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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-05-2017

Es atea la ciencia?

Jos Mara Agera Lorente
Rebelin


La pregunta fue planteada por el bioqumico y divulgador cientfico Juan Antonio Aguilera Mochn en el desarrollo de su conferencia titulada La ciencia frente a las creencias religiosas celebrada hace unos das como parte del ciclo Conocimiento, racionalidad y laicismo organizado por el seminario Galileo Galilei de la Universidad de Granada y Granada Laica. El mismo conferenciante era consciente de que preguntar si la ciencia es atea implica, a primera vista, incurrir en un error categorial, aunque no lo identificara explcitamente como tal. Porque, en efecto, uno de los modos de incurrir en tal error consiste en usar un concepto fuera de su campo de aplicacin, traspasando as las fronteras del sentido. En el caso del adjetivo ateo, si miramos su definicin en el DRAE, quiere decir -en su primera acepcin- que niega la existencia de cualquier dios, y se nos indica que es slo de aplicacin a personas. Seguramente por ello el profesor Aguilera mostr datos estadsticos sobre el porcentaje de creyentes existentes dentro del gremio de los cientficos, segn los cuales la mayora de los cientficos eminentes no son creyentes, mientras que s lo son la mayora de los dems. Dato que puede ser interesante desde el punto de vista sociolgico, un sugerente hecho desde el punto de vista de la psicologa, pero irrelevante en trminos epistemolgicos, siendo en este ltimo aspecto donde radica el inters de la cuestin de si la ciencia es atea, segn entiendo yo. Que las seoras y seores cientficos puedan ver -pongamos por caso- a Dios en aquello que contemplan a travs del microscopio o del telescopio carece de importancia. Lo que importa es si es compatible con la forma de conocimiento instituida culturalmente a lo largo de la historia y que hemos dado en llamar ciencia. A este respecto hay que considerar la segunda acepcin del adjetivo atea recogida en el DRAE, a saber: que implica o conlleva atesmo. Un racionalismo ateo. Por todo lo cual propongo que la pregunta es atea la ciencia? quede enunciada de forma ms precisa tal que as: implica el ejercicio de la ciencia, esa forma de conocimiento institucionalizada, un racionalismo ateo?

Y ahora pensemos una respuesta.

La ciencia que actualmente reconocemos como tal es un producto cultural que comienza a adoptar entidad institucional en los albores de la edad moderna con el acontecimiento histrico de la revolucin cientfica. Es un hecho irrefutable que grandes protagonistas de la misma fueron sinceros creyentes del cristianismo en las diversas versiones que ya se daban en Europa tras el cisma luterano. Destacan los nombres de Galileo Galilei, catlico, quien mir al universo como un libro que Dios haba escrito usando el lenguaje de las matemticas; Johannes Kepler, luterano, que aspiraba a conocer la mente de Dios mediante el conocimiento de las leyes que rigen el cosmos; Isaac Newton, arriano, quien tom el espacio y el tiempo -absolutos para l- por el sensorium Dei (es decir, los sentidos de Dios). Pero no se olvide que estos sabios dieron lo mejor de s en el transcurso del siglo XVII, cuando todava Europa se hallaba presa de la inercia oscurantista de la edad media, y la separacin de la filosofa -en cuyo seno creca el germen de la ciencia moderna- del dominio de la teologa an no era un logro consumado. Dios era un postulado que nadie se atreva a poner en duda; o ms bien era una creencia inserta en el estrato ms profundo de la vida de los hombres. Tanto era as que el atesmo era sinnimo de insensatez. Tampoco hay que despreciar la cuestin, de gran relevancia teolgica, de cul era la nocin de Dios que manejaban los padres de la ciencia moderna. Me atrevo a afirmar que poco tena que ver con la idea de Guillermo de Ockham, el filsofo del siglo XIII, en la que primaba el atributo de la pura voluntad sin la cortapisa de un orden racional al que quedara sujeta la omnipotencia divina, y que tan bien plasmaba las matemticas. O con la idea de los msticos de la poca, o con la de los millones de creyentes catlicos y protestantes del comn de los mortales sumidos en la ignorancia y en la supersticin. Sobre este particular la escritora britnica Karen Armstrong public un libro hace aos titulado Historia de Dios, donde nos muestra la diversidad de ideas sobre el Altsimo que en el mundo han sido desde la aparicin de los tres monotesmos. Eso s, en cualquier caso Dios es siempre un ente autoconsciente, con voluntad, intenciones y un criterio moral en funcin del cual manda a los seres humanos proceder segn su dictado con la ominosa amenaza de un terrible castigo. Dios es alguien, no algo. Esto es importante, porque segn se ponga el debate en torno a la cuestin los defensores del tesmo cientfico cambian la nocin de Dios a conveniencia, lo que es muestra de una descarada deshonestidad intelectual.

