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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-04-2017

Las guerras de tefln
Desmovilizar a Estados Unidos

Tom Engelhardt
TomDispatch

Traduccin del ingls para Rebelin de Carlos Riba Garca


Una nacin hecha por la guerra y una ciudadana deshecha por ella

ltimamente, en das sucesivos, vi dos exposiciones en museos que mostraban algo del perdido mundo estadounidense y parecan inquietantemente relevantes en la Era Trump. La primera, Hippie Modernism (Modernismo hippie), una exploracin en la contracultura de los sesenta y setenta del pasado siglo (con psters densos y psicodlicos), era bastante poco adecuada para el Museo de Arte de Berkeley. Me sorprendi que la exposicin incluyera algunos artilugios provenientes de un movimiento crucial para mi visin no demasiado contracultural de aquellos aos: las enormes manifestaciones contra la guerra que tomaron la calle a mediados de los sesenta, sacudieron al pas y nunca acabaron de marcharse hasta que, en 1973, las ltimas unidades de combate de Estados Unidos fueron finalmente retiradas de Vietnam. En la muestra haba un pster con la bandera de Estados Unidos invertida; sus barras estaban representadas por unos fusiles rojos y sus estrellas eran aviones de combate de color azul; haba otro en el que se vea un soldado estadounidense con el fusil colgando del hombro de manera poco formal. La leyenda en el pster an tiene relevancia en una poca en que nuestras eternas guerras continan regresando a la patria: La violencia en el extranjero engendra la violencia en casa. Amen, hermano.

Al da siguiente, fui a un pequeo museo y centro de informaciones en memoria de Rosita, la remachadora, en un parque nacional en Richmond (California), sobre la baha de San Francisco. En ese lugar, durante la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores de la enorme planta Ford montaban tanques, mientras el cercano astillero del complejo Henry Kaiser botaba en promedio un barco de la clase Liberty o Victory cada da. Casi tres cuartos de siglo despus, esto sigue siendo algo alucinante. En la vista al centro de informacin me enter de que en aquellos aos, en las gradas de esos astilleros se bati el rcord de construir un barco de carga, de la proa a la popa, en apenas menos de cinco das.

Qu fue lo que hizo posible que se estableciera ese rcord y esa productividad en un Estados Unidos en guerra? Todo eso sucedi, principalmente porque de pronto se le abrieron de par en par las puertas a la poblacin activa de Estados Unidos, no solo a Rosita, la famosa remachadora, y a tantas otras mujeres que hasta entonces sus oportunidades haban estado limitadas en gran parte a las tareas de mujeres, como marcaban los estereotipos, sino tambin a los afroamericanos, los estadounidenses de ascendencia china, los ms mayores, los minusvlidos; prcticamente a todos (excepto a los estadounidenses de origen japons, que fueron internados en campos de concentracin) que anteriormente haban estado excluidos o menospreciados, un sector social de un pas con el que ya no volvera a codearse durante dcadas.

Del mismo modo, el vasto movimiento contra la guerra de los sesenta y setenta del siglo pasado contena una inesperada muestra representativa de Estados Unidos, en la que aparecan los estudiantes de clase media y los veteranos de la clase trabajadora llegados directamente de los campos de batalla del Sudeste de Asia. Tanto la fuerza de trabajo de los aos de la Segunda Guerra Mundial como los movimientos de protesta de sus hijos eran cada cual con su estilo maravillas ciudadanas de ese momento estadounidense. Eran materiales extraos en un pas en el que todava se crea que su gente estaba llamada a desempear un papel decisivo y en el que el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo todava no sonaba como una carcajada trasnochada. Despus de haber visto en las exposiciones vislumbres de dos impulsos de compromiso cvico, de repente me di cuenta de que mi familia (como tantas otras familias estadounidenses) haba sido profundamente afectada por cada uno de esos momentos movilizadores; uno en apoyo de una guerra y el otro para oponerse a ella.

Inmediatamente despus del ataque japons a Pearl Harbour, mi padre se alist en el ejrcito del aire de Estados Unidos. Sera oficial de operaciones en la primera unidad de comandos areos en Birmania. Mi madre se uni a la movilizacin interior convirtindose en la presidenta de la Comisin de Artistas del Departamento de Teatro de EEUU, que entre otras cosas, planificaba espectculos para los hombres y las mujeres en armas. En todos los aspectos, la de mis padres fue una guerra de movilizacin de los ciudadanos, desde aquellos que martilleaban remaches, como haca Rosita, hasta las huertas para la Victoria en el patio trasero de la casa (llego a haber ms de 20 millones de estas huertas) que surgieron en todo EEUU y tuvieron un papel importante en la alimentacin de la poblacin en un momento de conflicto mundial. Y despus estuvieron las emisiones de bonos de guerra para una de las cuales mi madre descrita en un anuncio como la muy conocida caricaturista de las estrellas del teatro y el cine acept dibujar una caricatura de quien comprara un bono de 500 o ms dlares.

