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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-03-2017

Militarizacin, armamentismo y control estratgico

Ricardo Orozco
Rebelin


Dentro de los flujos de informacin dedicados al anlisis de los programas armamentsticos internacionales, una constante es centrar la atencin en las directrices que siguen los grandes complejos castrenses en Oriente y Occidente, principalmente en pases como Rusia, Estados Unidos, China, India y Alemania. Ello, por s mismo, no representa sorpresa alguna: la inercia de tales investigaciones se encuentra atravesada por la experiencia histrica en la que un par o dos de potencias se enfrentaban de manera directa, o a travs de una carrera armamentstica sin lmites cualitativos y cuantitativos definidos. Basta con pensar en los conflictos que saturaron la realidad europea, desde las guerras napolenicas y la reunificacin alemana hasta la segunda guerra mundial, o en la profusin de proyectos nucleares aplicados al campo blico, en los aos que siguieron, para advertir que, por regla general, la humanidad tiende a ver en esos grandes desarrollos cientfico-militares una amenaza insorteable para la continuidad de la vida en el planeta.

Sin embargo, lejos de esas macroestructuras, apartados de esos grandes y definibles conglomerados armamentsticos a travs de los cuales se expresan el imperialismo y el colonialismo, se desenvuelven intercambios igual de importantes que los primeros, pese a que son menos perceptibles o, en todo caso, menos interesantes para los analistas de las corrientes del Great Power Politics.Y es que al margen de las corrientes de armamento ilegal que siempre se mueven como sombra irrenunciable de los marcados lcitos, los programas de armado y militarizacin de la vida en sociedad eufemsticamente nombrados como programas de cooperacin e intercambio en materia de seguridad que se mueven en direccin Norte a Sur (globales) cumplen una funcin an ms devastadora, por difusa, que la de cualquier conflicto directo entre potencias.

As, por ejemplo, resulta imposible comprender la violencia que las poblaciones africanas viven bajo el avasallamiento de (lo que Occidente engendr, en el proceso de colonizacin del continente, y ahora denomina con plena correccin poltica como) los seores de la guerra sin antes observar que justo los principales proveedores de esos regmenes son los capitales occidentales, pblicos y privados. Y es que, contrario a la creencia generalizada de que la violencia que se desenvuelve sobre estas sociedades nace, vive, se replica y muere con el ciclo de vida y en perfecta mimesis con las perversiones de la psique del caudillo, la certeza de la muerte y del suplicio corporal es consecuencia de la (re)produccin estructural del modo de produccin y consumo moderno capitalista.

En efecto, la violencia del mundo no es el resultado de un proyecto inacabado de mecanismos de concertacin, dilogo, medicin o negociacin realmente civilizados, tampoco es obra de una supuesta irracionalidad hospedada en lo ms profundo de mentes retorcidas. Por lo contrario, la violencia del mundo y sobre todo, en la periferia de la economa-mundo es la obra, por completo racionalizada, de un proyecto de civilizacin (con pretensiones universales, de totalizacin de la vida en una nica dimensin existencial) que se enfrenta, de manera permanente, con una multiplicidad y una heterogeneidad de formas polticas, culturales, de produccin y consumo materiales que se resisten a su avance. Es decir, es el medio y la condicin lgica de la incesante imposicin de una manera muy particular de entender, de vivir y estar en el mundo que subsume, alteriza, elimina y/o excluye cualquier otra expresin de la socialidad humana que no est basada en la escala axiolgica de aquel proyecto uni-versal, o en la reproduccin del valor tal y como en l se perpeta.

En este sentido, asegurar diferentes espacios-tiempos alrededor del planeta dentro y alrededor de los cuales se desdoblan procesos productivo/consuntivos y cadenas de suministro es vital para el mantenimiento tanto del ese proyecto inacabado de civilizacin como para la continua acumulacin y centralizacin de capital. No es, por ello, una casualidad que la periferia del globo sea la regin con los mayores ndices de violencia fsica, as como tampoco lo es que la experiencia histrica de sus poblaciones est plagada de dictaduras cvicas y militares, regmenes de partidos hegemnicos, autoritarismos personalistas, seores de la guerra, conflictos religiosos, ambientales, culturales etctera. Porque en el centro de cada uno de esos conflictos siempre se encuentra en juego la posibilidad de que las comunidades originarias mantengan su propia existencia.

La violencia en la periferia no es de un tipo que siempre se encuentre determinada en ltima instancia por la incapacidad de sus sociedades de avanzar hacia formas sociales, econmicas y polticas ms modernas, ms civilizadas, incluyentes, pluralistas, tolerantes y democrticas. Son los recursos naturales necesarios para mantener una sociedad de consumo, y la necesidad del capital de externalizar sus costos y los desechos de su actividad, lo que requiere el constante avasallamiento de comunidades autnomas. Porque de la obtencin y el flujo constante agua depende la vida de una sociedad, pero tambin porque del trfico ininterrumpido de combustibles lo hace el movimiento comercial, porque del trnsito de especies vegetales y animales dependen los procesos qumicos de farmacuticas, y de minerales estratgicos lo hacen los avances de la informtica y nuevas tecnologas afines.

As pues, si bien el capital privado siempre est en posibilidades de emplear sus propios cuerpos de aseguramiento estratgico (compaas de seguridad privada, mercenazgo y similares), en trminos de la actividad gubernamental por cuanto garante principal de la propiedad privada siempre es importante observar los flujos de armas que los cuerpos castrenses del Estado adquieren y en qu contexto lo hacen. Mxico, por ejemplo, cerr el ltimo lustro con una adquisicin de armas que cuadruplic la cantidad registrada para los cinco aos precedentes; esto es, que entre 2012 y 2017 el gobierno mexicano se hizo de un 331% ms armamento que entre los aos 2006-2011; los ms cruentos de la guerra en contra del narcotrfico.

