Portada :: Cultura
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 06-05-2017

Unas notas de rplica a Manuel lvarez Tardo y Roberto Villa (III)
Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular?

Jos Luis Martn Ramos
Rebelin


4. De vuelta a los cuatro das. Desde la tarde del 16 la sensacin dominante era la del triunfo del Frente Popular o, si se quiere, la de la derrota de la CEDA, en primer trmino, que estaba convencida de ganar las elecciones y poder imponer su agenda contrarreformista, y en general del binomio CEDA-monrquicos. Ms all de las manifestaciones parciales a la prensa, de las exageraciones de unos y otros e incluso de las intoxicaciones o la evidencia de una inepcia absoluta (la del embajador portugus, que tom sus deseos por la realidad; comprese con el embajador britnico, de un gobierno conservador y muy escorado a la derecha, que validaba aquella cifra de 217 diputados ya en mano) esa era la situacin y ella produjo tres respuestas: la primera, que solo desde el sectarismo se puede considerar improcedente, la celebracin de los simpatizantes del Frente Popular; la segunda las presiones polticas y militares que muy pronto se ejercieron sobre Portela; y finalmente la espantada de Portela que enturbi la sucesin gubernamental, pero que nunca la ilegitim.

Para ATV la respuesta fundamental, la clave de todo lo sucedido fue la primera, considerada no como una celebracin de una victoria deseada, pero no exactamente esperada sino como una gran maniobra de intimidacin, en la prctica un movimiento de acoso al poder, preludio del asalto. Los trminos con que describen y califican las manifestaciones reinciden en la ausencia de toda reflexin social en su trabajo, y en un menosprecio de la manifestacin popular. Intimidacin, instrumentalizacin, todo es visto como una magna maniobra, dirigida pues se habla de instrumentalizacin para forzar a Portela a abandonar el poder antes de que se completaran las elecciones con los comicios pendientes por no haberse podido celebrar y el recuento completo de votos. Y los incidentes violentos son sealados como una indicacin de esa voluntad de desbordar la situacin, despreciando en la prctica las reiteradas llamadas a la calma de los dirigentes del Frente Popular e incluso del Comit del Frente Popular. La retrica de los autores exacerba el relato para subrayar la imagen que pretender dar de golpe de masas; apostillando las manifestaciones de Madrid del 16 de febrero y el relevo de autoridades en Catalua hecho con toda normalidad, por cierto concluyen: "de acuerdo con el Gobierno, no pasaba nada, pero empezaba a pasar de todo" (pg. 286). De todo? Qu todo es ese? Y siguen: "la noche del 16 empezaron los desrdenes"; dando una imagen de desorden general, que no correspondi a la realidad sin negar que en efecto se produjeron incidentes dispersos de desorden-, que ATV necesitan para justificar, y legitimar, la otra cara de la moneda de su relato: la reduccin de las presiones de Gil Robles, Franco y ms adelante otros generales, a meras "solicitudes" (es el trmino que utilizan, "solicitaron") de una respuesta enrgica de orden pblico, a la altura de la supuesta generalidad y gravedad de esos desrdenes. Desde luego ATV eluden considerar si no es para ridiculizar, aprovechando fuera de contexto algn comentario de Azaa, poco lcido por cierto en estas cuestiones militares que un factor de impulso de esas movilizaciones, y no menor, no fue solo la celebracin, y la demanda del cumplimiento de la promesa electoral de amnista de manera inmediata, sino el temor a que una intervencin militar interfiriera lo que estaba pareciendo por ms que no se hubiese confirmado por completo una victoria del Frente Popular, relativa o absoluta.

La indulgencia, la minimizacin de la espada militar suspendida sobre la repblica democrtica es uno de los puntos clave de la obra. Minimizacin que pretende zanjarse a cuenta del trmino usado por Gonzlez Calleja de "golpe legal", sosteniendo que eso es un oxmoron, porque dicen o es golpe o es legal y en cualquier caso nunca se plante. Dejemos de lado la discusin sobre las palabras y vayamos a los hechos; pero no sin aclarar que en historia ese "golpe legal" no fue ningn oxmoron y que, precisamente, el fascismo se destac por golpear a la democracia representativa desde la legalidad, para despus, con el poder en sus manos sin posibilidad de control popular democrtico, cambiar la legalidad en favor de un estado totalitario que sigui basado en leyes. Lo hizo Mussolini y lo hizo Hitler; y de forma ms prxima en el tiempo, y a algunos actores polticos de la Espaa de la poca, lo hizo Dollfuss. A los hechos.