La Segunda Guerra Mundial fue claramente una guerra de los ciudadanos. Yo nac en 1944, justo cuando se estaba alcanzando el punto culminante del enfrentamiento. Dos dcadas ms tarde, mi versin de semejante movilizacin me tom por sorpresa. En mi juventud, yo so con servir a mi pas como funcionario de departamento de Estado y representarlo en el extranjero. En un pas que todava tena un ejrcito de ciudadanos y un servicio militar obligatorio, nunca se me pas por la mente que en algn momento yo poda cumplir mi deber formando parte de las fuerzas armadas. En esos aos, no prev que mi deber pudiera llegar a ser implicarme en una movilizacin contra la guerra. Pero que un ciudadano estadounidense debiera preocuparse de las guerras combatidas por su pas y por qu lo hace estaba en nuestro inconsciente. Esto quera decir que esas guerras eran nuestra responsabilidad.

Si mi pas peleaba alguna guerra infernal en una tierra lejana, matando a miles y miles de campesinos, pareca completamente normal de hecho, un deber reaccionar ante ello como lo hicieron tantos estadounidenses en las fuerzas armadas incluso llevando smbolos de la paz en plana batalla o creando publicaciones antiblicas en su propia base militar, y sobre todo unindose a la oposicin cuando todava estaban en ese ejrcito de ciudadanos. El horror de aquella guerra tambin me moviliz a m, que no formaba parte de las fuerzas armadas. Aun as, todava recuerdo que cuando marchaba en Washington junto con otros cientos de miles de manifestantes, nunca se me ocurri ni siquiera cuando Richard Nixon estaba en la Casa Blanca que un presidente de Estados Unidos no escuchara la voz de la ciudadana movilizada.

Hay algo ms. Cada uno de esos momentos movilizadores, con sus peculiaridades, demostraron ser un inconfundible relato de un triunfo estadounidense: La victoria en la Segunda Guerra Mundial, que haba dejado literalmente en ruinas a las tres formas de fascismo la alemana, la italiana y la japonesa al mismo tiempo que haba convertido a Estados Unidos en una superpotencia mundial; y la derrota de Vietnam, que puso en cuestin la capacidad destructiva de esa superpotencia, gracias en parte a la accin combinada de los ciudadanos del ejrcito en rebelda y de un ejrcito de ciudadanos.

Los objetos de tefln* de nuestro mundo estadounidense

En todos los sentidos, desde entonces, la victoria ha desaparecido perdida en accin; esto, durante dcadas (con apenas un breve momento de respiro) implica la idea misma de que los estadounidenses tienen algn tipo de deber cuando se trata de las guerras en las que su pas elige presentar batalla. En nuestra poca, la guerra, al igual que el presupuesto del Pentgono y el poder cada da mayor del estado de la seguridad nacional, ha sido vacunada contra el virus de la participacin ciudadana, por lo tanto contra cualquier forma significativa de crtica o resistencia. Es un proceso que vale la pena considerar ya que nos recuerda que en Estados Unidos estamos verdaderamente en una nueva era, ya sea la de los plutcratas, administrada por los plutcratas y para los plutcratas o la de los generales, administrada por los generales y para los generales aunque, claramente, no la del pueblo, administrada por el pueblo y para el pueblo.

Despus de todo, durante ms de 15 aos, las fuerzas armadas de Estados Unidos han estado combatiendo guerras fracasadas o a punto de estarlo enfrentamientos que solo parecen propagar el fenmeno (el terrorismo) que supuestamente deben erradicar en Afganistn, en Iraq, ms recientemente en Siria, intermitentemente en Yemen y otros sitios en todo el Gran Oriente Medio y regiones de frica. En las ltimas semanas, la poblacin civil de esas tierras distantes ha visto cmo mueren cada vez ms personas (sin que eso mereciera como sucede peridicamente desde hace unos aos demasiada atencin aqu, en casa). Mientras tanto, los generales de Trump han estado intensificando calladamente esas guerras. Cientos, posiblemente miles, de soldados estadounidenses adicionales y unidades de operaciones especiales estn siendo enviados a Siria, Iraq y la vecina Kuwait (sobre estos movimientos de tropas, el Pentgono ya no proporciona cifras, ni siquiera aproximadas); los ataques areos estadounidenses se han incrementado en toda la regin; el comando de EEUU en Afganistn pide refuerzos; los ataques de EEUU con drones han establecido un nuevo rcord de intensidad en Yemen; Somalia puede ser el prximo objetivo de misiones e intensificacin; y todo parece indicar que Irn ya est en la mira de Washington. En este contexto, vale la pena sealar que aun con la significativa presencia en la calle de grupos de manifestantes contrarios a Trump, ninguno de ellos encara la cuestin de las guerras de Estados Unidos.

