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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-04-2017

Apuntes para una genealoga de la moral sexual

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


Y, sobre todo, fuera el cuerpo, esa lamentable "ide fixe" (idea fija) de los sentidos!, sujeto a todos los errores de la lgica que existen, refutado, incluso imposible, aun cuando es lo bastante insolente para comportarse como si fuera real!...
(Friedrich W. Nietzsche: El crepsculo de los dolos)


Entre los lugares comunes que conforman el paisaje de la historia de la filosofa se halla aquel que atribuye a Nietzsche el empleo del mtodo genealgico como procedimiento de indagacin filosfica. Procedimiento luego adoptado con carcter teraputico por Sigmund Freud para la cura de la neurosis. Tiene su motivacin en la sospecha que el filsofo alemn expresa en su Genealoga de la moral con estas palabras: permanecemos necesariamente ajenos a nosotros mismos, no nos comprendemos, tenemos que confundirnos, para nosotros reza la frase eternamente: "De nadie estamos ms lejos que de nosotros mismos", no somos "conocedores" de nosotros mismos. En el susodicho libro emplea el mtodo en cuestin para revelar el origen de nuestros prejuicios morales. Sacarlos a la superficie de nuestra consciencia al modo como el psicoanlisis pone bajo el foco de la misma lo que se ocultaba en el inframundo psquico del subconsciente. Al fin y al cabo la cultura es el precipitado histrico de nuestras experiencias no siempre precisamente racionales, que con el tiempo, sin embargo, y por mor de su institucionalizacin y reificacin, acaban confundindose con la naturaleza objetiva.

En este mtodo se halla implcito el reconocimiento de que el devenir y su humana forma, la historia constituye la clave para comprender cmo se dibuja el mapa por el que nos orientamos los humanos en la bsqueda del sentido de las cosas. Devenir con su inercia al margen de la voluntad de los hombres, y que stos padecen la ms de las veces sin ser sabedores de ello; lo que les arroja ineluctablemente en brazos de ilusiones cognitivas que ponen velo a la luz que la realidad emite. Toda una rebelin contra la dominante concepcin metafsica que tiene en la esencia su canon para la comprensin de lo que es, y que halla en el lenguaje a decir del propio Nietzsche su principal refuerzo.

Inspirado en la propuesta del pensador errante quiero aqu dedicar unas lneas a reflexionar en torno a la carga moral que impregna desde tiempo inmemorial al cuerpo humano y sus pulsiones (y pasiones) sexuales. (As completo la visin naturalista que sobre este particular ofrec en un anterior texto.) No pretendo ni mucho menos un exhaustivo y profundo anlisis antropolgico, sino ms bien considerar algunos elementos histricos que pueden contribuir a la toma de consciencia de nuestros prejuicios sobre esa potente dimensin de nuestro mundo, poniendo en evidencia de este modo la condicin de ilusiones cognitivas de lo que insisto, y sobre todo para los moralistas del sexo pasa por naturaleza objetiva. Para expresarlo con contundencia y que nadie se lleve a engao, me servir de las palabras del propio Nietzsche escogidas de El crepsculo de los dolos: La moral es una interpretacin de ciertos fenmenos; dicho de manera ms precisa, una interpretacin equivocada. El juicio moral, lo mismo que el religioso, corresponde a un nivel de ignorancia en que todava falta el concepto de lo real, la distincin entre lo real y lo imaginario: de tal manera que, en este nivel, la palabra "verdad" designa simplemente cosas que hoy nosotros llamamos "imaginaciones".

Si hay un elemento de lo real que ha sido histricamente campo de batalla en nuestra cultura entre esos polos dialcticos (lo real y lo moral), cuya tensin ha generado una parte principal del discurso moral de nuestra cultura, ese ha sido sin duda el cuerpo humano (y quin podra negar que no lo sigue siendo en la actualidad?). Aqu nuestro compromiso con la indagacin genealgica nos lleva necesariamente a los orgenes de la moralidad cristiana, cuyo influjo sobre el sistema de valores que marca nuestra percepcin axiolgica de los hechos es ciertamente notable.

Wayne A. Meeks, profesor emrito de la universidad de Yale, es un reconocido erudito en lo que a los orgenes del cristianismo se refiere. Gran parte de su conocimiento al respecto queda recogido en su libro titulado Los orgenes de la moralidad cristiana. En l recorre los dos primeros siglos de constitucin del cristianismo como religin con entidad propia. Reparemos en un captulo, el ocho, que lleva por ttulo El cuerpo como signo y como problema. Ya este ttulo es suficiente muestra de lo que hemos adelantado lneas atrs: desde la perspectiva de la moral religiosa (y no slo la cristiana) el cuerpo no es un mero organismo, sino un elemento portador de sentido, el cual no siempre resulta fcil armonizar con su natural inmanencia.

