mercancas aparece como el patrn que siguen el resto de relaciones sociales, ocultando las relaciones de subordinacin (entre capitalista y trabajadores, y todas las dems).

Del mismo modo, el paraguas, que originalmente era un elemento de distincin, ahora opera como un dispositivo de ocultacin de la estratificacin social. En eso no se diferencia de otros muchos bienes de consumo producidos en masa y que han generado la apariencia de una masiva igualacin. El hecho de que efectivamente las diferencias de renta en muchos casos no lleven aparejadas alteraciones evidentes de los hbitos de consumo conduce, in extremis, a afirmar que puesto que no existen diferencias visibles en el consumo tampoco hay diferencias notables de renta.

Otro elemento definitorio del fetichismo de la mercanca es el carcter determinante de su componente materialista: la prctica prima sobre su reflejo discursivo de tal modo que, como bien ha visto Zizek, en la expresin de Marx no lo saben, pero lo hacen el hecho de saber no cancela automticamente el hacer. Al mismo tiempo, adems, todo hacer sigue produciendo su propio saber, su propio reflejo en la conciencia, que se contrapondr siempre al conocimiento crticamente adquirido. Lo har, de hecho, con tanta ms fuerza cuanto menor sea la prctica antagnica que acompae a ese conocimiento crtico.

El paraguas, por eso mismo, es un dispositivo productor de (falsa) conciencia. En cuanto poseedor y portador de un paraguas, cada individuo se considera a s mismo a salvo del poder igualatorio de la lluvia, que slo afecta a los otros, a los diferentes que slo merecen su indiferencia: las cosas, los animales, las plantas, los desamparados Al mismo tiempo que se diferencia de esos otros, el portador de paraguas se siente igual a todos los que lo portan: la uniformidad de paraguas oculta, borra, la enorme distancia real que puede mediar entre los diferentes portadores. Se trata adems de una igualdad que no est basada en la construccin de una comunidad, sino en la reproduccin de un espacio social atomizado: los paraguas son en general difciles de compartir, y los ms frecuentes y baratos, los que han inundado nuestras calles, difcilmente dan cobijo a ms de una persona.

Cada cual con su paraguas, mirando al frente, aislado del resto, se desplaza por una ciudad en la que hay mucho movimiento pero apenas hay vida. Ningn portador de paraguas es consciente del espacio que realmente ocupa y tampoco de que en dicho espacio existen, junto a l, otros como l. As, ya no hay apenas interaccin social sino fundamentalmente confrontacin, choque meramente corporal, sinttico, se dira inerte, entre telas impermeables y frgiles varillas. Mucho menos piensa ninguno de ellos que pueda cruzarse con un pobre insensato que no protege su rostro bajo un paraguas y que se arriesga a que, en un choque de esos tan frecuentes, la varilla de un paraguas le arae la mejilla, o le saque un ojo. El paraguas se transmuta as en metfora del mito de la clase media.

El paraguas es un pequeo ejemplo de la paradoja a la que el capitalismo permanentemente nos enfrenta: pone a nuestra disposicin innumerables avances que hacen nuestra vida aparentemente ms cmoda; satisface un nmero tan ingente de necesidades que incluso termina creando otras nuevas a partir de aquellas que ya hemos dado por satisfechas. Al mismo tiempo, sin embargo, nos deja cada vez ms aislados, ms dbiles, ms tristes. En vez del paraguas podra haber hablado del coche, o del telfono mvil.

Lstima que, en general, salir del laberinto no sea tan sencillo como olvidarse del paraguas, ponerse la capucha y salir a la calle a disfrutar del diluvio.


[*] Nota: este texto ha sido originalmente publicado en Disparamag.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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