Ese solo dato ya es relevante por s mismo, en abstracto: una mayor cantidad de armas siempre implica una mejora cualitativa y cuantitativa de las capacidades tcnicas, operacionales de los cuerpos militares del Estado inclusive si el proceso se da en el marco de un programa de renovacin de inventario. En trminos cualitativos, la renovacin o adquisicin de nuevas armas conlleva, de suyo, la necesidad de volver ms certera la actividad de los efectivos militares: volverlos ms precisos, con mejores resultados, a un menor costo y con un margen de bajas castrenses reducido. En el plano cuantitativo, implica una mayor demanda de la actividad militar en la sociedad, es decir, que ms armas circulando significa ms militares en operaciones. El problema es que cuatrocientos noventa y cuatro millones de dlares anuales en compras de armas no se lee en abstracto.

En primer lugar, el mayor proveedor de la presente administracin federal en Mxico es Estados Unidos. Ello, comparado con el resto de Amrica Latina, muestra que el pas es el nico de la regin que se desprende de la tendencia de contar con Rusia como principal oferente. As pues, es claro que Mxico sigue siendo prioridad dentro de la rbita imperial estadounidense, y que en trminos blicos no slo es la sujecin del gobierno mexicano a la industria de ese pas, sino que tambin va incluido el adiestramiento, el adoctrinar a los efectivos en el uso de las armas que le compran a sus capitales privados y pblicos.

En segundo, no debe dejar de observarse que el equipo comprado no es cualquier aditamento: las caractersticas de las adquisiciones mexicanas hechas a Estados Unidos son las del tipo de arma que se requiere para hacer frente a enemigos difusos, o lo que es lo mismo, para desplegar actividades de contrainsurgencia. Por supuesto el analista promedio sustrae del dato que el motivante es combatir a diversos crteles del narcotrfico que justo operan como guerrilla. Sin embargo, no debe pasarse por alto que la historia de los cuerpos castrenses nacionales es el correlato de medio siglo de guerra sucia en contra de las comunidades originarias.

En tercer lugar est el hecho de que, desde hace cinco aos, la presidencia de Enrique Pea Nieto ha impulsado la adopcin de nuevas medidas legales en materia de seguridad pblica y nacional. Tal es el caso de las modificaciones a las disposiciones constitucionales y legales que norman el Estado de Excepcin, por un lado; y por el otro, la adopcin de una nueva ley que reglamente las actividades del ejrcito, la marina y la fuerza area en materia de seguridad pblica federal. Ambos casos, vistos por separado, quiz no se entiendan como un reacomodo de fuerzas que refuerce an ms la militarizacin de la vida en sociedad. No obstante, en conjunto cierran un canal por medio del cual la discrecionalidad en las actividades militares se legitima y se respalda a travs de la Constitucin y sus leyes.

En cuarto, no debe ignorarse que el sexenio ha estado marcado por una serie de cambios normativos que, por un lado, han profundizado la penetracin del capital privado (nacional y extranjero) en diversos sectores de la economa, pero de manera primordial en el extractivismo o la ocupacin de largas porciones de tierra y cuerpos de agua; y, por el otro, que esos cambios han fomentado, en proporcin similar, diversas manifestaciones de inconformidad en diversos estratos sociales. En este sentido, en la primera parte de la ecuacin es necesario asegurar la penetracin del capital en la explotacin de yacimientos de gas, petrleo y minerales, en el establecimiento de parques energticos e hdricos, lo que conlleva el actuar de las fuerzas armadas; en la segunda, asimismo, la exigencia es prevenir cualquier estallido social o manifestacin de inconformidad.

Basta con observar el ms reciente despliegue de quinientos efectivos en Ciudad Mier, Tamaulipas, para asegurar la Cuenca de Burgos y para regular la circulacin del trfico ilegal para advertir que la militarizacin de la sociedad es condicin sine qua non para la intensificacin de la acumulacin de capital.

Finalmente, no debe descartarse la posibilidad de que la campaa delCongreso Nacional Indgena y del Ejrcito Zapatista de Liberacin Nacional, por la cual propusieron una candidatura indgena para los siguientes comicios, no se est contemplando justo en los mismos trminos en los que en 1994 se hizo con el levantamiento de los Caracoles. Despus de todo, la Agenda Nacional de Riesgos, uno de los principales documentos rectores en materia de seguridad nacional, contempla, desde hace dos dcadas, a las autonomas indgenas como una amenaza mayor a la seguridad de la nacin, toda vez que no nicamente contemplan las vas armadas en su accin poltica, sino que el carcter mismo de su autonoma se traduce en un potencial freno a la actividad comercial del pas.

Por todo lo anterior, que el gobierno mexicano est intensificando su adquisicin de armamento no es algo menor. En el contexto actual, argumentar que Mxico debe protegerse contra sus enemigos extranjeros, xenfobos, se antoja una salida fcil para no observar que desde hace doce aos el ejrcito sigue avanzando como un factor de poder poltico real y pblico; frente al pacto de convivencia que en la gnesis del prismo contemporneo lo releg como elemento visible del poder pblico federal. Cualquier viraje a la izquierda poltica (por institucional y domesticada que sta sea, como el PRD o MORENA) debe tener en consideracin el fortalecimiento militar del Estado si es que quiere figurar, siquiera, como posibilidad real de una alternativa. Ms an debe hacerlo la izquierda no-institucional, pues la historia no deja olvidar que es sobre esa alternativa que el genocidio a la mexicana toma su forma particular.

Publicado originalmente en: https://columnamx.blogspot.mx/2017/03/militarizacion-armamentismo-y-control.html

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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