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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-04-2017

Mujeres del Cantn de Pedro Moncayo sealan el impacto ambiental de la industria florcola
La cosmovisin andina resiste al negocio de las flores

Enric Llopis
Rebelin


Las rosas ecuatorianas son consideradas las mejores del mundo, proyecta en su pgina Web el Instituto de Promocin de Exportaciones e Inversiones de Ecuador (Pro Ecuador). El pas produce, segn el instituto, ms de 400 variedades de rosas, flores de verano y tropicales que se exportan a ms de un centenar de pases. La suma en dlares de las ventas de flores ecuatorianas al mundo mostr un crecimiento sostenido del 11,2% anual entre 2001 y 2012. En agosto de 2016, Pro Ecuador inform de que, con una ocupacin del 40% del mercado ruso, el pas latinoamericano encabeza la venta de flores cortadas al gigante euroasitico.

En la dcada de 1980 empieza a desplegarse la industria florcola en el cantn de Pedro Moncayo, con cerca de 430 hectreas dedicadas al cultivo, el 90% rosas. Ubicado al norte de la provincia de Pichincha, este cantn se convirti en uno de los grandes focos productores y exportadores de flores, dirigidas a los mercados de Estados Unidos, Rusia y Europa Occidental. Pero la progresin tambin arroja sombras. Como el abandono de los cultivos parcelarios familiares para migrar a las zonas de desarrollo florcola; la reconversin de antiguos propietarios en jornaleros, y la llegada de las nuevas tecnologas, la agroindustria y los pesticidas.

Fue un cambio brutal porque la gente dej la tierra y fue a trabajar a la florcola; incluso las haciendas que existan para la cebada y maces ahora se hicieron florcolas; hubo ms dinero pero las tierras fueron abandonadas, afirma Blanca Aurora Morocho, de 63 aos. Mas antes las haciendas sembraban, las gentes sembraban, corrobora Carmen Alcoler, de 49 aos. Son dos de las mujeres rurales ecuatorianas cuyo testimonio figura en la investigacin Donde habita la esperanza, la tierra la cuidan ellas, realizado por la antroploga y educadora popular Mara Fernanda Vallejo y la ingeniera agrnoma Susy Pinos, presentado en Valencia por la ONG Perifries. El trabajo se basa en las entrevistas realizadas durante el ltimo trimestre de 2016 a 15 mujeres del entorno de la Parroquia de La Esperanza (con una poblacin de 4.000 habitantes en 2010), ubicada en el cantn de Pedro Moncayo.

El informe destaca que incluso para las asalariadas en las florcolas, se considera capital disponer de tierras propias. As lo afirma Jaqueline Lema, dirigente de un grupo de agroecologa, productora de abonos orgnicos y con terrenos hortcolas en arrendamiento, que no ha podido comprar por una elevacin de los precios que atribuye a la produccin industrial de flores. Hay personas de la tercera edad que ya salen rechazadas de los trabajos florcolas y ya no saben qu hacer, afirma. Maribel Guachamin ha explorado vas alternativas: Siembro alguna hortaliza y ya tengo para mi alimentacin misma y de mis nios; los que no siembran la agroecologa es todo comprado, todo qumico y no se ayudan en nada ecolgicamente. En 2008 se implant la Feria Agroecolgica en la Parroquia La Esperanza, con la participacin de un centenar de familias. Los criterios de la feria no son la productividad y el lucro capitalista, sino la economa solidaria y el Sumak Kawsay (buen vivir).

Mara Fernanda Vallejo y Susy Pinos subrayan que con el agronegocio de las flores lleg el salto definitivo a la privatizacin de la agricultura y la monetarizacin de las relaciones. A partir de la dcada de los 80, gracias a las inversiones y asistencia tcnica principalmente de Holanda, Israel y Colombia, los cantones de Cayambe y Pedro Moncayo llegaron a convertirse en la zona de mayor produccin florcola y desarrollo capitalista del rea interandina. En 2005 Ecuador venda flores por valor de 370 millones de dlares (un 3,4% ms que el ao anterior) y cerca de 90.000 toneladas. En esta forma de agroindustria trabajaban un promedio de 13 obreros por hectrea, sobre todo mujeres. Y con las cifras estratosfricas, lleg la buena nueva de la modernidad, la trada empleo fijo-salario-consumo y una creciente oferta de bienes bsicos. Todos estos elementos constituan mecanismos muy eficaces de colonizacin, resumen las autoras.

