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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 10-06-2017

Elecciones y poderes de abajo

Ral Zibechi
La Jornada


En las recientes  dcadas la cultura poltica de izquierda convirti las elecciones en el principal barmetro de su xito o fracaso, de avances o retrocesos. En los hechos, la concurrencia electoral se convirti en el eje de la accin poltica de las izquierdas, en casi todo el mundo.

Una realidad poltica nueva, ya que en tiempos no lejanos la cuestin electoral ocupaba una parte de las energas y se considerada un complemento de la tarea central, que giraba en torno a la organizacin de los sectores populares.

Lo cierto es que la participacin electoral fue articulada como el primer paso en la integracin en las instituciones (de clase) del sistema poltico (capitalista). Ese proceso destruy la organizacin popular, debilitando hasta el extremo la capacidad de los de abajo para resistir directamente (no mediante sus representantes) la opresin sistmica.

Con los aos la poltica de abajo empez a girar en torno a lo que decidan y hacan los dirigentes. Un pequeo grupo de diputados y senadores, asistidos por decenas de funcionarios pagados con dineros pblicos, fueron desplazando la participacin de los militantes de base.

En mi pas, Uruguay, el Frente Amplio lleg a tener antes del golpe de Estado de 1973 ms de 500 comits de base slo en Montevideo. All se agrupaban militantes de los diversos partidos que integran la coalicin, pero tambin independientes y vecinos. En las primeras elecciones en las que particip (1971), uno de cada tres o cuatro votantes estaba organizado en aquellos comits.

Hoy la realidad muestra que casi no existen comits de base y todo se decide en las cpulas, integradas por personas que han hecho carrera en instituciones estatales. Slo un puado de comits se reactivan durante la campaa electoral, para sumergirse luego en una larga siesta hasta las siguientes elecciones.

En paralelo, la institucionalizacin de las izquierdas y de los movimientos populares sumada a la centralidad de la participacin electoral terminaron por dispersar los poderes populares que los de abajo haban erigido con tanto empeo y que fueron la clave de bveda de las resistencias.

En el debate sobre las elecciones creo que es necesario distinguir tres actitudes, o estrategias, completamente diferentes.

La primera es la que defiende desde hace cierto tiempo Immanuel Wallerstein: los sectores populares deben protegerse durante la tormenta sistmica para lograr sobrevivir. En ese sentido, plantea que llegar al gobierno por la va legal, as como las polticas sociales progresistas, pueden ayudar al campo popular tanto para acotar los daos producto de las ofensivas conservadoras como para evitar que fuerzas de ultraderecha se hagan con el poder estatal.

Este punto de vista parece razonable, aunque no acuerdo, ya que considero las polticas sociales vinculadas al combate a la pobreza como formas de contrainsurgencia, con base en la experiencia que vivimos en el Cono Sur del continente. En paralelo, llegar al gobierno casi siempre implica administrar las polticas del FMI y el Banco Mundial. Quin recuerda hoy la experiencia de la griega Syriza? Qu consecuencias sacamos de un gobierno que prometa lo contrario?

Es evidente que focalizarse en que tal o cual dirigente cometieron traicin, lleva el debate a un callejn sin salida, salvo que se crea que con otros dirigentes las cosas hubieran ido por otro camino. No se trata slo de errores; es el sistema.

La segunda actitud es la hegemnica entre las izquierdas globales. La estrategia sera ms o menos as: no hay bases sociales organizadas, los movimientos son muy dbiles y casi inexistentes, de modo que el nico camino para modificar la llamada relacin de fuerzas es intentar llegar al gobierno. Esta situacin ha mostrado ser fatal, incluso en el caso de que las izquierdas consigan ganar, como sucedi en Grecia y en Italia (si es que a los restos del Partido Comunista se les puede llamar izquierda).

Diferente es el caso de pases como Venezuela y Bolivia. Cuando Evo Morales y Hugo Chvez llegaron al gobierno por la va electoral, existan movimientos potentes, organizados y movilizados, sobre todo en el primer caso. Sin embargo, una vez en el gobierno decidieron fortalecer el aparato estatal y, por tanto, emprendieron acciones para debilitar a los movimientos.

Siendo las experiencias estatales ms avanzadas, hoy no existen en ninguno de ambos pases movimientos antisistmicos autnomos que sostengan a esos gobiernos. Quienes los apoyan, salvo excepciones, son organizaciones sociales cooptadas o creadas desde arriba. En este punto propongo distinguir entre movimientos (anclados en la militancia de base) y organizaciones (burocracias financiadas por los estados).

Una variante de esta actitud son aquellos movimientos que, en cierto momento, deciden incursionar en el terreno electoral. Las ms de las veces, y creo que Mxico aporta una larga experiencia en esta direccin, al cabo de los aos las bases de los movimientos se debilitan, mientras los dirigentes terminan incrustados en el aparato estatal.

La tercera orientacin es la que impulsa el Concejo Indgena de Gobierno, que a mi modo de ver consiste en aprovechar la instancia electoral para conectar con los sectores populares, con el objetivo de impulsar su autoorganizacin. Lo han dicho: no se trata de votos, menos an de cargos, sino de profundizar los trabajos para cambiar el mundo.

Me parece evidente que no se trata de un giro electoral, ni que el zapatismo haya hecho un viraje electoralista. Es una propuesta as la entiendo y puedo estar equivocado que pretende seguir construyendo en una situacin de guerra interna, de genocidio contra los de abajo, como la que vive Mxico desde hace casi una dcada.

Se trata de una tctica que recoge la experiencia revolucionaria del siglo XX para enfrentar la tormenta actual, no usando las armas que nos presta el sistema (las urnas y los votos), sino con armas propias, como la organizacin de los de abajo.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/06/09/opinion/020a2pol



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