Llegados a este punto hay que reparar, aunque sea someramente, en la filosofa del hertico judo Baruch Spinoza, filsofo de ese mismo prodigioso siglo XVII para la institucionalizacin definitiva de lo que hoy todos reconocemos como ciencia. Deus sive substantia sive natura es la frase que resume su tesis ontolgica; es decir, la realidad es una, la naturaleza, cuya existencia no requiere de justificacin al ser necesaria, por lo que ciertamente merece la consideracin de Dios. Monumental hereja que le cost la expulsin de su comunidad religiosa de msterdam, porque, ya fuese segn el criterio judo, cristiano o musulmn, Dios es trascendente al mundo, que es creacin suya; vale decir: Dios es la causa y la naturaleza su efecto. Ahora bien, para la ciencia slo hay naturaleza, slo causas inmanentes. Esto lo supo ver Spinoza en el momento de mxima efervescencia de la revolucin cientfica. Recordemos estas sus palabras extradas de su tica demostrada segn el orden geomtrico: Mas para mostrar ahora que la naturaleza no tiene fin alguno prefijado, y que todas las causas finales son, sencillamente, ficciones humanas, no harn falta muchas palabras (...) Sin embargo, aadir an que esta doctrina acerca del fin trastorna por completo la naturaleza, pues considera como efecto lo que en realidad es causa, y viceversa. No es de extraar que Spinoza fuese el filsofo preferido de Albert Einstein, y que la famosa sentencia de ste asegurando que Dios no juega a los dados en su clebre polmica con Niels Bohr a cuenta de las implicaciones filosficas de la mecnica cuntica no quebrante en absoluto el principio del racionalismo ateo.

As se enfrentan los cientficos, en tanto que cientficos, es decir, en tanto que miembros de una institucin, de una estructura construida histricamente y conformada segn unas pautas ideales (entre las cuales se halla el archimentado mtodo cientfico), a su tarea de construccin de un conocimiento objetivo, indagando las causas naturales. Es una exigencia de la institucin a quienes quieren formar parte de ella que su forma de afrontar el conocimiento de la realidad no debe contar con entes sobrenaturales que no pueden ser objeto de falsacin (recordemos: criterio de demarcacin definido por Karl Popper para diferenciar taxativamente entre ciencia y pseudociencia). A este respecto conviene evocar el episodio de Pierre-Simon Laplace, el cientfico francs de principios del siglo XIX, al que se puede considerar representante de una ciencia ya consolidada como institucin histrica, cuando Napolen, refirindose a su obra Exposition du systme du monde, le dijo: Me cuentan que ha escrito usted este gran libro sobre el sistema del universo sin haber mencionado una sola vez a su creador; a lo que replic el genial sabio: Sieur, nunca he necesitado esa hiptesis. Lo que no impide que haya cientficos creyentes, los cuales, sin embargo, cuando trabajan como tales, no tienen en consideracin la susodicha hiptesis (salvo que les de igual incurrir en craso ridculo ante la comunidad cientfica). Ocurrencias tales como el principio antrpico, la partcula de Dios en alusin al bosn de Higgs o el creacionismo cientfico (oxmoron donde los haya) son eso, ocurrencias que fascinan a las mentes ayunas de pensamiento cientfico -por desgracia la mayora-. De igual modo, la honestidad intelectual, que implica aceptar los resultados de la investigacin aunque no resulten agradables para los intereses personales de quien la realiza, es una exigencia de la institucin a quienes trabajan para ella si es que quieren llamarse cientficos. Ahora bien, cientficos deshonestos haberlos haylos, como los hay creyentes. Pero -como reza en la liturgia de la misa catlica- Seor, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu iglesia.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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