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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-04-2017

En torno a El siglo sovitico, de Moshe Lewin
El sistema sovitico, segunda aproximacin (IV)

Salvador Lpez Arnal
Rebelin


Articular histricamente lo pasado no significa conocerlo tal y como verdaderamente ha sido. Significa aduearse de un recuerdo tal como ste relumbra en un instante de un peligro. De lo que se trata para el materialismo histrico es de atrapar una imagen del pasado tal y como sta se le enfoca de repente al sujeto histrico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto al patrimonio de la tradicin como a los receptores de la misma. Para ambos es uno y el mismo:el peligro de entregarse como instrumento de la clase dominante. En cada poca es preciso hacer nuevamente el intento de arrancar la tradicin de manos del conformismo, que est siempre a punto de someterla. Pues el Mesas no viene slo como Redentor, sino tambin como vencedor del Anticristo. Encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que slo se encuentra en aquel historiador que est compenetrado con esto: tampoco los muertos estarn a salvo del enemigo si ste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.

Walter Benjamin (Tesis sobre la filosofa de la historia, VI tesis, 1940)

 

Desde un profundo pozo de lecturas no muy numerosas y desde un mar anexo de dudas, no soy muy entusiasta de ninguna teora filosfica general de la historia. Me apoyo en consideraciones, acaso mal interpretadas, del Marx tardo y de otros autores, de Manuel Sacristn (1925-1985) y Paco Fernndez Buey (1943-1972) por ejemplo, dos de mis maestros. Ms all de afirmaciones muy generales que no suelen marcar perspectivas muy definidas (aunque, eso s, abonen concretos e interesantes puntos de vista que iluminan determinados programas de estudio e investigacin), lo esencial es el trabajo prctico, positivo, cientfico, conjetural en ocasiones, el esfuerzo de documentacin y explicacin de los historiadores guiados ciertamente por algn o algunos puntos de vista.

Para rematar la situacin tampoco capto bien del todo (es decir, no entiendo) algunas de las consideraciones-reflexiones de Walter Benjamin en sus tesis sobre la filosofa de la historia. Algunas de ellas las encuentro demasiado cargadas potica-metafricamente, poco precisas -si se me permite la exageracin- analticamente hablando. Simple y llana incapacidad ma. Nada que pueda decirse documentadamente de la obra del gran filsofo antinazi.

Empero la sexta tesis, la que he usado para abrir esta nueva aproximacin a la obra de Moshe Lewin, no es la nica, me parece una extraordinaria muestra de lucidez filosfica, epistemolgica y poltica. Del principio al fin y sin humo que distraiga. Articular histricamente lo pasado significa, puede significar, aduearse de un recuerdo -sin que la aspiracin gnoseolgica, una especie de idea regulativa, a conocerlo tal y como verdaderamente ha sido sea despreciable-, tal como ste relumbra en un instante de un peligro, diverso ste por su propia naturaleza temporal y por su propia entidad (los peligros, como casi todo, tambin se conjugan y dicen de muchas formas). Para el materialismo histrico, o como queramos llamarlo, para las disciplinas histricas e historiogrficas que se inspiran, sin copiar y repetir como loros (un Marx sin ismos nos leg Francisco Fernndez Buey), en la obra del padre de Tussy Marx y en la de otros y otras autores de la tradicin (en Lenin, Rosa Luxemburgo oen Gramsci por ejemplo), se trata de atrapar una imagen del pasado -revisable, no fijada para siempre- tal y como sta se le enfoca de repente al sujeto histrico en el instante del peligro.

El peligro, nos recuerda Benjamin con toda razn, amenaza tanto al patrimonio de la tradicin como a los propios receptores, a las clases trabajadoras, a las clases subalternas -y a otros grupos sociales afines o colectivos cados del poderoso caballo del dinero- de la misma tradicin. Para ambos el peligro es uno y el mismo: entregarse, ser instrumento de la clase dominante, ser servidores, socialmente muy cmodos para las clases dominantes y hegemnicas. Convertirse en sus intelectuales orgnicos si llega la ocasin. Rafael Snchez Ferlosio, Manuel Snchez Mazas, Vctor Snchez de Zavala y Manuel Sacristn (este ltimo en una entrevista deslumbrante de Jordi Guiu y Antoni Munn, indita hasta despus de su fallecimiento, aunque tambin en sus aproximaciones a Joan Brossa: Yo dira que la constante principal del trabajo de Brossa es la incorruptibilidad. Una incorruptibilidad popular, sin gestos grandilocuentes. La constante principal de la poesa de Brossa es la destruccin de falsedades. Pero es tambin caracterstico de su poesa que la destruccin permita brotes de utopa, de felicidad ) hablaron de este asunto esencial hace ya muchos aos: no ser funcionales ni cmodos al poder hegemnico.

