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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-06-2017

Aquellos maravillosos privilegiados
Los albailes del 2006

Manuel Onetti
Rebelin


Leyendo el artculo de Javier Lpez Menacho el pasado seis de junio aqu en La Rplica, reconociendo este nuevo (?) frente que ha abierto el sistema para alimentar las almas ms alienadas de nuestro entorno que consiste en llamar privilegiado a toda aquella persona que trabaja en una profesin, que no querran que realizaran sus hijos ni por asomo, pero que dispone de unos derechos -ganados a fuerza de todo- que para los idelogos y la masa del aplauso y la falta de conciencia de este sistema son inaceptables, mezclado con todo este calor que nos invade estos das (para el primo de Rajoy el mismo calor de todos los aos, para otros producto del inevitable cambio climtico) record a aquellos maravillosos privilegiados que ya nadie menciona: los albailes. Una de las profesiones tradicionalmente peor pagadas y consideradas dentro de la escala social del capital y por supuesto ms peligrosas, que a consecuencia de la ya bien conocida burbuja inmobiliaria pas a ser una de esas profesiones privilegiadas.

En 2006, justo un ao despus de que Espaa alcanzara la cifra del tres por ciento en el consumo de cocana entre las personas de 15 a 64 aos de edad, los albailes eran los nuevos yuppies de la sociedad espaola, con automviles hasta el momento destinados a una clase media alta, casas unifamiliares, chals o pisos de veraneoalgunos hasta viajaban al extranjero! Eran unos grandes consumidores sin duda, tanto que podra rellenar este artculo tan solo describiendo el frenes consumista de esos trabajadores que hasta ese momento no haban siquiera soado con poder tener algo ms que un Seat y pasarse los fines de semana en la piscina municipal. Y esto, ya por aqul entonces, no gustaba entre aquellos que siempre se consideraron de otra clase con derechos, a veces otorgados, incluso, por origen divino, sobre los que consideraban de una clase inferior. No gustaba que un chico de veinte aos que no haba terminado la ESO (uno de esos que nunca fue a clases particulares) trabajando nueve horas diarias en una obra, a ms de 40 -poniendo de ejemplo el sur del estado espaol, donde los convenios laborales en el sector de la construccin contemplan la jornada intensiva apenas durante un periodo de un mes y medio (desde comienzos de julio hasta finales de agosto), como si las condiciones climatolgicas fueran mucho ms favorables en junio o septiembre, en los casos, por supuesto, donde se cumpla dicho convenio- sobre tejados o suelos de hierro, rodeados de armas en potencia, es decir, cualquier herramienta propia del sector, con una gra sobre sus cabezas constantemente y unas medidas de seguridad a menudo innecesarias como muestran las estadsticas, donde todos los aos mueren decenas de albailes en accidentes laborales, pudiera ganar un sueldo que oscilaba entre los 1200 y los 3000 en algunos casos, dependiendo de factores como la experiencia, especializacin, antigedad o las condiciones del trabajo en particular, pudiendo negociar el sueldo por horas o por cuenta, o lo que es lo mismo, dependiendo de la productividad.

Y todo esto, repito, no gustaba mucho por aqul entonces a algunos que por sus estudios superiores o por tradicin familiar, o cualquier otro motivo no soportaban la idea de que el esfuerzo, su esfuerzo, no estuviera valorado por el sistema -ese sistema que tanto adora el esfuerzo- por encima del de aquellos que acabamos, aunque fuera por poco tiempo, contribuyendo (como vctimas en el mayor de los casos) a la locura del cemento y el ladrillo. La diferencia ahora con esos aos es que los patronos, tanto de la economa como los de los medios o de la poltica saban que aquello explotara y se derrumbara, as que, no hizo falta ninguna campaa como la que han orquestado y puesto en marcha contra todo trabajador privilegiado.

La historia ya la conocen: despidos, embargos, desahucios, suicidios, etc. Cmo iban a contarles todo esto. Ahora los albailes que an se dedican a la construccin (pueden imaginar que muchos de ellos estn engrosando las listas del paro) llegan a cobrar hasta cinco euros la hora, trabajando ms de diez horas al da en algunos casos, a cientos o miles de kilmetros de sus casas, sin dietas, alojados en la pensin ms barata que el empresario encuentra, y de nuevo, con unas medidas de seguridad insuficientes para parar todas esas muertes que la obra deja atrs ao tras ao. Pero de estos privilegiados ya nadie se acuerda, ni mucho menos, oirn hablar en los medios ni pertenecern a sus conversaciones de bar o en el andn de una estacin un da de huelga. Porque ya no lo son, o quizs, nunca lo fueron.

Blog del autor: http://manuelonetti.es/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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