Gran parte de lo que est sucediendo era razonablemente previsible desde que Donald Trump un hombre al que le preocupan poco los detalles de los temas que plantea, desde el cuidado de la salud a las campaas de bombardeo nombrara a generales que ya se haban implicado profundamente en las desastrosas guerras de Estados Unidos, ya fuera en su planificacin y su supervisin como en la formulacin de la poltica exterior en general (a estas alturas, el departamento de Estado de Rex Tillerson ha sido relegado a algo cercano a la insignificancia). En respuesta, muchos en los medios y otros sitios empiezan a tratar a esos generales como si fuesen los nicos adultos en el espacio Trump. De ser as, decididamente se engaan. Por qu, entonces, estaran intensificando sus guerras de un modo tan conocido para quienes hayan estado prestando atencin durante los ltimos 15 aos, esto es, recurriendo una vez ms a lo que no ha funcionado en todos esos aos? Quin no siente cierto escalofro cuando la palabra oleada comienza a asociarse otra vez con la posibilidad de mandar a Afganistn a algunos miles ms de soldados estadounidenses? Despus de todo, con 15 aos de penosas lecciones, ya sabemos cmo acaba esta historia. La pregunta es: por qu no lo saben los generales?

Y aqu surge otra pregunta que debera uno hacerse (y no la hace) en el siglo XXI de Estados Unidos. Por qu un esfuerzo blico que ya ha costado billones de dlares al contribuyente de este pas no supone la menor movilizacin del pueblo de EEUU? Nada de impuesto de guerra, bonos de guerra, apoyo a la guerra, huertas para la victoria, algn tipo de sacrificio o, en esta cuestin, una crtica seria, manifestaciones o resistencia? Tal como de verdad ha sido desde Vietnam, tanto la guerra como la seguridad nacional de Estados Unidos son cuestiones que deben dejarse a los profesionales, aunque hayan demostrado un evidente amateurismo.

Y an hay otra pregunta: con un movimiento de oposicin preparndose para los temas nacionales, continuarn nuestras guerras, las fuerzas armadas y el sistema de la seguridad nacional siendo los objetos de tefln de nuestro mundo estadounidense? Por qu, con la nica excepcin del presidente Trump (y en su caso, solo cuando se mencionan las agencias de seguridad que han tratado con l), nadie salvo pequeos grupos de veteranos contra la guerra y un nmero minsculo de activistas tan resueltos como los anteriores cuestiona el estado de seguridad nacional, aunque sus actividades puedan crear un vasto abanico de estados fallidos y un infierno de movimientos terroristas y poblaciones sin contencin?

La era de la desmovilizacin

En el caso de las guerras estadounidenses, hay una historia que explica cmo acabamos en esta situacin. No existen dudas de que comenz en los ltimos aos de la guerra de Vietnam, cuando el alto comando de EEUU resistido por unas fuerzas armadas en estado de virtual sublevacin decidi que deba acabarse con el servicio militar obligatorio. Lo que se necesitaba, creyeron los altos jefes, era un ejrcito de voluntarios (que, para ellos, significaba unas fuerzas armadas en las que no hubiera cuestionamiento alguno).

En 1973, el presidente Nixon accedi y puso fin al servicio militar obligatorio, el primer paso hacia la recuperacin del control de un ejrcito de ciudadanos rebeldes y una poblacin dscola. En las dcadas siguientes, las fuerzas armadas seran transformadas en algo cercano a una legin extranjera de Estados Unidos aunque muy pocas personas usaran estas palabras. Adems, en los aos que siguieron al 11-S, ese ejrcito de voluntarios empez a albergar en su seno a una segunda fuerza armada, mucho ms secreta, de 70.000 militares: el Comando de Operaciones Especiales. Miembros de este cuerpo de elite al que podra considerarse el ejrcito privado del presidente son habitualmente enviados a destinos en cualquier lugar del mundo para adiestrar legiones extranjeras y cometer acciones que, en el mejor de los casos, son a medias conocidas por el pueblo estadounidense.

