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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-03-2017

Alepo... la venganza que no morir

Lina Shami
Aljazeera


All, en el centro de la calle haba colgadas unas cortinas para tapar la visin de los francotiradores del rgimen que se deleitaban cazando a los transentes como si estuvieran jugando a un juego de ordenador. La casa, que cada noche se llenaba de compaeros y cuyos muros escuchaban los chistes y las conversaciones unas veces interesantes y otras aburridas, se haba desplomado y se haba convertido en una montaa de piedras. Mi marido Yusuf y sus amigos esa noche no estaban en all, pero s una familia formada por el padre, la madre y tres hijos pequeos, y una madre y su hijo. Todos quedaron sepultados bajo los escombros.

Al da siguiente fui a grabar al mismo sitio ante ese edificio totalmente derrumbado, para contar lo sucedido. Tuve que repetir la grabacin muchas veces porque me temblaban las manos con la cmara, tan solo ante la idea de que esos cuerpos estaban an enterrados bajo esas piedras detras de m! Nadie haba podido levantar las piedras y sacar los cadveres para llevarlos a una tumba adecuada para su ltimo viaje. A unos metros de all, en la calle aledaa, hace unos pocos das, un hombre intentaba levantarse, en la acera contraria a la puerta de su casa, sobre sus pies fracturados a consecuencia de un misil que haba cado cerca de l. Se frot la cara con las manos para poder ver y mir sus manos mientras las giraba para darse cuenta de que la sangre de la cabeza desintegrada de su amigo haba cubierto su rostro. La metralla haba atravesado la cabeza de su amigo para que l se salvara de la muerte de milagro, como siempre se salvaban todos en esta ciudad de leyenda.

Logr levantarse, para toparse con el cerebro de su amigo en el borde de la acera, el cual haba dejado de hablar de pronto sin terminar su ltima frase. A su cerebro se haba acercado una gata que lo rascaba e intentaba comerlo. Qu asco! S, el mismo asco que provoca el hecho de que, mientras la gata se coma los restos de su cerebro, los pases donde se han podrido los eslganes de la libertad y la humanidad buscaban con toda la calma del mundo algo que justificara este genocidio. El mismo asco que provoca que, tal vez, a esas personas les haya tocado el genio del terrorismo, con el que justifican toda masacre y crimen. Las Naciones Unidas estaban extremadamente preocupadas por cmo justificar la expulsin de personas de su tierra sin que el mundo fuera consciente de la inmundicia de ese crimen. Queran que el mundo les agradeciera a su organizacin y a los carniceros que hubieran detenido la matanza durante dos o tres das y hubieran permitido a la gente preservar sus vidas unos cuantos das ms, personas que salan a cambio de perder su tierra, sus recuerdos y su dignidad.

Durante los aos que han pasado, hemos sido meros nmeros en las pginas de los tmidos informes que salan, y unas pocas palabras en los boletines de noticias, que un simple botn del mando a distancia poda borrar. Tambin hemos sido un punto de las listas de temas a tratar en las conferencias que negociaban sobre nuestras vidas y vendan y compraban a travs de nosotros - nosotros no merecemos vivir - beneficios para quienes lo merecen. En los medios internacionales ramos un informe ms corto que un programa de debate sobre los secretos de las estrellas de Hollywood, o sobre la forma de preparar una deliciosa tarta de manzana. Hemos sido ms pequeos que el problema del calentamiento global que amenaza a la humanidad, mientras nuestra muerte colectiva no lo hace.

Dentro de los muros de nuestra ciudad asediada, solo nosotros nos ocupbamos de contar al mundo nuestras masacres colectivas y nuestra muerte ordinaria. Nos ocupbamos de recoger los restos y cavar tumbas en los parques, de retirar los escombros que sepultaban los cuerpos si podamos, y de levantar algunas cortinas para retrasar en su masacre a los carniceros de las milicias de Asad, los ocupantes iranes y los rusos, que bailaban de alegra cada vez que sus balas se acercaban a nuestros crneos, y cuyas risas aumentaban cada vez que se elevaban las voces de los nios y los gritos de las mujeres que lloraban ante tanta atrocidad.

Los das pasaron en la ciudad en continua noche sin da. En la oscuridad, con cada explosin, las imgenes de los mrtires atacaban en tropel. Los gemidos de los heridos y los detenidos olvidados en los mataderos de Asad emitan un nico grito que cubra el ruido de un avin ruso cuyo piloto, sin temblarle el pulso, decida con absoluta frialdad durante su habitual ronda, quin vivira y quin morira. Los rostros de los nios se cubran de terror y palidecan de pronto. Los restos humanos saltaban buscndose entre s, buscando su venganza por su muerte que no haba muerto. Nosotros, los vivos, nos salvbamos del incendio que segua a nuestro alrededor y seguamos con nuestra vida con todos sus detalles ordinarios en medio de toda esta muerte. Encendamos trozos de lea y nos bamos al pozo al principio de la calle para traer agua. En ella sumergamos un puado de arroz que quedaba desde haca un mes, para cocinarlo por la tarde.

Qu horribles son los detalles de la vida cotidiana, cunto llanto provocaban, y cunto la odibamos y nos odibamos a nosotros mismos cada vez que nos salvbamos. Ah estbamos, obligados a una vida que violaba la majestuosidad de esta muerte que penda en el ambiente e interrumpa con su insolencia el silencio de los mrtires y los restos. El olor del arroz y la madera volva a cubrir el olor de la sangre vertida por las calles de la ciudad. Cada noche nos preguntbamos si la libertad merece toda esta sangre, y la respuesta era la siguiente: Merece la vida sin libertad, sin dignidad, sin justicia y sin derechos de miles de mrtires y detenidos ser vivida?

Salimos de una ciudad en la que enterramos a miles de mrtires. Otros no fueron enterrados y quedaron bajo los escombros. Enterramos das y aos en que habamos vivido con la dignidad de no volver a ser esclavos de Asad. Entonces l y sus soldados lanzaron el lema histrico de Asad o quemamos el pas, que hace dudar, inevitablemente, de la humanidad de esos criminales.

Cuando el carnicero Asad no fue capaz de reprimir nuestra gran revolucin que exiga libertad, dignidad y justicia para este pas, busc ayuda entre los demonios de la tierra para matar a un pueblo y una revolucin inmortales, que crecen y se hacen ms maravillosos con cada mrtir. No nos arrepentimos de la dignidad, decamos mientras despedamos a nuestra querida ciudad por ltima vez. Pronunciamos las ltimas palabras de despedida sobre las tumbas de los mrtires, escribimos todos los lemas que haban colmado las manifestaciones de las calles de la ciudad sobre sus muros, quemamos los recuerdos y nos llevamos con nosotros la venganza, los testamentos de todos los mrtires y nuestro pasado. No tenemos tiempo en esta corta vida para llorar ni para hacer elegas sobre nuestra ciudad violada. El mundo nos ha dejado solo dos opciones: la masacre o la salida sin retorno de nuestra tierra. Nosotros solo nos hemos dejado a nosotros mismos dos opciones: el martirio por aquello por lo que murieron nuestros compaeros, o la venganza.

Fuente original: http://traduccionsiria.blogspot.com.es/2017/03/alepo-la-venganza-que-no-morira.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+TraduccionesDeLaRevolucinSiria+%28Traducciones+de+la+revoluci%C3%B3n+siria%29


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