Conviene remontarse a un episodio anterior al de febrero de 1936, porque tuvo los mismos protagonistas y entre ellos se intercambiaron reflexiones semejantes. En diciembre de 1935 y segn sus propias memorias, Gil Robles, desairado por la negativa de Alcal Zamora de encomendarle la formacin de un nuevo gobierno, para el que el dirigente de la CEDA pensaba que le haba llegado ya la hora, reaccion considerando en firme la posibilidad de un golpe militar. Las palabras de Gil Robles son bien claras, por ms que se escudara en que la primera iniciativa le vino de Fanjul, que propuso sublevar la guarnicin de Madrid, cosa que segn el propio dirigente de la CEDA rechaz no por estar en contra por principio, sino porque "no me parece adecuado el medio que me propone" (No fue posible la paz, pgs. 365-366) aadiendo, al parecer, "Hoy no se hacen los pronunciamientos como en el siglo XIX, sobre todo cuando hay que contar con una fuerte reaccin de las masas encuadradas en el partido socialista y en la CNT". Para ATV Gil Robles fue un modelo de demcrata, es esa la respuesta de un demcrata? Pero no solo respondi a Fanjul con argumentos que no condenaban la intervencin militar sino que se movan en consideraciones sobre su xito, sino que encima le dio un encargo. "Ahora bien, si el Ejrcito, agrupado en torno a sus mandos naturales opina que debe ocupar transitoriamente el poder con objeto de que se salve el espritu de la Constitucin y se evite el fraude gigantesco de signo revolucionario [Nota ma: se est refiriendo al encargo de gobierno a Portela, no se pierda de vista], yo no constituir el menor obstculo". Y con la condicin de que la intervencin del ejrcito se "limitara rigurosamente a restablecer el normal funcionamiento de la mecnica constitucional" (?) le envi a consultar "inmediatamente con el jefe del Estado Mayor Central [Franco] y con los generales que ms confianza le inspiren", interpretando a capricho aquello de los mandos naturales, para que "maana mismo" le diera la contestacin. Gil Robles no durmi, dice l: "con ansiedad enorme aguard el resultado de las conversaciones mantenidas aquella noche por los generales Franco, Fanjul, Varela y Goded"; y finalmente le comunicaron que Franco no haba considerado que fuera el momento, o la razn, oportuna. Tras esa respuesta "con amargura infinita" (pag. 367) abandon Gil Robles el ministerio de la Guerra. En definitiva, el lder de la CEDA haba instigado un golpe militar, "transitorio" (?), y haba fracasado, lo que sinti "con amargura infinita". La tentacin del recurso a la intervencin militar no era una invencin de la plebe, de las masas frentepopulistas, o de los historiadores que no comparte la ideologa de los autores. Por ms que los que pensaban en esa intervencin no queran verla ni como pronunciamiento, ni como golpe; eran ms imaginativos y estaban creando una nueva forma de golpismo, que todava no tena nombre.

Qu hizo Gil Robles en la madrugada del 16 al 17 de febrero? A esas horas y por mucho que ATV afirmen que ya haba empezado todo y que aquella noche ya haban empezado los desrdenes, no haba ni de lejos razn suficiente para que se dirigieran a la residencia del gobierno y forzara, a las cuatro de la madrugada, una entrevista en la que le exigi el estado de guerra. Esa fue la primera presin importante que Portela recibi, despus desde luego de comprobar el fracaso de la entelequia de su Partido del Centro y es en buena parte a partir de ah que ha de entenderse la desmoralizacin de Portela que le llev a abandonar su puesto. Lo mnimo que ATV habran de reconocer es la importancia de ese factor, y darle cuando menos la misma que le dieron a las movilizaciones callejeras, sin perder de vista ni un momento una diferencia: estas ltimas por s mismas no podan echarle del gobierno, las presiones militares s. Gil Robles intent una segunda edicin, adaptada a la nueva circunstancia, de su iniciativa de diciembre. No se limit a una entrevista poltica con Portela, a hacerle una "solicitud" sino que extralimitndose de manera absoluta, puenteando al jefe de gobierno y vulnerando las normas democrticas de gobierno, sigui en el papel que se haba atribuido de salvapatrias; y como quiera que a Alcal Zamora, requerido por Portela a instancias de Gil Robles, le haba dado de nuevo largas, respondiendo solo que "meditara" la oportunidad del estado de guerra, alert por s mismo al Jefe del Estado Mayor Central, que segua siendo Franco, para que le acompaara en la presin, este ltimo sobre el Ministro de la Guerra para que llevara la cuestin de la declaracin del estado de guerra al Consejo de Ministros que haba de reunirse pocas horas despus.

En nombre de qu autoridad actuaba Gil Robles entrometindose en la cadena de mando militar y ministerial? Por otra parte qu grave noticia justificaba en la madrugada del 17 una declaracin general de estado de guerra en toda Espaa? Los "desrdenes" no haban desbordado a las fuerzas de orden pblico, ni se haban extendido a los cuatro puntos cardinales del estados; como ATV mismo han de reconocer, lo ms efectivo contra los disturbios no fueron las cargas, el uso de la porra y el sable, sino el de la poltica, como se hizo en Catalua mal que les pese y como el propio general Cabanellas hizo en Zaragoza tras comprobar que desplegar el ejrcito en la calle de la capital aragonesa no acababa con el conflicto, sino que poda hacerlo ms graves, por lo que recurri a retirar ametralladoras y a pactar con el Frente Popular local. La noticia ms grave para Gil Robles erasu derrota y la victoria del Frente Popular. La ligereza con que ATV tratan las cuestiones de orden pblico va pareja de la ligereza poltica con la que actu Gil Robles, en diciembre de 1935 y en febrero de 1936. Luego, lo de la aplicacin del estado de guerra se convirti casi en un vodevil, que podra haber sido trgico, pero no porque Alcal Zamora nunca diera su consentimiento, con lo que nunca pudo haber acuerdo pleno del gobierno, sino porque Franco dio por hecha la declaracin y algunos generales de divisin, por encargo directo de l, empezaron a organizarlo en su territorio.

Finalmente no hubo estado de guerra general. ATV suponen que solo se trataba de una medida normal de orden pblico; pero era tan desproporcionada que no era de ninguna manera normal. Suponen que su objetivo habra sido asegurar el desenlace final de las elecciones y un escrutinio sin presiones; pero no parece que ese hubiese sido la nica consecuencia posible, y tambin podra haber tenido exactamente la contraria. La que las izquierdas venan temiendo no sin razones desde haca tiempo: que una intervencin de fuerza impidiera la consumacin de la victoria popular. En su exculpacin de Gil Robles y los generales, que intervinieron en ambos episodios, esgrimen argumentos formales desprovistos del contexto: que la declaracin del estado de guerra era una medida prevista en la ley de orden pblico y que no era por tanto el instrumento de un golpe de estado; eso es una banalidad, que obvia que en julio de 1936 fue uno de los instrumentos formales de la sublevacin. Un estado de guerra general el 17 de febrero difcilmente no habra sido considerado, por unos y otros, como un desafo al frente popular. El anuncio primero de la posibilidad de la medida y la retirada despus pudo incrementar los rumores. Pero no hubo solo rumores y al da siguiente, segn Arrars en informacin nunca desmentida otra cosa es que el protagonismo dado a Franco fuera excesivo, pero sealar eso como hacen ATV, que informan de ello en nota y no en cuerpo de texto, no anula la verosimilitud del dato el 18 de febrero Fanjul, Goded y Rodrguez del Barrio instaron una vez ms a Franco para promover un pronunciamiento; no se produjo porque Franco volvi a considerar que no proceda. ATV se sienten satisfechos con Franco, porque consider que el estado de guerra general corresponda al gobierno, y deducen que se mantuvo leal a ste, limitndose a secundar las iniciativas del gobierno. Cabe precisar, no obstante, que esa lealtad nunca le llev a poner en evidencia ante sus superiores a los militares golpistas, a los que cuando menos cubri; que el que correspondiera al gobierno la declaracin general del estado de guerra no poda ser una opinin de Franco, era una norma ineludible de la ley de orden pblico; y que una de las razones por las que Franco tuvo que dar marcha atrs fue tambin el conocimiento de la posicin contraria al estado de guerra general y no digamos a otras cosas del Inspector General de la Guardia Civil, el general Pozas, y de la Direccin General de Seguridad, lo que hubiera enfrentado a cualquier militar sublevado con la Guardia Civil y la Guardia de Asalto, lo que pona en serio peligro la intervencin militar unilateral. No en vano, entre los rumores tambin empez a circular aquellos das el del traslado de tropas de frica a la pennsula; estos sin fundamento, todava.

ATV, tan descuidados en su anlisis de los comportamientos militares, miran con lupa todos las manifestaciones e incidentes de aquellos cuatro das, mezclando hechos ciertamente graves localmente con otros que no tendran que estar presentes en una crnica de problemas de orden pblico, como el ejemplo de la peticin de la Guardia Civil en la provincia de Cuenca para que les enviaran refuerzos para controlar a los que se manifestaban con banderas rojas y puos en alto, si ms amenaza que se produjera. Y aaden los conflictos en las prisiones a la lista de acciones de intimidacin, sin caer en la cuenta que stos se produjeron en gran parte por la absoluta falta de previsin del gobierno Portela, que se preocup al detalle de prever una jornada electoral en orden, pero no previ lo que habra de pasar en las horas y das siguientes. Convencido del triunfo de la derecha y del xito suficiente de su proyecto centrista no haba previsto el escenario contrario, el que se dio, y march siempre por detrs de los acontecimientos. Eso, sin embargo fue el demrito de Portela, no el supuesto "mrito" de la movilizacin social. Y desde luego, lo que ATV son incapaces de reconocer es el esfuerzo del Frente Popular por reducir al mnimo los desrdenes mediante lo nico que estaba a su alcance, los llamamientos a la calma; eso reducira su hiptesis de la manifestaciones instrumentalizadas y la intimidacin subversiva, de manera que tienen que inventarse un nuevo juicio de intencin: "Con todo, la lnea que separaba las llamadas a la prudencia de la aspiracin a hacer caer al Gobierno, cambiar los ayuntamientos y precipitar la salida de los presos de las crceles era muy tenue. Porque difcilmente poda resistirse una presin en forma de manifestacin si los dirigentes de la izquierda obrera no establecan como prioridad la desmovilizacin hasta que se constituyeran las nuevas Cortes" (pg. 298). Con todos los respetos pretender esa prioridad es una majadera; la prioridad para la izquierda, obrera o no obrera, era que no se le escamoteara una victoria que tena al alcance de las manos por cualquier maniobra militar y poltica.

