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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-06-2017

La voluntad y el deseo: el dilema feminista

Santiago Alba Rico
Cuarto Poder


Voy a meterme de nuevo de cabeza en un avispero. Antes me gustara, en todo caso, declarar que acepto como merecida cualquier reprimenda, por sumaria o poco argumentada que se presente. En condiciones de patriarcado, tan difcil es no parecer un hombre como pedir a lectoras feministas cargadas de razn -por la historia y la violencia machista- que no tomen por un hombre al que slo pretende ser un aliado incmodo que se siente incmodo cada vez que mira a su alrededor o dentro de s mismo. Si parezco hombre, pues, acepto de antemano el castigo, aunque slo despus de aventurarme a decir lo que pienso.

Ahora bien, pongamos que me llamo Marta. Podra llamarme Marta. La conozco bien porque est dentro de mi cabeza. Ha estudiado ms que yo, es ms sensible y s que es tambin ms inteligente porque, cada vez que discutimos, me reduce al silencio con sus datos y sus argumentos. Como tambin en este caso estoy de acuerdo con Marta, voy a dejar que sea ella la que hable.

Y dice as Marta: creo que los feminismos deberan tener ms cuidado a la hora de distinguir entre voluntad y deseo. En su versin ms activista la que interviene en los medios y las redes, siempre alerta ante cualquier dislate o lapsus machista de personajes pblicos y polticos las feministas solemos cometer dos errores aparejados, fruto sin duda de la presin acumulada y de la precipitacin militante. El primero es el de considerar el deseo transparente y autoconsciente, matriz de toda decisin verdaderamente feminista y, por tanto, de toda intervencin verdaderamente poltica; y ello en contraste con la voluntad que, siempre bajo sospecha, se juzga atravesada por clichs educativos, prejuicios heredados y construcciones patriarcales que, como en el viejo discurso de la izquierda, hay que desmontar y des-alienar para dejar la verdad, monda y lironda, a la vista de todos. El querer de una mujer, siempre oscuro, pertenece inevitablemente al hombre mientras que su deseo, siempre claro, es suyo.

El segundo error es el de imaginar, tambin como la vieja izquierda, un mundo futuro completamente emancipado en el que no habr ninguna distancia entre la voluntad y el deseo y en el que, en consecuencia, el querer de una mujer ser tan claro como su deseo, de tal manera que cuando digamos quiero estemos diciendo al mismo tiempo deseo y, al revs, cuando digamos no quiero estemos diciendo al mismo tiempo no deseo. De hecho buena parte de las denuncias feministas de acoso (o de la as llamada cultura de la violacin) pretenden haber resuelto ya esta distancia, como si las mujeres, cada vez que decimos no, como cada vez que decimos s, no tuviramos que librar un combate con nosotras mismas en el que muy a menudo no tenemos claro ni nuestro deseo ni nuestra voluntad, reidas adems entre s.

Esta diferencia entre la voluntad y el deseo, compleja y delicada, tiene a mi juicio una dimensin feminista que hay que reivindicar para evitar que, una vez ms, los hombres, sujetos voluntariosos, nos juzguen a las mujeres por nuestros deseos. A principios del siglo V, tras el saqueo de Roma por las tropas de Alarico, San Agustn defenda a las monjas violadas por los brbaros frente a los curas que queran excomulgarlas por ese contacto sexual: con tal de que opusieran resistencia, dice San Agustn, incluso si gozaron (incluso si gozaron!) son vctimas inocentes y deben ser acogidas en el seno de la Iglesia. La idea de San Agustn es la de que tan criminal es infligir dolor como infligir placer y que ningn juez, ni divino ni humano, puede juzgar lo que siente un cuerpo si la voluntad se ha mantenido explcitamente en pie. San Agustn, con una sensibilidad e inteligencia que empequeece a muchos de nuestros magistrados (que siguen auscultando signos desiderativos y consentimientos corporales en el cuerpo de la vctima que ha dicho no), comprendi muy bien dos cosas que las feministas no deberamos olvidar.

Dos enseanzas

La primera es que el deseo es mucho ms oscuro que la voluntad. Despus de Freud nadie puede negar que, si la voluntad puede ser engaada o manipulada, el deseo es desde el principio engao y manipulacin. Nada ms paradjico que el hecho de que de todas las locuras, como deca Platn, sea sa la ms excelsa y la que ms nos acerca a la divinidad, pero conviene no olvidar que se trata, s, de una locura. Podemos trabajar nuestra voluntad y ese trabajo es lo que llamamos educacin, aprendizaje, conciencia; pero el deseo, recipiente de trabajos ajenos pre-conscientes, es siempre oscuridad. Reivindicar la libre sexualidad es reivindicar ese amo loco y tirnico del que se quejaba y al que renda homenaje el viejo Sfocles en sus ltimos das de vida. No hay nada transparente ni ortodoxo en el deseo; desde el punto de vista sexual tan oscura es la postura del misionero como la coprofilia y tan insensato un coito conyugal como una orga homosexual.