En cada poca vuelvo a Benjamin, es preciso, es necesario, hacer nuevamente el intento de arrancar la tradicin de manos del conformismo, que est siempre a punto de someterla. Conformismo es aceptacin de lo dado como inexorable, realismo-pragmatismo muy mal entendido, incorporarse al sistema (no hay otra), transformismo sin lmites y sin apenas principios. Se trata de un proceso, el apuntado por Benjamin (al que tambin Sacristn tradujo), sin fin, casi sin descanso, ininterrumpido, permanente. Lucha de clases en la teora y en la prctica si queremos formularlo as y si el lenguaje usado no est muy gastado. Encender en el pasado la chispa de la esperanza, el esperancismo del que tambin nos habl Guillevic (y Eduardo Galeano: Dejemos el pesimismo para tiempos mejores), concluye el gran filsofo muerto en Port Bou -la estacin de tren a la que sola llevarme mi padre ferroviario, sacando lo mejor de s mismo, lleno de emocin, y sin saber lo ocurrido con Benjamin-, es un don que slo se encuentra en aquel historiador que est compenetrado con esto: tampoco los muertos estarn a salvo del enemigo si ste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.

Benjamin escriba en 1940 y el enemigo, con retrocesos en algunos momentos, no ha dejado ciertamente de vencer. Los muertos, nuestros muertos, no estn a salvo. Y menos cuando sus enemigos son lo que son: gentes con poca alma y menos escrpulos, con mucho que ocultar y con mucho poder-dinero a su alcance. Algunos se atreven a condenarlos, incluso quieren prohibir su mencin o arrojarles a la cuneta de la historia (el caso de Lukcs en Hungra por ejemplo), para que en ellos habite un olvido definitivo, por ser, dicen y nos repiten, partidarios cegados y combatientes de totalitarismos asesinos, ellos (ellas tambin, nos solemos olvidar de estas ltimas), que tuvieron siempre como lema, de vida y accin, la emancipacin y la fraternidad de los pueblos y ciudadanos. El recuerdo de Miguel Hernndez y Josefina Manresa se impone en estas fechas.

Moshe Lewin no est, desde luego que no, por esa lnea de ignominia, traicin y revisin. Es un historiador que est compenetrado con la tarea sealada por Benjamin.

Slo hay una referencia al filsofo alemn en El siglo sovitico, en la pgina 83 de la edicin castellana de Crtica. Es esta: Muchos fueron los visitantes que lo advirtieron y que observaron a finales de los aos veinte hasta qu punto el campo y la ciudad juegan al escondite, como dijo Walter Benjamin a propsito de la ciudades, incluida Mosc. Sin embargo, conjeturo sin mucho riesgo de error, que el sentido y la referencia de esta tesis VI benjaminiana sobre filosofa de la historia ha estado muy presente en la investigacin y en la perspectiva del autor de El siglo sovitico.

Volvamos a la obra. Seguimos en el apartado dedicado a caracterizar el sistema sovitico.

Nos habamos quedado en la idea leninista final: el problema al que se enfrentaban realmente, ms all de ensoaciones y deseos, era conseguir que el funcionario pblico prerrevolucionario trabajara mejor. N o haba manera de impedir el continuismo con las prácticas y las tradiciones del pasado, sobre todo porque las decenas de miles de trabajadores y las tradiciones en las instituciones del Estado estaban sumamente arraigadas. Las nuevas autoridades no sabían cómo reformarlas. De hecho, no les quedaba más alternativa que abrazar dichas instituciones, modificar algunos detalles y dejar que siguieran funcionando como hasta la fecha.

