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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-04-2017

La tele-evidencia del mal: el crimen naturalizado

Arturo Borra
Rebelin


El habituamiento al mal forma parte de una sociedad que no se reconoce responsable de lo que produce, a pesar de producirlo de forma deliberada. La pesadilla se ensancha sin otras expectativas de respuesta que no sean, de forma regular, meramente defensivas o simples fantasas compensatorias. El fantasma conjurado de la revuelta ha sido pisoteado por al fantasma de la restauracin fascista, aun si sus modulaciones son diferentes a las que histricamente ha producido.

Incluso el terrorismo que atemoriza a las masas occidentales cada vez pierde algo de su potencia originaria, por ms brutales que sigan siendo sus atentados. As ha ocurrido en Medio Oriente y en frica y as ocurrir probablemente en el viejo continente, en Rusia o en EEUU, a medida que pierdan su carcter excepcional. Si bien es cierto que el valor jerrquico de los muertos contina por otros medios, la desigualdad de los vivos, tampoco los sujetos metropolitanos escapan a esta necrosis sensible frente a la repeticin de la masacre. La exposicin continuada al Terror en sus distintas versiones hace de la amenaza una presencia ms o menos difusa con la cual se aprende a coexistir, aunque se trate de un aprendizaje inducido, entre otras cuestiones, por el despliegue indito de un aparato de seguridad que no cesa de recortar libertades en nombre de la libertad y por la extraordinaria visibilidad que estos fenmenos adquieren a nivel meditico cuando ocurren en territorio europeo o estadounidense.

En trminos generales, la rutina del crimen apenas logra movilizar algo de nuestras energas polticas. Si por una parte la percepcin de amenaza es omnipresente, por otra parte, las respuestas sociales prevalecientes no parecen ser otras que un acentuado repliegue narcisista: puesto que estoy amenazado, me reafirmo contra el mundo, rompiendo el espejo odioso del Otro. Ante las zozobras del presente, esta suerte de retorno narcisista es previsible. La energa libidinal se retira, por as decirlo, de una exterioridad significada como amenazante, en la que tambin aparecen una multitud de ellos. Una respuesta defensiva semejante condena a distancia a los otros a partir de un principio de indiferenciacin. Es la contracara subjetiva de una economa poltica del sacrificio que no cesa de producir, como parte de su dinmica funcional, nuevas categoras de damnificados.

La muerte por abandono de miles de desplazados en las orillas de Europa, la plaga del feminicidio, el empobrecimiento extendido en plena expansin de corporaciones trasnacionales que concentran gran parte de la riqueza social, la precarizacin laboral generalizada y el desempleo elevado, la multiplicacin de las guerras neocoloniales que se ensaan contra cientos de miles de personas inocentes, el crimen organizado a escala internacional, la escalada del autoritarismo en presuntos estados de derecho y la criminalizacin de la disidencia poltica, los suicidios perpetrados por un sistema bancario que desahucia a los que prometi albergar, la corrupcin estructural que perpeta los privilegios de las elites dominantes, el predominio de la rapia financiera en la economa mundial, el racismo y la xenofobia institucionalizados contra las minoras, las hambrunas y las desigualdades recurrentes planteadas como inevitables, la imposicin ideolgica de la economa de mercado a sus vctimas, los desastres ecolgicos peridicos que expulsan a millones fuera de sus hogares, la violacin sistemtica de los derechos humanos de dos tercios de la humanidad, la hegemona cultural del individualismo ms mortfero, entre otros elementos sobredeterminados, participan en un proceso social de otrificacin que exime a los propios no slo de la responsabilidad de proteccin y asistencia a las personas damnificadas sino tambin del deber de cambiar el mundo que sostiene este rgimen de desigualdades.

A escala global, el aprendizaje es casi perfecto, si no fuera por el recordatorio relativamente incmodo de activistas, grupos y movimientos disidentes que, como partcipes de una poca sombra, no se conforman con hacerse sitio en el espectculo. Contra ese recordatorio, sin embargo, se cierne el despliegue de las industrias culturales dominantes. A fuerza de repeticin del horror, lo que nos pareci inconcebible se ha hecho parte del ruido de fondo de lo cotidiano: la evidencia de un mal que ocurre en otra parte.

La tele-evidencia del mal, sin embargo, crea impotencia. No es slo que en un plano ideolgico el sujeto se exime de responder ante el otro. El propio otro es puesto a una distancia insalvable. Es devorado por el agujero negro de la pantalla. El reconocimiento comn de no poder hacer nada ante su padecimiento es, en este sentido, efecto de una repeticin discursiva: el dao acontece a distancia, sin relacin con las coordenadas de mi actividad vital.

