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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-06-2017

Los cambios

Jaime Richart
Rebelin


Es un punto de partida de la Sociologa que el contemporneo de cualquier poca no tiene consciencia plena, ni de las transformaciones ni de los fenmenos globales ms o menos manifiestos que est viviendo, ni de los efectos de ambos a medio y largo plazo. Siempre, ms o menos, ha sido as. Pero del mismo modo el contemporneo de hoy da, aunque est sobradamente avisado, tampoco es plenamente consciente del alcance de los desgarros profundos en la Naturaleza ocasionados por la ambicin y por la necedad humanas. Lo que ocurre es una cosa, y es que ahora, al ser tales cambios sumamente vertiginosos, percibimos mejor la falta de consciencia del contemporneo representado por los dirigentes mundiales, por su incapacidad de anticipacin a situaciones sumamente graves previsibles, no precisamente relacionadas con el terrorismo, slo solucionable si las potencias occidentales abandonasen militarmente el continente asitico. Capacidad de previsin y anticipacin, por cierto, que debieran ser exigibles a quienes se aventuran a dirigir los destinos de una sociedad y a todo este sistema sociopoltico impuesto en el hemisferio occidental, y de las que no obstante y en apariencia carecen. Y digo en apariencia, porque otras teoras atribuyen el negarse a la prevencin o poner remedios, a la intencin perversa por parte de un puado de canallas de extraer infinitas ganancias de ello, unos, y otros, de conseguir por distintos medios el control absoluto del planeta...

El caso es que el reemplazo de la mquina por el trabajador empieza con el capitalismo industrial, que lo ha ido potenciando hasta hoy. Desde sus comienzos el maquinismo ha proporcionado comodidad, extrema hasta la molicie, y acortamiento de las distancias, dos formidables adelantos para la vida cotidiana material. Pero tal es hoy la velocidad del proceso, que es cuando ms se pone de manifiesto tanto la nula elasticidad del empresario, de la gran empresa y del sistema para la adaptacin progresiva a los cambios sin gravsimos daos al tejido social, como la facilidad con la que a travs de los cambios redoblan ambos su agilidad para enriquecerse escandalosamente. Si el contemporneo pusiese manos a la obra con antelacin, para evitar por la irrupcin de la mquina el colapso del desempleo masivo colectivo (medidas que debieran esperarse de una mayor inteligencia y lucidez por el simple paso del tiempo y la experiencia), los cambios no dejaran de sentirse, pero estaran atemperados por los clculos precisos para aminorar tanto quebranto...

Porque el no haber sabido anticiparse al impacto que las nuevas tecnologas habran de causar en el mundo del trabajo, ha ocasionado un sbito y desmesurado desempleo de perniciosos efectos en millones de hogares. Y el no haber previsto, prevenido y en su caso corregido los efectos del maltrato dado por el sistema a la Naturaleza, ha terminado provocando lo que parece un irreversible cambio climtico. En ambos casos, se pone as en evidencia la escasa inteligencia del contemporneo, de sus lderes y del sistema, por mucho que se ufanen de llegar a los planetas o de erradicar enfermedades. En el primer caso, porque esa falta de previsin ha hecho que la sociedad pase repentinamente, de un cierto bienestar a la inestabilidad, a la incertidumbre y al sufrimiento. En el segundo, porque si las generaciones actuales resisten por el momento los embates del cambio climtico, sus herederos sufrirn con toda probabilidad las terribles consecuencias del cataclismo silencioso que es una vida sumida de repente en el desierto.

Un cambio ste, el climtico, por cierto, negado por los necios responsables de la suerte del mundo, cuando ms que cambio es sobre todo a mutacin. Pues, siempre dentro de la imprecisin propia de las ciencias que se corrigen a menudo a s mismas, no hay un rgimen de temperaturas y de precipitaciones que haya sido reemplazado por otro, sino un desideratum, un devenir desordenado de perturbaciones atmosfricas que apunta a una cercana catstrofe, medida la cercana no en tiempo planetario sino en el ordinario de una vida humana.

Pero es que adems del cambio del clima y de los que provocan las tecnologas, son constantes los cambios en multitud de prcticas, de la esttica y de la tica tradicional e intemporal. Pues tampoco se libran de ellos, ni el lenguaje, ni el silogismo ni el modo de razonar. En Espaa, sin ir ms lejos y pese a que la felona repercute de manera nefasta en millones y millones de personas, el pensamiento ms o menos superficial de gobernantes, de polticos y de cmplices involucrados en graves delitos econmicos (as como de parte de la poblacin que les respalda), infravalora la gravedad de esos delitos con efectos desastrosos en las urnas y en los recortes sociales.

En suma, un universo de sensibilidades se ha derrumbado. La tica, la esttica, el metron, la medida... y la dignidad de polticos y gobernantes expuestos constantemente a la vergenza de una colosal incoherencia probada por todas las hemerotecas, que sin embargo no les lleva a bajar en absoluto la cabeza. Pero no slo los polticos, tambin los jueces y fiscales se ponen en evidencia con su pobre discurrir interpretando con ligereza las leyes, la conducta de los polticos felones y la lgica formal... Pues no otra cosa que frivolidad es dar, por ejemplo, ms importancia a la insignificancia de la "intachable conducta" del reo en el transcurso del juicio para justificar la no entrada en prisin de un corrupto, que a la gravedad del delito en s que ha cometido.

Todo lo que ha de dar lugar a un profundo divorcio entre la mentalidad de los dirigentes y la mentalidad de quienes entendemos el progreso material y el progreso moral tal como lo entienden y demandan millones en Espaa, cientos de millones en Europa y miles de millones en el mundo.

Pero me ha ocurrido hoy una cosa que me hace pensar ms en relacin a todo esto. Con ser muy grave lo que acabo de decir, lo peor es que he tenido que salir esta maana del supermercado sin las compresas de mi abuela. No haba manera de encontrarlas. El almacenista me deca que deban estar en "ese" estante, pero all no estaban. Despus de mis reproches por tanto cambio cada semana o cada da en los supermercados y la consiguiente discusin, al final ha desistido el almacenista de seguir buscando porque ni l mismo saba dnde estaban las compresas de mi abuela. Y todo, por las malditas maniobras mentalistas de un Mercado empeado en este tiempo en marearnos o en volvernos locos, con los trasiegos de los malditos y constantes cambios sin venir a cuento, tambin y como deca, en los malditos supermercados...


Jaime Richart, Antroplogo y jurista.

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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