Ni que decir tiene que el cambio de perspectiva era brutal, un giro (anti) copernicano de 180 grados: de tomar el viejo Estado en sus manos, destruirlo y crear una nueva institucin al alcance de cocineros, cocineras, campesinos y trabajadores no expertos a intentar -intentar!- conseguir que los funcionarios del rgimen zarista lo hicieran un poco menor. Los cielos quedaban muy lejos por el momento; asaltarlos era imposible.

El sistema soviético acabó erigiendo un Estado burocrático relativamente clásico, gobernado por una jerarquía piramidal, en opinin de Lewin. Ms an, seala, después de superar la fase de fervor revolucionario, no había una necesidad real de distanciarse de los viejos modelos, excepto, tal vez, en el caso de las instituciones que no existían durante el zarismo. Para cada nueva agencia que había que crear se nombraba una comisión especial que supervisaba su organización. Acabó siendo habitual, es decir, norma seguida, pedir a un académico experto en la materia o a un burócrata experimentado que estudiara el funcionamiento de la institución homóloga en tiempos de la Rusia zarista. Cuando no había precedentes, se consultaban los modelos occidentales. No haba otra, cuanto menos eso se crea, con todo lo que ello poda comportar de mimetismo cultural, laboral y productivo, y de introduccin de ideas y cosmovisiones que se deseaba superar.

El recurso a los precedentes históricos es algo natural en todas partes, nos recuerda ML, pero en el caso soviético estaba especialmente arraigado. En la práctica, seala nuestro autor con toda rotundidad, la Rusia de Stalin adoptó los principios ideológicos del Estado zarista casi de un modo oficial. Después de la muerte del dictador, el trmino es de ML, se abandonó la práctica específicamente estalinista de exhibir viejos símbolos nacionalistas, el modelo burocrático soviético retuvo no pocos de los rasgos de su predecesor, incluso el envoltorio ideológico. Tal vez, en este caso, la afirmacin sobre los principios ideolgicos zaristas incorporados no debera generalizarse ni negar tampoco la existencia de otros principios tambin asumidos, acaso muy superficialmente en algunos casos.

La tradición, prosigue ML, aún reinante definía la esencia misma del sistema: un absolutismo que representaba a la jerarquía burocrática en el que se basaba. Ms an: incluso la supuestamente nueva postura del secretario general tenía en común mucho más de lo que parecía a primera vista con la imagen del zar, señor de la tierra. Aunque habían variado los símbolos y los escenarios de las manifestaciones de poder, estamos ante una de las tesis fuerte del autor, las imponentes ceremonias organizadas por los regímenes zarista y soviético eran hijas de una misma cultura, en la que los iconos ocupan un lugar preeminente, y buscaban proyectar una imagen de invencibilidad, lo que en ocasiones no era sino un modo de ocultar, exorcizar o distraer la atención sobre la fragilidad interna.

Una cultura de poder, por lo dems, muy extendida. Pensando en imgenes usamericanas o europeas ms o menos recientes es difcil ver una diferencia marcada y sustantiva en esta arista, Pero los sucesores del zar, as se expresa ML, eran plenamente conscientes, especialmente en la etapa crepuscular del régimen, de que la crisis y el derrumbe del sistema también formaban parte del repertorio histórico (volveremos sobre este punto en otras aproximaciones).

Comoquiera que, a partir de finales de los años veinte del siglo pasado su prioridad fue la construcción de un Estado fuerte, se planteó entonces la cuestión de cómo etiquetarlo. Al final, se adoptó abiertamente la vieja palabra zarista derzhava, tan apreciada en los círculos conservadores inmovilistas y entre los miembros de los cuerpos de seguridad pública y del estamento militar. En tiempos de Lenin, recuerda ML, derzhavnik era un término peyorativo para referirse a los partidarios de un chovinismo brutal y opresivo. El origen de derzhava, por su parte, está relacionado con otros dos términos que se empleaban para definir la esencia del poder zarista: samoderzhets, que aludía al líder absoluto (el autócrata) y samoderzhavie, la palabra que definía el régimen como autocracia.

A ML le parece evidente que la hoz y el martillo sustituyeron a la esfera dorada culminada por una cruz, el símbolo del poder imperial, pero no eran nada más que las reliquias del pasado revolucionario para diversión de los círculos burocráticos. Fueron eso tan slo? Reliquias del pasado heroico para diversin de los crculos del poder, de las nuevas capas hegemnicas? Dejmoslo en este punto.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

 



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