Adems, las flores trajeron nuevas tecnologas y una utilizacin sin precedentes de los agroqumicos, as como impactos en la salud por la exposicin sin precedentes a los pesticidas; la agroindustria florcola viene a instalar la globalizacin y a introducir en la regin interandina un nuevo y ms eficaz momento del capitalismo. Los testimonios de las mujeres sealan las dos caras de la cuestin. Es cierto que las flores traen ms dinero a las comunidades, pero tambin ms basuras, sustancias qumicas y contaminacin; asimismo ms enfermedades y abandono de las tierras. Son las mujeres ms jvenes, destaca la investigacin, quienes sostienen que al haber ms trabajo en la agroindustria disminuyen las migraciones a Quito. Pero se coincide en que las florcolas no han trabajado para las comunidades. Maribel Guachamin, madre soltera que trabaja en el agronegocio seis das a la semana, resume el nudo de contradicciones: Que de las flores claro que se contamina el cuerpo humano y todo el ambiente, pero tambin trae la economa, el dinero para el hogar.

Las mutaciones introducidas por la industria afectaron al uso de los vestidos tradicionales. Y al tiempo, al multiplicarse la jornada laboral. El captulo titulado Qu no se ha llevado el agronegocio resalta los saberes heredados por las mujeres y transmitidos de manera oral, como cuidar y sanar enfermedades. Tambin puede citarse el ejemplo de los tiempos de la siembra, la atencin prestada a la luna, el seguimiento de los ciclos agrarios, rituales y festivos, la seleccin de las semillas o la manera de alimentar la ashpamama (tierra de cultivo). La tipologa de saberes es vasta y compleja. Alcanza a qu especies sembrar y de qu modo asociarlas; a las plantas, sus usos y cules han de preservarse, adems de qu males curan y con qu dosis y frecuencia han de prepararse. El conocimiento se hace extensivo a los animales: cmo alimentarlos, curarlos o desparasitarlos.

Hay, en estos saberes heredados, una intuicin de las energas y los estados de nimo a los que la mujer llega sin necesidad de las palabras. Cuando el pap le ve al hijo no le pregunta qu le pasa porque le ve igual, en cambio la mam sabe que algo le pasa, tiene ese instinto y ve la diferencia, explica Paola Taopanta, de 25 aos, trabajadora de la florcola que tambin cuida de los animales y las plantas de sus padres. Se trata de un conocimiento intuitivo y conectado a las emociones tal vez poco valorado por el intelecto occidental. El investigador peruano Jorge Izhizawa distingue entre un conocimiento tcnico-cientfico, al que considera universalizador, cerebral, impersonal, descarnado, articulado y explcito; terico, y fundamentado tanto en un mtodo como en la oposicin entre sujeto y objeto. Por el contrario el saber andino sera local, sensorial, emocional, encarnado en el ayllu (estructura social comunitaria), implcito y limitado a la circunstancia inmediata. Adems maneja mltiples vas de acceso.

Mara Fernanda Vallejo y Susy Pinos llaman la atencin sobre el fuerte arraigo de la cosmovisin andina entre las mujeres entrevistadas. Y ello, pese al dominio aparente de los discursos modernizantes y el paisaje inundado de invernaderos y devastacin, aaden. Esta conclusin del documento incluye a las jornaleras y a las mujeres ms jvenes. Las entrevistadas valoran la agroecologa. Laura Cuzco resalta los cambios en su vida al integrarse en un grupo de mujeres que cultiva hortalizas. Entonces me siento ms, s que puedo desenvolverme econmicamente y todo eso y hasta no me siento humillada por mi esposo, porque antes s me humillaba.

Igual de descarnadas son las palabras de Cristina Taopanta, obrera de las florcolas: En mi trabajo no hago nada para cuidar la naturaleza, porque ah produzco basura y pongo qumicos todo el da, pero el mundo es as; si el mundo no comprara flores, yo no tendra que hacer esas cosas. El advenimiento de la agroindustria no lamin los saberes ancestrales; tampoco los intercambios tradicionales de bienes y trabajo, como las aportaciones en la chakra unidad agrcola indgena- a cambio de la entrega de una parte de la cosecha; ni destruy la labor no remunerada en beneficio de la comunidad o el auxilio entre la poblacin cuando alguien enferma o muere. Se conserva asimismo la ayuda a las otras comuneras en el cuidado de los hijos, de las siembras y en el trueque de comidas. Conversar, acompaarse

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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