Es verdad que la problematicidad del cuerpo estaba ya en Platn, y moralistas de la antigedad como Filn de Alejandra del siglo I, judo pero con simpatas platnicas, tenan claro que el logro de la virtud pasaba por el enfrentamiento entre alma y cuerpo. Ahora bien, es Pablo de Tarso, coetneo del anterior, el idelogo decisivo del cristianismo en sus orgenes. No es que sus cartas sean precisamente sencillas, claras o coherentes nos advierte el profesor Meeks, pero es el escritor cristiano ms antiguo cuyas obras sobreviven. En su epstola a los corintios (1 Cor.) advierte a los cristianos de esa comunidad de un mal entendimiento de la libertad que puede llevar a su aniquilacin. El santo viajero quiere que su pblico comprenda que Dios, al resucitar a Jess corporalmente de entre los muertos y prometer con ello la resurreccin final de todos nuestros cuerpos, aunque en un estado espiritual transformado, tiene derechos sobre el cuerpo. Es ms, Pablo equipara la vida cristiana a la esclavitud; en sus propias palabras: habis sido comprados a un precio; as que glorificad a Dios en [o con] vuestros cuerpos. Y en la carta a los romanos: os exhorto, pues, hermanos, a que ofrezcis vuestros cuerpos como una vctima, viva, santa, agradable a Dios, tal ser vuestro culto espiritual. Lo que se hace en el cuerpo es moralmente significativo. De esta manera, con legitimacin teolgica, le es enajenado su propio cuerpo a cada cristiano.

Con el paso de los siglos, en la Edad Media, la teologa, ya como supremo discurso terico-moral, establece la norma de comportamiento sexual en nombre de la naturaleza. Es la conclusin a la que llegan los medievalistas Danielle Jacquart y Claude Thomasset al final del libro que dedican al asunto bajo el ttulo de Sexualidad y saber mdico en la Edad Media. Esa norma tiene su legitimidad en la ley divina que, de acuerdo con el sistema de ideas de Toms de Aquino hecho suyo por la Iglesia, se expresa por medio de la ley natural y se concreta social y jurdicamente en la ley positiva. Atenindonos a estas premisas, la conducta humana tiene un telos inmanente que necesariamente ha de ser congruente con el telos trascendente o divino, y que determina de forma eterna e inmutable el orden moral. Toda manifestacin de la sexualidad humana que no cabe dentro de esa definicin normativa, simplemente es negada o tachada como aberrante por ir contra natura, contando con el apoyo cientfico de la medicina de la poca, muy constreida por las exigencias morales de la teologa. Dicho por la pareja de autores arriba mencionados: La medicina ignorar los comportamientos que se salen de la norma o bien los clasificar entre los casos patolgicos. La estrategia consiste en hurtar a ciertos tipos de comportamiento toda posibilidad de existir en el mundo presente, sano y normal.

El caso de Sor Benedetta Carlini estudiado por la historiadora Judith C. Brown es prueba de lo que acabamos de exponer. En su ensayo titulado Sexualidad lesbiana en la Italia del Renacimiento: el caso de Sor Benedetta Carlini refiere la historia de una monja nada menos cuya conducta sexual es sencillamente inconcebible para quienes han de juzgarla. Sabemos de ella por un documento hallado por la mencionada investigadora en el Archivo del Estado de Florencia, identificado bajo el ttulo Caso de una monja de Pescia que afirmaba ser objeto de acontecimientos milagrosos, pero que despus de la investigacin result ser mujer de mala reputacin. Esa mala reputacin no era rara en los conventos de la poca renacentista, dada la relajacin moral existente en ellos, puesto que eran en expresin de la profesora Brown almacenes para mujeres de las clases medias y superiores, cuyos padres las depositaban all por no poder casarlas convenientemente. Benedetta Carlini era una de aquellas jvenes, llevada al convento a la edad de nueve aos para cumplir un voto que sus padres hicieron en el momento de su nacimiento, segn consta en el documento donde se recoge la investigacin eclesistica de su caso fechada entre 1619 y 1623. Como era inteligente y persuasiva, y saba leer y escribir, no es de extraar que llegase a abadesa antes de los treinta.

Pero lo que llam la atencin de las autoridades eclesisticas no fue su brillantez, sino sus declaraciones de que era visitada por Cristo y por ngeles varones, siendo receptora de favores divinos. Durante el interrogatorio al que se la someti fueron revelados detalles de su vida sexual que dejaron atnitos a los inquisidores. Su conducta amatoria se encuadraba dentro de la homosexualidad, lo que el catlogo de los crmenes de la carne etiquetaba como sodoma, una conducta suficientemente conocida y abominada por los perseguidores del pecado por ser contra natura; pero nadie de entre los doctores de la Iglesia haba concebido su posibilidad entre mujeres. La ausencia de casos en los documentos eclesisticos del renacimiento y la poca moderna as lo demuestran. En opinin de las autoridades segn refiere nuestra historiadora un caso tan horrible y contra natura es tan detestable y causa tanto horror que no puede mencionarse. No es de extraar, pues, la prctica inexistencia de referencias a la sexualidad lesbiana en los archivos inquisitoriales y judiciales; pero lo razonable es explicarlo por la incapacidad para concebir la existencia de una prctica sexual ajena al cosmos ordenado de la moral sexual cristina, la natural y la normal; no porque no fuera posible, incluso probable, con un porcentaje de poblacin femenina confinada en los conventos que rondaba el diez por ciento del total de las fminas. Ese cosmos, adems, haba sido diseado tericamente desde una mentalidad exclusivamente masculina, y en consecuencia era falocntrico: la consideracin de que las mujeres podan provocarse entre s el placer sexual sin la ayuda de un hombre, se le ocurra a muy pocos telogos y mdicos. En el siglo XVIII el clrigo italiano Lodovico Maria Sinistrari decidi escribir un tratado sobre la sodoma femenina, en el que se planteaba su existencia. Tras arduo estudio, acab por concluir su imposibilidad, salvo en raras excepciones.

Se defini Sor Benedetta como lesbiana? No poda hacerlo; no exista la palabra para algo que no poda ser. Y por supuesto quienes la sometieron a interrogatorio, a ella y a su amante, no entendieron lo que les contaron. He aqu lo que ahora podemos comprender si asumimos la realidad de los hechos, y no los forzamos a someterse al lecho de Procusto de una moralidad esta s contra natura, obsesionada con las definiciones y los estereotipos que delimitan un orden fijo, en verdad trasunto de unos prejuicios que nada tienen que ver con la compleja realidad de la sexualidad humana. En el caso de la homosexualidad femenina, no todas las mujeres que han mantenido relaciones sexuales y emocionales con otras mujeres se etiquetan a s mismas como lesbianas. A la inversa, mujeres que nunca han practicado la relacin homosexual s se consideran a s mismas como tales. Como advierte la profesora Brown: la gama de experiencias y de autoidentificacin es inmensamente variada y opera en gran medida dentro de categoras socialmente definidas que influyen en la identidad y en la conducta. Y la categora cultural de lesbiana no aparece hasta finales del siglo XIX.

Es obvio que sexualidad y cultura estn entrelazadas, y no es menor en el componente cultural la carga de la moral de origen judeocristiano. Claro que en el catlogo de los pecados hay cosas que implican dao para las personas, por lo que no pueden ser tenidas por buenas, pero tambin hay bastantes verdaderamente inocentes y hasta necesarias en mayor o menor medida. La genealoga de nuestra moral sexual explica por qu an queda en nuestra civilizacin resistencias contra los placeres de la carne, y todava hay quien los califica de animales e inmundos por mancillar un cuerpo que ha de ser santuario del espritu, aquello que nos eleva por encima de las bestias a la humanidad. Pero la evidencia dice lo contrario: fuera de nosotros no hay prcticamente ningn animal que practique el sexo por placer. La evolucin ha dotado a nuestra especie de mecanismos muy potentes que han convertido el sexo ms en una diversin que en una obligacin reproductora. Por tanto, lo verdaderamente humano, en un sentido rigurosamente estricto, es hacer del sexo un arte del deleite de vivir; lo animalesco es supeditarlo a la funcin procreadora. Ello ha supuesto una aportacin natural que, junto con otras, nos ha convertido en lo que somos. Quiere decirse, pues, que el desarrollo de las caractersticas ms sobresalientes de nuestra sexualidad ha contribuido tambin a conformar la esencia de eso que llaman espritu humano.

Jos Mara Agera Lorente es catedrtico de filosofa de bachillerato y licenciado en comunicacin audiovisual

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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