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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 18-04-2017

Cuestin de principios (II)

Jaime Richart
Rebelin


El ltimo rasgo de la mentalidad restringida a un grupo, a un pueblo o a una comunidad es ser una condensacin interiorizada de la vida social. Difcilmente destructible desde fuera y difcil de empaar desde dentro...

El caso es que, as las cosas, en la actualidad podemos distinguir en Espaa las siguientes mentalidades yuxtapuestas:

La primera es la de los "viejos conservadores" que profesan a ojos vista el residual del ideario dictatorial (lase autoritarismo, militarismo, fanfarronera, confrontacin, ventajismo), eso s, actualizado, que qued larvado entre altas dosis de pensamiento catlico genuino hispano, adusto e intolerante. La otra mentalidad es la que irrumpe a caballo de ese socialismo gradualmente rebajado que colabor con ellos para "fabricar" la transicin. La tercera es la que hace acto de presencia, dificultosamente, a lomos del comunismo democrtico que, desde los comienzos y por su exigua representacin parlamentaria, vino desempeando un papel testimonial de la conciencia humanista hasta ayer.

La mentalidad de los "conservadores" es la de todos cuantos permaneciendo al final de la dictadura en el poder provisional, elaboraron la Constitucin y prepararon otras leyes encubiertamente protectoras de sus intereses, tanto de los ya adquiridos histricamente como los usurpados durante el franquismo, y cocinaron as el modelo poltico. De ese modo y luego a travs del partido poltico en torno al que se organizaron, se aseguraban a s mismos y a los de su clase social su estatuto privilegiado de siempre; lo que significaba que no perderan nunca demasiado poder poltico ni de facto. Aquel inslito trnsito a la democracia, despus de una guerra civil y de una tirana de cuarenta aos, no fue si no una variante de pacto social, ms bien "una concesin" a la espaola, de los poderes de facto. Un pacto que, a diferencia del habido en otros pases europeos en otro tiempo entre el pueblo, la nobleza y el rey en el que estaban presentes las clases ms o menos populares, en el caso espaol fue vertical. Pues un ministro del dictador y seis acomodados que se prestaron a ello (los padres de la Constitucin) elegidos por l mismo, los albaceas del franquismo, fueron quienes prepararon una Constitucin para que el pueblo, que senta en su nuca la amenaza de un ejrcito ms franquista que Franco y el riesgo de un nuevo golpe militar, la refrendase cuanto antes, y as, deprisa y corriendo, se pasase pgina a la dictadura y tuviese lugar el cambio del marco poltico. Y as sucedi. Lo que en cierto modo explicara posteriormente (de no haber estado reiteradamente amaados) el alto nmero de sus fieles en los procesos electorales subsiguientes, ms por los tics autoritarios y de blandengue religiosidad que encierran los principios de esa mentalidad que les resultaba familiares, que por una ideologa difusa, desprovista de otro contenido que no fuesen aspavientos catolicistas y patriticos para mejor encubrir a lo largo de los aos sus artes en el sa-queo de los caudales pblicos.

En cuanto a la mentalidad de una parte de los recin llegados, los socialdemcratas espaoles, podemos decir que la base de su mentalidad estaba en la adhesin incondicional a la repblica. Sin embargo, pronto renunciaron a promover un referndum sobre la forma de Estado y renegaron de la forma republicana de gobierno. Hasta tal el extremo eso es as, que han terminado siendo ms fervorosos de la monarqua que los mismsimos conservadores postfranquistas que haban propiciado la ley de sucesin.

Y por lo que se refiere a la mentalidad de los otros recin llegados, los eurocomunistas, hemos decir que su protagonismo siempre estuvo en sus llamadas a la conciencia social y a los derechos humanos. Pero el miserable argumento de su menor representacin nmerica en las urnas y por consiguiente en las instituciones, ha bastado para ser ninguneada por un bipartidismo virtual al que convena eliminar a un adversario. Y eso hicieron las dos mentalidades preponderantes. Nunca la escucharon ni plasmaron iniciativa suya legislativa alguna. Ni la del franquismo disfrazado, ni la de los socialdemcratas que ayudaron a abrir las puertas a lo que luego, poco a poco, se ha ido revelando como farsa democrtica en buena medida por todas estas maniobras y por haber cerrado en falso la honda herida dejada por la guerra civil.

Es por todo ello por lo que, con un aggiornamiento del lenguaje de los valores universales y de la justicia social de siempre, reaccionan los espritus de la nueva mentalidad, la "joven"; mentalidad dotada del mpetu de quienes se saben poseedores de razones poderosas para empujar los cambios imprescindibles por todos los motivos expuestos, fundindose en lo esencial con la eurocomunista que haba estado prcticamente silenciada.

Pero la distancia entre esas mentalidades (aparte las coincidencias bipartidistas apuntadas) no slo se detecta en el parlamento y entre las distintas generaciones. Tambin entre individuos de la ltima generacin, que dudan. Que dudan entre adherirse a quienes exhiben inclinacin hacia los viejos valores aun desfigurados de la dictadura, o abrazar los nuevos; "nuevos", pero realmente muchos ms viejos que los otros al estar fundamentados en el humanismo y en los ideales de igualdad y de justicia social republicanos. Dos opciones igualmente reaccionarias, pero respondiendo la primera a la nostalgia de la vida, pblica y privada, tutelada por la religin y por la disciplina cuartelera del autoritarismo, con el aadido ahora de ribetes pseudo democrticos, y la segunda, atendiendo a la vieja aspiracin de hacer de la igualdad, de la justicia social y del humanismo el eje de la vida poltica y pblica que, salvo brevsimos perodos en Espaa, por unas causas o por otras nunca ha acabado de cuajar.

La cosa es que, no ya la ideologa difusa de un partido poltico sino la mentalidad ultraconservadora, vuelve a imponerse. Vuelve a imponerse, ms all del recuento de los votos y del juego de las mayoras electorales, que es otro cantar. La consecuencia, pues, no puede ser otra que el inmovilismo, y recientemente una involucin; un inmovilismo fustigado slo por la lucidez de la joven mentalidad que intenta abrirse paso como savia nueva, y que denuncia una y otra vez la sentina al descubierto en cualquier rincn de la sociedad espaola.

Por eso la sociedad espaola hierve, pues aunque la entusiasta mentalidad del nuevo partido no se ha asentado todava, aunque dificultosamente va reflejndose su espritu en una gobernanza an secuestrada por las usuales maniobras reaccionarias de un poder eclesistico espaol que hurta las nuevas orientaciones del papa, y de quienes retienen el poder poltico hasta donde ste alcanza, en ambos casos reforzado con argucias legales de burdo o fino encaje a cargo de las instancias judiciales.


Jaime Richart, Antroplogo y jurista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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