Portada :: EE.UU.
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-04-2017

El precio de la resistencia

Chris Hedges
Truthdig.com

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez


Texto de la charla que Chris Hedges ofreci el pasado lunes en la Universidad Princeton (New Jersey):

En los conflictos que como reportero he tenido que cubrir en Latinoamrica, frica, Oriente Medio y los Balcanes, me he encontrado con personas excepcionales, de diversos credos, religiones, razas y nacionalidades, que se erguan de forma majestuosa para desafiar al opresor en nombre de los oprimidos. Algunos de ellos han muerto. Otros han pasado al olvido. La mayora nos resultan desconocidos.

Esas personas, a pesar de sus inmensas diferencias culturales, tenan rasgos comunes: un profundo compromiso con la verdad, incorruptibilidad, coraje, desconfianza hacia el poder, odio por la violencia y una profunda empata que abarcaba a la gente que era diferente de ellas, incluso a aquellos que la cultura dominante defina como enemigos. Son los hombres y mujeres ms notables que he conocido en mis veinte aos de corresponsal en el extranjero. Y he tratado, hasta este mismo da, de ajustar mi vida a los estndares que ellos establecieron.

Vds. han odo hablar de algunos de ellos, como Vaclav Havel , con quien otros periodistas extranjeros y yo nos reunamos muchas tardes en el Teatro de la Linterna Mgica de Praga durante la Revolucin de Terciopelo , en Checoslovaquia. A otros, no menos excepcionales, probablemente no les conozcan, como el padre jesuita Ignacio Ellacura , asesinado en El Salvador en 1989. Y despus est toda esa gente ordinaria, aunque, como bien dijo el escritor V. S. Pritchett, ninguna persona es ordinaria, que arriesg su vida en tiempos de guerra para acoger y proteger a seres de una religin o etnia diferente que estaban siendo perseguidos y cazados. A algunos de esos seres ordinarios le debo yo mi propia vida.

Resistir frente al mal radical es soportar una vida que, segn los estndares de la sociedad en general, es un fracaso. Es desafiar la injusticia a costa de tu carrera, tu reputacin, tu solvencia financiera y, en ocasiones, tu vida. Es ser un hereje de por vida. Y quiz el punto ms importante sea el de aceptar que la cultura dominante, incluso las elites liberales, te expulsarn hacia los mrgenes e intentarn desacreditar no slo lo que haces sino tu carcter. Cuando regres a la redaccin de The New York Times tras ser abucheado al comienzo de una ceremonia de graduacin en 2003 por denunciar la invasin de Iraq y que el peridico me reprendiera pblicamente por mi posicin contra la guerra, los periodistas y editores a los que conoca y con los que haba trabajado durante quince aos bajaban la cabeza o se apartaban cuando estaba cerca. No queran contagiarse del mismo virus que haba liquidado mi carrera.

Las instituciones dominantes el Estado, la prensa, la Iglesia, los tribunales, la academia- articulan el lenguaje de la moralidad pero sirven a las estructuras del poder, sin que importe lo venales que sean, porque les proporcionan dinero, estatus y autoridad. En pocas de angustia nacional uno slo tiene que mirar a la Alemania nazi-, todas esas instituciones, incluida la academia, son cmplices mediante su silencio o su colaboracin activa con el mal radical. Y nuestras propias instituciones, que se han sometido al poder corporativo y a la ideologa utpica del neoliberalismo , no son diferentes. Los individuos solitarios que desafan el poder tirnico dentro de esas instituciones, como vimos cuando miles de acadmicos fueron despedidos de sus trabajos e incluidos en la lista negra de la era de McCarthy , fueron purgados y convertidos en parias.

Todas las instituciones, incluida la Iglesia, escribi Paul Tillich en una ocasin, son inherentemente demonacas. Y una vida dedicada a la resistencia tiene que aceptar que la relacin con alguna institucin es a menudo temporal, porque antes o despus esa institucin va a exigir actos de silencio u obediencia que tu conciencia no va a permitir que aceptes. Ser rebelde es rechazar lo que significa tener xito en una cultura consumista- capitalista, especialmente la idea de que nosotros somos siempre lo primero.

El telogo James H. Cone escribe en su libro The Cross and the Lynching Tree que para los negros oprimidos la cruz era un smbolo religioso paradjico porque invierte el sistema de valores del mundo con la buena nueva de que la esperanza llega a travs de la derrota, que el sufrimiento y la muerte no tienen la ltima palabra, que los ltimos sern los primeros y los primeros los ltimos.