En esos aos, buena parte de los estadounidenses ha sido convencida de que el secretismo es un aspecto fundamental de la seguridad nacional; que lo que sepamos acabar hacindonos dao; y que la ignorancia del funcionamiento de nuestro propio Estado sumido hoy en la penumbra del secretismo nos protege del terror. En otras palabras: el conocimiento es peligroso y la ignorancia, seguridad. Sin embargo, tan orwalliano como puede sonar, esto se ha convertido en lo normal en el Estados Unidos del siglo XXI.

Que el gobierno deba tener el poder de vigilarnos en estos momentos es apenas un dato de la realidad; que nosotros debamos tener el poder de vigilar (o simplemente controlar) a nuestro propio gobierno es un lujo de otros tiempos. Esto ha demostrado ser una frmula eficaz para arribar a la desmovilizacin que define a esta poca, aunque encaje bastante mal con cualquier descripcin normal del funcionamiento de una democracia o con la hoy excesivamente anticuada creencia de que una sociedad informada (en contraposicin a una sociedad no informada, o incluso desinformada) es decisiva para el funcionamiento de tal gobierno.

Por otra parte, mientras los ms altos funcionarios de la administracin Bush lanzaban su Guerra Global Contra el Terror despus del 11-S, seguan obsesionados por los recuerdos de la movilizacin por Vietnam. Ansiaban unas guerras en las que no hubiera periodistas curiosos, ni horribles recuentos de bajas, ni bolsas con cadveres volviendo a casa que provocaran manifestaciones ciudadanas. En su mente, para el pblico estadounidense solo habra dos papeles disponibles. El primero responda a la memorable exhortacin del presidente George W. Bush: Ir a Disney World, en Florida, con vuestra familia y disfrutar de la vida del modo que nosotros queremos que se disfrute en otras palabras, ir a comprar al centro comercial. El segundo, era agradecer eternamente y elogiar a los guerreros estadounidenses por sus hazaas y sacrificio. Para mejor o para peor (invariablemente, acabara siendo para peor), sus guerras deban ser sin pueblo y libradas en tierras remotas, de modo que no alteraran la vida de Estados Unidos, otra fantasa de nuestra poca.

La cobertura meditica de estas guerras deba ser cuidadosamente controlada: periodistas incrustados en las unidades militares; las bajas (estadounidenses) mantenidas en el menor nmero posible; y las propias acciones militares realizadas en secreto, inteligentes y cada vez ms robticas (de ah, los drones) con la muerte centrada exclusivamente en el enemigo. En resumen, la guerra a la americana deba transformarse en algo inimaginablemente asptico y distante (es decir, si uno vive a miles de kilmetros de ella y puede comprar a lo loco). Adems, el recuerdo de los ataques del 11-S ayud a hacer potable cualquier cosa que Estados Unidos hiciera a partir de entonces.

En esos aos, la consecuencia en casa sera una poca de desmovilizacin. La nica excepcin tal vez sea la que algn da intrigue a los historiadores seran los pocos meses anteriores a la invasin de Iraq por parte de la administracin Bush, cuando cientos de miles de estadounidenses (millones, en el mundo) de repente salieron a la calle para manifestarse una y otra vez. Sin embargo, eso acab con la invasin misma y frente a un gobierno resuelto a no escuchar.

An est por verse si acaso en el Estados Unidos de Trump, con esa sensacin de prdida de vigor de la desmovilizacin, la poltica guerrera estadounidense y la de privilegiar a las fuerzas armadas volvieran a convertirse en el blanco de la movilizacin popular. O acaso Donald Trump y sus generales de tefln tendrn las manos libres para hacer lo que se les antoje en el extranjero, pase lo que pase en casa?

En muchos sentidos, desde su fundacin Estados Unidos ha sido una nacin hecha por las guerras. En este siglo, la pregunta es: podran su ciudadana y su forma de gobierno ser deshechas por ellas?

Nota:

* Todos conocemos el tefln, ese recubrimiento plstico en sartenes y otros utensilios de cocina que evita que se peguen las comidas. Ronald Reagan, que supo ser presidente de Estados Unidos, fue llamado el presidente de tefln porque nada de lo que hizo le afect nunca. (N. del T.)

Tom Engelhardt es cofundador del American Empire Project, autor de The United States of Fear y de una historia de la Guerra Fra, The End of Victory Culture. Forma parte del cuerpo docente del Nation Institute y es administrador de TomDispatch.com. Su libro ms reciente es Shadow Government: Surveillance, Secret Wars, and a Global Security State in a Single-Superpower World

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176262/tomgram%3A_engelhardt%2C_the_teflon_wars/#more

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelin como fuente de la misma.



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