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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-05-2017

Humaredas en Sopinga

Camilo Alzate
Tras la Cola de la Rata

Esta historia hace parte del libro indito Borrar del mapa, una seleccin de crnicas de Camilo Alzate y fotografas de Rodrigo Grajales sobre paisajes de Colombia violentados por la guerra, el colonialismo o el olvido. Una historia que no cesa, un paisaje que todava abruma.


1

Carlitos, quien todava sigue siendo enorme y robusto como un guayacn amarillo, sacaba filo a su machete pero no saba que los policas antimotines iban a perseguirlo en la oscuridad de los caaduzales. Carlitos estuvo haciendo chanzas con sus compaeros, bebi caf de las ollas enormes que los obreros tenan en el campamento afuera del Ingenio Risaralda, durmi un rato y anduvo por ah con los dems. No saba que en pocas horas un miembro del Escuadrn Mvil Antidisturbios iba a dispararle una bomba de gas lacrimgeno a quemarropa. Carlitos participaba junto con otros cuatrocientos corteros de caa de azcar de la huelga que apenas estaba empezando en el Ingenio Risaralda, no saba que esa granada lacrimgena iba reventarle su ojo derecho. Hoy s lo sabe, incluso sabe que tambin le rompi en astillas los huesos del crneo, dejndole un orificio en la sien, entre la oreja y la frente. En otra poca sus compaeros lo molestaban, porque era macizo como un rbol, un tipo alentado, un atleta del machete capaz de cortar 8 o 9 toneladas de caa l solito. Ms que nada, era un tipo capaz de tenerse en pie, de mirar el reloj y de contar los nmeros por s mismo. Ahora ninguno lo molesta y, aunque sigue siendo robusto como un tronco, Carlitos ya no es capaz de hacer ninguna de esas cosas. Qu iban a saber los obreros que la polica llegara disparando y repartiendo guascazos a las cuatro y media de la maana, cuando la mayora de huelguistas dorman? Como Arnobio, como Juan y como Arley, Carlitos tambin estaba descansando en una de las carpas afuera del Ingenio, que para ms seas fue completamente paralizado y tena las chimeneas apagadas esa noche. Es que si los corteros no salen al valle no hay quien moche la caa y si no hay caa no hay nada para echarle a los hornos, menos va a haber azcar luego. Arnobio y Arley tampoco saban que Carlitos caera desvanecido al polvo cuando le peg la granada lacrimgena en la cara. No lo saban hasta que lo supieron, mejor dicho, hasta que lo vieron igual a un leo derribado, con una docena de policas encima patendole el estmago, los riones, dndole culatazos en la boca, rebanndole tajadas de cuero de los brazos y la espalda con el mismo machete que l mantena con buen filo, y alguien dijo agarraron al compaero, pero al momento que los corteros trataron de arrancrselo a los policas aquellos cayeron en gavilla, disparando otra vez con la escopeta de las bombas aturdidoras, y all siguieron pisotendolo entre todos, machetendolo, mientras su ojo derecho se vaciaba sobre la cara. Reciba los porrazos con disposicin de costal inerte, de guayacn talado, sin entender ya que pasaba. A Carlitos el sentido le qued extraviado para siempre entre los caaduzales, donde corran sus compaeros buscando el ro.

2

En el principio era la selva. Pero un da, un negro desvirg la pubertad de la montaa.

Con ese arranque de inspiracin mitolgica Bernardo Arias Trujillo se decidi a escribir la historia que lo obsesionaba desde 1933 o 1934, cuando lleg a la hacienda Portobelo, sobre la desembocadura del Risaralda en el Cauca. Portobelo era una gran estancia ganadera recostada contra las primeras colinas de la cordillera occidental, a la orilla contraria del Risaralda. Perteneca a don Francisco Jaramillo Ochoa, antioqueo rico riqusimo propietario de tierras y emprstitos, toros, caballos finos, miles de reses, un vapor que transportaba caf por el Cauca y hasta negocios bancarios.

Valle anchuroso de Risaralda, valle lindo y macho que se va regando entre dos cordilleras como una mancha de tinta verde. As se maravillaba Bernardo Arias recorriendo a placer aquellos parajes y esa llanura de dulce nombre, que desle los labios como un confite de infancia y al pronunciarlo se oyen puntilleos de tiple guerrillero y sonajas de bambuco parrandista. La novela de Arias Trujillo tena que titularse as, Risaralda, como el ro, como el valle, como el departamento administrativo que se fund muchos aos despus y el ingenio azucarero que se creara luego.