La segunda enseanza es que entre la voluntad y el deseo hay y siempre habr una distancia y un potencial desacuerdo que, imposible de disolver de manera definitiva, tendr que ser resuelto en cada caso con mucho cuidado, pero siempre a partir del presupuesto de que, all donde no haya acuerdo, es la voluntad la que cuenta. Si yo digo no, me violan y consiguen infligirme placer, como en el caso de las monjas de San Agustn, mi placer es un problema mo y no un testimonio en contra de mi voluntad, o al menos no debera serlo a los ojos de la sociedad o delante de un tribunal. La cuestin es que en cada uno de los dos polos (la voluntad y el deseo) y en la distancia que los separa -y tambin en los raros momentos de sutura divina- est incrustada la historia, la de nuestra cultura y la de nuestra familia, lo que implica que todo s y todo no son el resultado de un trabajo y una discusin en la que caben muchos ms matices y luchas que en la simple disyuntiva afirmacin/negacin en la que se resuelven las coyunturas sexuales.

Las posibilidades, en todo caso, son tres.

Puede ocurrir raramente que no haya ningn desacuerdo y mi quiero y mi deseo coincidan sin fisuras; es decir, que mi voluntad sucumba voluntariamente a mi deseo. Cuando esto ocurre (para lo que hace falta, del otro lado, una coincidencia equivalente) nos da igual la historia y podemos hablar por eso de locura si es que preferimos no hablar de amor. Este doble acuerdo (dentro de mi cuerpo y con otro cuerpo) aclara sin borrarla toda la oscuridad del deseo. Mi deseo es oscuro porque nunca es mo; es claro porque esta vez lo quiero yo y porque lo quiere tambin esa otra voluntad que nunca podr ser ma: la del otro cuerpo.

Puede ocurrir tambin, al revs, que mi deseo se imponga a mi voluntad y adems a la voluntad de otro. Eso es lo contrario del amor y lo contrario del amor puede ser de hecho un delito: el acoso, la violacin o la pederastia iluminan precisamente casos de deseos tan oscuros como los de un matrimonio burgus bienavenido en su cpula sabatina que, sin embargo, hay que reprimir. Supongamos con fatalismo freudiano que todos los hombres sienten deseos de violar y todas las mujeres sentimos deseos de ser violadas. La voluntad civilizadora debe intervenir para que ese deseo, tan oscuro como todos los dems, no abandone jams el terreno de la fantasa (donde tiene todo el derecho de campar a sus anchas hasta que los hombres dejen de pensar en su falo como en un cuchillo).

Ahora bien. Es cierto que la voluntad no ha sido siempre civilizadora. Si abordamos la tercera posibilidad la de que la voluntad se imponga al deseo las dificultades se multiplican. El caso de las monjas violadas a las que defiende San Agustn debera ser evidente a estas alturas: aqu la voluntad, cualquiera que sea su contenido (Dios o la soberana subjetiva), manda sobre el deseo. Pero la voluntad monjil (que es precisamente la religioso-patriarcal) ha reprimido de tal manera el deseo a lo largo de la historia de la humanidad que muy justamente el feminismo ha insistido en la deconstruccin de la voluntad en favor de la liberacin del deseo: el cristianismo, en efecto, ha perseguido el placer sexual mismo y, frente a l, tenemos que defender los derechos y la belleza de los deseos. La voluntad que se haba impuesto -y se sigue imponiendo en buena parte- es tan represiva, tan coercitiva, tan masculina, que la liberacin feminista, por lgica reaccin, se acaba interpretando bsicamente como una liberacin sexual contra la voluntad en general. Sobre los peligros de que esta liberacin del deseo contra la voluntad patriarcal sea en realidad otra victoria de la voluntad masculina libertina ha alertado muy atinadamente Celia Amors. Este peligro slo puede conjurarse construyendo una voluntad ilustrada feminista que, aceptando la oscuridad del deseo, civilice las relaciones entre los cuerpos.