Cone contina: Que Dios pudiera crear de alguna manera una salida en la cruz de Jess era realmente absurdo para el intelecto, aunque profundamente real en las almas de los negros. Los negros esclavizados que primero escucharon el mensaje del evangelio se aferraron al poder de la cruz. Cristo crucificado manifestaba el amor y la presencia liberadora de Dios en las contradicciones de la vida de los negros, esa presencia trascendente en la vida de los cristianos negros que les daba fuerzas para creer que, finalmente, en el futuro escatolgico de Dios, no seran derrotados por los problemas de este mundo, sin que importara lo grande y penoso de su sufrimiento. Creer en esta paradoja, en esta afirmacin absurda de fe, era slo posible en la humildad y el arrepentimiento. No haba lugar para los orgullosos y los poderosos, para aquellos que piensan que Dios les ha llamado para dominar a los dems. La cruz era la crtica de Dios al poder al poder blanco- con el amor desamparado, arrebatndole la victoria a la derrota.

Reinhold Niebuhr calific esta capacidad para desafiar a las fuerzas de la represin como una locura sublime del alma. Niebuhr escribi que nada sino la locura combatir con el poder maligno y la maldad espiritual en los altos lugares. Esta sublime locura, segn Niebuhr la entenda, es peligrosa pero vital. Sin ella, la verdad queda oscurecida. Y Niebuhr saba tambin que el liberalismo tradicional era una fuerza intil en momentos extremos. El liberalismo, deca Niebuhr, carece del espritu del entusiasmo, por no decir fanatismo, que tan necesario es para sacar al mundo de los caminos trillados. Es demasiado intelectual y demasiado poco emocional como para ser una fuerza eficiente en la historia.

Los profetas de la Biblia hebrea tenan esta sublime locura. Las palabras de los profetas hebreos, como escribi Abraham Heschel , eran un alarido en la noche. Mientras el mundo est relajado y dormido, el profeta siente el estallido del cielo. El profeta, porque vio y contempl una realidad desagradable, se vio obligado, como Heschel escribi, a proclamar todo lo opuesto a lo que su corazn esperaba.

Esta sublime locura es la cualidad esencial para una vida de resistencia. Es la aceptacin de que si te mantienes al lado de los oprimidos, vas a ser tratado como ellos. Es la aceptacin de que, aunque empricamente todo por lo que luchamos durante nuestra vida puede llegar a ser peor, nuestra lucha tiene en s misma valor.

Daniel Berrigan me dijo que la fe es la creencia en que el bien atrae al bien. Los budistas lo llaman karma. Pero l dijo que nosotros, como cristianos, no sabamos hacia dnde estbamos yendo. Confibamos en que fuera hacia alguna parte. Pero no sabamos dnde. Estamos llamados a hacer el bien, al menos hasta que podamos determinarlo y, despus, a dejarlo ir.

Como Hannah Arendt escribi en Los orgenes del totalitarismo, las nicas personas moralmente fiables no son las que dicen esto est mal o esto no debera hacerse, sino las que dicen No puedo hacerlo. Saben que como escribi Immanuel Kant: Si la justicia perece, la vida humana sobre la tierra ha perdido su significado. Y esto implica que, al igual que Scrates, tenemos que llegar a un lugar donde es mejor sufrir el mal que hacer el mal. Debemos ver y actuar al mismo tiempo y, teniendo en cuenta lo que significa ver, esto necesitar la superacin de la desesperacin, no por la razn, sino por la fe.

En los conflictos que he cubierto vi el poder de esa fe, que subyace fuera de cualquier credo religioso o filosfico. Esta fe es lo que Havel llamaba en su gran ensayo El poder de los indefensos vivir en la verdad. Vivir en la verdad expone la corrupcin, las mentiras y engaos del Estado. Es la negativa a formar parte de la farsa.

No te conviertes en disidente slo porque decidas un da emprender esta carrera tan inusual, escribi Havel. Te lanzas a ella por tu sentido personal de la responsabilidad, combinado con un complejo conjunto de circunstancias externas. Te ves arrojado fuera de las estructuras existentes, y colocado en una posicin de conflicto con ellas. Empiezas por un intento de hacer bien tu trabajo y terminas siendo calificado de enemigo de la sociedad El disidente no acta en absoluto en el reino del poder genuino. No est buscando el poder. No desea ocupar cargos y no busca reunir votos. No intenta encantar al pblico. No ofrece nada y no promete nada. En todo caso, slo puede ofrecer su propia piel, y la ofrece nicamente porque no tiene otro modo de afirmar la verdad que defiende. Sus acciones articulan sencillamente su dignidad como ciudadano, sin que importe el coste.

