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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-06-2017

Reflexin acerca de las contingencias electorales de 2018
El suicidio de los partidos polticos o el agotamiento de un paradigma poltico

Arsino Orihuela Ochoa
Rebelin


Deca Jos Enrique Rod, escritor e intelectual uruguayo, que los partidos polticos no mueren de causas naturales, sino que se suicidan. En el presente, ese adagio es ms exacto que nunca. La subrepresentacin o nula representacin de la poblacin, la bancarrota de la representatividad, el travestismo de los colores e idearios partidarios que en el diccionario de eufemismos se conoce como coaliciones, la creciente presencia de candidaturas atadas puramente a intereses especiales, las malogradas transiciones democrticas, las pesadillas de la alternancia (ver Rafael de la Garza Talavera), y la incapacidad estructural de esas instituciones moribundas para sortear favorablemente las rutinarias crisis, perfilan un horizonte desfavorable para la prevalencia de los partidos polticos como agentes dominantes en la arena poltica.

Hasta ahora la partidocracia fue acaso el mecanismo ms eficaz de confiscar lo poltico, administrar elitistamente la politicidad y neutralizar al sujeto popular. Pero esa partidizacin de la poltica estaba sostenida en ciertos estndares de legitimidad, que, en el transcurso del ciclo neoliberal (cerca de 40 aos), los propios partidos se ocuparon de derruir, absortos en las dinmicas intestinas de las elecciones y la sostenibilidad de lealtades tpicamente mafiosas, en un contexto de reformulacin de los contenidos de la poltica.

Operativamente acoplados a los procedimientos de abrogacin de lo pblico, y en esa obsesin por conservar el timn de las instituciones polticas y anular a la sociedad organizada, los partidos terminaron por anular las condiciones bsicas, materiales e inmateriales, para la continuidad o reproduccin de sus contenidos en el largo alcance. Si bien es cierto que el paradigma partidario histricamente signific un laboratorio de programas, metodologas y propuestas de organizacin poltica, no pocas de ellas valiosas, con los aos acab por revelar las limitaciones estructurales de ese paradigma. Asistimos a la autoinmolacin de los partidos.

Por ms que los prrocos de la politologa sigan anclando sus anlisis e indagaciones en los partidos y las elecciones, la realidad desmonta empecinadamente esos razonamientos, a menudo puramente formales. Werner Bonefeld escribi: La teora del Estado debe basarse en una teora de la crisis sin sta, la teora del Estado quedara como un esqueleto descarnado de leyes y estructuras generales. Las teoras o apologas o profecas de los partidos polticos circulan con una liviandad tan consumada que los discursos (formalistas e institucionalistas) que escoltan esas teoras no alcanzan siquiera a dibujar un esqueleto. Los idelogos de los partidos no basan sus especulaciones ni en una teora del Estado, ni en una teora de la crisis, ni en nada concreto o tangible o empricamente observable. Fieles a la tradicin liberal, asumen a priori que el momento constitutivo de los partidos polticos es la democracia. Es decir, la nocin de partido poltico acaba en una abstraccin sostenida en otra abstraccin.

Bsicamente, para admitir el silogismo elemental del misticismo politolgico, es preciso admitir apriorsticamente la siguiente secuencia de especulaciones: uno, que la democracia es un estado de cosas (por oposicin a un valor); dos, que en el presente el estado de cosas es la democracia (habitamos un orden democrtico, eso dicen); y tres, que los partidos polticos son la posibilidad y el fruto de la democracia (cuando en realidad representan la abolicin o aplazamiento del momento democrtico). Y ya despus de blandir sin reparo ese conjunto de premisas abstractas o llanamente falsarias, y de contrastar cientficamente ese andamiaje de prenociones con la realidad (una contrastacin que nunca est libre de golpes de pecho), el ejrcito de especialistas elevan a rango de formulaciones tericas sus propias frustraciones, con conceptos como democracias de baja institucionalizacin o desencanto democrtico o democracias realmente existentes, y chapuceras anlogas.

Pero ese conjunto de ficciones con aspiraciones conceptuosas (sic) se traicionan en los contenidos. Unvocamente, todos los partidos polticos en el poder transfieren los costos de las crisis a los sectores poblacionales ms desprotegidos (incluidas las crisis medioambientales), sin distingo de colores o insignias. Es cierto que algunos reducen temporaria o parcialmente el impacto. Pero eventualmente, y por la propia lgica aspiracional e institucional de los partidos polticos, terminan capitulando y distribuyendo la factura de las crisis entre las franjas mayoritarias de la poblacin. Slo as se explica que las crisis tengan una incidencia cada vez ms recurrente y socialmente vejatoria, y que la distancia temporal entre una y otra no alcance siquiera para salir de las ruinas de la anterior.

Mltiples analistas coinciden en sealar que se avecina otra crisis econmica de proporciones inditas. Y si habra que identificar algn factor explicatorio de esa furiosa reproduccin de las crisis, es razonable acudir a eso que, a juicio de no pocos, es lo polticamente fundamental de la poca: la crisis de desigualdad. La desigualdad en la actualidad alcanz un estado sin precedentes. Una dcima del uno por ciento de la poblacin es superrica. Estimaciones de Oxfam sealan que en 2015, slo 62 personas posean la misma riqueza que 3.600 millones (la mitad ms pobre de la humanidad). No hace mucho, en 2010, eran 388 personas. El reporte agrega que desde el inicio del presente siglo, la mitad ms pobre de la poblacin mundial slo ha recibido el 1% del incremento total de la riqueza mundial, mientras que el 50% de esa nueva riqueza ha ido a parar a los bolsillos del 1% ms rico (http://www.oxfammexico.org/una-economia-al-servicio-del-1/#.V24bzbgrLIU).

La desigualdad, que es el problema poltico crucial de nuestra era, es un asunto que ningn partido poltico consigui atajar o mitigar, ni siquiera las socialdemocracias (o progresismos) que por cierto estn en proceso de extincin. En este tenor, los partidos perdieron irreversiblemente la credibilidad como agentes de representacin popular (para bien y para mal). Por aadidura, la totalidad de los partidos polticos estn atados de manos, y dependen fuertemente de los caprichos de esas grandes fortunas acumuladas. Riqueza es poder. Riqueza hiperacumulada es poder hiperacumulado. Esto se traduce en las legislaciones que responden a ese imperativo de aumentar la centralizacin de la renta. Histricamente, y salvo escasas excepciones, los partidos se dedicaron a proteger a las minoras opulentas de las mayoras.

En esa inercia contradictoria, que por un lado prescribe representar al soberano (ese significante flotante que unos llaman pueblo), y que, por otro, demanda proteger los intereses de las lites y las minoras opulentas, los partidos polticos firmaron su propia carta de defuncin. El antagonismo que se aloja en esa inercia es insalvable. Las proporciones de las crisis en curso decretaron el agotamiento de ese paradigma de los partidos polticos.

Asistimos al suicidio de los partidos. El movimiento (popular o de lite), y las candidaturas sin partido, alzan la mano entre los escombros de las organizaciones partidarias.

El 2018 ser un corte de caja.

Blog del autor: http://lavoznet.blogspot.com.br/2017/06/el-suicidio-de-los-partidos-politicos-o.html

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


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