Culpabilizar a las mujeres

Pero aqu tropezamos enseguida con otro peligro de signo contrapuesto, y es el de dejarse arrastrar por la ilusin de que habra una verdadera voluntad, emancipada de la construccin patriarcal, capaz de imponer claridad feminista a los deseos; la ilusin de que el deseo se puede reformatear, moldear desde la razn, someter a directrices polticamente correctas, de manera que habra un criterio racional para distinguir deseos buenos y deseos malos, deseos feministas y deseos machistas, con la consecuencia inevitable de reproducir en el cuerpo de las mujeres la represin y la culpa propias de la voluntad monjil. Tiene mucha razn Clara Serra cuando sobre todo en el contexto sexualmente conservador de nuestras mujeres de mediana edad y de clase media denuncia el puritanismo de esta pretendida ortodoxia que acaba culpabilizando a las mujeres, acusadas de no desear como se debe, y que se alejan del feminismo por las mismas razones por las que se alejan de la iglesia: porque les hace sentir que algo no funciona bien en sus cuerpos.

Creo, por tanto, que es muy importante distinguir entre voluntad y deseo, no confundir una y otro, como hacen a menudo nuestros magistrados y nuestros polticos machistas, pero tambin algunos feminismos no agustinianos, y abordar esa distancia y ese desacuerdo con mucho cuidado y mucho juicio, por citar la lectura que hace de Kantnuestro gran amigo Luis Alegre Zahonero en sus dos ltimos libros: El lugar de los poetas y Elogio de la homosexualidad. La contundente y necesaria divisa no es no interpela a la voluntad, no al deseo: si yo te digo no con la palabra no importa nada si mi cuerpo se est muriendo de ganas con todos sus poros y papilas. Somos adultas y dueas de nuestro cuerpo. Hay muchas razones por las que puedo desearte y no querer acostarme contigo: que me pones pero no me caes bien, que te conozco y s que lo interpretaras mal, que ests enamorado y yo no, etc. Pero tambin puede ocurrir, al revs, que no te desee y quiera acostarme contigo. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, en ciertas formas de prostitucin o en el cine porno, fenmenos cuya ambigedad hace muy difcil y muy necesaria la incansable deliberacin del juicio.

Ahora bien, esa disonancia se produce tambin cotidianamente en las relaciones de pareja estables. No he entendido, la verdad, la reaccin sumarsima y furibunda a un artculo muy liviano de una revista muy frvola que nos sugera a las mujeres formas cmodas de practicar el sexo con el compaero cuando no tenemos ganas. Se le ha reprochado fomentar la cultura de la violacin! Yo al artculo le reprochara ms bien esa banalizacin del sexo tan caracterstica de nuestra sociedad mercantil, pero no me gustara que, a cambio, lo solemnicemos de tal manera el sexo que acabemos considerando cada polvo en pareja como un acontecimiento divino. Dentro de una pareja bienavenida se hacen constantemente concesiones por respeto y por cario: te acompao a dar un paseo aunque no tenga ganas, veo esa pelcula que no me apetece demasiado, comemos hoy pescado aunque preferira unas legumbres. Hombres y mujeres, en ciertas circunstancias, tienen el derecho y an ms la obligacin corts de decir s sin ganas, de afirmar un quiero sin deseo, de someter su voluntad a otros deseos. Por qu tendra que sentirme violada si quiero, contra mi deseo, satisfacer el deseo de mi chico? De hecho yo le pido que haga lo mismo conmigo y se esfuerce por excitarse y complacerme ocultndome su desgana cada vez que me meto en la cama excitada y l preferira dormirse. El artculo citado, adems de frvolo, es infame y machista no porque defienda la violacin, sino porque no propone frmulas equivalentes, de sexo sin ganas, para los hombres. Pero lo cierto es que a travs del sexo, como de cualquier otro gesto, pueden expresarse muchas cosas, segn el contexto y la relacin establecida entre los cuerpos. El acuerdo entre dos deseos y dos voluntades, imprescindible entre dos desconocidos que se tocan, o en un flechazo amoroso, no puede convertirse en la ley de una convivencia estable sin daarla. Frente al patriarcado, que siempre ha imaginado a las mujeres puramente desiderativas y nunca volitivas tenemos que reivindicar la voluntad, con todas sus peligrosas trampas sociales, pero tambin con todos sus bellos albedros amorosos. Una mujer que dice voluntariamente quiero contra su deseo no es una mujer violada ni una esclava sexual; puede ser una trabajadora sexual (y ah empiezan nuevas dificultades sin resolver) pero puede ser tambin, sencillamente, una compaera corts y generosa.