El largo, largo camino de sacrificio y sufrimiento que llev al colapso de los regmenes comunistas se remont a dcadas. Quienes hicieron posible el cambio fueron aquellos que haban descartado todas las nociones de lo prctico. No intentaron reformar el Partido Comunista. No intentaron trabajar dentro del sistema. Ni siquiera saban que, en todo caso, sus pequeas protestas, ignoradas por los medios de propiedad estatal, s lo lograran. Pero en medio de todo crean profundamente en los imperativos morales. Actuaron as porque esos valores eran justos. No esperaban recompensa por su virtud; y, en efecto, no obtuvieron ninguna. Fueron marginados y perseguidos. Y, sin embargo, esos poetas, dramaturgos, actores, cantantes y escritores triunfaron finalmente sobre el Estado y el poder militar. Atrajeron el bien hacia el bien. Triunfaron porque, por intimidadas y rotas que estuvieran las masas a su alrededor, su mensaje de desafo no cay en saco roto. No pas inadvertido. El veloz redoble de la rebelin expona constantemente el peso muerto de la autoridad y la putrefaccin del Estado.

En una fra noche invernal de 1989, estuve con cientos miles de checoslovacos rebeldes en la Plaza Wenceslao de Praga cuando la cantante Marta Kubisova se asom al balcn del edificio Melantrich. Kubisova haba sido desterrada de las ondas en 1968 tras la invasin sovitica por su desafiante himno Plegaria por Marta. El Estado haba confiscado y destruido todo su catlogo, incluyendo ms de 200 singles. Haba desaparecido de la escena pblica. Pero, de repente, su voz inund esa noche la plaza. Concentrados junto a m haba multitud de estudiantes, la mayora de los cuales no haban nacido cuando ella desapareci. Pero empezaron a cantar las palabras del himno. Las lgrimas corran por sus rostros. Fue entonces cuando comprend el poder de la rebelin. Fue entonces cuando supe que ningn acto de rebelin llega a desperdiciarse, por intil que pueda parecer en un determinado momento. Fue entonces cuando supe que el rgimen comunista estaba acabado.

El pueblo decidir de nuevo su propio destino, cantaba la muchedumbre al unsono con Kubisova. (Nota del editor: Para ver las fotos de la revolucin de 1989 en YouTube y escuchar a Kubisoba cantar esa cancin en una grabacin de estudio, pulse aqu .)

Los muros de Praga estaban cubiertos aquel fro invierno con los carteles de Jan Palach. Palach fue un estudiante universitario que se prendi fuego en pleno da en la Plaza de Wenceslao el 16 de enero de 1969, para protestar por la represin del movimiento por la democracia en el pas. Muri tres das despus a causa de las quemaduras. El Estado intent borrar rpidamente su acto de la memoria nacional. No hubo mencin alguna en los medios estatales. Una marcha fnebre de los estudiantes universitarios fue reprimida por la polica. La tumba de Palach, que se convirti en santuario, acab siendo testigo de cmo las autoridades comunistas exhumaron su cuerpo, incineraron sus restos y se los entregaron a su madre a condicin de que no colocara sus cenizas en ningn cementerio. Pero no funcion. Su desafo sigui siendo una bandera de lucha. Su sacrificio impuls a la accin a los estudiantes en el invierno de 1989. La Plaza del Ejrcito Rojo de Praga, poco despus de marcharme a Bucarest para cubrir el levantamiento en Rumania, fue llamada a partir de entonces Plaza de Palach. Diez mil personas acudieron a un acto de homenaje.

Nosotros, al igual que los que se opusieron a la larga noche del comunismo, ya no tenemos mecanismos dentro de las estructuras formales del poder que protejan o promuevan nuestros derechos. Nosotros tambin hemos sufrido un golpe de Estado llevado a cabo no por los inexpresivos dirigentes de monoltico Partido Comunista sino por el Estado corporativo.

