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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-05-2017

Uruguay
La prdida de valores y la violencia en la educacin: acerca de la necesidad de cuestionar algunas claves interpretativas

Nilia Viscardi
La Diaria


La idea de que se han perdido los valores es uno de los recursos explicativos que circula con mayor fuerza cuando emergen violencias asociadas al contexto educativo. Esta expresin parece idealizar un pasado generoso frente un presente que poco ofrece en comparacin con aquella sociedad integrada y pacfica del Uruguay de mediados del siglo XX. La prdida de valores de la sociedad (y de los jvenes) en el mundo de la educacin es repetida no solamente por las generaciones que vivieron ese mundo, sino por los adultos que lo conocieron por relato ya no de sus padres, sino de sus abuelos. Los padres y docentes de hoy cada vez que un conflicto estalla ven all un mundo en decadencia. Se afirma as que no se perpetan aquellos valores y que no se han generado nuevos. Habra que pensar que no hay nuevos horizontes y que nada de los antiguos valores que no vale la pena cuestionar ha subsistido. Y tan debilitados estn los lazos entre docentes, estudiantes y padres en las instituciones educativas, que la nica forma de hablar de lo que pasa en una escuela, en un liceo, es, en apariencia, apelar a la violencia. La nica certeza es la de que existe violencia en los centros educativos junto a la de que no existen logros educativos en Uruguay, y cada vez que un hecho de violencia ocurre y toma difusin, se reedita la sensacin de que los valores se han perdido.

Tal vez la cuestin de fondo no sea la prdida, sino la dificultad de vivir sin un conjunto de valores propios de una sociedad en la cual las jerarquas, la violencia institucional y el patriarcado eran aceptados en el mundo valorativo propio de la modernidad de inicios del siglo XX. Pues lo que se lamenta muchas veces es la prdida de vigencia de un conjunto de visiones que carecen de validez a los ojos de las nuevas generaciones como fruto, en parte, de diversas conquistas. Creo que en este lamento no se observa tanto la dialctica de las diversas concepciones en torno a los nuevos logros y conquistas, sino ms bien el reclamo de un orden conservador que confunde jerarqua, orden y silencio con paz, limitando el proceso de transformacin de instituciones que acompaaron tempranamente el desarrollo nacional del pas y cuyas prcticas cotidianas, tradiciones y normativas expresaban una cultura poltica en gran parte hoy perimida.

Por lo pronto, no parece acertado afirmar que la vida cotidiana de un centro educativo se resume a los hechos de violencia que puntual y circunstancialmente ocurren, ni que todo lo que se denomina violencia en la educacin lo es. La indagacin ms sistemtica muestra que parte de nuestros conflictos, incluso aquellos que devienen en violencias, siguen una secuencia clara: la sensacin que resulta del hecho de que un alumno, un trabajador, un padre, siente que no son respetados sus derechos. De qu respeto se habla? En los estudiantes y los jvenes, de la herida que supone vulnerar su identidad personal, sus elecciones, sus vnculos familiares y su lugar de pertenencia. Sobre todo si ello es realizado en clave de humillacin de clase. En los adultos, de la falta de reconocimiento de los lugares adquiridos en la institucin: el cargo y el saber que conlleva ese cargo. En los padres, el exceso de poder de la institucin frente a los hijos, la humillacin de su imagen de adulto frente a sus hijos o el rechazo a la nota escolar como anticipo del fracaso social.

En contexto

El contexto es conocido. Lejos del progreso, la llegada al siglo XXI nos encontr luchando contra los efectos devastadores del neoliberalismo y la pobreza, la carencia de trabajo, el aumento de la violencia delictiva, la difusin incontrolada de mensajes violentos en algunos medios masivos de comunicacin, la vulnerabilidad de los nios, de los adolescentes y de los jvenes, y la desigualdad. Pero si estos datos nos han quitado ilusin, tambin debe tenerse en cuenta el modo en que el triunfo de los nuevos gobiernos conservadores de la regin han agravado estas dinmicas. En esta trama es central revertir las dinmicas de una educacin excluyente, identificando sus prcticas. Y una de sus prcticas consiste en la sistemtica criminalizacin de las conductas disruptivas de los alumnos en la escuela o en el liceo, criminalizacin que se legitima en la falla normativa y valorativa de estos.

Es en este estado de cosas que se libra una batalla sistemtica en el mbito educativo. A nivel de las polticas, se ha continuado con el trabajo de integracin de alumnos, de construccin de escuelas, liceos y centros educativos terciarios, y se han generado leyes que luchan por plasmar derechos propios de aquellos valores incuestionables de Jos Pedro Varela, pero acordes a las nuevas conquistas. Fundamentalmente la diversidad, la inclusin, la participacin, la no discriminacin, los derechos de las mujeres, la lucha contra la violencia domstica, los nuevos derechos sexuales y reproductivos, la proteccin en materia de salud mediante la poltica de la reduccin de consumo de tabaco y la regulacin de la produccin de cannabis, as como el respeto al medioambiente. Esta plataforma ha puesto en prctica un programa que ampla los derechos, integra la voz de los que menos poder tienen en la educacin y defiende nuevas formas de convivencia y participacin. Y es una batalla sistemtica aquella que se libra por traspasar los muros de la escuela y articular estas polticas con los programas escolares y las dinmicas de los centros educativos. Tambin aquella que se libra para hacer visibles y reconocer un sinfn de experiencias educativas enriquecedoras que se pierden y desacumulan. Este trabajo no se hace sin contradicciones, en una organizacin estatal vertebrada por un sistema burocrtico que se afirma en tradiciones, normativas y programas de difcil modificacin. Muy por el contrario, se lleva adelante en un contexto an adverso, que es preciso continuar desmantelando. Pero es claro que los gobiernos que sostuvieron esta plataforma en Uruguay fueron aquellos que ms aumentaron la inversin en educacin: creci el porcentaje del Producto Interno Bruto destinado a ella, mejoraron las condiciones salariales de los docentes, y se realizaron varias inversiones, ms all de que estemos realmente lejos de lo deseable y necesario.

Asimismo, el avance de la fragmentacin educativa, la existencia de circuitos y opciones en las cuales los diferentes nunca se encuentran, genera nuevas dinmicas e instala otros problemas: la separacin de los diferentes ha limado la vivencia de las desigualdades de clase ms duras en cada escuela. Pero la experiencia educativa no lograr borrar nunca la vivencia de las asimetras, desigualdades y diferencias que existen y ocasionan sufrimiento escolar. Y esto, sin entrar en valoraciones relativas a las consecuencias sociales que esta segmentacin cultural produce o a las posibilidades de alterarla en algn sentido. Lo que s puede la experiencia educativa es brindar herramientas para resolver el conflicto por va de la palabra: manejar la argumentacin y generar un espacio de experiencia real de los derechos y de la participacin. Cremos que la igualdad en la forma (la defensa del uniforme) podra salvarnos de la vivencia de nuestras asimetras. Todo muestra que el nuevo programa escolar est enfrentado a reconocer las diferencias y a ensear a los alumnos los criterios con los cuales han de manejarlas democrticamente, comprendiendo su condicin y brindando herramientas para afirmarla o interpelarla de un modo consciente. Las desigualdades sociales no se resolvern en la escuela. Pero la falta de educacin las radicaliza.

Es en este concierto que el problema de la prdida de valores como explicacin del aumento de la violencia se hace presente como expresin de una visin conservadora a la que le cuesta aceptar las nuevas condiciones en que se produce el intercambio entre las nuevas y viejas generaciones. Pues la educacin ya no es un privilegio que el estado brindaba a los sectores populares. Es un derecho por el cual deben luchar los responsables de esta, y eso profundiza la prctica educativa en tanto acto poltico. La violencia instituciona,l propia de la vieja y antigua escuela en la que el maltrato infantil, el castigo, la sancin, eran democrticamente aplicados en todos los nios, ya no puede ser el sostn del vnculo educativo cuando un estudiante no muestra inters, cuando desobedece o cuando interpela la autoridad del docente. Y este es gran parte del dilema: el largo camino que la institucin educativa debe recorrer para educar respetando los derechos de aquellos sectores vulnerables y cuyo encuentro con el sistema educativo es muy reciente en la enseanza media.

Los caminos

Si se parte del presupuesto de que las violencias expresan conflictos sociales y no psicopatas individuales, y que la forma de trabajarlas debe pasar por el camino de la integracin y de la defensa de los derechos, la perspectiva no puede suscribir que la violencia en la educacin, cuando ocurre, sea el objeto de una poltica criminal bullying o de seguridad. Debe ser el objeto de una accin educativa. Es en los centros de enseanza en que a las conductas violentas de nios, adolescentes y padres debe darse una respuesta. Y esta respuesta puede tener dos sentidos. El primero, incriminar a los ms vulnerables pues la violencia de nios y adolescentes es la violencia de los vulnerables y reforzar la exclusin. Ni que hablar de los efectos que estas prcticas tienen cuando estas respuestas se producen en los nios y adolescentes pobres, que suman a la vulnerabilidad que la infancia y la adolescencia suponen, la debilidad que la falta de los soportes sociales y econmicos implican. El riesgo es el de reeditar una versin educativa del Estado como agente punitivo. El segundo sentido pasa por potenciar los derechos de los nios y adolescentes trabajando la cultura poltica de los centros, sus relaciones de convivencia y educando en el marco de un estado de derecho en el cual la ley no aparece solamente para restringir y prohibir, sino tambin para expresarse, ser escuchado y vincularse con otros. La prevencin del malestar se juega en la capacidad que un centro educativo tiene de impulsar un modelo de resolucin del conflicto que ponga en palabras el desencuentro antes de que este llegue a manifestarse en la violencia contra el cuerpo. Y esa es la esencia de la democracia: la constitucin de ciudadana. Por lo tanto, cada director, cada docente, tiene por misin formar ciudadanos que puedan argumentar, identificar los desencuentros y resolver el conflicto por la va democrtica y de la participacin. Tambin, el de favorecer la hospitalidad y no la hostilidad en los vnculos con la comunidad.

Este segundo camino, es claro, contina a contrapelo de las tendencias que reclaman rejas, alarmas, funcionarios policiales, asistencialismo y derivacin psicolgica y que han brindado cierta tranquilidad a los actores de la educacin sin por ello resolver el problema del conflicto escolar. Se trata, por tanto, de objetivar la matriz disciplinaria del sistema el conjunto de prcticas que regulan los cuerpos y en las cuales las sociedades modernas forjaron sus instituciones sociales que se aliaba a una nocin restrictiva de la norma y de las reglas escolares. En este escenario, la creciente prdida de eficacia simblica y material del conjunto de mandatos morales, normativos y disciplinarios que el sistema intenta refrendar alimenta la frustracin cotidiana de docentes y estudiantes, estimulando el crecimiento de respuestas de defensa social, de culpabilizacin, de estigmatizacin del otro y de patologizacin del conflicto escolar.

En estas pugnas por reconfigurar el sentido de la educacin, la cuestin de la cultura y de los jvenes es clave en relacin al debate sobre normas y valores. Especficamente, la expansin del sistema educativo a amplios conjuntos de la poblacin que se consolid a mediados del siglo XX, gener las bases para la identificacin entre integrantes de las generaciones de jvenes. Y una vez generadas estas bases, los jvenes pasaron a ser una cuestin de sociedad, un cuerpo sobre el que haba que producir efectos: apareci la necesidad de producir jvenes capacitados que termin en la expansin, la larga duracin de la formacin escolar y la prolongacin de la adolescencia y de la juventud. Asimismo, junto a este proceso de diferenciacin social establecido en funcin de criterios de edad tambin fueron adscriptos a los jvenes un conjunto de valores que, se entenda, posean en funcin de esta pertenencia generacional, tales como la autenticidad y la tendencia al cambio o al cuestionamiento del orden social.

All se inscribi tambin la fuente del riesgo. Hasta nuestros das se reitera que la debilidad normativa de los adolescentes y jvenes anticipa la falla social, amenazando la reproduccin social y la estabilidad del sistema. Y el debate entr en un crculo vicioso. Si falla la socializacin, la explicacin remite a sus dos fuentes bsicas: familia o escuela. Si se culpa a la familia, se culpa a la sociedad; si se culpa a la escuela, se culpa al Estado. Otra posibilidad es salvar a la familia, salvar al Estado y culpar a los nios, a los adolescentes y a los jvenes, que, en definitiva, siempre tienen menos posibilidades de defenderse.

Pero fue tambin en tal panorama, en que el rol de los jvenes se comprenda en el marco de las relaciones entre familia, trabajo y educacin, que se produjeron los cambios que alteraron las relaciones de juego y las jerarquas que situaban a los jvenes como receptores pasivos o inadaptados sociales. La participacin poltica de las nuevas generaciones que irrumpi en el escenario de los aos 60, as como los procesos culturales vinculados a la difusin de los medios de comunicacin, que generaron un cdigo y una esttica juvenil que fueron capitalizados como signos de belleza, colocaron a los jvenes en un lugar central, modificando algunas categoras especficas del poder de los ms viejos. Contradictoriamente, hoy, lo juvenil y sus smbolos son referentes estticos y valorativos de las sociedades contemporneas. Referentes capitalizados sobre todo en una dinmica de mercado que signa las reglas de los medios masivos de comunicacin pero que tiene diversas brechas. El arte, tal vez, contine siendo un espacio de interpelacin tanto a los smbolos de esta cultura dominante, como a sus formas ms tradicionales de expresin.

Desafos

No ha sido sencillo, para el sistema de enseanza, enfrentar el desafo de una sociedad joven, de la imagen que interpela la jerarqua de la escritura y el saber enciclopdico cuando su estructura centraliza su mando en el poder de los adultos. Tampoco ha sido sencillo reiterar el discurso del trabajo, cuando a todas luces existe un vnculo entre educacin y trabajo, pero no de un tipo que permita obligar a los jvenes a estudiar. S, tal vez, a realizarse profesional y laboralmente, cuando las reglas del juego del mercado de trabajo al que se sienten destinados as lo anticipan a sus ojos. Se recrudece, en este contexto, el discurso sobre la falta de valores y el problema de la falta de respeto en la experiencia cotidiana de los centros educativos. Para muchos docentes la falla proviene del hogar: la familia no transmite valores y eso se observa en el desconocimiento de las jerarquas y de las obligaciones. Se reclama el respeto a la autoridad docente fundada en el lugar del cargo y la importancia del saber, el silencio como smbolo de orden y escucha que conlleva al elogio de la invisibilidad, el premio a la quietud del cuerpo, la condena del conflicto y su mirada desde un enfoque de seguridad. Asimismo, mucho del ritual escolar busca fundar la primaca de la institucin enfatizando los valores de la primera modernidad: saber, jerarqua, adultocentrismo, igualdad como unidad de la forma, anulacin de la diferencia y poder poltico de la centralidad educativa.

Es este legado, pilar de una educacin propia de la expansin de un Estado que hizo de la educacin pblica uno de sus fundamentos, lo que debe continuar interpelndose y transformndose a la luz de esta voluntad de hacer educacin hoy, con los nios, adolescentes y jvenes. Ante la emergencia de las mltiples violencias que llegan a la vida cotidiana de los centros educativos, es claro que debe trabajarse con ellos desde las nuevas claves polticas: el rechazo a la discriminacin, la inclusin, el dilogo, la democracia, la escucha y la participacin. De este modo, podrn continuar apropindose de la parte ms igualitaria, constructiva y democrtica del legado y tendrn herramientas para desechar la violencia, la desigualdad, la discriminacin y los peores aspectos de una herencia que muchas veces reproducen desde el lugar de los ms vulnerables y carentes de diversas formas de proteccin social.

El empoderamiento de los sectores ms dbiles genera siempre amenazas. Su dificultad en establecer los elementos de su defensa, carentes de colectivos y obstaculizados por su edad, hace difcil que puedan explicar, dar cuenta y defenderse de las tensiones que ocasionan conductas y prcticas que no han generado. La criminalizacin y destruccin de sus propuestas, prcticas y acciones es, evidentemente, el mayor de los riesgos en una sociedad que, frente a la complejidad del conflicto, por momentos reivindica la simplicidad del castigo y contina proyectndose en un pasado que idealiza. Reivindicar la falla socializadora, culpabilizar a las familias carentes, reclamar por los antiguos valores, ahondar en los psicodiagnsticos que patologizan a los ms vulnerables, medicalizar, derivar y reprimir son varios de los mecanismos que es preciso desandar para no reproducir una educacin excluyente.

Asumir los desencuentros entre la institucin, sus mandatos, sus tradiciones, acumular sus innovaciones y a la vez aceptar las transformaciones y los nuevos pblicos pueden ser los caminos para aliviar la sensacin de falta de respeto y habilitar al ejercicio de los derechos en la educacin. Reconocer que de la violencia en la educacin tambin es partcipe la violencia institucional del sistema que se manifiesta en la exclusin, la violencia simblica, el ausentismo, la masificacin, la falta de espacio, el exceso de horas de clase frente a la falta de mbitos de encuentro y dilogo, las malas cantinas, y esto enumerando apenas algunas de sus mltiples dimensiones. La participacin, la voz, el arte y la cultura tal vez continen siendo aliados ms slidos en la construccin comn de una cultura juvenil que traduce los conflictos sociales de un mundo en el cual la educacin es fundamental y su reapropiacin valorativa, inevitable.

Nilia Viscardi. Doctora en Sociologa y profesora, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la Repblica (Udelar).

Fuente: https://educacion.ladiaria.com.uy/


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