Los problemas de orden pblico provocaron la marcha de Portela, insisten una y otra vez ATV; no es cierto, y en el peor de los casos no fueron solo esos problemas. Portela march porque fue personalmente incapaz de superar su fracaso y de superar las presiones que de inmediato recibi, porque no tena ninguna autoridad (tena ya bien poca cuando recibi el encargo de gobierno, y conseguirla dependa del xito que tuviera en su maniobra "centrista"); y las presiones ms difciles de superar no eran las de "las masas", sino las de los militares que despreciaban la democracia, la de las derechas que despreciaron las elecciones y sus resultados, desde luego las monrquicas pero no pocos de los que haba tambin en las filas del primero que empez a presionar, antes que nadie, en la madrugada del 17 de febrero, Gil Robles. El 18 los incidentes empezaron a remitir, aunque al medioda al gobierno llegaron noticias de nuevos episodios; los que enumeran ATV tienen ya mucho menor intensidad y gravedad que el da anterior, pero eso no obsta para que supongan que para Portela "eran sintomticos de lo que estaba por desencadenarse". Y, dejando siempre a salvo a los militares cuando hay que concluir, insisten: "para nadie fue un secreto a voces que el traspaso del poder a las izquierdas fue anormal, fruto de una presin callejera y meditica a la que Portela no haba sabido resistir" (pag. 312). Portela mostr en su abandono la misma incapacidad que haba demostrado como gobernante y su espantada estimul la de muchos de sus gobernadores y de sus delegados gubernativos. Fue entonces cuando el orden pblico qued por horas fuera de control, en la transicin de un gobierno a otro y la instauracin por parte del Gobierno de una nueva red de gobernadores y delegados, improvisado y precipitados, incluido el Ministro de la Gobernacin, Ams Salvador, que nunca haba querido para s esa responsabilidad. Entre el 19 y el 20 se contaron 16 muertos, aunque las dos terceras partes de ellos lo fueron como consecuencia de acciones de las fuerzas de orden. Luego, con las medidas polticas del gobierno Azaa, se inici de nuevo el descenso de la violencia, pero a ATV les sigue costando reconocer lo evidente: "Comparada con la oleada de violencia que se haba producido en los das 19 y 20, ciertamente el orden pblico mejor algo las jornadas siguientes, si bien no regres ni mucho menos a una situacin normalizad" (pg. 343). No hace falta insistir en la rplica, el discurso de ATV sigue por el mismo camino: acumulacin de episodios cuyo conjunto, heterogneo, se eleva a categora general de acusacin al Frente Popular y al gobierno de Azaa, juicio de intencin permanente,.. Los cuatro das de febrero iran a enlazar con la imagen de una primavera de desorden y sangre, que es la esgrimida por la derecha que ha tomado ya el camino de la subversin para abonarla y legitimarla. Aqu acaba este supuesto segundo vuelco en la interpretacin de la historia en la que el amontonamiento de episodios de movilizacin, confrontacin, desorden, etc, en un totum revolutum que solo tiene un culpable sirve para introducir una tesis fundamental: las izquierdas se habran aferrado a las primeras noticias incompletas de victoria para "sacar al gobierno" ponerse ellas en el poder y desde l manipular la continuacin del proceso electoral para atribuirse una fraudulenta e ilegtima mayora. No es una tesis tan original, pero ya va siendo hora de que repasemos las cuentas de los resultados electorales y veamos si hubo tamao fraude y tamao escamoteo de resultado general.

Nota de edicin:

La primera parte de este artculo del profesor Jos Luis Ramos puede verse en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=225669 ; la segunda en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226004

Jos Luis Martn Ramos ( Barcelona1948 ) es catedrtico de Historia Contempornea de la Universidad Autnoma de Barcelona, especializado en la historia del movimiento obrero.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.




Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter