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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 25-04-2017

Feminismo radical
Feminista, intolerante y radical

Mnica Bar Snchez
Rebelin

Sobre la concepcin radical del feminismo y la tolerancia de la sociedad ante las violencias machistas.


Nada justifica la violencia contra mujeres y nias. No la justifica la embriaguez, ni el estrs, ni el miedo a perder, ni un escote, ni un vestido corto, ni el dolor, ni las inseguridades. Tan pronto comenzamos a encontrar justificaciones para la violencia, comenzamos tambin a naturalizarla. Expresiones como: es que l tuvo un mal da, es que tiene muchas frustraciones, es que ese es su carcter, es que lo provocaste, entre tantas otras con las que en ocasiones se intenta trivializar una agresin fsica o verbal, no son ni tan inofensivas como parecen en la cotidianidad, ni tan conciliadoras. Son expresiones que, muy discretamente, contribuyen a reforzar las desigualdades entre gneros, en la medida en que legitiman la idea de la superioridad del hombre con respecto a la mujer e incentivan la tolerancia al maltrato fsico y psicolgico. S es necesario ser radicales ante las distintas manifestaciones de la violencia.

Y eso no significa que las mujeres debamos devolver las ofensas y los golpes, mucho menos que debamos ofender y golpear primero; porque estaramos invirtiendo los roles y no superaramos la dinmica de la dominacin. Ser radicales significa no tolerar, no justificar. As de sencillo. Por qu una mujer violentada debera comprender y perdonar a su agresor, olvidar o superar lo que pas, poner de su parte, no tomrselo personal, aceptar el mundo como es, asumir que el hombre es hombre, preguntarse qu hizo mal, sentirse culpable?

Podemos tolerar las imperfecciones o el sol de agosto, pero no lo que atenta contra la dignidad y el bienestar de un ser humano. No se trata de confrontar fuerzas. No se trata de venganzas. No se trata de enfrentar el odio que destruye con un odio superior. No se trata de resentimientos. No se trata ni de fobia al falo, ni de envidia al falo. Se trata de ir creando una cultura de paz entre gneros, donde unas y otros, sin dejar de reconocer lo que nos diferencia, podamos ejercer nuestras libertades en igualdad de condiciones. Pero la tolerancia a la violencia, lejos de promover una cultura de paz entre gneros, lo que promueve es una cultura de sumisin de la mujer al hombre violento.

Una cultura de sumisin que niega y desvirta algo tan bsico como el derecho de una persona violentada a defender su vida y que, adems, trae consigo un mal peor: la impunidad. Y la paz no se sustenta sobre la prevalencia de la impunidad sino de la justicia. No depender de la capacidad que desarrollen las mujeres para someter sus cuerpos y destinos a la voluntad de los hombres.

Depender de que aprendamos a concebirnos y relacionarnos como personas libres. El problema no es que haya unos asesinos que matan, sino que hay las condiciones que permiten que haya asesinos que maten, advierte la investigadora mexicana Marcela Lagarde, en una entrevista concedida a la agencia Adital en 2010. Porque las muertes provocadas por la violencia de gnero no son muertes casuales ni impredecibles. Son muertes que revelan la discriminacin que, desde hace siglos, enfrentan las mujeres de distintas partes del mundo.

A pesar de las mltiples conquistas del movimiento feminista internacional, en 2013 la Organizacin Mundial de la Salud public un informe donde consider la violencia contra la mujer como un problema de salud de proporciones epidmicas, que afecta a ms de un tercio de la poblacin femenina del mundo. Y en Amrica Latina y el Caribe, de acuerdo con estadsticas difundidas en 2016 por la Comisin Econmica para Amrica Latina y el Caribe, mueren cada da al menos doce mujeres por el hecho de ser mujeres.

Sin embargo, si bien el feminicidio constituye la expresin ms extrema de la violencia contra la mujer, si no comprendemos que tan grave como el asesinato es el golpe y que tan grave como el golpe es el insulto y que tan grave como el insulto es todo lo que inferioriza, nunca cambiaremos las condiciones que, como explicara Lagarde, permiten que ocurran los feminicidios. La cosmovisin que subyace en la golpiza de un hombre a una mujer es la misma que subyace en el acoso sexual a mujeres en espacios pblicos: la mujer no es una persona sino un objeto del que aduearse para obtener satisfaccin.

En cada contexto prevalece la misma mirada discriminadora. Adems, casi siempre el hombre que llega al punto de asesinar a una mujer con la que mantiene o mantuvo algn tipo de relacin afectiva es porque antes la golpe, la viol, la humill o la amenaz, sin que sus acciones recibieran una condena social o jurdica lo suficientemente efectiva como para impedir que continuaran los abusos. Cuando la muerte, sea de una vctima o de su victimario (en la minora de los casos), se convierte en el lmite de la violencia contra mujeres y nias no las instituciones estatales, no las autoridades, no las leyes, no los lderes polticos, no los medios de prensa, no las organizaciones sociales- es porque el sistema que organiza un pas est fallando en su misin de salvaguardar las vidas.

A las mujeres vctimas de violencia de gnero no las matan solo sus victimarios. No las matan solo el miedo, la prdida de autoestima, el silencio, el desamparo. Las matan tambin la tolerancia y la indiferencia de la sociedad ante la violencia que sufren constantemente. Aunque ocurra primordialmente en espacios privados, en la intimidad de las familias y parejas, la violencia contra mujeres y nias no es una problemtica personal de quienes la padecen. Es una problemtica social, que requiere la organizacin de una estructura con la que se pueda enfrentar la violencia tanto individual como socialmente. Todos debemos ser responsables de preservar la vida de cada vctima y contribuir a que se imparta justicia.

El sistema patriarcal sin dudas constituye una cultura muy compleja, cuyos sentidos se encuentran entretejidos con el resto de los sentidos que conforman la identidad cultural de una nacin. Y todas las personas, tanto mujeres como hombres, reproducimos el patriarcado una que otra vez. (Aunque ciertamente hay quienes se esmeran reproducindolo.) Sin embargo, el hecho de que sea parte de nuestra identidad cultural no significa que debamos resignarnos a su presencia; que debamos, por ejemplo, resolver el acoso sexual a mujeres con un displicente as somos los cubanos. La esclavizacin de afrodescendientes durante muchos aos fue parte de la identidad cultural de Cuba -al igual que de tantos otros pases de Amrica, del Caribe, de Europa. As ramos los habitantes de esta Isla: esclavistas o esclavos, descendientes de esclavistas o esclavos, violadores de esclavas o esclavas violadas, cazadores de esclavos o cimarrones, aspirantes a esclavistas. Afortunadamente, hubo movimientos abolicionistas e independistas a los cuales la esclavitud le pareci una abominable manera de ser cubanos y creyeron que la libertad era la manera correcta, digna, de ser cubanos.

La masculinidad violenta se aprende, no nace
, precisa la investigadora cubana Clotilde Proveyer, en una entrevista que concediera en 2008 al Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamrica y Caribe. En otras palabras: ninguna persona nace con los paradigmas de lo que es lo masculino y lo femenino incorporados en su cdigo gentico. Esos paradigmas se incorporan progresivamente en la experiencia vital. La violencia no es una cualidad inalienable de los hombres, como mismo la sumisin no es una cualidad inalienable de las mujeres. Resulta bastante raro encontrar prejuicios en un nio, sea hacia el color de la piel, la manera de vestir o el gnero de alguien. Un nio no suele sentir conflictos, por ejemplo, ante una pareja homosexual. Y no porque no entienda que conforman una pareja distinta a la mayora de las parejas sino porque no se siente amenazado por lo distinto.

Lo que le importa es la calidad del afecto que recibe. Valora a cada persona por sus actos y por la manera en que le trata. Las personas aprenden a ser violentas en los distintos espacios de socializacin de los que van formando parte en el transcurso de la vida -la familia, la escuela, la comunidad, el centro de trabajo, las organizaciones polticas- y en el consumo de productos culturales y mediticos que reproducen el paradigma de la desigualdad. Aprenden que la mujer es quien cuida de los hijos y el hombre es quien provee el sustento econmico de la familia, no necesariamente porque sea lo mejor para la familia sino porque se entiende que esa distribucin de roles es lo que hace hombre al hombre y mujer a la mujer. Aprenden a ser violentadas una y otra vez. No obstante, tambin hemos aprendido que las mujeres pueden usar pantalones, montar bicicleta, defender sus opiniones polticas, pilotear un avin o presidir un pas y continuar siendo mujeres.

Que los hombres pueden vestirse con una camisa rosada, sacarse las cejas, arreglarse las uas, ocuparse de los quehaceres domsticos, tejer las trenzas de sus hijas o llorar con una pelcula y continuar siendo hombres. Entonces, si hemos conseguido aprender y, sobre todo, cambiar tanto, es porque podemos superar el patriarcado y encontrar maneras dignas de ser y relacionarnos. De eso no de monstruos que salen con luna llena- es de lo que se trata el feminismo. Si las mujeres y hombres feministas son intolerantes ante la violencia que provoca dolor y muerte, es porque son radicales en el respeto hacia la vida.

(Sobre la Autora: La Habana, 1988. Periodista y educadora popular. Ha trabajado en la redaccin internacional de la revista Bohemia y en el Instituto de Filosofa de Cuba. Actualmente, trabaja en la revista digital Periodismo de Barrio).

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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