Arias narra el desembarco de don Pacho Jaramillo a finales del siglo XIX en esa encrucijada de ros y cordilleras, bajo una arboleda inmensa donde slo haba ranchos pajizos. En las orillas vivan pescadores y contrabandistas de aguardiente o tabaco, todos negros, antiguos esclavos o hijos de antiguos esclavos que amaban sus canoas tanto o ms que a sus mujeres. Don Pacho traa consigo una recua de colonos paisas muy blancos, adems, en los bolsillos del carriel cargaba papeles sellados certificando que aquellas tierras seran suyas. En algunos casos sacaba fajos de billetes para comprar baratas las mejoras que hubiere, y si la cosa no funcionaba, pues ah estaban los inspectores y corregidores. Don Pacho mand desecar cinagas y madreviejas, desviando la desembocadura del ro. Sus peones talaron, trozaron, serrucharon, metieron candela a las ceibas y samanes, as echaron al suelo la manigua ancestral que tupa aquellos pantanos, tan poderosa que desde la llegada de los espaoles nadie haba osado penetrarla. El hacha sembr de estrpito la montaa verde de silencio y de quietud, escribe Bernardo Arias, no sin cierta admiracin por Francisco Jaramillo Ochoa, don Pacho, el viejo negociante que termin apoderndose de todo el Valle del Risaralda junto a un puado de empresarios y colonos ricos.

Pero la gran historia de la novela ocurre antes del despojo, con la vida de las mujeres de piel de coco y caderas hambrientas, morenas de conversar golpeado. Ocurre con los bandoleros que enamoraban entre coplas y rias, negros tranquilos cuyo humor se inflamaba probando el anisado, fumando calillas de tabaco mientras el ro transcurra, es decir, mientras el ro suceda como si fuera un hecho crucial de la existencia. Tierra libre y fecunda en donde la autorid no podra hacer sonar los rebenques sobre las negras espaldas, padecidas de tanto trabajadas, dice Bernardo Arias Trujillo, lo dice as, imitando la voz tosca y esa gramtica montaraz de sus personajes. No era, a pesar del tono buclico, un paraso terrenal: los negros se cosan a peinilla entre ellos por cualquier bagatela, con motivo y sin l, o vivan enfrentados a la furia de las vboras, de las borrascas, a la inclemencia del paludismo. Pero eran felices. Aquella aldea silvestre y libertaria tom nombre de bruja africana, de serpiente venenosa o de hierba curatoria; el ranchero de antiguos esclavos en las bocas del ro Risaralda se llamaba Sopinga.

En la hamaca recordaba su juventud uno de los fundadores del villorrio, Agustinejo, y un tal Salvadorcillo Rojas, ms astuto que el diablo. Tambin el viejo Pioquinto Franco y Pedro Salazar, tabacaleros, medio traficantes de alambique, junto al difunto Juancho Marn que anduvo muy enamorado de la negra Rita. Frente al ro, casi encima de sus aguas, quedaba la fonda de doa Pacha Durn, matrona de Sopinga, alma y sangre de aquella aldea. Ay, Pachita Durn, mujerona negra, diosa invicta de maduras carnes atardecidas ya por el labranto de los aos, fuente inagotable y abierta de amor libre, Pachita Durn, cascarrabias y avariciosa, tomatrago y marrullera, contrabandista y casquivana, amiga de usufructuar mancebos tmidos, as la pinta Bernardo Arias en la novela. Pachita Durn que manejabas la navaja con la misma agilidad felina que tenas para bailar un bambuco trovado, o te derretas por un negro pillo. Ay, Pachita! Ya ests muerta y tu deceso aconteci despus de una tremolina en tu fonda belicosa, que era guarida, nido amoroso, tertulia macha de compadritos, casa de citas, trfico libre de amor y de trago.

La disolucin de Sopinga se entrevera con el romance de la Canchelo, bellsima hija de Pacha Durn, y un vaquero paisa de Manizales que llega a trabajar en las posesiones de Jaramillo Ochoa. Para entonces ya el pueblo ha cambiado de nombre por rdenes del gobierno, ahora se llama La Virginia y los blancos andan apoderados de las tierras y el comercio. Los negros huyeron a los montes, o terminaron de peones y aparceros. Fue mucho despus muchsimo despus a finales de la dcada de 1970, cuando las lites del departamento de Risaralda intervinieron junto a inversionistas privados en la creacin del enorme emporio azucarero, con la presin de los terratenientes que haban heredado o comprado aquellas haciendas. Este proyecto agroindustrial, el mayor de la regin cafetera y cuya factora ocupa terrenos de la vieja hacienda Portobelo, donde Bernardo Arias vivi los aos en que escriba su novela, acab transformando radicalmente el aspecto del Valle del Risaralda en una cuadrcula agrietada de caaduzales, que cada tanto se queman para facilitar el corte de la caa. Los incendios se divisan muchos kilmetros a la redonda como si fueran chorros de humaredas sobre Sopinga. Entonces uno puede evocar aquellas palabras del escritor:

Ay, Pacha Durn Si vieras cmo est tu puerto!.