Podemos sentir, frente a la despiadada destruccin corporativa de nuestra nacin, de nuestra cultura y nuestro ecosistema, que somos dbiles e indefensos. Pero no lo somos. Tenemos un poder que aterroriza al Estado corporativo. Cualquier acto de rebelin, aunque lo emprendan unas pocas personas o sea duramente censurado, socava ese Estado corporativo. Cualquier acto de rebelin mantiene vivas las brasas para los movimientos ms amplios que nos secunden. Trasmite otra narrativa que, a la vez que el Estado va consumindose, atraer cada vez a un mayor nmero de personas. Quiz esto no se produzca durante nuestra existencia. Pero si persistimos, mantendremos viva esta posibilidad. Si no lo hacemos, se extinguir.

El Dr. Rieux, en la novela La Peste de Albert Camus, no se deja llevar por la ideologa sino por la empata, por el deber de ocuparse de los que sufren sin que importe el coste. Empata, o lo que el novelista ruso Vasily Grossman llamaba simple amabilidad humana, que en cualquier despotismo se convierte en un acto subversivo. Poner en marcha esta empata empata hacia los seres humanos encerrados en jaulas a menos de una hora de nosotros [aqu, en Princeton], empata con las madres y padres indocumentados arrancados de sus hijos en las calles de nuestras ciudades, empata con los musulmanes que huyen de las guerra que creamos y que son demonizados y expulsados de nuestras costas, empata con la gente pobre de color a la que la polica dispara en nuestras calles, empata con las nias y mujeres traficadas para la prostitucin, empata con todos aquellos que sufren a manos de un Estado que intenta militarizar e imponer una crueldad bestial sobre los vulnerables, empata con el planeta que nos da la vida y que est siendo contaminado y saqueado para el lucro- se convierte en un acto poltico e incluso peligroso.

El mal es real. Pero tambin lo es el amor. Y en la guerra especialmente cuando los pesados misiles impactaban sobre las muchedumbres en Sarajevo , una visin tan horrenda que hasta este mismo da no he podido tragar ni un pedacito de carne- puede sentirse cuando los familiares buscan frenticamente a sus seres queridos entre los muertos y heridos; son los crculos concntricos de la muerte y el amor, de la muerte y del amor, como los anillos de la explosin de un horno csmico. 

Flannery OConnor reconoci que una vida de fe es una vida de confrontacin: San Cirilo de Jerusaln, para instruir a los catecmenos, escribi: El dragn se sienta junto al camino, observando a los que pasan. Cuidad que no os devore. Vamos hacia el Padre de las Almas, pero es necesario pasar junto al dragn. No importa la forma que adopte el dragn; es este misterioso pasar a su lado, o entre sus mandbulas, de lo que seguirn tratando los relatos de cierta profundidad, y al ser as, exige de un considerable valor en cualquier momento, en cualquier pas, para no darle la espalda al relator de historias.

Aceptas el dolor por quien no puede sentirse profundamente apenado por el estado de nuestra nacin, el mundo y nuestro ecosistema- porque sabes que en la resistencia hay un blsamo que conduce a la sabidura, y si no a la alegra, a una extraa y trascendente felicidad. Sabes que si resistimos mantenemos viva la esperanza.

He templado mi fe en el Infierno, escribi Vasily Grossman en su obra maestra Vida y destino. Mi fe ha surgido de las llamas de los crematorios, del hormign de la cmara de gas. He visto que no es el hombre el que es impotente en la lucha contra el mal, sino que es el poder del mal el impotente en la lucha contra el hombre. En la impotencia de la bondad, de la bondad sin sentido, est el secreto de su inmortalidad. Nunca podr ser vencida. Cuanto ms estpida, ms sin sentido, ms indefensa pueda parecer, ms inmensa es. El mal es impotente ante ella. Los profetas, lderes religiosos, reformadores, lderes sociales y polticos son impotentes ante ella. El amor ciego y mudo es el sentido del hombre. La historia del hombre no es la batalla del bien luchando para superar al mal. Es la batalla librada por el gran mal luchando para aplastar la semilla de la bondad humana. Pero si ni siquiera ahora lo humano ha podido ser aniquilado en el ser humano, entonces el mal nunca vencer.

Chris Hedges fue corresponsal extranjero en Centroamrica, Oriente Medio, frica y los Balcanes durante casi dos dcadas. Ha informado desde ms de cincuenta pases y ha trabajado para The Christian Science Monitor, National Public Radio, The Dallas Morning News y The New York Times, para el que estuvo escribiendo durante quince aos.

Fuente:    

http://www.truthdig.com/report/page3/the_price_of_resistance_20170417

Esta traduccin puede reproducirse libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y a Rebelin.org como fuente de la misma.  

 




Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter