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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 09-06-2017

Precursora investigacin periodstica
La discriminacin social en Chile

Felipe Portales
Punto Final


En 1916 el clebre periodista y escritor Tancredo Pinochet Le Brun, efectu una notable e indita investigacin periodstico-social. En el marco de una sociedad en que la miseria era terrible y muy extendida, se disfraz de campesino para trabajar de afuerino en el fundo Camarico, cerca de Talca, propiedad del entonces presidente de la Repblica, Juan Luis Sanfuentes. Como resultado de su experiencia, adems de los artculos publicados en el diario La Opinin que aquel diriga, public un folleto en forma de carta destinada al mismo Sanfuentes ( Inquilino s en la hacienda de Su Excelencia ).

En dicho folleto cuenta que ya en las calles de Talca comenz a experimentar la situacin de un pobre andrajoso de la poca: Iba disfrazado de sub-hombre; pero el sub-hombre es una entidad social en Chile, y es una entidad social tan comn que no llama la atencin de nadie. Pero principi a sentir algo raro, Excelencia, muy raro. Yo no os puedo explicar claramente esto, porque en mi mismo espritu lo siento confusamente: principi a sentir la hostilidad de la atmsfera. Cmo?, me preguntaris. En la mirada de cada cual, en el gesto de asco que cada uno hace, sin sentirlo, sin imaginarlo, sin darse la ms mnima cuenta, cuando mira a un andrajoso. No sacan un pauelo para cubrirse las narices; no hablan estos espritus hostiles; pero es un movimiento instintivo; es un gesto imperceptible casi, un algo que insulta, que oprime, que ofusca, Excelencia (en Antologa chilena de la tierra ; ICIRA, 1970; pp. 90-1).

Luego, en la boletera del tren a Camarico el vendedor me habl con rudeza. Desde luego me trat de t. Al pagarle tres pasajes a Camarico -pues ya sabis que yo iba con mi secretario, tambin disfrazado, y con un obrero de verdad, adems- tuve que pagar noventa centavos por cada pasaje. Dos pesos setenta. Pagu con tres pesos. El boletero me dio un vuelto de veinte centavos y me dijo bruscamente -No hay dieces. Vos comprenderis, Excelentsimo Seor, que a m no me afectaba mucho la prdida de un diez. Soy inmensamente menos rico que Vos, Excelencia, pero por un diez, no poda hacer yo cuestin. Sin embargo, haba tal desprecio en la manera como aquel hombre me despojaba de un diez, que sent indignacin () A mi vuelta, en Camarico, el boletero me vuelve a decir -No hay dieces. Entonces principi a comprender que se trataba del robo organizado en la boletera de tercera clase (Ibid.; p. 91).

Adems, Pinochet relata que el trato que reciben los pasajeros de tercera es trato de perros, de animales, no de hombres. Esto no lo podis imaginar, Excelencia, si no observis como lo he hecho yo. El carro de tercera, Excelentsimo Seor, es, adems, una cantina alcohlica fiscal y obligatoria () En tercera clase no se pone agua para que beban los pasajeros, y en estos das de horrible calor, el cantinero pasea las botellas de cerveza ante los ojos de los sedientos. As os explicaris, Excelencia, que () el propio calor hiciera a cada uno pedir una botella de cerveza (p. 94).

 

OLOR A POBREZA

Posteriormente nuestro campesino empez a sentir una gran pesadez en la frente: Era, Excelencia, que la atmsfera estaba muy cargada. Esos carros no se han construido tomando en cuenta la capacidad respiratoria del sub-hombre que est llamado a transportar () Chile ha mandado a hacer estos carros de tercera, que no se hacen para ningn otro pas del mundo; ha tenido que explicar que no son para hombres, ni para caballos sino para una especie animal especial, el sub-hombre (que) no existe all donde construyen carros y locomotoras; Chile no mand ejemplares, y por eso tenemos carros hechos as, de memoria, para algo que all no entendern bien qu es. Para transportar salvajes, han de creer. Excelencia, me vais a decir, pero cmo se pueden hacer carros mejores para individuos que no tienen hbitos de limpieza, que no sabrn ni siquiera cuidar debidamente de ellos? Ah, es la eterna cantinela de los hacendados chilenos que hacen dormir a sus inquilinos en pocilgas. Dicen que no estn preparados para vivir en casas. Podris aprender a nadar, Excelencia, sin entrar al agua? Si mantenis y educis a vuestros hijos en el fango, creis que delirarn por su bao diario? () El carro de tercera es una escuela ambulante que tiene el gobierno para crear y fomentar los hbitos inferiores del pueblo. Si yo os dijera otras cosas que no pueden decirse desde las columnas de nuestro diario, os convenceris de que el carro de tercera es una institucin nacional de abyecciones que va desde la Pampa hasta Puerto Montt (pp. 94-5). Tampoco se poda esperar otra cosa de carros que tienen la misma superficie y la misma capacidad cbica que los carros de primera y stos estn destinados para sesenta y dos pasajeros, mientras los de tercera son para ciento treinta, con cuatro hileras de bancos largos, de madera, sin espacio para moverse (pp. 93-4).