3

No era fcil.

Yo fui esclavo. No me da pena decirlo. Nosotros llegamos a trabajar cinco meses sin descansar un da. Sin descansar un domingo, un festivo. Era un problema. Tenamos que ir aliviados a la clnica a meter alguna mentira all para que nos dieran una incapacidad, al menos un da de descanso. Si quiere vyase, decan los patrones. Uno no iba a trabajar un domingo y lo primero que hacan era que le cobraban veinte mil de multa y le quitaban el dominical. El hijo del patrn llegaba, revisaba, y deca ese corte est muy feo: diez mil de multa para todos. Si con ese contratista ramos 180 corteros y a todos nos quitaban diez mil para dnde se iba esa plata? Las vacaciones nos las daban, eso decan. Supuestamente eran remuneradas. Supuestamente. Se oscureca y todava no habamos acabado el corte. Entonces prendan la luz de los buses y nos las ponan a alumbrar, para que siguiramos tumbando caa. Salamos de la casa a las cuatro de la maana, cuando los nios estaban durmiendo, volvamos a las ocho o nueve de la noche, cuando ya se haban acostado. No veamos crecer a los hijos.

Todos esos contratistas del Ingenio se enriquecieron con nosotros: Carlos Arturo Serna, Luis Ored Giraldo, Hctor Londoo, Jos Villada, Joaqun Usma, Alberto Lleras. Y eso que algunos de ellos fueron corteros hace muchos aos, y hasta sindicalistas Ellos contrataban con el Ingenio un precio por tonelada cortada y a nosotros nos pagaban la mitad. A cualquiera en La Virginia que le preguntaran usted es cortero de caa? uno deca que s y la gente responda ustedes son unos esclavos: no ganan nada, les pagan mal. Nadie le fiaba a uno, nadie le alquilaba una casa. A nosotros nos pagaban con cheques, nos cobraban cinco mil pesos por el cheque. El banco lo cierran a medio da. All empezaban a pagar pero de pronto decan que no haba fondos en la cuenta de nosotros. Entonces haba que ir por un nuevo cheque al otro da, y perder otros cinco mil pesos.

Mi pap tambin fue cortero. Trabajaba en 1999 en una hacienda que se llama Bohos. En ese tiempo, a esa seora, la duea, le quedaban entre 400 y 450 millones de pesos libres. El negocio ha crecido, en el Ingenio slo son dueos como del 5% de la tierra; el resto, desde Obando a Ansermanuevo, de La Virginia y Viterbo hasta Remolinos, es de gente rica de Pereira, de Cartago. Son como 25 mil hectreas. A todas esas lomas les estn metiendo caa. Estn produciendo etanol, miel de purga, azcares de varias calidades, abonos orgnicos, energa.

A la caa no se le pierde nada. La caa es oro.

4

Primer lunes de marzo. La fecha fue confirmada en secreto de antemano. Todos los corteros afiliados al sindicato en lugar de esperar los buses para ir a los caaduzales se lanzaran en masa hacia las instalaciones del Ingenio Risaralda: iban a paralizar la produccin. No quedaba ms salida que la huelga, eran demasiados abusos que nadie quera seguir aguantando. A media maana la portada del Ingenio ya era una muchedumbre de obreros con sus uniformes limpios y sus pancartas, con el pauelo rojo al cuello, el sombrero de paja, todos gritando arengas. Pronto los noticieros se enteraron y desfilaban cmaras, fotgrafos, reporteros, estudiantes de la Universidad, tambin algunos policas tmidos a unos centenares de metros de distancia. Arley dio un discurso por el megfono, sus compaeros escuchaban atentos. Los corteros tendieron sus carpas y prepararon el menaje para acampar hasta que el dueo del Ingenio, el multimillonario Carlos Ardila Lulle, uno de los hombres ms poderosos del pas, o los hijos que le manejan los negocios, o sus gerentes y abogados, o sus socios locales, o quien fuera, se dignara a negociar con ellos el asunto que ms los preocupaba: la contratacin directa.

Atardeci.

Ah estaba Arnobio, bebiendo caf, contando chistes con Juan, con Pedro y los que llegaron de Ansermanuevo, y tambin Carlitos, que sacaba filo a su machete, plantado, robusto como un guayacn amarillo.

Fuente: http://www.traslacoladelarata.com/2017/05/07/humaredas-en-sopinga/#serpane1



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