La impotencia se acenta ms todava en el contexto de una cultura de masas que se sita ms all de cualquier principio de verdad: la realidad efectiva del sufrimiento ajeno es, cuando no negada directamente, relativizada lo suficiente como para no sentirse llamados a responder. Incluso si no desaparece del todo la indignacin, nuestro estado de nimo colectivo es ms bien resignado, cuando no conformista. Ni siquiera cuenta que el propio sujeto reconozca que en su relato incurre no ya en contradicciones lgicas o en incoherencias pragmticas sino en mentiras sistemticas, convertidas en tctica propagandstica o publicitaria. Tampoco cuenta que los mentirosos compulsivos sean los que dominan el juego o que el sistema judicial vigente exonere a los estafadores e inculpe a los que procuran desafiar la dictadura de la correccin poltica. Es indiferente que los medios masivos de (des)informacin publiquen de forma espordica noticias que desperecen a la audiencia, acaso como una estrategia de legitimacin ante la cada vertiginosa de su credibilidad, empeados como estn en sostener sus prerrogativas. Si hiciera falta, en nombre del raiting, no sera descabellado suponer que podran televisar una snuff movie como lo han hecho con el asesinato televisado de un embajador ruso en Turqua o con un nio inerte abandonado a su suerte en una playa indiferente; podran televisar la destruccin del mundo como lo han hecho con la cada del sistema financiero internacional. En el mejor de los casos, podrn desatar -no necesariamente de forma voluntaria- olas efmeras de solidaridad; una solidaridad que se agota no bien un nuevo desastre acapara nuestra atencin no menos efmera.

Ante esta forma de mal difuso, sustraerse al discurso de la impotencia forma parte de la reconstruccin de nuestras subjetividades polticas ante un sistema-mundo que no parece tener otro lmite intrnseco que el que fija la propia imaginacin cnica. Forma parte del experimento neoconservador determinar el punto fronterizo en que s podramos romper el cristal confortable del mundo privatizado, la rebelin ante un mundo social voraz que afecta hasta las relaciones amorosas o de amistad, convertidas regularmente en capital social exhibido en alguna red al uso. La frecuente exhortacin a la armona universal que los grupos dominantes lanzan, apelando a esas redes y medios, ya es indicativo de lo que est en juego: la inhibicin tendencial de la crtica como facultad de interrogar y cuestionar lo heredado. La crisis de la izquierda tradicional una izquierda que no parece haber tomado nota de otras formas de antagonismo social que no pasen por las reivindicaciones de las clases trabajadoras o la restitucin del estado de bienestar- pasa factura no slo bajo la forma de un dficit utpico sino tambin de una dificultad recurrente para articular mltiples prcticas sociales disidentes.

En esta marcha ciega de la historia, no comprenderamos nada si no apuntramos en el anlisis a las transformaciones relativamente recientes que las tecnologas informativas y comunicativas han contribuido a producir en nuestras sensibilidades y en nuestros modos de interactuar con los dems. Y comprenderamos menos todava si no ligramos esas transformaciones tcnicas con una subjetivacin capitalstica en trminos de Guattari- que ha convertido el dolor del otro en un efecto secundario del propio goce idiota. A diferencia de otras pocas en las que poda invocarse con cierta confianza la alteridad como posibilidad de otra sociedad, es la propia alteridad la que se est desdibujando de una forma acelerada, al punto donde la propia nocin de utopa histrica resulta cuando menos sospechosa.

Si esto es cierto, la interiorizacin del discurso capitalista y las transformaciones en las sensibilidades colectivas que propicia a partir de la omnipresencia cotidiana de las TIC permiten dar cuenta, al menos parcialmente, de la estetizacin de una violencia inaudita contra quienes no encajan dentro de los criterios de xito de ese discurso. Tal es la situacin que presenciamos entre el estupor y la apata, como es el caso de la grabacin de las palizas propinadas en el mbito escolar a quienes son representados como diferentes, de la transmisin en directo de la violacin colectiva de una menor mientras decenas de personas la contemplan como un espectculo que no les atae, de las fotografas que muestran los abusos ignominiosos cometidos contra los trofeos de guerra hacinados en crceles secretas o de la filmacin de agresiones gratuitas a transentes, por poner algunos ejemplos heterogneos.