Banalizacin y sacralizacin del sexo

El verdadero desafo es el de saber moverse con juicio entre la banalizacin y la sacralizacin del sexo, dos tentaciones que el patriarcado y ahora el mercado siempre ha explotado contra nosotras. Hace unos das vea una pelcula graciosa y sin pretensiones, Kiki, el amor se hace, de Paco Len, cuya irona traviesa da toda la medida, en todo caso, de una poca que ha sustituido los abismos de las perversiones por un catlogo comercial de parafilias normalizadas. Es una pelcula mucho menos excitante que no s las primeras pelculas de Almodvar, cuyo tono irreverente comparte; en ella la sexualidad est tan normalizada que en algn sentido se presenta completamente desexualizada y, desde luego, sin sombra de tragedia, mansamente integrada en el ancho y plural mercado paraflico. Estoy seguro de que en los ltimos cuarenta aos se han hecho enormes avances en la normalizacin saludable de la sexualidad; en Almodvar, de hecho, hay ms de Kierkegaard que de Paco Len, y nadie defendera la sexualidad de Kierkegaard, aunque s quizs sus obras (las de Almodvar y Kierkegaard). Pero tampoco estoy seguro de que la travesura de Paco Len describa otra cosa que una utopa de mercado en virtud de la cual, sin pugna y sin trabajo, sin distancia entre voluntad y deseo, la sexualidad misma desaparecera como problema. Llamamos parafilias a lo que antes llambamos perversiones cuando sera ms excitante tal vez, y ms exacto, llamar perversiones tambin a los besos con lengua y al sexo genital.

La otra tentacin es la sacralizacin del sexo, estrategia patriarcal contra la que el feminismo se rebel venturosamente y que de pronto parece regresar por la va del propio feminismo o de algunas de sus expresiones militantes, que dedican poco tiempo y esfuerzo a explorar las diferencias entre voluntad y deseo y que, por eso mismo, acaban por dar ms importancia al deseo que a la voluntad o por considerar ms puro y decisivo el deseo que la voluntad o por no reconocer sus desacuerdos. Con el paradjico resultado de dejarnos sin recursos para distinguir entre violacin, esclavitud sexual, prostitucin y simple compaerismo. Creo que el feminismo se juega buena parte de su destino emancipatorio universal en laboriosas disquisiciones de este tipo.

Acabo. Me temo que nunca podremos estar seguras de qu es lo que verdaderamente queremos y qu es lo que verdaderamente deseamos; ni de cul es la frontera entre una cosa y la otra. Poder elegir no implica que sepamos elegir y todos nuestros dilemas morales se derivan y seguirn derivando de esta confusin. En cualquier otro mundo posible nos arrepentiremos alguna vez de haber dicho no cuando queramos decir s y tambin al revs; y la distancia entre la voluntad y el deseo, y su desacuerdo, nos seguirn atormentando. Incluso sin capitalismo y sin patriarcado, la muerte y el sexo siempre introducirn algo de tragedia en nuestras vidas; seguiremos entendiendo a Shakespeare y a Dostoievski y dolindonos hasta la desesperacin de que la coincidencia entre mi voluntad y mi deseo no encuentre un equivalente, en el tiempo y en el espacio, en otro cuerpo.

Hasta aqu ha hablado Marta. Ahora hablo yo. Estoy completamente de acuerdo con lo que ha dicho y slo tendra que aadir, si acaso, una precisin: a mi juicio uno de los obstculos internos que el patriarcado opone a la igualdad feminista (es decir, a la aplicacin universal de los Derechos Humanos) tiene que ver con la dificultad de los hombres, que ellos proyectan sobre las mujeres, a la hora de distinguir entre voluntad y deseo, y entre fantasa y realidad. Son los hombres los que han levantado un ms que dudoso entramado tico sobre su deseo, sublimado en ley moral y contradicho en voluntad de accin, y los que, carentes de imaginacin concreta en el cuerpo a cuerpo, se sienten una y otra vez acometidos, como el espritu hegeliano, a hacer realidad sus fantasas, la mayor parte de las cuales seran mucho ms inocuas si permanecieran encerradas en sus cabezas como limitados estmulos masturbatorios. Los hombres nos controlamos mal y, apenas nos descuidamos, nos dejamos llevar por nuestras fantasas e invadimos Polonia. Cuando hablo de hombres y mujeres no hablo, obviamente, ni de destinos genitales ni de destinos ontolgicos, sino de marcos de percepcin e intervencin; y de la posibilidad de transformarlos entre todas con coraje y con cuidado.

Fuente: http://www.cuartopoder.es/sociedad/mujer/2017/06/16/la-voluntad-deseo-dilema-feminista/

Rebelin ha publicado este artculo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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