Al llegar a la hacienda Pinochet descubri que los afuerinos vestan ms andrajosamente que ellos, pese a que buscamos los andrajos ms insultantes para cubrirnos (p. 97). Sobre las condiciones de trabajo y estada para ellos, nuestro corresponsal descubri que se trabaja en vuestra hacienda de sol a sol. Se come un pan de desayuno, sin caf, sin t, sin agua caliente; un plato de porotos a medioda, sin pan; y otro pan al concluir el da. Despus de esto, la bestia humana de vuestro campo no va a un dormitorio a desnudarse; se tira en un montn de paja a toda intemperie, y al da siguiente se levanta sin lavarse (p. 98) para continuar su jornada del mismo modo.

 

COMIENDO COMO LAS BESTIAS

Y respecto de la administracin de la comida pregunt a Sanfuentes: Excelencia, os habis detenido alguna vez a la puerta grande que tienen al fondo los Padres Franceses en Santiago? All reparte un sacristn las sobras de la comida a la gente desvalida y hambrienta del barrio. Si os habis detenido, habris sentido trizaduras en el alma. All hay mujeres harapientas, de rostros esculidos, que van con ollas en sus manos a recoger las sobras que el bueno del sacristn distribuye de un gran fondo escarchado. Es un cuadro triste, horriblemente triste () Es mucho ms triste, Excelencia, detenerse al frente de la casa de vuestro mayordomo, cuando su mujer reparte a medioda la comida a los inquilinos de vuestra hacienda. Un gran fondo, grande como el de los Padres Franceses, est all en el suelo, lleno de porotos () Lleg primero uno, cansado, extenuado, con un cacharro en sus manos. Iba a buscar su racin. La mujer lo mir. Necesitaba reconocerle; tena que ver que no fuera a pedir comida quien no hubiera trabajado. Le llen su cacharro. No le dio nada ms, no le dio pan; ni una rebanada de pan, Excelencia. El hombre se fue con paso lento, extenuado, sin proyectar casi su cuerpo una sombra en el suelo porque el sol azotaba sus rayos quemantes directamente sobre su cabeza. Otro hombre lleg, Excelencia () Y otros y otros y otros. Era el desfilar de la miseria. Era el batalln de la pobreza () Y adnde iban esos hombres? No iban a ninguna casa, no iban a ningn comedor, no iban a sentarse a ninguna mesa, en ninguna silla. Iban a tirarse al suelo, a comer en pleno campo, tendidos, botados, como bestias, como cerdos que hociquean el lodo (pp. 99-100).

En cuanto a las casas de los inquilinos, se componen de un dormitorio, donde duerme en promiscuidad toda la familia, y otra pieza que es una especie de bodega, donde se revuelven en confuso montn monturas, frenos, ollas. Las piezas no estn entabladas ni en el piso ni en el cielo; las murallas no estn ni pintadas, ni empapeladas, ni siquiera enlucidas. El dormitorio es obscuro, sin ventilacin, de mal olor. La gente come en el suelo; los chiquillitos, semidesnudos, pululan como animalitos domsticos (p. 97).

Tancredo Pinochet agrega: Mientras yo coma, Excelentsimo Seor, botado en el suelo de vuestra hacienda, cubierto de harapos, meditaba en la honda significacin de todo lo que observaba. Os he dicho, -Vos lo habis visto, Vos lo sabis- que vuestros inquilinos no viven la vida de hombres, que no usan ni las prendas ms elementales que la civilizacin exige a los obreros de la ciudad. Podra ser un consuelo para el observador el pensar que estos hombres estn trabajando denodadamente, en medio de sacrificios cruentos, para que sus hijos o sus nietos lleven una vida mejor. Pero no hay tal Excelencia. Esto es lo ms desesperante () Gana ahora vuestro inquilino, Excelencia, casi un tercio de lo que ganaba dos generaciones antes () En ese mismo espacio de tiempo, el agricultor chileno, el hacendado, ha llenado a Santiago de palacios y automviles, no como fruto del talento con que ha trabajado sus haciendas, sino de la forma en que ha explotado a los esclavos de la gleba. Ms an, Excelencia, no slo hay degeneracin econmica entre vuestros inquilinos. Hay tambin degeneracin fsica. Vuestros inquilinos comen peor y menos que los inquilinos de vuestros abuelos. En aquellos tiempos se daba porotos o lentejas dos veces al da; ahora se da en vuestra hacienda, slo una vez al da (pp. 101-2).