Incluso si la promesa de lo diferente resucita de forma espordica del fondo de la desesperacin, nuestro presente se ha reconfigurado como espectculo renovado, vivido como una escena en la que somos constituidos como observadores que se limitan a contemplar lo que acontece ms all de nuestro alcance, como si esa contemplacin no fuera una forma de participacin perversa en la misma produccin de acontecimientos aberrantes. Por retomar un ejemplo reciente: la condicin de posibilidad de una violacin-colectiva-a-transmitir es la reproductibilidad tcnica del acto. No habra semejante violacin a transmitir sin la existencia de medios y redes comunicacionales que hacen presente una lejana presuntamente desconectada del observador y que, sin embargo, se sostiene en su existencia.

El dao puesto a distancia tiende a desdibujar respuestas activas. A lo sumo, provoca un estremecimiento ante un horror sobre el que no ejerzo ningn control. Las esquirlas que se incrustan en cuerpos distantes siguen siendo suficientemente lejanas como para no conmover los cimientos de nuestro mundo cotidiano. Incluso las espordicas marchas ciudadanas ante las polticas de asilo europeas constituyen ms una respuesta de consuelo que una intervencin social transformadora. A menudo bajo la forma de una hiperactividad miope -en la que el yo se convierte en militante de s mismo-, la dificultad para identificarnos con los otros no cesa de crecer. Entretenidos en el espectculo del yo y sus prolongaciones en el endogrupo, qu relevancia subjetiva podra tener la realidad de una multitud sufriente, sin rostro? Cmo estamos subvirtiendo esta separacin social radical que condena a una parte significativa de la especie humana a los vertederos?

La edad del cinismo es tambin la era que ha industrializado el crimen, al punto de producir en el presente la tele-evidencia del mal como presunta realidad inexorable. Si bien podra leerse esa criminalidad como una continuidad histrica, las modalidades de su produccin son histricamente especficas: no slo su dependencia con respecto a ciertas formas de racionalidad sistmica, su relacin con dispositivos tecnolgicos relativamente novedosos o, ms en general, su vnculo con las metamorfosis culturales del capitalismo, sino tambin la persistencia de un rgimen (neo)colonial que inferioriza a los otros pese a sus prdicas pseudodemocrticas.

A pesar de las odas a la globalizacin capitalista, la zanja entre nosotros y ellos no cesa de ensancharse, dinamitando aquellos puentes que hacen posible un reconocimiento recproco como sujetos semejantes, esto es, como humanidad comn. La tele-evidencia, en el mismo momento en que sita el mal a distancia, jaquea nuestra capacidad de empata: desconecta la evidencia de nuestra accin. Desde luego, sera ingenuo suponer que aquellas muertes, aquellas violaciones, aquellos abusos, no tienen nada que ver con el visionado, con el sujeto observador, con los dispositivos mediticos y tecnolgicos, como si no fueran sus soportes materiales. El problema es que esa supuesta desconexin forma parte de los efectos ilusorios que crea la accin a distancia. La ventaja de no tener que enfrentarse cara a cara con las vctimas es que podemos ocultar nuestra participacin (diferencial, ciertamente) en la maquinaria que los produce.

La propia evidencia de la tele-evidencia opaca nuestra proximidad con lo que acontece y, particularmente, nuestra implicacin en la construccin del mundo social presente. A pesar de los obstculos, forma parte de nuestras responsabilidades polticas no enajenarnos del estado patolgico del mundo ni desligar nuestras vidas del crimen naturalizado, como aquello que est all, irreductible y objetivo.

Es cierto que presentimos que es cuestin de tiempo que las esquirlas tambin nos daen (si todava no lo han hecho), que mientras nuestro saber no se convierta en revuelta ese riesgo no cesa de incrementarse. Pero se trata de un riesgo todava abstracto, que no se vive como inminencia. Sin riesgo inmediato, en una sociedad de la indiferencia, quien gana la partida no es la aoranza por otro mundo posible sino la sensibilidad anestesiada por la repeticin espectacular de la catstrofe, la sensibilidad que se ha habituado a la tele-evidencia, es decir, a aquello que ni siquiera podemos tocar, en suma, a una visin sin visin, porque al fin de cuentas la tele-evidencia oculta otras realidades ms prximas e imperceptibles que, sin embargo, sustentan el horror exhibido hasta el agotamiento.

La tele-evidencia repetida, al poner el peligro a distancia, construye una fosa sin comn denominador entre los otros y los propios. La certidumbre del mal nunca es suficiente para movilizar los pies. Como si la conexin instantnea del mundo estuviera, al mismo tiempo, interrumpida por el cortafuego de una subjetividad que no quiere saber absolutamente nada fuera de su hedonismo fantaseado aun cuando a menudo no pueda sustraerse a lo exhibido. En ese goce idiota, falta el otro y lo que hay de otro en nosotros mismos. Soltando la mano a los dems, vamos abrindonos paso a la evidencia de nuestra servidumbre.


Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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