 

NIOS TRABAJADORES

Adems, Pinochet seala: En vuestra hacienda, Excelencia, tenis una dotacin de ochocientas vacas lecheras. Estas vacas no representan el tipo ms perfecto de la raza vacuna; pero es preciso confesar que las vacas que ahora tenis son superiores a las vacas que debe haber tenido vuestro abuelo. La raza vacuna, Excelencia, la raza caballar, la raza ovejuna, progresan en los campos de Chile; algo se han preocupado de ellas los hacendados; pero la raza humana, la bestia humana del campo chileno no progresa, Excelentsimo Seor (p. 103).

Luego agrega: Para darme cuenta de las avenidas intelectuales que habis abierto para vuestros inquilinos, era justo que yo fuera a la escuela de vuestra hacienda. Fuimos Excelencia. La escuela de Camarico no es como las escuelas del campo de Estados Unidos. Es un rancho, Excelencia. Un simple rancho indigno de vuestra hacienda, e indigno templo de la educacin, donde deben forjarse las almas para el porvenir. Llam a esa puerta para pedir un vaso de agua. Claro. Nosotros no podamos llamar para matricularnos, ni para hacer una visita a la maestra de la escuela. Pero podamos pedir un vaso de agua () La maestra de vuestra escuela es una mujer joven, casada, morena. Su marido vive en Talca. Es bondadosa; nos recibi con cario () y nos convid con un asiento y conversacin.

-Muchos nios aqu en esta escuela, seorita?

-Ahora no, porque trabajan hasta los ms chicos.

-An los que tienen seis aos?

-S, esos tambin. Es tiempo de faenas.

-Este edificio es del gobierno, seorita?

-No, de don Juan Luis. El Fisco le paga cincuenta pesos mensuales de arriendo.

-Le paga el Fisco cincuenta pesos mensuales de arriendo a Su Excelencia por esta casita? No es posible, los hacendados con frecuencia dan gratuitamente el local para la escuela.

-Don Juan Luis es muy apretado para la plata. A m me dan la leche y la lea, sin embargo.

-Pero le da un sobresueldo, adems de lo que le paga el Fisco?

-Ah, eso no.

Hubo un rato de silencio; cada instante de silencio. Excelencia, en estas ocasiones es para meditar hondamente. Despus habl ella, y dijo algo que yo escuch atnito y que todo el pas va a escuchar atnito () Esto dijo, Excelencia.

-Un da vinieron varios inquilinos a pedirme que les hiciera clases de noche; queran aprender. No tuvieron ocasin antes. No tenan tiempo en el da. Queran clases nocturnas. Me ofrecieron pagarme dos pesos al mes cada uno. Yo acept. Se alcanzaron a juntar treinta y dos en mis clases. Venan con mucho gusto. Pero tuve que cerrar esa escuela porque al visitador, despus de hablar con el administrador de la hacienda, no le gust la idea. Los inquilinos lo sintieron mucho, pero no se pudo. A m me sobraba voluntad, y a los inquilinos tambin, pero no se poda (pp. 105-6).

Y comenta Pinochet amargamente: No se poda Excelencia. No se poda. Es claro, la bestia tiene que seguir siendo bestia. Bestia, bestia, hasta la consumacin de los siglos. Si un destello de inteligencia brota en aquellas almas rsticas; si el paso del ferrocarril les dice algo ms a ellos que a las vacas de vuestro fundo y enciende una chispa en sus cerebros, hay que apagarla; hay que buscar, Excelencia, toda el agua del ocano, si es necesario, y apagarla. S, apagarla, apagarla, apagarla. Hay que perpetuar la bestia (p. 106).

Por ltimo, al declinar la tarde pasaron por una taberna donde registraron el siguiente dilogo:

-Esta cantina es del fundo?

-No, es particular de nosotros, nos contest la mujer.

-No tiene cantina la hacienda, de propiedad del dueo?

-S.

-Se bebe bastante, ah?

-Bastante.

Y agrega nuestro periodista en su folleto: Excelencia, esto lo sabis Vos tambin como yo. Vuestro inquilino bebe, se emborracha, como lo hace el medio milln de inquilinos de Chile. Tiene que hacerlo, no por instinto, no por aficin fisiolgica, sino por mandato imperioso de las condiciones en que vive, por su escasa alimentacin, por la ruca desamparada en que duerme (pp. 106-7).

Luego de la publicacin de su investigacin periodstica Tancredo Pinochet le solicit al presidente Sanfuentes una entrevista. Sin embargo, ste slo acept recibirlo a ttulo personal, por lo que aquel replic: Yo personalmente, Excelencia, nada necesito deciros () Era el secretario de una multitud, el periodista, el que desea hablaros, y Vos os negis a escucharlo, como os habis negado a que concurran a una escuela nocturna en vuestra propia hacienda, vuestros propios inquilinos (p. 112).

 

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(*) Este artculo es parte de una serie que pretende resaltar aspectos o episodios relevantes de nuestra historia que permanecen olvidados. Ellos constituyen elaboraciones extradas del libro del autor, Los mitos de la democracia chilena , publicado por Editorial Catalonia.

 

Publicado en Punto Final, edicin N 876, 26 de mayo 2017.

[email protected]

www.puntofinal.cl



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